Capítulo veinticinco
La única razón por la que Helena no salió corriendo entre gritos de su nueva alcoba fue que Jena y Ainslee seguían allí sonriéndole.
Un grupo de criadas subió cubos de agua caliente mezclada con algo de agua fría y llenó la bañera que varios sirvientes habían llevado hasta la habitación.
Después vertieron aceites perfumados en el agua y, antes de que Helena pudiera reaccionar, ya la habían desnudado y metido dentro.
Como jamás había tenido criadas que la ayudaran a vestirse o bañarse, tampoco estaba acostumbrada a mostrarse desnuda delante de otras mujeres.
Las muchachas reían constantemente y resultaba evidente que muchas habían bebido bastante durante la celebración.
Hubo comentarios que Helena no terminó de entender y abundantes guiños.
Cuando la sacaron del baño, la secaron rápidamente y la dejaron de pie en mitad de la habitación envuelta en una sábana mientras una de ellas comenzaba a cepillarle el cabello.
—Tengo un camisón nuevo. Voy a ponérmelo.
Las mujeres se echaron a reír y siguieron empujándola hacia la cama. En cuanto llegó, le arrancaron la sábana de golpe.
—No necesitas camisón, muchacha. Tu marido te lo quitaría enseguida de todos modos.
La empujaron bajo las mantas justo cuando estallaban carcajadas masculinas al otro lado de la puerta.
—¡Ya llegan los hombres! —gritó una de las mujeres.
La puerta se abrió de golpe y empujaron a Robin dentro de la habitación. Había casi más ruido allí arriba que en el gran salón. Con las mujeres todavía presentes, los hombres desnudaron a Robin, levantaron las mantas y prácticamente lo lanzaron sobre la cama junto a Helena.
Las carcajadas resonaron otra vez; no parecía que tuvieran la menor intención de marcharse pronto. Helena notó que la cara le ardía. Era imposible que aquellos hombres no hubieran visto su cuerpo desnudo al levantar las mantas.
—Vamos, milord. Poneos a ello de una vez. Tenemos que asegurarnos de que el matrimonio queda bien consumado.
Helena respiró hondo y miró desesperadamente a Robin. Él negó levemente con la cabeza.
—No. Lo siento, muchachos, pero mi esposa y yo necesitamos intimidad.
Luden, uno de los guardias principales, soltó una carcajada.
—Intimidad tendréis el resto de vuestra vida. No querréis que todo el mundo dude mañana de si habéis hecho lo que debíais o no.
Más carcajadas. Finn dio entonces un paso al frente.
—Muy bien. El laird ha pedido privacidad. Estoy seguro de que mañana estará encantado de colgar la sábana para que todos la admiréis, pero por ahora sugiero que volvamos al gran salón y sigamos celebrando.
Los gemidos de protesta llenaron inmediatamente la alcoba. Una de las mujeres señaló a Robin entre risas.
—Solo aseguraos de no hacer más ruido que nosotros abajo, milord.
Helena creyó que iba a morirse de vergüenza. El grupo debía de llevar horas bebiendo y celebrando, y entre las voces, las risas y la humillación de aquella ceremonia empezó a notar un fuerte dolor de cabeza detrás de los ojos.
Finn comenzó a echar a todo el mundo de la habitación entre protestas y empujones. Cuando salió el último, se volvió hacia ellos y les guiñó un ojo.
—Mañana haré que Maude os suba comida. Vais a necesitar fuerzas.
Y, tras cerrar la puerta, Helena todavía pudo oírlo riéndose mientras se alejaba por el pasillo. Soltó un profundo suspiro.
—Ha sido horrible.
Robin sonrió mientras se acomodaba a su lado.
—Sí. Pero lo hacen con buena intención. Y con todo lo que han bebido, mañana apenas recordarán nada.
Helena se cubrió la cara con las manos.
—Espero que no, porque estoy segura de que levantaron demasiado las mantas.
Robin le acarició el cabello.
—¿Por qué te frotas la cabeza?
—Me duele. Creo que el estrés del día y todo esto me ha terminado pasando factura.
Robin salió de la cama sin mostrar el menor pudor por su desnudez.
—Pedí que subieran una botella de vino. Creo que una copa te sentará bien.
Helena intentó no mirarlo, pero no tuvo demasiado éxito. Los músculos de la espalda se movían bajo la piel mientras caminaba. Las piernas eran fuertes y perfectamente definidas. Y, cuando se volvió hacia ella completamente desnudo, Helena tuvo que resistir el impulso de esconderse bajo las mantas.
Robin soltó una risa suave al regresar junto a la cama con dos copas.
—Las muchachas se ponen muy nerviosas con el cuerpo humano desnudo.
El vino olía bien, pero mezclado con el olor de Robin resultaba casi embriagador.
Cuando él se inclinó hacia ella, un mechón oscuro se soltó de la cinta que le sujetaba el cabello y le cayó sobre el ojo.
Helena lo apartó suavemente detrás de su oreja y permanecieron mirándose unos segundos.
Después Robin se inclinó y la besó con suavidad.
Helena sintió la sonrisa de él contra sus labios y, cuando por fin se apartó, ella le rozó el labio inferior con la lengua y saboreó el vino.
—He visto hombres desnudos antes, ya que soy sanadora, pero nunca había visto uno... como tú.
Robin soltó una carcajada.
—¿Ah, no?
Le quitó la copa de las manos.
—Pareces demasiado nerviosa esta noche. Voy a darte un masaje en la cabeza. Te relajará. Túmbate boca abajo.
Helena obedeció y, un instante después, se sobresaltó al notar que él retiraba completamente las mantas.
—¿Qué haces?
—Calla y relájate, esposa.
¿Relajarse completamente desnuda? Intentó alcanzar las mantas, pero estaban demasiado lejos. Robin empezó a masajearle el cuero cabelludo y, al cabo de pocos minutos, Helena notó cómo la tensión comenzaba a desaparecer.
—Así está mucho mejor —murmuró.
Él bajó lentamente hacia el cuello y empezó a frotar la zona con los dedos.
—¿Y ahora?
Helena cerró los ojos.
—Maravilloso.
Las manos de Robin eran cálidas y fuertes.
Tan relajada estaba disfrutando de las caricias en el cuello que no se dio cuenta de que la otra mano descendía lentamente por su espalda hasta acariciarle el trasero.
Un estremecimiento le recorrió el cuerpo y el calor empezó a acumularse entre sus piernas.
Robin ya le había dado placer antes, pero habían estado vestidos en esos momentos y aquello resultaba muchísimo más intenso.
Deslizó un dedo entre sus piernas y Helena las abrió inmediatamente. Robin siguió masajeándole el cuello mientras le susurraba junto al oído con el aliento cálido y húmedo:
—¿Qué tal está ahora ese dolor de cabeza?
—Ha desaparecido.
La agarró suavemente del hombro y la hizo girarse hasta dejarla boca arriba.
Helena se quedó contemplando a aquel hombre increíblemente atractivo que todavía le costaba creer que fuera su marido.
Robin le acarició el pecho, luego rodeó lentamente el pezón con la yema del dedo y lo apretó suavemente.
—Oh...
El calor se extendió inmediatamente desde el pecho hasta el centro mismo de su cuerpo.
Cada vez estaba más húmeda. Robin se inclinó y la besó de un modo suave al principio que no tardó con convertirse en algo hambriento y posesivo.
Le giró ligeramente la cabeza profundizando el beso hasta dejarla casi sin respiración.
Cuando finalmente se apartó, rozó los labios de Helena con los suyos.
—Eres la mujer más hermosa que he visto jamás.
Le tomó la mano y la deslizó lentamente por el cuerpo hasta hacer que sus dedos rodearan el miembro erecto. Helena inhaló bruscamente.
—No imaginaba que pudiera ser tan grande. Tan duro... y al mismo tiempo tan suave.
Robin soltó una risa ronca.
—Eso es lo que me haces, esposa.
Después le soltó la mano, tomó uno de sus pechos y comenzó a succionarlo lentamente. Helena arqueó la espalda.
—Oh... eso está muy bien.
Robin sonrió contra su piel.
—¿Te gusta?
Ella asintió mientras las piernas se agitaban inquietas entre las sábanas.
Robin siguió jugando con el pecho mientras la otra mano descendía lentamente por el vientre hasta alcanzar el lugar más sensible de su cuerpo.
Volvió a besarla devorándole prácticamente la boca.
Después deslizó la mano sobre ella otra vez.
—Necesito que me liberes, muchacha, o terminaré derramándome sobre ti.
Le mordisqueó el cuello y fue subiendo lentamente hasta la zona sensible bajo la oreja.
Helena no podía quedarse quieta. Le acariciaba el rostro, el cabello, la espalda, buscaba continuamente su boca. Cada roce de aquellos labios le enviaba una oleada de placer por todo el cuerpo.
Robin volvió a acariciarla entre las piernas y empezó a mover los dedos sobre el pequeño punto sensible que ya le había hecho perder el control otras veces.
—Sí, Robin. Más fuerte... por favor.
—Lo que mi señora ordene.
Aumentó ligeramente la presión y deslizó primero uno y luego dos dedos dentro de ella. Helena tensó las piernas y soltó un gemido ahogado mientras el placer la atravesaba en oleadas. Robin se inclinó acariciándole la mejilla.
—Ah, mo chridhe... eres preciosa cuando pierdes el control.
La besó suavemente y después se colocó entre sus piernas.
—Esto dolerá un poco, mo chridhe, pero haré que lo olvides enseguida.
Antes de que Helena pudiera responder, Robin se hundió lentamente dentro de ella.
Esperaba dolor, pero apenas sintió un leve pinchazo.
Sobre todo notó plenitud, calor, la sensación increíble de tenerlo dentro.
Cuando Robin empezó a moverse lentamente, aquello dejó de resultarle extraño y pasó a ser maravilloso.
La tensión volvió a acumularse dentro de ella y comenzó a acompañar el movimiento de sus caderas. Robin dejó escapar un gemido grave.
—Lo siento, mo chridhe, pero llevo demasiado tiempo deseándote. No voy a poder aguantar mucho más.
El placer volvió a estallar dentro de Helena justo cuando Robin gritaba su nombre y se derramaba profundamente en su interior.
Robin abrió lentamente los ojos y sintió un cuerpo cálido y suave pegado a su espalda. Sonrió: su esposa. Por la posición del sol entrando por la ventana debía de ser ya casi la hora de cenar.
No habían salido de la habitación desde la noche anterior.
Habían dormido, comido, hecho el amor y dormido otra vez.
Y lo habían repetido tantas veces que Robin había perdido la cuenta.
Pero el estómago empezaba a recordarle que necesitaba una comida caliente de verdad, así que se giró hacia Helena esperando encontrarla dormida, solo que ella lo observaba ya con una pequeña sonrisa.
—Buenos días, esposo.
Robin soltó una carcajada y la atrajo contra el pecho.
—Es de noche, mi señora.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿De verdad?
—Sí. Creo que va siendo hora de abandonar la alcoba y comer algo decente.
En lugar de llevarles comida del gran salón, les habían dejado junto a la puerta bandejas con pan, queso, carne fría y cerveza.
Helena se desperezó lentamente, y se cubrió de inmediato cuando Robin sonrió al verla completamente desnuda, con el cabello revuelto, los labios hinchados por los besos y pequeñas marcas rojizas en el cuello donde él se había dejado llevar demasiado.
—Yo también tengo hambre —murmuró ella—. Será mejor que nos lavemos y nos vistamos antes de que se termine toda la comida.
Ayudarse mutuamente a vestirse acabó llevándoles muchísimo más tiempo del necesario; se detenían a besarse después de cada prenda. Cuando finalmente bajaron de la mano al gran salón, Finn levantó inmediatamente la copa.
—Bueno, mirad quiénes han decidido honrarnos por fin con su presencia.
Blair soltó una carcajada.
—Estábamos a punto de enviar un grupo de búsqueda.
Jena le dio un codazo y él le besó la mejilla. El gran salón estaba lleno de guerreros, guardias y algunos aldeanos que siempre eran invitados a quedarse a comer en el broch. Robin y Helena devoraron todo cuanto les sirvieron y Robin volvió a llenarle el plato. Blair los observaba divertido.
—Me pregunto de dónde habrá salido tanto apetito.
Jena volvió a darle con el codo.
—Ya basta. Lo importante ahora es la boda de Craig. Dentro de poco tendréis que viajar a Clyth.
Robin suspiró.
—Ah, es verdad. Lo había olvidado.
Helena le acarició suavemente la mano.
—Craig te salvó, Robin.
Él entrelazó los dedos con los de ella.
—Sí. Es cierto.
Después miró a Jena.
—Parece que tú sabes más del asunto que yo. ¿Cuándo es exactamente la boda?
—Dentro de una semana. Tendrás que empezar a organizar el viaje.
Tras la muerte de su madre, Robin había puesto a Gillian, una de las criadas veteranas, al frente de la organización del broch porque consideraba que Mairi todavía era demasiado joven.
Durante el último año había visto a Mairi ayudar cada vez más mientras Gillian empezaba a cansarse de tantas responsabilidades.
Ahora Helena asumiría aquel papel, aunque el aprendizaje tendría que esperar hasta después de la boda de Craig.
Mairi y Kenna también viajarían a Clyth junto a Robin, Helena y Finn, así que Gillian tendría que quedarse al mando durante su ausencia.
Robin decidió mentalmente que, al regresar, le ofrecería una jubilación tranquila y bien merecida.
Poco después comenzaron otra vez los preparativos para el viaje. Mairi y Kenna estaban emocionadas, aunque Finn parecía bastante menos entusiasmado y Robin y Helena habrían preferido quedarse solos en Dun Ugadale. Muy solos.
Robin cabalgaba junto al carro que transportaba el equipaje mientras las mujeres viajaban en el carruaje, rodeados por unos veinticinco guerreros y guardias.
Contempló las tierras Mackay: las aldeas, el broch, el lago, las montañas verdes extendiéndose bajo el cielo.
Recordó que no hacía demasiado tiempo había llegado a creer que jamás encontraría la felicidad.
Y ahora tenía a la mujer que amaba, quién sabía si hijos, pronto. Sí. A veces las cosas salían bien.
Solo esperaba que también fuera así para Craig.