No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Epílogo
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Epílogo

Un mes después

Dun Ugadale

—No entiendo cómo ha podido ocurrir tan deprisa. Solo llevamos casados poco más de un mes —dijo Robin mirando fijamente el vientre de Helena.

Ella sonrió.

—Soy comadrona, esposo. Creo que conozco perfectamente los primeros síntomas de un embarazo. —Lo observó unos segundos—. ¿No estás contento?

Robin se levantó tan deprisa de la silla del estrado que casi la hizo caer. Tiró de Helena para ponerla en pie y la abrazó con fuerza.

—Sí. Claro que estoy feliz.

Después se inclinó para besarla y varios miembros del clan se echaron a reír al ver a su laird mostrando tanto afecto delante de todo el mundo.

—Milady.

Una de las criadas se acercó al estrado. Helena todavía no terminaba de acostumbrarse a que se dirigieran a ella de aquel modo.

—¿Sí, muchacha?

—El señor Johen solicita vuestra presencia en su dormitorio.

Robin frunció inmediatamente el ceño.

—¿Y para qué quiere verte ese viejo miembro del Consejo?

Helena suspiró divertida.

—Necesita llamar la atención.

Robin arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Es un anciano y se siente mejor cuando alguien le presta atención. Cada semana cree sufrir una enfermedad distinta.

Robin le tomó el codo cuando ella empezó a alejarse.

—¿No es el mismo que no quería que me casara contigo?

Helena sonrió mientras caminaban hacia las escaleras.

—El mismo. Pero ahora asegura que soy la mejor curandera que ha tenido jamás Dun Ugadale.

Robin le besó la mejilla.

—Eres demasiado buena, esposa.

Un gran alboroto en el exterior llamó de pronto la atención de ambos. Uno de los guardias irrumpió apresuradamente en el gran salón.

—Milord, Craig y su esposa acaban de llegar.

Robin sonrió inmediatamente.

—Johen puede esperar.

Tomó la mano de Helena y ambos salieron justo cuando dos caballos cruzaban la reja del broch seguidos por tres carromatos y unos quince guardias.

Craig desmontó de un salto y se acercó rápidamente a Lenora. La agarró por la cintura con bastante poca delicadeza y la bajó del caballo.

Ella se apartó enseguida, trastabillando ligeramente. Craig soltó un resoplido y volvió la cabeza hacia Robin y Helena.

—¡Ya estamos en casa!

Lenora dio una patada furiosa contra el suelo.

—¡No! Vos estáis en casa, señor Mackay. Yo no.

Craig caminó directamente hacia Robin con expresión desesperada.

—Necesito una misión. Una propiedad lejana. Lo más lejos posible de aquí. Inmediatamente.