No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2) Prólogo
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No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2)

No te enamores de un vaquero (Hermanos Vaughan 2)

Por Miss Texas

© inepub.com

Prólogo

Theo esperaba junto a la camioneta cuando el coche apareció por el camino, levantando una ligera nube de polvo a su paso. Se incorporó un poco, cruzándose de brazos, preparado para una entrevista más… hasta que la puerta del vehículo se abrió.

Y bajó ella.

Lindsey.

Se quedó quieto un segundo, completamente sorprendido.

No la recordaba así. En absoluto. La última vez que la había visto era una chica más discreta, sencilla, pero ahora tenía una presencia imposible de ignorar.

Era rubia, con el pelo larguísimo y rizado cayéndole por la espalda en ondas desordenadas, y unos ojos azules claros que destacaban incluso a distancia.

Tenía ese aire despreocupado, casi californiano, como si perteneciera a un lugar donde todo era luz y movimiento.

Y, además, tenía un cuerpo que no pasaba desapercibido, firme, estilizado, de los que llaman la atención sin esfuerzo.

Theo parpadeó una vez, recomponiéndose.

―¿Theo Vaughan? ―preguntó ella al acercarse, con una pequeña sonrisa.

―Sí… ―respondió él, todavía procesando―. Sí, soy yo.

Lindsey se detuvo frente a él y le tendió la mano con naturalidad.

―Me alegra volver a verte.

Theo reaccionó un poco tarde, estrechándosela.

―Igualmente, y bienvenida.

La soltó, pero no apartó la mirada de ella. No podía. Había algo en su forma de moverse, segura pero cercana, que lo tenía completamente descolocado.

―He traído esto ―añadió ella, sacando una carpeta―. Por si querías ver mis notas, el postgrado y…

Se la tendió.

Theo la cogió casi por inercia, abrió la carpeta y empezó a pasar las hojas. Su expresión cambió poco a poco, de la sorpresa inicial a algo mucho más serio.

Impresionado.

―Vaya ―se sorprendió, alzando la vista hacia ella―. Esto es…

―Bueno ―dijo ella, restándole importancia―. He trabajado bastante.

Theo cerró la carpeta despacio.

―Ya lo veo.

Y en ese momento lo tuvo claro.

Iba a contratarla.

―Bueno… ―añadió, carraspeando ligeramente, devolviéndole la carpeta―. Vamos a ver el rancho.

Lindsey asintió, sonriendo.

Y mientras empezaban a caminar juntos, Theo decidió tantearla un poco.

―A ver ―dijo, metiéndose las manos en los bolsillos―. Si tuvieras una yegua con problemas en el posparto, ¿qué harías primero?

Lindsey no respondió de inmediato. Lo miró de reojo, valorando la pregunta.

―Depende de qué tipo de problema ―contestó con calma―. Pero si te refieres a lo que creo, lo último que haría sería lo que estás pensando.

Theo arqueó una ceja.

―¿Ah, sí?

―Sí ―afirmó ella, sin titubear―. Porque precipitarse en ese caso solo empeora el cuadro. Hay que observar primero, valorar bien y actuar después. No todo se soluciona metiendo mano rápido.

Theo soltó una pequeña risa por la nariz.

―Bien ―dijo, asintiendo―. Me gusta.

Lindsey alzó ligeramente una ceja.

―¿El qué?

―Que tengas tu propio criterio. No necesito a alguien que me dé la razón todo el tiempo. Necesito a alguien eficiente, con ganas de aprender, de superarse a sí mismo. Necesito una igual, una compañera.

Ella esbozó una sonrisa ladeada.

―A mí también me gusta ―contestó ella con picardía.

―¿El qué? ―preguntó Theo, perdido en sus ojos.

―Trabajar con alguien que tenga las cosas claras como yo. Eso sí, no te prometo un camino de rosas.

Theo negó con la cabeza, divertido, mientras seguían caminando.

―Sabes, de vez en cuando las espinas también son necesarias. ¿Qué sería de la vida de un veterinario sin retos?

Ella sonrió con complicidad, pero no dijo nada más.

Continuaron caminando entre los edificios del rancho mientras Theo le iba explicando el funcionamiento general de las instalaciones.

Lindsey escuchaba con atención, observándolo todo.

Los cercados, los potreros, los almacenes, las zonas de cría.

Se notaba que el rancho estaba bien organizado, pero también que había crecido mucho en poco tiempo.

Cuando llegaron a las cuadras principales, Theo abrió una de las puertas correderas y la dejó pasar primero.

―Aquí es donde paso la mayor parte de mi vida ―comentó con una sonrisa.

―Eso explica muchas cosas.

―¿Ah, sí?

―Sí. Empiezo a sospechar que hablas más con los caballos que con las personas.

Theo soltó una carcajada.

―Y no te imaginas cuánto.

Lindsey siguió avanzando entre los boxes mientras observaba a los animales. Algunos sacaban el hocico para olisquearla. Otros permanecían tranquilos masticando heno.

De pronto se detuvo, y su expresión cambió.

―Espera.

Theo la observó.

―¿Qué ocurre?

Lindsey se acercó a uno de los boxes y apoyó los brazos sobre la puerta.

Dentro había una yegua castaña.

―¿Cuánto hace que parió?

Theo frunció el ceño.

―Tres días.

Lindsey no respondió de inmediato. Se quedó observando al animal.

―No me gusta cómo apoya el peso sobre la pata trasera izquierda.

Theo se acercó.

―¿Qué ves?

―Todavía no lo sé.

Entró en el box sin esperar permiso. La yegua permaneció tranquila mientras Lindsey le examinaba la extremidad.

Theo la observaba en silencio.

No tardó mucho.

―Aquí.

Presionó suavemente una zona concreta y la yegua reaccionó.

Theo entrecerró los ojos.

―Joder.

―Tiene una pequeña inflamación en el tendón. Todavía es leve, pero si sigue trabajando o moviéndose demasiado puede complicarse.

Theo volvió a examinarla. Y maldijo para sí. Porque tenía razón. ¿Cómo no se había dado cuenta? Estaba claro que estaba saturado de trabajo y él solo no podía atender a tanto animal.

Lindsey se incorporó.

―No es grave. Pero habría que tratarlo cuanto antes.

Theo la observó durante unos segundos, y después cruzó los brazos.

―Estás contratada.

Lindsey parpadeó.

―¿Así de fácil?

―Así de fácil.

―Ni siquiera sabes si voy a aceptar.

―Aceptarás.

―Qué seguro estás.

―Puedo ser muy persistente.

Lindsey soltó una pequeña risa.

―¿Y cuánto paga esta oferta tan irresistible?

―Cinco mil al mes. Casa incluida.

Ella lo miró un segundo.

―No necesito casa.

―La necesitas, créeme.

―¿Perdón?

―Quiero dedicación exclusiva. Aquí las urgencias no entienden de horarios.

Lindsey se quedó pensativa unos segundos. Después cruzó los brazos exactamente igual que él.

―Seis mil.

Theo la observó.

―¿Seis mil?

―Seis mil. Y empiezo dentro de una semana. Tengo cosas que organizar antes de mudarme.

Theo sonrió despacio.

Aquello era lo último que esperaba escuchar.

Y, sin embargo, le encantó.

―Acabas de salir de la universidad y ya negocias como una tiburona .

―Soy una tiburona. Te aseguro que cuando esté aquí me desviviré por este rancho como si fuese mío.

Theo le tendió la mano.

―Voy a hacerte sudar cada centavo de tu sueldo. Quiero que entiendas que esto es un rancho familiar, y que el trabajo será duro.

―No me da miedo ensuciarme las manos.

Lindsey estrechó su mano sin dejar de sonreír.

―Perfecto.

―Perfecto ―repitió él.

Y mientras la observaba allí, de pie frente a él, Theo tuvo la extraña sensación de que acababa de tomar una de las mejores decisiones de su vida. Aunque todavía no tenía ni idea de hasta qué punto iba a complicársela aquella mujer.