Capítulo 3 #2
La cena transcurrió entre bromas, anécdotas y conversaciones cruzadas que hacían imposible quedarse al margen.
Jesse contaba historias imposibles sobre algunos clientes del rancho, Mery aparecía y desaparecía de la cocina corrigiendo a todo el mundo como si aún fueran niños, y June observaba el caos con una satisfacción maternal.
Lindsey tardó muy poco en darse cuenta de que aquella familia tenía una costumbre extraña. Disfrutaban estando juntos. No porque debieran hacerlo, sino porque realmente querían hacerlo.
Aquello le resultó tan ajeno que por momentos se descubrió simplemente observándolos.
―Mañana tenemos que revisar las cuentas de las cubriciones y cerrar el acuerdo con...
―Raimon.
La voz de June fue suficiente para detenerlo.
―¿Sí?
―En esta mesa no se habla de trabajo.
―Solo estaba comentando...
―No.
―Mamá...
―No.
―De acuerdo.
―Gracias.
Amaya ocultó una sonrisa detrás de la copa.
―Algún día aprenderás ―se mofó.
La conversación continuó por terrenos mucho más seguros.
Lindsey observó a Amaya y Raimon varias veces durante la cena.
Había pequeños gestos que decían más que cualquier declaración.
Una mano apoyándose brevemente sobre la de ella.
Una mirada compartida. Sonrisas que aparecían sin motivo aparente.
Se les veía felices. Y eso le produjo una satisfacción sincera.
Porque conocía a Amaya. Y sabía todo lo que había tenido que pasar para llegar hasta allí.
Cuando la cena terminó y los demás comenzaron a dispersarse por la casa, Amaya se ofreció a acompañarla hasta la cabaña.
Caminaron juntas bajo un cielo oscuro salpicado de estrellas.
―¿Qué te ha parecido la familia?
―Son encantadores.
―Lo son.
Al llegar a la cabaña encendieron las luces y entraron.
Amaya abrió varios armarios de la cocina, y rebuscó hasta encontrar lo que buscaba.
―¿Un té antes de dormir?
―Sí, sería perfecto.
Mientras la tetera comenzaba a hervir, ambas se acomodaron alrededor de la pequeña mesa de la cocina.
La casa estaba en silencio. Solo se escuchaba el suave murmullo del agua calentándose y el ocasional golpeteo de Turquesa correteando por la planta superior, ocupada en inspeccionar cada rincón de su nuevo territorio.
―Creo que ya se siente dueña de la casa ―comentó Lindsey.
Amaya sonrió mientras servía el té en dos tazas desparejadas que había encontrado en uno de los armarios.
Cogieron las tazas, un par de mantas y salieron al porche.
El balancín de madera se movió suavemente cuando ambas se sentaron.
La noche había caído por completo y el aire era fresco, pero no desagradable.
Lindsey se envolvió en la manta y levantó la vista.
El cielo era una locura. Miles de estrellas brillaban sobre ellas con una claridad imposible de encontrar en una ciudad.
Durante unos segundos ninguna habló. Solo disfrutaron del momento.
―Aquí se respira paz ―murmuró finalmente Lindsey.
―Sí, siempre que los hermanos Vaughan no estén intentando arrancarse la cabeza unos a otros.
Lindsey soltó una risita.
La luz de la casa apenas llegaba hasta allí. Solo la suficiente para distinguir sus rostros.
―Háblame de Theo.
Amaya giró la cabeza.
―¿De Theo?
―Sí.
―Vaya.
―¿Qué?
―Nada. Solo me ha hecho gracia que preguntes por él.
Lindsey bebió un sorbo de té.
―Trabajaré con él todos los días. Me parece razonable querer saber cómo es.
―Claro.
Aquella respuesta estaba cargada de una cantidad sospechosa de diversión.
―Amaya.
―Está bien, está bien.
Se acomodó mejor bajo la manta.
―Theo es... difícil de explicar.
Pensó unos segundos antes de continuar.
―Es diferente. Igual que todos los hermanos Vaughan. Cada uno tiene una personalidad muy marcada. Bueno, a Noah no lo conozco demasiado porque estaba estudiando cuando llegué. Sigue en la universidad. Vendrá dentro de un mes para pasar las Navidades.
Amaya observó las estrellas unos segundos.
―Theo tiene un corazón enorme, aunque no siempre lo enseña. Es de esas personas que se preocupan más por los demás que por sí mismas. Si un animal se pone enfermo a las tres de la madrugada, estará allí. Si alguien necesita ayuda, estará allí también.
Lindsey recordó al hombre que había pasado el día recorriendo el rancho sin detenerse ni un segundo.
Sí. Aquello encajaba.
―Se desvive por este lugar ―continuó Amaya―. A veces demasiado.
―¿En qué sentido?
―En que trabaja más de lo que debería. Todos se lo decimos, pero no sirve de nada.
―Ya me he dado cuenta.
―Y los animales lo adoran.
―Eso también lo he visto.
Amaya sonrió.
―Claro que lo has visto. Los caballos lo siguen como si fuera uno más de ellos.
Lindsey bajó la mirada hacia su taza.
Había algo bonito en eso.
―También le gusta cantar.
Ella levantó la cabeza.
―¿Cantar?
―Sí.
―No me lo imaginaba.
―Pues canta muy bien.
―No te creo.
―Te lo prometo.
―¿Theo Vaughan?
―El mismo.
―Imposible.
Amaya se echó a reír.
Permanecieron un rato más conversando. Hablaron de la universidad, de Montana, de los primeros meses de Amaya en el rancho y de todas las cosas que habían ocurrido desde entonces.
La conversación fluía con facilidad. Como siempre había sucedido entre ellas. Cuando las tazas quedaron vacías y el frío comenzó a colarse bajo las mantas, Amaya se puso en pie.
―Debería dejarte descansar. Mañana vas a necesitar energía.
Recogieron las tazas y regresaron al interior.
Amaya se detuvo junto a la puerta.
―Y Lindsey...
―¿Sí?
―Si necesitas cualquier cosa, a cualquier hora, puedes buscarme en la casa grande.
―Tranquila. Estaré bien.
Amaya pareció satisfecha con la respuesta. La abrazó brevemente y salió de la cabaña.
Lindsey cerró la puerta tras ella y permaneció unos segundos en silencio. La casa volvió a quedarse tranquila.