Capítulo 2 #3
La distancia que los separaba era considerable, pero aun así Lindsey tuvo la incómoda sensación de haber sido descubierta haciendo algo que no debía. Porque no estaba observando al caballo. Estaba observándolo a él. Y Theo pareció darse cuenta en el mismo instante en que sus miradas se encontraron.
―Se te da bien ―dijo saliendo del paso.
―Gracias. Solo intento comprenderlos tal y como me enseñó mi padre. Él los leía. Tenía un don.
―Puede que tú también lo tengas.
Theo soltó una pequeña carcajada y cambió de tema.
―¿Has terminado con las vacunaciones?
―Sí.
―¿Las ochenta y siete?
―Las ochenta y siete.
―Vaya, pensé que te llevaría todo el día. Estoy impresionado.
―Puede que yo también tenga un don.
Ambos rieron.
Theo abrió la puerta del cercado y salió junto al caballo.
―¿Y qué te parece?
―¿El potro?
―Sí.
Ella lo observó unos segundos.
―Tiene carácter.
―Todos nuestros animales tienen carácter ―dijo Theo mientras observaba cómo el potro se alejaba al trote por el cercado―. Pero también son parte de la razón por la que este rancho funciona.
Theo apoyó los brazos sobre la valla y dirigió la mirada hacia las montañas que se dibujaban a lo lejos.
―Ven. Quiero enseñarte algo.
―¿Más trabajo?
―Ahora lo verás.
Abandonaron el cercado y comenzaron a caminar en dirección a las cuadras.
A esas horas de la tarde el movimiento era algo menor. Algunos trabajadores regresaban de los pastos, otros terminaban tareas pendientes antes de la cena. El rancho seguía respirando actividad, pero de una forma más pausada que durante la mañana.
Cuando llegaron al box de la yegua castaña, Lindsey comprendió inmediatamente por qué la había llevado hasta allí.
El animal levantó la cabeza al verlos acercarse.
―¿La recuerdas?
―Claro que la recuerdo.
―He seguido tus indicaciones.
Theo abrió la puerta del box y entró primero.
La yegua permaneció tranquila mientras él comprobaba la extremidad.
―La inflamación ha bajado bastante desde la semana pasada.
Lindsey se acercó a observarla.
Era cierto.
Todavía quedaba una ligera sensibilidad en la zona, pero la diferencia resultaba evidente.
―Ha respondido bien.
―Sí.
Ella se agachó junto a la pata para examinarla con más detenimiento.
Mientras trabajaba, Theo permaneció observándola.
No era solo que supiera lo que hacía. Era la seguridad con la que se movía.
La concentración. La forma en que parecía olvidarse del resto del mundo cuando tenía delante a un animal.
Le recordaba a sí mismo.
―¿Qué? ―preguntó Lindsey sin levantar la vista.
―Nada.
―Llevas un rato mirándome.
―Estoy intentando averiguar cómo viste una lesión que a mí se me escapó.
―Eso es fácil.
―Ilumíname.
Ella terminó de examinar la pata y se incorporó.
―Porque tú estabas mirando diez cosas a la vez.
Theo se quedó pensando unos segundos.
―Probablemente tengas razón.
―La tengo.
Aquella respuesta consiguió arrancarle una sonrisa.
―¿Siempre estás tan segura de ti misma?
―La verdad es que sí. El tiempo me ha demostrado que, si no lo hago yo, nadie lo hará por mí.
Theo sintió que había algo más detrás de aquellas palabras, pero no indagó más. Le pareció algo personal.
La yegua resopló entre ellos y Lindsey pasó una mano por su cuello.
El animal respondió acercándose ligeramente.
―Le gustas.
Lindsey levantó la vista con una curiosidad inesperada. La clase de curiosidad que aparece cuando alguien empieza a desmontar poco a poco la imagen que te habías formado de él.
―Gracias.
Theo apoyó una mano sobre la puerta del box y observó a la yegua unos segundos antes de volver a mirarla.
―Creo que es hora de que vayas a descansar. Mañana será un día duro.
―Sí. Todavía no he tenido tiempo de instalarme.
Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de los labios de Theo.
―Hazlo.
Lindsey acarició una última vez el cuello de la yegua antes de apartarse.
Comenzaron a caminar hacia la salida de las cuadras.
El sol descendía lentamente tras las montañas y la luz dorada de la tarde se colaba entre las vigas de madera.
A medida que avanzaban, algunos trabajadores se despedían de Theo antes de marcharse a sus casas.
Él respondía a todos por su nombre, interesándose por un hijo enfermo, una reparación pendiente o una visita médica programada para la semana siguiente.
Lindsey se dio cuenta de que no era algo que hiciera por compromiso. Recordaba cada detalle. Y eso decía mucho de una persona.
Se separaron en la bifurcación del camino. Él continuó hacia los establos principales y ella tomó la dirección de su cabaña.
Mientras caminaba, el cansancio empezó a hacerse notar en cada músculo de su cuerpo. Sin embargo, era un cansancio agradable. De esos que aparecen después de una jornada bien aprovechada.
Al llegar a la pequeña casa de madera, se detuvo un instante antes de entrar.
Las luces del rancho comenzaban a encenderse poco a poco. A lo lejos se escuchaban relinchos, el ruido de una camioneta regresando de los pastos y el murmullo de voces procedentes de la casa grande.
Subió los escalones del porche y entró en lo que sería a partir de ahora su nuevo hogar.