Capítulo 4
Arriba vaquera
Lindsey se despertó antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos permaneció tumbada observando el techo de madera de la habitación mientras intentaba recordar dónde estaba. Después escuchó el canto lejano de un gallo y el ruido de algún vehículo arrancando en el exterior.
Entonces sonrió recordando que estaba en el rancho Vaughan. Su nuevo hogar.
Turquesa seguía profundamente dormida sobre la cama, estirada de lado como si llevara años viviendo allí.
―Qué rápido te adaptas a los cambios.
La gata ni siquiera abrió un ojo.
Cuando llegó a la casa grande, el desayuno ya estaba en marcha. El aroma del café la recibió nada más cruzar la puerta.
La cocina y el comedor parecían el centro neurálgico del rancho a esas horas. Mery entraba y salía con platos en las manos, June ocupaba su lugar habitual en la cabecera de la mesa y Jesse discutía con Raimon sobre algo que, por el tono de sus voces, debía de ser completamente absurdo.
―Te estoy diciendo que aquel ternero estaba enamorado de mí ―decía Jesse.
―Era un ternero, Jess.
―Precisamente por eso. Seguramente pensó que yo era su madre. Me seguía por todo el cercado.
―¿Y solo por eso lo compraste? No miraste su genética, ni tan siquiera el rancho del que procedía.
―No podía dejarlo allí.
―No pienso seguir esta conversación, es ridícula ―añadió Raimon―. Desde ahora te prohíbo comprar ningún animal sin la supervisión de Theo. Él es el veterinario.
―No veo que me pidas permiso a mí para comprar el grano, y yo soy el experto en eso.
Lindsey se encontró sonriendo antes incluso de sentarse.
―Buenos días ―saludó interrumpiendo tan interesante discusión.
―Mira quién ha sobrevivido a su primer día ―dijo Jesse.
Amaya se hizo un hueco a su lado.
―No le hagas caso, a mi cuñado le gusta mucho bromear.
Mery dejó una taza de café delante de ella.
―Toma. Lo vas a necesitar.
―Gracias, Mery.
Theo apareció unos minutos después.
Se limitó a saludar al entrar y ocupar uno de los asientos libres. Llevaba una camisa azul remangada que parecía recién salida del armario, y que combinaba a la perfección con el azul intenso de sus ojos.
Lindsey bajó la vista hacia su taza antes de que nadie notara que lo había observado más de la cuenta.
La conversación continuó saltando de una historia a otra. Jesse monopolizó buena parte del desayuno relatando una anécdota absurda relacionada con una feria ganadera y un toro particularmente agresivo.
―Eso jamás ocurrió ―le dijo Raimon.
―Claro que ocurrió. Pregúntale a Theo.
Todas las miradas se volvieron hacia él.
Theo terminó de masticar antes de responder.
―Por desgracia, ocurrió.
Jesse sonrió satisfecho.
―Gracias.
Las risas recorrieron la mesa. Y Lindsey se sorprendió a sí misma disfrutando de aquella escena.
Porque nadie estaba intentando impresionar a nadie. Nadie competía. Nadie utilizaba cada conversación para demostrar quién tenía más dinero o más poder. Simplemente eran una familia desayunando. Una familia imperfecta. Y quizá por eso resultaba tan agradable.
Cuando terminaron, las sillas comenzaron a apartarse y cada uno se dirigió a sus obligaciones.
Fue entonces, ya fuera de la casa, cuando Theo se colocó a su lado mientras caminaban hacia los establos.
―Espero que hayas desayunado bien.
Lindsey lo miró.
―Por supuesto, estoy deseando ponerme a trabajar.
―Me gusta tu optimismo, lo vas a necesitar.
Y continuaron caminando mientras la actividad del rancho despertaba a su alrededor.
―¿Qué debo hacer hoy? ―preguntó Lindsey mientras descendían por el sendero que conducía a las caballerizas.
Theo caminaba a su lado con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.
―¿Sabes montar a caballo?
Lindsey lo miró como si acabara de preguntarle si sabía caminar.
―Nací sobre un caballo, vaquero.
Aquello consiguió que una sonrisa apareciera en la comisura de sus labios.
―Genial. Porque hoy tendrás ocasión de demostrarlo.
―Empiezo a preocuparme cuando dices cosas así.
―Marcaremos ganado. Tenemos varios lotes en los pastos del oeste y hay que reunirlos para llevarlos al cercado central. Allí revisaremos la documentación, identificaremos las reses jóvenes y las prepararemos para soltarlas en los nuevos campos.
―¿Cuántos kilómetros?
―No demasiados. El problema no es la distancia.
―Nunca lo es.
―Exacto.
Lindsey asintió.
Sabía perfectamente a qué se refería. Las vacas tenían una habilidad extraordinaria para complicar tareas que sobre el papel parecían sencillas.
―Nos acompañarán tres vaqueros más ―continuó Theo―. Si todo sale bien, a mediodía habremos terminado.
Aquello la hizo sonreír.
Hacía años que no participaba en una recogida de ganado como aquella. Durante la universidad apenas había tenido tiempo y, después, las prácticas veterinarias la habían mantenido alejada de ese tipo de trabajo.
La idea de volver a cabalgar durante horas por los pastos le resultaba extrañamente emocionante.
Cuando llegaron a las caballerizas, varios trabajadores ya estaban preparando las monturas.
Theo abrió la puerta del guadarnés.
―¿Alguna silla que prefieras?
Lindsey se tomó unos segundos para pensarlo.
―Si tienes una buena silla ranchera con cuerno alto, soy feliz.
―¿Western clásica?
―Sí. Mi abuelo decía que si una silla era buena podías pasar diez horas sobre ella sin acordarte de que estabas sentado.
―Tu abuelo era un hombre inteligente.
―Lo era.
Theo escogió una montura de cuero oscuro que mostraba años de uso pero también un mantenimiento impecable.
―Prueba esta.
Lindsey pasó una mano por el cuero.
Era una silla de calidad. De las que se heredan.
―Creo que acabas de convertirte en mi persona favorita del rancho.
―Qué rápido cambian las cosas.
―No te acostumbres.
Mientras hablaban, uno de los vaqueros sacó dos caballos de los boxes. El primero era un castrado alazán enorme que Theo conocía bien. El segundo hizo que Lindsey se acercara de inmediato.
Una yegua torda de mirada despierta y cuello elegante. La clase de caballo que parecía observarlo todo.
―Ella es Dakota ―explicó Theo―. Pensé que os llevaríais bien.
Lindsey extendió una mano.
La yegua olfateó sus dedos antes de permitirle acariciar el hocico.
―Es preciosa.
―Y lista.
―Eso suele significar problemas.
―Exactamente.
Durante unos segundos Lindsey continuó acariciando a la yegua.
La sensación le resultó familiar. Reconfortante.
Como si una parte de sí misma que había permanecido dormida durante años acabara de despertar.
Cuando levantó la vista descubrió que Theo la observaba.
Y por alguna razón aquella mirada le provocó una pequeña agitación en el estómago. Tan inesperada que prefirió ignorarla.
―¿Necesitas ayuda con la silla? ―preguntó Theo.
Lindsey levantó la cabeza inmediatamente.
―¿Ayuda? Por supuesto que no. Una buena vaquera que se precie jamás admite necesitar ayuda para ensillar un caballo.
―Tomo nota, vaquera. Veremos cómo lo haces.
Theo le dedicó una sonrisa burlona, y ella puso los ojos en blanco.
Lindsey dejó la montura sobre el lomo de Dakota y comenzó a trabajar, mientras que Theo se ocupaba de preparar su propio caballo sin prestarle demasiada atención.
Al menos esa era la intención. Sin embargo, bastaron unos segundos para darse cuenta de que no estaba observando a alguien que había aprendido a montar durante los fines de semana.
Aquello era otra cosa. Había costumbre en sus movimientos.
Años de práctica. La clase de seguridad que solo aparece cuando has repetido el mismo gesto cientos de veces.
No colocó la silla de forma improvisada, ni comprobó tres veces cada hebilla. Simplemente sabía dónde iba todo. Y eso le recordó inevitablemente a los vaqueros más veteranos del rancho.
―Tu abuelo te enseñó, ¿verdad? ―preguntó mientras ajustaba la cincha de su caballo.
Lindsey alzó la vista.
―¿Cómo lo sabes?
―Porque nadie ensilla a un caballo así después de un curso.
Una sonrisa breve apareció en su rostro.
―Sí. Me enseñó él.
―Hay algo que me estoy perdiendo… ¿es que acaso creciste en un rancho?
―Hay muchas cosas que no sabes de mí.
Aquello no sonó a respuesta clara. Y Theo decidió no hacer más preguntas.
Minutos después abandonaron las cuadras junto a Robert, Hank y Mike.
El grupo avanzó hacia los pastos occidentales mientras el sol terminaba de elevarse sobre las montañas.
A aquella hora el rancho parecía inmenso.
Los prados se extendían hasta perderse en el horizonte y el aire todavía conservaba el frescor de la mañana.
Cuando alcanzaron la primera elevación, el ganado apareció ante ellos. Decenas y decenas de reses repartidas por una enorme extensión de terreno. Algunas pastaban tranquilamente. Otras permanecían agrupadas cerca de un pequeño arroyo.
―Bien ―dijo Theo―. Vamos a reunirlas.
No necesitó decir mucho más. Los cuatro jinetes se dispersaron inmediatamente. Y Lindsey hizo lo mismo.
Lindsey sintió el viento en el rostro, y esa adrenalina en la boca de su estómago que hacía tanto que no sentía, y le gustó.
Le gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Porque durante los últimos años había pasado demasiado tiempo en aulas, clínicas y laboratorios.
Y aunque adoraba la veterinaria, había echado de menos aquello.
Había extrañado el campo, el ganado, e incluso el llevar las botas hasta arriba de barro.
La sensación de formar parte de algo más grande que ella misma.
Dakota respondió perfectamente desde el primer momento. La yegua parecía anticiparse a sus movimientos y eso facilitó enormemente el trabajo.
Poco a poco comenzaron a cerrar el círculo alrededor del rebaño. Las reses fueron agrupándose hasta formar una masa compacta que empezó a avanzar hacia el corredor natural que conducía al cercado principal.
No todo resultó sencillo. Una vaca vieja decidió separarse del grupo. Dos terneros intentaron regresar al arroyo. Y un novillo particularmente testarudo puso a prueba la paciencia de todos los presentes.