No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Lindsey observó las tres últimas reses que quedaban por vacunar y creyó que podría ponerse a bailar allí mismo de la alegría.

Llevaba horas trabajando sin apenas darse cuenta del paso del tiempo. Tenía las botas cubiertas de barro, una mancha de suciedad en la mejilla y los músculos protestando después de una mañana entera moviéndose de un lado a otro, pero no recordaba la última vez que se había sentido tan satisfecha.

Aquello era exactamente para lo que se había preparado, lo que quería hacer con su vida.

Cada animal que examinaba, cada diagnóstico, cada vacuna administrada le recordaba por qué había tomado la decisión de abandonar Texas y enfrentarse a su familia.

Porque cuando estaba allí, rodeada de animales, todo lo demás desaparecía.

Incluso el dolor de haber perdido a sus padres.

Solo existía el trabajo. Y la sensación de estar haciendo algo que realmente importaba.

Su abuelo estaría orgulloso. Aquella certeza le provocó una sonrisa involuntaria.

Fue entonces cuando una voz familiar la sacó de sus pensamientos.

―Te has perdido el almuerzo.

Lindsey se giró.

Amaya caminaba hacia ella sujetando una bolsa de papel.

―¿Qué hora es?

―Más de las tres.

Lindsey abrió los ojos.

―¿Cómo?

Amaya soltó una carcajada.

―Exactamente esa fue mi reacción cuando pregunté por ti y descubrí que seguías aquí.

Le tendió la bolsa.

―Te he traído un sándwich.

―Ahora mismo podrías haberme traído un ladrillo y también te habría dado las gracias.

Amaya volvió a reír.

―No sabía que habría tanto trabajo ―reconoció Lindsey, mirando el cercado lleno de animales―. Pero me encanta. De verdad. Es agotador, pero genial.

―Bienvenida al rancho Vaughan.

―Dame cinco minutos. Termino con estas tres y prometo sentarme a comer antes de desmayarme.

―Eso espero.

Lindsey volvió al trabajo con energías renovadas.

Las últimas vacunaciones fueron rápidas. Completó las revisiones, firmó las cartillas correspondientes y revisó por última vez cada registro antes de cerrar la carpeta.

Cuando terminó, Robert apareció junto al cercado.

―¿Ya has acabado?

―Todo listo.

Le entregó la documentación.

―Gracias por la ayuda.

―No tienes que agradecerme nada.

Robert cogió las cartillas.

―Llevaré esto al despacho.

―Perfecto.

Cuando se marchó, Lindsey se quitó los guantes y caminó hasta una vieja pila situada junto a los corrales. Abrió el grifo y dejó que el agua fría corriera sobre sus manos. La suciedad desapareció poco a poco. Después se mojó también la cara.

Finalmente se sentó al lado de Amaya sobre una de las vallas de madera y abrió la bolsa.

El aroma del sándwich hizo rugir su estómago de inmediato.

Amaya sonrió.

―Creo que he escuchado eso desde la casa grande.

Lindsey dio el primer mordisco y cerró los ojos de puro placer.

―Vale. Definitivamente este es el mejor sándwich que he comido en mi vida.

―Eso es hambre.

―Puedo asegurarte que sí.

Las dos terminaron riéndose.

―Oh, Lindsey... no sabes lo feliz que me hace tenerte aquí. Me encanta la vida en el rancho, y Raimon y su familia son maravillosos, pero necesitaba una amiga.

Lindsey sonrió.

―Yo también estoy feliz de estar aquí contigo.

Sin embargo, la sonrisa se apagó un poco demasiado rápido.

Amaya lo notó enseguida.

―¿Va todo bien?

Lindsey bajó la mirada hacia el sándwich que sostenía entre las manos.

―Bueno... ya sabes cómo son mis padres. No me han puesto las cosas fáciles.

―Lo sé. Pero también creo que acabarán superándolo. Estoy segura de que no van a estar enfadados contigo toda la vida.

Lindsey soltó una pequeña risa sin humor.

―No los conoces tan bien como yo.

―¿Tan grave es?

―Para ellos sí.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

―En mi familia todo gira alrededor del rancho. Del apellido. Del legado. Siempre ha sido así. Mi padre da por hecho que algún día todos terminaremos trabajando allí y defendiendo sus intereses. No entiende que alguien pueda querer otra cosa.

―Pero tú no estás haciendo nada malo.

―Lo sé.

―Entonces no hay traición.

―Para ellos sí la hay. Porque todo lo que esté fuera del rancho Clarke es una amenaza. Una deslealtad. Da igual cuánto trabajes o cuánto te esfuerces. Si no haces exactamente lo que esperan de ti, te conviertes en el enemigo.

Amaya negó con la cabeza.

―Eso es una locura.

―Bienvenida a mi familia.

―Aun así, sigo pensando que algún día lo entenderán.

―Y yo sigo pensando que eres demasiado optimista.

Amaya sonrió.

―Puede ser.

Lindsey terminó el último bocado del sándwich y se limpió las manos en un pañuelo.

―Gracias por traerme esto.

―No hay de qué.

Amaya consultó la hora en el teléfono y soltó una pequeña maldición.

―Tengo que irme.

―¿Problemas?

―Reunión. Dentro de diez minutos llegan unos ganaderos de la zona y todavía tengo que revisar unos contratos antes de sentarme con ellos.

Lindsey arqueó una ceja.

―Empiezo a sospechar que aquí nadie descansa.

―Claro que descansamos, y también sabemos tomar una cerveza bien fría después de un día duro.

Las dos se pusieron en pie.

―Pues esperaré esa cerveza con ansias.

Amaya sonrió.

―Te veré en la cena.

Amaya le dio un rápido abrazo antes de alejarse hacia la casa principal.

Lindsey la observó marcharse unos segundos. Después recordó que Theo la esperaba en el cercado norte, y se puso en marcha hacia allí de inmediato.

El cercado norte se encontraba bastante alejado de las instalaciones principales. Tuvo que caminar varios minutos antes de verlo. Y cuando lo hizo, se quedó inmóvil.

Theo estaba trabajando con un potro alazán de gran tamaño. El animal giraba nervioso dentro del cercado mientras él permanecía tranquilo en el centro, sujetando la cuerda con firmeza.

Lindsey se apoyó en la valla sin hacer ruido. No quería interrumpir. Theo todavía no se había dado cuenta de que estaba allí.

El sol de la tarde iluminaba su cabello rubio, recogido en una coleta baja que le caía sobre la espalda. Llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos y las botas cubiertas de polvo. Era un hombre atractivo. Muy atractivo.

Era esa clase de atractivo que nacía de la seguridad en uno mismo, de la fuerza tranquila y de la confianza que transmitía cada uno de sus movimientos. Y eso resultaba sorprendentemente masculino.

Theo avanzó despacio hacia el potro, manteniendo la cuerda firme entre las manos.

El animal retrocedió un par de pasos, nervioso, observándolo con desconfianza.

Sin embargo, Theo no tiró del ramal ni intentó obligarlo.

Tampoco levantó la voz. Permaneció donde estaba, paciente, transmitiéndole calma, esperando a que el caballo comprendiera que no suponía ninguna amenaza.

Pasaron varios segundos antes de que el potro relajara ligeramente la tensión de su cuerpo y, finalmente, decidiera acercarse por voluntad propia. Solo entonces Theo sonrió.

―Buen chico ―murmuró.

El potro agitó las orejas y desplazó ligeramente el peso de un lado a otro antes de quedarse quieto. Theo aprovechó ese pequeño avance para deslizar la mano por su cuello, sin prisas, como si aquel gesto fuera la continuación natural de una conversación que ambos mantenían desde hacía rato.

Lindsey observó la escena apoyada sobre la valla. Había visto a muchos hombres trabajar con caballos. Demasiados, quizá. Hombres que confundían autoridad con brusquedad y experiencia con cabezonería. Hombres convencidos de que un animal obedecía mejor cuanto más fuerte se tiraba de una cuerda.

Theo no parecía pertenecer a esa categoría. No estaba intentando doblegar al potro. Estaba ganándose su confianza. Y eso requería algo mucho más difícil que la fuerza; paciencia.

Durante unos instantes se olvidó incluso de que había ido allí a buscarlo.

Se limitó a contemplar cómo el animal relajaba poco a poco la tensión de los músculos, cómo acercaba el hocico a la manga de Theo y cómo este respondía con la tranquilidad de quien conoce perfectamente los tiempos que necesita cada caballo.

Entonces él levantó la cabeza.