No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Cuando una puerta se cierra, una ventana se abre

Lindsey apoyó la frente unos segundos contra la ventanilla del taxi mientras el paisaje desfilaba ante sus ojos.

Llevaban varios minutos recorriendo el camino que conducía al rancho Vaughan y, cuanto más se adentraban en aquellas tierras, más le costaba apartar la vista del exterior.

Montana era distinta. Muy distinta.

Las montañas se alzaban a lo lejos, enormes e imponentes, recortándose contra un cielo limpio que parecía no terminar nunca. Los extensos pastos se extendían en todas direcciones y el aire tenía ese aspecto puro que solo existe lejos de las ciudades.

Nada que ver con Texas.

Nada que ver con el mundo del que acababa de escapar.

A su lado, Turquesa protestó desde el transportín con un maullido ofendido.

―Ya falta poco ―murmuró Lindsey, introduciendo los dedos por la rejilla para acariciarla―. Créeme, yo tampoco sé muy bien qué estamos haciendo.

La gata respondió con otro maullido aún más dramático. Aquello le arrancó una sonrisa, y eso era lo que necesitaba. Porque si se detenía demasiado a pensar en todo lo que acababa de dejar, probablemente empezaría a cuestionarse decisiones que ya no tenían vuelta atrás.

Su familia, su casa, su apellido... todo eso formaría parte de su pasado.

Su padre incluso le había exigido que devolviera el coche que le regaló años atrás.

No era una cuestión económica; nunca lo había sido.

Los Clarke tenían dinero de sobra. Era una cuestión de orgullo, de control, de demostrarle que cada decisión tenía consecuencias.

Pero Lindsey ya había tomado la suya. Por primera vez en su vida había elegido un camino que no había sido trazado por otros, uno que le pertenecía únicamente a ella, aunque eso significara renunciar a muchas comodidades y empezar de cero.

El taxi terminó de recorrer la última curva y la casa principal apareció ante ella.

Su corazón dio un pequeño vuelco. Era incluso más bonita de lo que recordaba.

La construcción de madera se integraba perfectamente en el paisaje y transmitía una sensación acogedora imposible de explicar.

No tenía la ostentación del rancho Clarke ni sus dimensiones descomunales.

Y precisamente por eso le gustaba. Parecía un hogar.

Cuando el vehículo se detuvo frente al porche principal, Lindsey salió al exterior y respiró profundamente.

El aire fresco le llenó los pulmones.

―¡Lindsey!

Reconoció la voz antes incluso de girarse.

Amaya se acercó hasta ella prácticamente corriendo.

Lindsey apenas tuvo tiempo de dejar el bolso en el suelo antes de verse envuelta en un abrazo que casi la hizo perder el equilibrio.

―Dios mío, qué ganas tenía de verte.

―Y yo a ti.

Aquellas palabras eran completamente ciertas.

Amaya era una de las pocas personas capaces de entenderla.

Cuando se separaron, Lindsey descubrió a una mujer de cabello castaño observándolas con una sonrisa amable desde una silla de ruedas junto a la casa.

Había algo en ella que transmitía paz de inmediato.

―Lindsey, ella es June Vaughan.

June extendió la mano.

―Bienvenida al rancho, querida.

Lindsey la estrechó con una sonrisa sincera.

―Muchas gracias.

―Amaya me ha hablado mucho de ti.

―Espero que solo haya contado las cosas buenas.

―No te preocupes ―intervino Amaya―. Las malas me las guardo para chantajearte más adelante.

June soltó una carcajada.

Y, para sorpresa de Lindsey, ella también. Algo dentro de su pecho comenzó a relajarse. Aquello no se parecía en nada al ambiente frío y calculado al que estaba acostumbrada.

Mientras avanzaban por el rancho, June fue explicándole el funcionamiento general de la propiedad. Le habló de Raimon, de Theo, de Jesse y de Noah, el pequeño de la familia, que todavía se encontraba terminando sus estudios.

Lindsey escuchaba mientras observaba el movimiento constante que las rodeaba. Vaqueros entrando y saliendo de los establos, vehículos cruzando los caminos de tierra, caballos pastando en la distancia.

Todo parecía tener un propósito.

Cuando llegaron a la pequeña cabaña destinada a ella, Lindsey se quedó observándola durante varios segundos.

Era sencilla y acogedora. Perfecta. No tenía nada que ver con el apartamento de diseño que acababa de abandonar. Y, sin embargo, le gustaba mucho más.

―Aquí viví yo cuando llegué ―explicó Amaya.

―¿En serio?

―Sí. Aunque ahora vivo en la casa grande con Raimon.

Una sonrisa traviesa apareció en el rostro de June.

Amaya tomó el transportín de Turquesa antes de que ella pudiera decir nada.

―Yo me encargo de instalar a esta señorita. Deberías de ir a ver a Theo y decirle que ya has llegado. Creo que va a necesitar tu ayuda. Está hasta arriba.

―Es cierto, últimamente anda con un humor de perros ―confirmó June―. Después podrás instalarte.

―¿De verdad que no te importa ocuparte de ella, Amaya?

―Claro que no. Ella y yo somos buenas amigas. ¿Verdad Turquesa?

El animal maulló al escuchar su voz

Resignada, Lindsey se despidió de ellas y comenzó a caminar hacia las caballerizas.

A medida que se acercaba, los sonidos familiares del establo fueron envolviéndola. El olor a heno, el cuero, los caballos moviéndose en los boxes… Y cuando cruzó las grandes puertas de madera y vio a Theo, comprendió inmediatamente por qué June había dicho que andaba hasta arriba de trabajo.

Las cuadras eran un auténtico hervidero de actividad.

Vaqueros entrando y saliendo de los boxes, carretillas cargadas de heno recorriendo los pasillos, teléfonos sonando sin descanso y varios clientes observando algunos de los mejores ejemplares del rancho.

Todo parecía funcionar a gran velocidad y, aun así, nadie parecía perder el control de la situación.

O al menos nadie excepto Theo.

El veterinario avanzaba de un lado a otro dando órdenes mientras sujetaba por el ramal a un impresionante semental negro. El animal debía rondar los setecientos kilos y caminaba con la arrogancia de quien sabe perfectamente el efecto que causa a su alrededor.

Incluso Lindsey tuvo que admitir que era espectacular.

Theo llamó a uno de los vaqueros con un gesto de la cabeza y le entregó la cuerda.

―No le quites ojo ni un segundo.

―Sí, jefe.

Solo entonces reparó en Lindsey.

Su rostro se iluminó apenas un instante.

―Llegas justo a tiempo.

―¿Para qué?

―Para ver a nuestra estrella trabajando.

Lindsey siguió la dirección de su mirada.

A unos metros había una yegua sujeta a una anilla de la pared mientras varios hombres observaban la escena con evidente interés.

No tardó ni dos segundos en comprender lo que estaba ocurriendo.

―¿Estáis haciendo una cubrición natural?

―Exacto.

Lindsey frunció ligeramente el ceño.

―Pensaba que este tipo de servicios se hacían de una forma más controlada.

Theo la miró.

―¿Controlada?

―Inseminación artificial. Menos estrés para los animales. Menos riesgo de lesiones. Menos margen para que algo salga mal.

Theo sonrió.

―Y más aburrida.

―No estamos hablando de entretenimiento.

―Lo sé.

Aun así, ninguno apartó la vista de los caballos.

El semental avanzó despacio hacia la yegua, olfateándola con evidente interés. Relinchó varias veces, agitando el cuello poderoso mientras el animal respondía con pequeños movimientos de las orejas. Los vaqueros permanecían atentos, preparados para intervenir si surgía cualquier problema.

―Mira cómo la huele ―comentó Theo―. Está comprobando que sea receptiva.

―Lo sé, Vaughan.

―Solo me aseguraba.

Lindsey puso los ojos en blanco.

Aquello le arrancó una sonrisa.

Pese a sus reservas, todo se desarrolló con normalidad. Los animales parecían tranquilos y la operación terminó sin incidentes.

El cliente, un hombre de unos sesenta años con sombrero blanco, observaba la escena con evidente satisfacción.

―Magnífico ejemplar ―dijo.

―Lo es ―respondió Theo.

El hombre estrechó su mano.

―Nos veremos el próximo año si todo ha salido bien.

―Aquí estaremos.

Cuando el cliente y sus acompañantes se alejaron, Lindsey aprovechó para retomar la conversación.

―Sigo pensando que es mejor inseminar a las yeguas.

―Yo también.

Ella giró la cabeza sorprendida.

―¿Entonces?

Theo se encogió de hombros.

―Esta cubrición acaba de generarnos más de cien mil dólares.

Lindsey silbó por lo bajo.

―Visto así...

―Era una exigencia del cliente. Quería estar presente durante todo el proceso.

―El cliente no siempre tiene razón.

―No. No siempre la tiene, pero hay momentos de peso que podemos hacer una excepción.

―Siempre que no haya riesgo para un animal, por supuesto.

―Me alegra saber que estamos de acuerdo.

Lindsey sonrió.

Theo comenzó a caminar y ella lo siguió.

Durante varios minutos atravesaron distintas zonas del rancho. Lindsey observaba cada detalle, cada instalación, cada animal. Cuanto más veía, más entendía por qué los Vaughan se habían convertido en un referente dentro del sector.

Finalmente llegaron a un cercado donde varias reses jóvenes esperaban agrupadas junto a la valla.

Theo le entregó una carpeta.

―Ahí tienes las cartillas de vacunación.

Lindsey abrió la carpeta.

Su sonrisa desapareció.

―¿Todas?

―Todas.

―¿Cuántas son?

―Ochenta y siete.

Ella levantó la vista lentamente.

Theo parecía disfrutar demasiado de aquello.

―Estamos hasta los topes.

―Ya lo veo.

―Espero que hayas desayunado contundente, Lindsey, porque hoy te espera un día duro ―le aseguró, después señaló a uno de los vaqueros―. Robert te ayudará a separarlas cuando vayas terminando.

Lindsey observó la enorme cantidad de trabajo que la esperaba y volvió a mirar la carpeta.

―Cuando acabes ven al cercado norte. Yo estaré allí desbravando a un potro para su venta.

―Empiezo a pensar que acepté este empleo sin leer la letra pequeña.

Theo comenzó a alejarse.

―Demasiado tarde para arrepentirse.

Lindsey lo observó marcharse mientras seguía dando órdenes a diestro y siniestro, saludando trabajadores, resolviendo problemas y ocupándose de media docena de asuntos al mismo tiempo.

Por un instante se quedó inmóvil, sujetando aquella enorme carpeta contra el pecho. Después bajó la vista hacia las reses. «Ochenta y siete».

Definitivamente, su primer día acababa de empezar, y de qué forma.