No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo veintiuno
79%

Capítulo veintiuno

«No voy a llorar. No voy a llorar. No voy a llorar.»

Las palabras resonaban una y otra vez en la cabeza de Helena al ritmo de los cascos del caballo. Aunque, en realidad, ya había llorado lo suficiente para llenar el gran salón entero. Y no es que hubiera pasado algo que no llevase semanas esperando.

Sabía perfectamente que cualquier relación entre el laird Robin Mackay y Helena Ross, la hija huérfana de un herrero, era imposible.

Quería odiarlo, pero lo amaba demasiado. Su tacto, su sonrisa, su manera de fruncir el ceño… sus besos. Sobre todo sus besos. Todo en Robin Mackay había terminado instalándose firmemente en su corazón.

Recordó el momento en que los hombres regresaron de la competición de los Gunn. Robin la había besado suavemente delante de todos. Y, en cuanto vio la expresión de sus ojos, comprendió que algo iba mal. Aquel no había sido el beso de un amante, sino una despedida.

Después de que él desapareciera, Helena hizo todo lo posible por escuchar las conversaciones del gran salón intentando averiguar qué había ocurrido durante la estancia en tierras Gunn. No le llevó más de media hora descubrir la verdad.

Una de las criadas comentaba emocionada con otra que el laird se había comprometido y que pronto el castillo tendría una nueva señora.

Helena no necesitó preguntar con quién. Robin jamás había hablado de matrimonio con ella. Al parecer, Gunn había terminado saliéndose con la suya y había conseguido que su hermana se fuese a casar con el laird Mackay.

No tardó mucho en hacer las maletas, tras lo cual fue a ver a Jena. Necesitaba desesperadamente un hombro sobre el que llorar.

—Quizá estés equivocada, Helena. Tal vez la criada haya entendido mal las cosas. Quizá Robin pensaba pedírtelo a ti. Quizá...

Helena levantó una mano.

—Basta. Sabes tan bien como yo que firmó el acuerdo de compromiso con Gunn porque era su deber. Todo lo demás no eran más que cuentos de hadas. Igual que los que mamá nos contaba cuando éramos pequeñas.

Jena acomodó al pequeño Arthur sobre el hombro y le acarició suavemente la espalda.

—¿Qué vas a hacer?

Helena levantó la barbilla.

—Volver a casa. La tía Dorathia me necesita. Tengo un lugar en Dornoch y un trabajo útil al que dedicarme.

—¿Cuándo te marcharás?

—Al amanecer. Si consigo una escolta para entonces.

Jena la observó en silencio. Helena sabía perfectamente el aspecto horrible que debía de tener después de tantas lágrimas.

—¿No quieres hablar antes con el laird?

Helena negó lentamente con la cabeza.

—No. Aunque parezca extraño, ya se ha despedido de mí.

Jena frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Helena se volvió hacia la puerta.

—Me dijo adiós. Solo que yo no lo sabía cuando me besó.

Había llegado un punto en que ningún guerrero quería entrenar contra Robin. Durante la semana transcurrida desde que descubrió que Helena había regresado a Dornoch sin despedirse de él, media docena de hombres terminaron necesitando las curas de Aline después de pasar por las listas.

—Hermano, si sigues así, vas a dejarnos sin guerreros para defender Dun Ugadale —gruñó Finn mientras regresaban de ver a la sanadora.

Robin se secó el sudor del rostro con un paño y lo arrojó al cubo junto al barril de agua.

—Por todos los demonios, ¿os habéis convertido todos en un grupo de viejas?

—No —respondió Finn—. Los guerreros siguen siendo los mismos. El único que ha cambiado eres tú.

Robin apartó a su hermano de un empujón y echó a andar hacia el broch.

—Estoy cumpliendo con mi deber hacia el clan.

Craig se colocó a su lado.

—Estamos hartos de oír hablar de tu deber. O rompes el compromiso y vas a buscar a Helena, o dejas de amargarnos la existencia a todos.

Robin también lo apartó bruscamente.

—No sabes de lo que hablas. No entiendes el problema.

Craig y Finn lo siguieron.

—Pues explícanoslo —dijo Craig—. Desde que regresaste de Clyth te comportas como un condenado. Y ninguno entendemos por qué de pronto decidiste casarte con la hermana de Gunn.

Robin negó lentamente con la cabeza. No podía convertirse en responsable de la muerte de una mujer. Porque, si Lenora no se arrojaba desde el puente, acabaría casada con una bestia que convertiría su vida en un infierno.

No había salida.

Aquella noche Robin volvió a sentarse en la misma mesa de la Posada del Pueblo, algo que llevaba haciendo cada noche desde su regreso de Clyth. Por mucho whisky que bebiera, no conseguía sacar a Helena de la cabeza. Nunca ninguna mujer lo había afectado así.

Sí, era hermosa, pero más importante aún, era inteligente, amable y lo bastante independiente para mantenerlo interesado el resto de su vida.

Excepto que no habría una vida junto a ella porque dentro de menos de una semana se casaría con lady Lenora Gordon.

Levantó la vista cuando la puerta de la posada se abrió y aparecieron Finn y Craig.

—¿Es que nunca conseguiré librarme de vosotros?

Finn se sentó frente a él mientras Craig ocupaba el banco de al lado. Finn hizo una seña a la camarera. La muchacha se acercó balanceando las caderas mientras observaba descaradamente a los tres hermanos.

—¿Qué os sirvo?

—Depende, muchacha. ¿Qué tienes para ofrecer? —preguntó Finn con aquella sonrisa descarada tan habitual en él.

Los ojos de la camarera brillaron inmediatamente.

—Lo que queráis, muchacho.

Finn se echó a reír.

—Hace años que dejé de ser un muchacho.

Le sonrió ampliamente.

—Mi hermano y yo tomaremos whisky.

—¿Y algo más? —preguntó ella.

Finn le guiñó un ojo.

—Ya veremos.

La camarera se alejó con una última mirada hacia ellos. Robin soltó un suspiro.

—¿Te parece necesario coquetear con todas las mujeres que ves?

—No. Solo con las bonitas.

Cuando las bebidas llegaron y los tres se acomodaron, Craig dio un largo trago antes de dejar la jarra sobre la mesa.

—Ya es hora de que hables, hermano.

Robin levantó la vista lentamente.

—¿Hablar de qué?

—De qué demonios ocurrió en Clyth para que cambiaras completamente de idea. Cualquiera que tenga ojos ve lo que había entre tú y Helena Ross.

Finn asintió.

—No creo que estuvieras tan desesperado por obedecer al Consejo como para condenarte a una vida miserable.

Robin se pasó una mano por el rostro y observó a sus hermanos.

Había crecido con ellos, peleado con ellos, entrenado y combatido hombro con hombro con ellos.

Cualquiera de los dos habría dado la vida por él, igual que él por la de ellos.

Quizá había llegado el momento de dejar de cargar solo con aquello.

Terminó la cerveza y pidió otra ronda a la camarera. Después miró a sus hermanos.

—Si no me caso con lady Lenora Gordon, piensa quitarse la vida.

Los ojos de Finn y Craig se abrieron de golpe.

Tras varios días de viaje agotador, Helena sintió que preferiría recorrer a pie el resto del camino antes que seguir sobre el caballo.

Sus escoltas se habían mostrado amables y atentos, pero parecían mucho menos cansados que ella.

De hecho, todavía tenían aspecto de poder marchar directamente a una batalla.

Lo cierto es que agradecía profundamente la escolta. En cuanto le comunicó a Jena que se marchaba, su hermana fue inmediatamente en busca de Blair para que organizara el viaje.

Despedirse de todo el mundo habría sido demasiado difícil. Estaba tan alterada emocionalmente que probablemente habría acabado haciendo el ridículo delante del clan entero. No sabía cómo, pero Maude terminó enterándose de su marcha e insistió en prepararle comida para el camino.

—Lo que está haciendo el laird está mal —le dijo la cocinera entre sollozos mientras la abrazaba—. Y cuando lo vea pienso decírselo.

Helena de devolvió el abraz con fuerza antes de apresurarse hacia los establos. Si se demoraba demasiado, volvería a llorar.

No había visto a Robin, y casi se alegraba de ello. No sabía si habría terminado abrazándolo o dándole una bofetada.

Salió de sus pensamientos al ver murallas de Dornoch apareciendo en la lejanía, acogedoras y al mismo tiempo profundamente tristes. Durante semanas se había repetido que debía regresar allí para ayudar a la tía Dorathia, pero, en el fondo de su corazón, había alimentado un pequeño cuento de hadas.

Bueno, el cuento había terminado.

Había sido una estupidez por su parte permitir que ocupara un lugar tan grande dentro de ella. Y especialmente dentro de su corazón.