No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

—Le pediré a Sutherland que haga venir a un sacerdote y podremos casarnos hoy mismo.

Helena abrió mucho los ojos.

—¡No podemos hacer eso!

Robin le rozó el cuello con la nariz.

—¿Por qué no?

Ella lo apartó ligeramente antes de que aquellos labios y aquel cuerpo cálido terminaran distrayéndola por completo.

—Eres el laird del clan Mackay. Debes celebrar una boda adecuada, con tu clan presente.

Robin hizo una mueca.

—Entonces celebraremos ahora mismo la ceremonia y ya pronunciaremos los votos matrimoniales cuando lleguemos a Dun Ugadale.

Helena se echó a reír al comprender de pronto que lo único que Robin quería era llevarla cuanto antes a la cama. En realidad, la idea le gustaba… solo que de haberlo hecho, todo el mundo sabría exactamente por qué tenían tanta prisa.

—No. Volveremos a Dun Ugadale y organizaremos una boda digna de un laird.

Robin soltó un gemido teatral.

—¡Eso puede llevar semanas!

Parecía un niño al que acababan de quitarle un pastel de frutos rojos de las manos.

—Puedo enviar un mensaje a Jena para que pida ayuda a tus hermanas, a Maude y a las demás muchachas del broch. Así podrán empezar los preparativos mientras nosotros hacemos el equipaje y viajamos de regreso.

Robin frunció el ceño.

—Es una boda importante. Mis hermanas todavía son unas niñas.

Helena negó lentamente con la cabeza.

—Igual que tú sigues siendo un hombre. Mairi tiene dieciséis años y Kenna trece. —Le dio un golpecito en el pecho—. Dentro de poco tendrás que empezar a buscarle marido a Mairi.

Robin abrió los ojos sorprendido.

—¿Dieciséis? Sí... supongo que pronto habrá que pensar en eso.

En ese momento Ainslee y Malcolm entraron en la habitación.

—Os hemos dado tiempo suficiente para resolver las cosas —dijo Ainslee—. ¿Debemos empezar a organizar una boda?

Robin rodeó inmediatamente a Helena con el brazo y la atrajo hacia sí.

—La muchacha ha dicho que sí. Ahora estamos discutiendo cuánto tardaremos en casarnos.

Malcolm soltó una carcajada.

—Entiendo perfectamente tus prisas, amigo, pero conviene hacer las cosas bien.

Robin resopló.

—Ya lo sé.

—Enviaré un mensajero a Dun Ugadale para avisar a mi hermana y pedir ayuda a la cocinera y a las muchachas del broch.

Ainslee miró a su marido.

—¿Podremos asistir a la boda?

Malcolm la observó con aquella calidez que casi nadie veía en el feroz laird Sutherland.

—¿Te gustaría ir?

—Sí. Los niños estarán perfectamente con Claray vigilando a las niñeras.

Malcolm apartó un mechón de cabello del rostro de su esposa.

—Te mereces descansar un poco de todo esto. Sí, iremos. Pediré a Conall que se encargue del castillo mientras estamos fuera. Además, estamos en tiempos de paz.

Ainslee se volvió hacia Helena.

—Vamos a buscarte un vestido adecuado. Con las prisas de tu prometido, seguramente podamos arreglar alguno de los tuyos con cintas y algunos detalles nuevos.

Malcolm señaló entonces el escritorio.

—También es buen momento para redactar el contrato matrimonial, Mackay.

Como Helena era huérfana y no aportaba propiedades al matrimonio, los hombres aún debían acordar ciertos asuntos para garantizar su seguridad y sus derechos futuros. Así que Robin y Malcolm se sirvieron whisky y se sentaron a discutir los detalles.

Mientras tanto, Ainslee tomó a Helena del brazo y ambas abandonaron la habitación hablando de lo que más disfrutaban las mujeres: bodas y celebraciones.

—Me alegro muchísimo por ti —dijo Jena secándose las lágrimas—. No puedo creer que mi hermana pequeña vaya a casarse.

—Por todos los santos, Jena, tú tenías exactamente mi edad cuando te casaste con Blair.

Helena se encontraba sentada frente al espejo intentando decidir cómo peinarse para la boda, que se celebraría al día siguiente.

—Sí, pero yo era mucho mayor a tu edad —replicó Jena mientras mecía al pequeño Arthur.

Helena soltó un suspiro.

—Veinte años son veinte años, así que deja de hablar como si yo fuera una niña demasiado joven para casarse.

—No quería decir eso. —Jena se interrumpió y volvió a secarse los ojos—. Perdóname, Helena. Todo esto me tiene demasiado sensible. Acabo de tener un hijo y ahora mi hermana pequeña también va a casarse.

Helena abandonó el taburete y fue a abrazarla.

—Viviremos en el mismo broch —le recordó—. Eso debería ayudarte a dejar de llorar.

Jena rio entre lágrimas.

—Es que todo ha ocurrido demasiado deprisa.

Helena sonrió al recordar el modo en que Robin prácticamente había organizado la partida al instante después de que ella aceptara casarse con él.

Junto con Malcolm, Ainslee y Blair, habían emprendido viaje hacia Dun Ugadale al día siguiente. Jena y el pequeño Arthur viajaban en una carreta junto con las pertenencias de Helena, acompañados también por Margie, la cocinera de Dornoch, que acudiría para ayudar durante la celebración.

Antes de partir, Helena pasó bastante tiempo con Malcolm revisando el contrato matrimonial que él y Robin habían redactado. No tenía la menor idea de que existieran acuerdos tan detallados para un matrimonio.

Malcolm le explicó que, al convertirse en esposa de un laird, debían quedar claras ciertas cuestiones relacionadas con futuros hijos, herencias y responsabilidades si Robin moría antes que ella.

Como Helena no tenía familiares varones cercanos, Malcolm actuó en su nombre durante toda la negociación, aunque lo cierto es que ella apenas prestó atención a nada, solo pensaba en que iba a casarse con el hombre al que amaba.

Abandonar Dornoch volvió a resultar doloroso.

La tía Dorathia ya no tenía fuerzas para realizar el viaje y asistir a la boda. Los años empezaban a pesarle demasiado y cada vez le costaba más moverse. Entre abrazos y lágrimas, Helena le prometió regresar a visitarla tan a menudo como pudiera.

Desde que llegaron a Dun Ugadale una semana atrás, Robin había encontrado constantemente maneras de quedarse a solas con ella. Y, por lo que Helena había descubierto hasta el momento, parecía incluso más impaciente que ella por llegar a la noche de bodas.

Un suave golpe en la puerta las interrumpió. Jena abrió y encontró a una de las criadas.

—Señorita Ross, Maude quiere preguntaros una cosa en la cocina.

Helena se puso en pie.

—Claro. —Miró a su hermana—. Pareces cansada. Quizá deberías descansar un poco.

Jena asintió mientras Helena abandonaba la habitación.

Finn permanecía junto a Robin vestido con el atuendo formal de los Mackay: Kilt, chaqueta, chaleco, medias. Zapatos y el tartán del clan sujeto sobre el hombro con el broche Mackay, símbolo de su condición de laird.

Cuando Helena apareció en la entrada de la iglesia, Robin sintió que se le detenía el corazón.

Llevaba el vestido que ella y Ainslee habían escogido, con el tartán Mackay sobre los hombros sujeto a la cintura mediante un precioso broche.

Sostenía un pequeño ramo de cardos y sus manos temblaban visiblemente.

Robin le tendió la mano en cuanto llegó junto a él.

—No te preocupes, muchacha. Esta parte es necesaria, pero será breve.

Helena respiró hondo.

—Estoy bien.

Robin sonrió suavemente y buena parte de la tensión desapareció del cuerpo de ella.

El sacerdote habló brevemente sobre la santidad del matrimonio antes de hacerles unir las manos, tras lo cual tomó una banda de tartán Mackay y la envolvió alrededor de ambas.

Robin había insistido en mantener también el rito de atar la manos, igual que habían hecho sus padres años atrás.

Mientras pronunciaban los votos, Helena sintió el calor de la mano de Robin envolviendo completamente la suya.

Segura, firme, protectora.

Lo miró a los ojos mientras repetían las palabras del sacerdote y comprendió que jamás se había sentido tan amada en toda su vida.

Tampoco era habitual que los novios se besaran tras la ceremonia, per Robin insistió. De hecho, Finn terminó dándole un codazo porque el beso empezaba a prolongarse demasiado y los miembros del clan ya se estaban echando a reír. Robin apoyó la frente contra la de ella.

—Te amo, esposa.

—Y yo a ti, esposo.

La multitud estalló en vítores. Buena parte del poblado había acudido para contemplar la boda de su laird con la sanadora a la que todos habían aprendido a querer. Como la ceremonia se celebraba fuera de la iglesia, había espacio suficiente para todos y, por suerte, el día era soleado y agradable.

Robin agradeció la presencia del clan y anunció que habría comida y bebida para todos los que quisieran unirse a la celebración. Los vítores sonaron todavía más fuertes.

Luego tomó a Helena de la mano y ambos echaron a andar hacia el broch. Ya dentro del gran salón, Robin la ayudó a subir al estrado y acercó una silla para ella. Entonces Helena frunció ligeramente el ceño.

—¿Dónde está Craig? ¿No piensa asistir a nuestra boda?

Robin se sentó a su lado.

—Craig está en el castillo de Clyth.

Ella arqueó las cejas y Robin sonrió.

—La única forma de que Gunn aceptara romper mi compromiso fue exigir que Craig permaneciera allí hasta la boda.

Helena se tapó la boca con la mano mientras reía.

—Eso es... muy interesante.

—Sí. —Robin suspiró teatralmente—. Me temo que solo tendremos unos pocos días para acostumbrarnos a ser marido y mujer antes de viajar a Clyth para asistir a sus votos.

A Helena le habría encantado disfrutar más tiempo a solas con él antes de volver a marcharse.

Además ahora debía empezar a ocuparse de sus nuevas responsabilidades como señora del broch, tareas que Mairi había asumido desde la muerte de la madre de Robin el año anterior.

Por suerte, la muchacha parecía encantada de librarse de aquellas obligaciones.

Las criadas empezaron a sacar enormes bandejas de comida: Aves asadas, jabalí, venado, pescado, tubérculos y montones de pan recién hecho.

Helena apenas había probado bocado en todo el día por culpa de los nervios, y ahora el estómago empezaba a recordárselo.

Robin llenó personalmente su plato y fue ofreciéndole los mejores trozos de carne.

La celebración se volvió cada vez más ruidosa a medida que corrían la cerveza, el vino y el hidromiel.

Cuando Helena terminó el último bocado que su estómago podía soportar, Robin se inclinó hacia ella.

—Creo que ya hemos celebrado bastante, esposa. Ha llegado el momento de retirarnos a nuestra alcoba.

Helena sonrió, sabía perfectamente lo que estaba pensando.

—No. Todavía queda el baile. Esta es mi boda, milord, y quiero disfrutarla y recordarla durante muchos años.

Robin apoyó la frente contra la de ella.

—Tienes razón. —Le rozó el oído con los labios—. Pero estoy deseando quedarme a solas contigo.

Cuando terminaron de retirar las mesas, los músicos comenzaron a tocar. Finn levantó inmediatamente su copa.

—Quiero desearle a mi hermano y a mi nueva cuñada toda la felicidad posible. —Miró a Robin—. Has tomado una excelente decisión, hermano. —Después volvió la vista hacia Helena—. Aunque respecto a ti, hermana... todavía no estoy seguro de que hayas hecho lo correcto.

Las carcajadas resonaron por todo el gran salón.

—¡Slainté! —gritó Finn.

Robin y Helena iniciaron entonces el tradicional paseo ceremonial por la sala, seguidos por familiares, guerreros e invitados. Cuando empezó el baile, Robin la estrechó entre sus brazos.

—Por fin te tengo cerca. —Bajó aún más la voz—. Aunque no lo bastante. Y llevas demasiada ropa.

La música cambió a una melodía más animada y Finn apareció inmediatamente para arrebatarle a Helena.

—Ahora me toca bailar con la hermosa novia.

Después de más de una hora pasando de mano en mano entre risas, música y vino, Helena buscó a Robin entre la multitud. Parecía agotado de tanta celebración, al igual que ella.

De pronto un grupo de mujeres irrumpió en la pista.

—¡Es hora de la ceremonia de la cama!

El corazón de Helena dio un vuelco; había oído hablar de aquella tradición, pero jamás imaginó verse envuelta en ella. Aunque, tratándose de la boda de un laird, formaba parte inevitable de la celebración. Buscó desesperadamente a Robin al otro lado de la sala.

Las mujeres ya empezaban a arrastrarla escaleras arriba entre risas y bromas. Robin consiguió acercarse justo antes de que desapareciera por el pasillo.

—Todo irá bien, Helena. Te veré arriba.