No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

—Creo que ha llegado el momento de empezar a pensar en volver a casa —dijo Helena a su hermana mientras la nueva niñera cambiaba el pañal al pequeño Arthur.

Jena levantó la vista.

—¿Tan pronto?

—Me temo que sí. Parece que ya lo estás llevando bastante bien y sé que la tía Dorathia espera que regrese para ocuparme de la curación del clan.

Jena tomó al bebé en brazos y se sentó en la cama.

—No quiero que te vayas. —La voz le tembló y respiró hondo—. Esperaba que encontraras aquí a alguien que te quisiera y te casaras para que pudiéramos seguir juntas para siempre.

Helena se sentó a su lado y le tomó la mano.

—Las cosas no siempre salen como esperamos.

—¿Y el laird? No me digas que no está interesado en ti. O tú en él.

Ella negó lentamente con la cabeza y jugueteó con los pliegues de la falda.

—Necesita casarse bien. Yo solo soy la hija huérfana de un herrero.

—Han sucedido cosas más extrañas, hermana. Conall Sutherland se casó con una muchacha del poblado. Su padre había sido granjero antes de quedar inválido y fueron sus hermanos quienes tuvieron que mantener a la familia.

—Conall no era el laird del clan Sutherland.

—No, pero sí el hermano del laird.

Helena volvió a negar con la cabeza.

—Es una conversación inútil. Tengo que empezar a pensar con claridad y preparar mis cosas. Cuando los hombres regresen de la competición, estaré lista para marcharme.

Los ojos de Jena se llenaron de lágrimas. Se acercó a ella y la abrazó.

—De verdad que no quiero que te vayas.

La voz le seguía temblando y aquello hizo que también a Helena se le humedecieran los ojos.

—Volveré a visitarte. No está tan lejos. Y tú también podrás viajar a tierras Sutherland para que todos conozcan a este pequeño tan precioso.

Antes de echarse a llorar de verdad, Helena se puso en pie.

—Voy a bajar al gran salón a ver si necesitan ayuda para preparar la comida del mediodía. —Le dio unas palmaditas cariñosas en el hombro—. Te veré abajo.

Lo que realmente deseaba era encerrarse en su habitación y derrumbarse sobre la cama a llorar.

Aunque jamás se lo admitiría a Jena, todavía conservaba en el fondo del corazón la absurda esperanza de que Robin regresara de la competición, la tomara entre sus brazos y le dijera que la quería como esposa y que vivirían felices para siempre.

Pero esas cosas no les ocurrían a las huérfanas de herrero.

La competición que debía comenzar aquel día terminó aplazándose porque llovía tanto que los arqueros apenas habrían podido distinguir las dianas.

Como la prueba prevista para la primera jornada era precisamente un torneo de tiro con arco, los Gunn propusieron sustituirla temporalmente por combates cuerpo a cuerpo. Sin armas. Solo fuerza y habilidad.

—Algunos de esos guerreros Gunn son hombres enormes —comentó Finn mientras él, Craig y Robin se preparaban para luchar.

Para impedir que sus rivales pudieran agarrarlos de la ropa, los hermanos Mackay decidieron combatir desnudos. Y, en cuanto el resto de hombres vio lo que hacían, empezó a formarse rápidamente una montaña de prendas junto a la muralla de la fortaleza.

Lamond, uno de los guerreros Mackay, fue el primero en enfrentarse a Dungar, un luchador del clan Mackenzie.

El combate resultó rápido. Dungar, un hombre corpulento y poderoso, no esperaba la velocidad de Lamond, mucho más joven y ligero. Antes siquiera de que la multitud terminara de acomodarse para observarlos, la pelea ya había concluido.

Robin le dio una palmada en la espalda.

—Muy bien hecho, muchacho.

El joven arquero, todavía bastante inexperto, casi parecía incapaz de creer que el laird lo estuviera felicitando personalmente.

Los siguientes en combatir fueron Knox y Finn.

—Bórrale esa sonrisa de la cara, hermano —dijo Robin.

Ambos hombres comenzaron a rodearse lentamente.

—¿De verdad crees que puedes vencerme, hermanito? —se burló Knox mientras bajaban el centro de gravedad preparándose para lanzarse el uno contra el otro.

La pelea comenzó de inmediato. Knox atacó primero, abalanzándose sobre Finn sin darle tiempo a reaccionar. Ambos cayeron al barro y Finn logró golpearlo en la mandíbula justo antes de que Knox le barriera las piernas.

El combate se prolongó tanto que los dos terminaron cubiertos de barro y jadeando por el esfuerzo. Resultaba evidente que estaban muy igualados y, finalmente, Gunn declaró el empate.

Ninguno de los dos quedó satisfecho con el resultado, pero acabaron incorporándose, se estrecharon la mano y regresaron junto a sus hombres.

—Buena pelea, Finn —dijo Craig.

A medida que avanzaba el día, la lluvia fue remitiendo y el sol terminó apareciendo entre las nubes.

Las distintas pruebas dieron la victoria parcial a los Gunn, los Mackenzie y los Sinclair.

Los Macleod y los Mackay empataron en el primer puesto y los Sinclair quedaron terceros.

Resultaba evidente que Gunn no estaba demasiado satisfecho con el rendimiento de sus hombres.

Cuando los guerreros terminaron de beber y de echarse agua fría sobre la cabeza para quitarse el barro, el laird Gunn sonrió a los líderes de los clanes vencedores.

—¿Qué os parece un combate entre los Macleod y los Mackay?

Robin aceptó sin vacilar.

Pensaba asegurarse el mayor honor de aquella jornada para su clan.

—No creo que sea buena idea, hermano. Todavía te estás recuperando de la herida del costado —murmuró Finn mirando de reojo al enorme laird Macleod.

—Ya estoy curado. No pasa nada.

Craig se inclinó ligeramente hacia él.

—Termínalo rápido.

Los dos hombres se encararon.

Robin sabía perfectamente que no sería una victoria sencilla.

El Macleod era grande, fuerte y sorprendentemente ágil para su tamaño.

Ya lo había visto competir antes y conocía su manera de luchar: rápida, eficaz y brutal.

Si quería evitar dañarse el costado recién curado, tendría que usar la cabeza además de los músculos.

Robin esquivó el primer ataque y se lanzó inmediatamente contra él. Lo rodeó por la cintura y le impulsó la cabeza hacia atrás con violencia hasta golpearle la mandíbula. Macleod cayó al suelo, aunque volvió a levantarse casi al instante.

Comenzaron a girar lentamente sobre el barro húmedo mientras los guerreros de ambos clanes gritaban animándolos.

Robin volvió a abalanzarse sobre él, pero esta vez Macleod estaba preparado.

Le plantó ambas manos sobre los hombros y lo empujó con tanta fuerza que Robin resbaló y cayó sentado en el barro.

Aprovechando la posición, Robin atrapó rápidamente una de sus rodillas entre los brazos y tiró con todas sus fuerzas.

Macleod cayó de espaldas, aturdido y sin aire en los pulmones, circunstancia que Robin aprovechó para lanzarse sobre él antes de que pudiera recuperarse; apoyó luego el pie sobre su garganta y apretó.

El Macleod gruñó, levantó una mano admitiendo la derrota y Robin retrocedió inmediatamente. Los guerreros Mackay estallaron en vítores, saltando y empujándose entre carcajadas mientras resbalaban sobre el barro. Knox se acercó a Robin y le dio una palmada en la espalda.

—Lo has hecho muy bien, Mackay.

Robin le dio las gracias con visible desgana y se volvió hacia Craig.

—Es hora de quitarnos todo este barro de encima, hermano.

Todos los echaron a correr juntos hacia el lago y se lanzaron al agua helada.

A Robin le sentó bien limpiarse el barro y aliviar los músculos todavía doloridos por la pelea.

Habían acudido a tierras Gunn esperando participar en tiro con arco, tira y afloja, lanzamiento de tronco y lanzamiento de piedra.

Según se decía, los juegos durarían menos de una semana.

Hasta el momento ya habían perdido un día entero y Robin esperaba sinceramente que Gunn no decidiera prolongar aún más las competiciones.

Suspiró.

Unos pocos días no deberían parecer tanto tiempo, pero para él eran una eternidad.

Ansiaba regresar a Dun Ugadale y pedirle a Helena que se casara con él, dijera lo que dijera el Consejo.

Probablemente tendría incluso que enviar un mensaje a Sutherland para solicitar formalmente permiso al laird, puesto que Helena pertenecía a su clan.

Una vez limpios y vestidos, los hombres regresaron al gran salón. Sirvieron cerveza y comenzaron a discutir animadamente sobre los mejores guerreros del día.

Por suerte parecía que el tiempo mejoraría al día siguiente y la competición de tiro con arco podría celebrarse por fin.

—Mackay.

Robin se volvió al oír la voz de Gunn y reprimió un gruñido.

No quería hablar de su hermana, de matrimonios, de deberes o de compromisos.

Hasta el momento ni siquiera había vuelto a ver a lady Lenora, aunque, teniendo en cuenta que la mayoría de hombres habían pasado el día luchando desnudos en el barro, probablemente solo las muchachas más atrevidas se habían acercado a mirar.

Como invitado, intentó mantener un tono cordial.

—Sí, Gunn. La competición de hoy ha sido excelente.

—Ven a mi salón privado. Tengo un whisky magnífico.

Robin buscó alguna forma elegante de evitar la conversación que sabía perfectamente que iba a producirse, pero no pudo dar con nada.

Una vez instalados en la sala privada de Gunn, decorada con muebles oscuros, tapices sombríos y estanterías repletas de espadas y cuchillos, el otro laird le sirvió whisky y habló sin rodeos:

—Esperaba que ya estuvieras preparado para firmar el acuerdo de compromiso con mi hermana.

Robin no tenía intención de empezar una discusión abierta mientras aún debía permanecer varios días en aquella fortaleza, así que se aclaró la garganta antes de responder:

—Me estás pidiendo algo que requiere reflexión.

Gunn agitó la mano con impaciencia.

—¿Qué reflexión hace falta? Eres un laird. Lady Lenora es hermana de un laird. Un matrimonio entre Mackay y Gunn beneficiaría a ambos clanes.

Robin no mencionó que, dada la diferencia de tamaño y riqueza entre ambos territorios, el mayor beneficiado sería Gunn. De pronto, este golpeó la mesa con el vaso haciendo que parte del whisky se derramara.

—Quiero una respuesta antes de que abandones mis tierras, Mackay. No es una decisión difícil y empiezo a creer que me estás insultando.

Robin dio un sorbo a la bebida mientras lo observaba por encima del borde del vaso. Aquel hombre tenía un temperamento peligroso.

—No pretendo insultarte, Gunn. Pero el matrimonio es para toda la vida y me gustaría pasar algo más de tiempo con la muchacha antes de firmar ningún acuerdo.

Gunn soltó un gruñido.

—Ya tuviste tiempo de sobra cuando estuviste en Dun Ugadale.

—Entonces estaba ocupado con asuntos del clan. Como laird, sabes perfectamente que nuestro tiempo rara vez nos pertenece.

—Muy bien. —Entrecerró los ojos—. Te quedarás aquí unos días más.

Tengo otra copia del acuerdo de compromiso.

Espero que aproveches el tiempo con la muchacha y firmes antes de marcharte.

—Hizo una pausa y añadió con voz cargada de amenaza—.

Porque, si no lo haces, puedes dar por seguro que Gunn y Mackay acabarán siendo enemigos.

Robin asintió lentamente y abandonó la sala. Aquel hombre había perdido completamente el juicio; los Mackay eran más numerosos, más ricos y militarmente mucho más fuertes. Si llegaba la guerra, podrían aplastar a los Gunn en cuestión de días, quizá incluso de horas.

El gran salón ya empezaba a llenarse para la cena cuando regresó. Vio que Finn y Craig se le acercaban.

—¿Qué quería el laird? —preguntó Finn.

Robin soltó un bufido.

—¿Tú qué crees?

Craig negó con la cabeza.

—¿Por qué no firmas el acuerdo y acabas de una vez? Yo no tengo intención de casarme nunca, pero si me obligaran, lo haría, me acostaría con la muchacha y seguiría con mi vida.

Robin se pasó una mano por el cabello.

—Eres idiota, Craig. El matrimonio no funciona así. Tu esposa exigiría tiempo y atención. Querría hablar contigo. Y luego llegarían los hijos. ¿También piensas ignorarlos?

Finn apoyó una mano conciliadora sobre el hombro de Robin.

—No merece la pena discutir por esto. Comamos algo y se os pasará el mal humor a los dos.

Los tres se dirigieron hacia las mesas de los guerreros.

—No, Mackay. Venid al estrado con nosotros.

Gunn acababa de aparecer detrás de ellos.

Robin ocultó como pudo la irritación, se levantó y siguió al otro caudillo hasta el estrado.

Lady Lenora ya estaba allí, junto a Knox y otros miembros cercanos de la familia Gunn.

Según le habían contado a Robin, Gunn solo había tenido dos hijos varones: Knox y otro niño enfermizo que murió antes de cumplir los dos años.

A una señal de Gunn, Robin ocupó el asiento junto a lady Lenora. Y entonces se quedó helado al ver que el ojo derecho de la mujer estaba amoratado e hinchado. Lady Lenora hizo una ligera mueca de dolor al girarse hacia él.

—Buenas noches, laird. Gracias por acompañarnos.

Robin sintió una oleada de horror. La habían golpeado.

Comprendió , viendo la absoluta normalidad con la que Gunn actuaba, que solo se podía sacar una conclusión sobre quién le había hecho aquello.

Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no lanzarse sobre la mesa y partirle la cara allí mismo, pero consiguió tragarse la rabia y sonrió a la muchacha.

—Buenas noches, lady Lenora.

Las manos de ella temblaban ligeramente al levantar la jarra de cerveza.

—Tengo entendido que hoy habéis luchado muy bien en la competición.

A Robin le costaba incluso mantener la conversación sabiendo que la mujer estaba esforzándose por mostrarse amable después de recibir semejante paliza. En su clan, cualquiera que golpeara a una mujer o a un niño era castigado con dureza, jamás permitiría algo así bajo su protección.

Durante toda la cena, la mano de lady Lenora siguió temblando. Hizo verdaderos esfuerzos por conversar con él mientras Robin luchaba constantemente contra el impulso de cruzar la mesa y darle a Gunn la paliza que merecía.

Cuando terminaron de comer, lady Lenora miró un instante hacia su hermano y luego volvió la vista hacia Robin.

—¿Os apetecería pasear un poco por el jardín, laird?

Robin sabía que no tenía elección. Además, necesitaba descubrir qué había sucedido realmente. Aunque en el fondo estaba seguro de conocer perfectamente la respuesta.

—Por supuesto, milady. Será un honor pasear con vos.

Por todos los santos... ¿Qué demonios iba a hacer ahora?