Capítulo 1
Un nuevo amanecer
Lindsey observó las cajas amontonadas en el salón de su apartamento con una mezcla de nostalgia y alivio.
Durante años había imaginado cómo sería independizarse, construir algo propio y tomar sus propias decisiones. Lo que nunca había imaginado era que terminaría abandonándolo todo de aquella manera.
Junto a la puerta esperaban dos maletas.
Era lo único que se llevaba. Lo demás podía quedarse allí.
Los muebles de diseño, los cuadros, la ropa que apenas utilizaba, la decoración cuidadosamente elegida por una interiorista...
nada de aquello le pertenecía realmente.
Había sido una vida cómoda, sí, pero también una vida pagada por otros.
Y esa etapa había terminado.
Desde que se graduó y rechazó incorporarse al rancho familiar en Texas, sus padres habían reaccionado exactamente como ella esperaba.
Mal, muy mal.
Primero llegaron las discusiones, y después los ultimátums. Hasta que comprendieron que no iban a hacerla cambiar de opinión, y cortaron toda ayuda económica.
Le bloquearon las tarjetas, dejaron de pagar el apartamento y le dejaron muy claro que, mientras siguiera empeñada en desafiar sus decisiones, no contara con ellos.
Así eran los Clarke.
En aquella familia solo existían dos opciones: estabas con ellos o contra ellos.
No había términos medios.
El rancho Clarke Mountain Horse era uno de los más importantes de Texas. Poseían miles de hectáreas, distribuían carne de res por todo el país y su ganado Black Angus era conocido incluso fuera del estado. Tenían prestigio. Poder. Dinero.
Muchísimo dinero.
Y precisamente por eso Lindsey había decidido marcharse.
Porque ya no reconocía el lugar donde había crecido, y si viviera su abuelo ―el fundador del rancho Clarke― tampoco lo hubiese reconocido.
Él había construido aquel imperio sobre el trabajo duro, la honestidad y el respeto por las personas. Lindsey había pasado media infancia pegada a él, escuchando historias mientras recorrían juntos los pastos.
Fue él quien le transmitió su amor por el campo, por los animales y por el trabajo bien hecho. De él aprendió que la verdadera riqueza no estaba en una cuenta bancaria, sino en poder mirarse al espejo cada mañana sin avergonzarse de las decisiones tomadas.
Todo cambió después de su muerte. Poco a poco. Casi sin que nadie pareciera darse cuenta. Pero Lindsey sí lo había visto. Y se había negado a convertirse en una versión de aquello. Ella también era una Clarke. Pero era una Clarke como su abuelo.
Un maullido suave la sacó de sus pensamientos, y no pudo evitar sonreír. Turquesa la observaba desde el sofá con sus enormes ojos verdes.
―Ven aquí, pequeña.
La gata se acercó de inmediato y Lindsey la cogió entre sus brazos. Enterró la nariz en su suave pelaje gris y la acarició despacio.
―Vamos a estar bien, ¿sabes? ―murmuró―. Puede que ahora mismo no tenga ni idea de lo que estoy haciendo, pero vamos a estar bien.
Turquesa respondió con un ronroneo satisfecho.
―Eso espero porque tú también vienes.
La gata protestó cuando la introdujo en el transportín.
―Ya, ya lo sé. A mí tampoco me gustan los cambios.
Después cogió las maletas, echó un último vistazo al apartamento y respiró hondo. No iba a echar aquello de menos. No de verdad. Porque lo que estaba dejando atrás no era una casa. Era una vida que nunca había querido vivir.
Con el corazón acelerado y una extraña sensación de libertad recorriéndole el pecho, cerró la puerta tras de sí y se encaminó hacia el ascensor.
Montana la esperaba.