No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo trece
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Capítulo trece

Robin seguía concentrado en la conversación con sus hermanos y apenas se dio cuenta de que Helena había abandonado el broch.

No vio el arisaidh de los Sutherland sobre sus hombros, ni la cesta de remedios que llevaba en la mano, ni tampoco que llevaba el cabello suelto, probablemente porque él mismo le había sostenido la cabeza mientras la besaba.

—No tenemos ni idea de por qué Gunn ha decidido visitarnos justo después del ataque al pueblo y de nuestra respuesta —dijo Finn mirando a Robin—. ¿Crees que sabe lo de tu herida?

Robin resopló.

—Aunque lo supiera, ¿crees que ha venido para comprobar si me estoy recuperando bien? Si quisiera atacarnos, solo habría venido a descubrir por qué su hombre no consiguió atravesarme en lugar de hacerme un simple corte en el costado.

—Yo sigo diciendo que viene para presentarte a su hermana viuda. —Craig observó a Robin intentando aparentar indiferencia—. ¿Estás preparado para echarle un vistazo a la muchacha? No sé mucho de mujeres, pero una vez en la cama una es tan buena como otra.

Robin soltó una carcajada seca.

—Ah, qué magnífica opinión tienes del matrimonio.

—Con un hermano mayor obligado a casarse y tener hijos, y un hermano pequeño detrás de él, no veo ninguna necesidad de meterme yo también en semejante lío.

—Basta ya de tonterías. —Robin señaló hacia las escaleras con un gesto de cabeza—. El Consejo viene hacia aquí.

Cuando todos ocuparon sus lugares alrededor de la mesa y las criadas les sirvieron bebida, Johen habló primero.

—¿Estáis dispuesto a aceptar la propuesta de Gunn respecto a su hermana?

A pesar de la irritación que le recorrió el cuerpo, Robin logró responder con un seco:

—No.

Malcolm dio un sorbo a la cerveza.

—Es vuestra responsabilidad.

Aquello terminó de hacerle perder la paciencia.

—Conozco perfectamente mis responsabilidades y no necesito que me las recordéis cada dos minutos. Solo tengo veinticuatro años; no me he vuelto senil de repente. Y, por si lo habéis olvidado, tengo dos hermanos menores detrás de mí.

Johen se volvió hacia Duncan.

—Nuestro laird se irrita cada vez que mencionamos el tema desde que llegó la señorita Ross.

—No es cierto —gruñó Robin.

Lo último que necesitaba era que el clan entero empezara a observarlo a él y a Helena. Lo peor era que cada vez que pensaba en enviarla de vuelta a Dornoch sentía una desagradable sensación de pérdida que no sabía cómo interpretar.

En ese momento un guerrero irrumpió en el gran salón.

—¡Gunn ha llegado!

Aquello resultó una bendición a medias; por un lado ponía fin a la discusión, mas por el otro, la hermana de Gunn estaba a punto de cruzar la puerta para que la cortejase.

Varios guerreros entraron primero, seguidos por una mujer que llevaba un velo cubriéndole el rostro. Al parecer la hermana viuda seguía guardando luto por su marido, cosa que quizá jugase a favor de Robin.

Se dio cuenta de lo que acababa de decirse a sí mismo. ¿Por qué no quería siquiera mirar a la joven viuda? Necesitaba esposa y era una mujer disponible, por no mencionar que, como decía Craig, una vez apagadas las velas una mujer era tan buena como cualquier otra.

Claro que un hombre pasaba muchas más horas despierto que en la cama, y si la mujer resultaba ser una arpía o tenía la personalidad de un viejo poni malhumorado, las horas diurnas podían ser eternas.

—Quítate el velo, Lorna. Pareces una anciana —gruñó Gunn a su hermana.

La mujer obedeció y dejó caer el velo sobre los hombros antes de sacudir una larga melena ondulada de color rojo oscuro. Después levantó la vista hacia Robin con unos sorprendentes ojos azules. Antes de que pudiera decir nada, oyó a Craig murmurar:

—Por los pies... es preciosa.

Y, maldita fuera, su hermano tenía razón. Era una mujer de estatura media, piel cremosa y labios llenos. Se apoyó una mano en la cadera mientras sostenía el velo entre los dedos.

—Mackay, este es mi hijo, Knox Gunn.

El joven que permanecía junto a su padre inclinó brevemente la cabeza. Era un hombre atractivo y alto, con el mismo cabello rojizo y los mismos ojos azules que su padre.

Gunn señaló entonces a la mujer.

—Y esta es mi hermana, Lorna Gunn. Ha enviudado hace poco y ya está preparada para encontrar otro marido.

Lady Lorna frunció el ceño mirando a su hermano.

—Soy lady Lorna Gordon. Y no estoy preparada para otro marido. Aunque sí me vendría bien una buena jarra de cerveza o vino.

Gunn le devolvió la mirada con dureza.

—Cuida tus modales, muchacha, o acabarás sintiendo el dorso de mi mano.

Craig se puso inmediatamente en pie y apoyó la mano sobre la espada.

—Aquí no lo haréis. En el clan Mackay no permitimos que se golpee a las mujeres.

Robin intervino antes de que aquello empeorara.

—Creo que lady Lorna tiene razón. —Señaló el estrado—. Sentémonos a beber algo y pediré que traigan comida.

Lady Lorna pasó junto a su hermano y ocupó su lugar en el estrado sin mirarlo siquiera. Poco después Gunn y Knox se reunieron con ellos.

Robin tuvo que admitir que la mujer era realmente hermosa…

pero no sentía nada parecido en su presencia a lo que experimentaba cuando estaba con Helena.

Parecía tener un carácter difícil, mientras que Helena era dulce, amable y siempre estaba intentando ayudar a todo el mundo, incluso cuando lo regañaba.

Pero se había prometido a sí mismo dejar de pensar en Helena Ross. Vio a varios miembros del Consejo observándolo a él y luego a lady Lorna. Lo mejor sería ignorarlos y concentrarse en Gunn.

—¿A qué debemos el honor de vuestra visita, Gunn?

Robin esperaba sinceramente que la única razón de aquella visita no fuera intentar colocarle a su hermana. Incluso aunque fuera así había demasiados asuntos pendientes entre ambos clanes para ignorarlos. En aquellos momentos sentía que estaban peligrosamente cerca de la guerra.

Gunn agitó la jarra.

—Prefiero recuperarme primero del viaje con comida y cerveza. Mañana tendremos tiempo de sobra para discutir nuestros problemas. —Miró alrededor del gran salón—. ¿Dónde están las criadas?

En ese momento varias muchachas salieron de la cocina cargadas con jarras de cerveza y vino, además de bandejas de pan, queso, carne fría, mantequilla y manzanas. Lo dejaron todo sobre la mesa mientras Gunn seguía con la mirada a la más bonita de las criadas.

Por San Vicente. Robin esperaba no tener que vigilar a aquel hombre constantemente.

En el clan Mackay no solo estaba prohibido golpear a las mujeres; tampoco permitían que nadie obligara a una criada a compartir cama con él. Si alguna muchacha decidía hacerlo, debía ser únicamente por voluntad propia.

Como decidieron aplazar hasta el día siguiente cualquier conversación seria sobre los problemas entre clanes, el resto de la velada transcurrió escuchando a Gunn enumerar las innumerables virtudes de su hermana.

Lady Lorna, por su parte, hizo todo lo posible por ignorarlo y bostezó varias veces de forma exagerada.

—¿Os gustaría que una criada os acompañara a vuestra habitación? —preguntó Craig.

Lady Lorna se puso en pie tan deprisa que casi volcó el taburete.

—Sí, gracias, milord Mackay. Os lo agradecería muchísimo.

—Haré que venga alguien ahora mismo.

Craig abandonó inmediatamente el gran salón en busca de una criada. Robin reprimió una sonrisa al darse cuenta de que su hermano estaba completamente fascinado.

Helena dejó por fin dormida a la pequeña enferma. Le había dado una pócima para aliviarle la tos y ayudarla a respirar mejor. Agotada, montó otra vez a caballo mientras los dos guerreros que la escoltaban ocupaban sus posiciones a ambos lados.

—Parece que los Gunn ya han llegado —comentó Mason.

Helena levantó la vista y reparó por primera vez en las numerosas hogueras encendidas junto a las murallas del broch.

—¿Los hombres no duermen dentro? —preguntó.

—No hay sitio para todos en el gran salón —explicó Carson—. Muchos miembros del clan duermen allí, así que la mayoría de los guerreros prefieren descansar fuera.

Helena deseaba comprobar cómo seguían Jena y Arthur y, si tenía suerte, ambos estarían dormidos para que ella pudiera retirarse por fin a su propia habitación y caer rendida sobre la cama.

Robin, Finn y Craig seguían sentados en el gran salón junto a varios hombres que ella no reconocía.

Helena pasó de largo y se dirigió hacia las escaleras.

—¿Y quién tenemos aquí?

Uno de los desconocidos, vestido con los colores de los Gunn, se interpuso en su camino bloqueándole el paso.

Era un hombre alto y atractivo, de cabello rojizo oscuro y brillantes ojos azules.

Probablemente el hijo de Gunn.

Decidió comportarse con cortesía.

—Buenas noches. Soy Helena Ross.

El hombre sonrió.

—Claro que sí. ¿Y qué hace una Ross en el broch Mackay?

Por el rabillo del ojo Helena vio tensarse a Robin, pero se limitó a responder educadamente:

—Mi hermana está casada con un Mackay. He venido a visitarla.

El hombre sonrió todavía más, abrió ligeramente las piernas y apoyó una mano sobre la espada.

—Entonces tendré que asegurarme de encontrar tiempo para visitaros mientras estemos aquí, muchacha.

—Knox, deja en paz a la chica y vuelve aquí —gritó un hombre mayor que parecía una versión envejecida del propio Knox.

—Ya voy, padre. Solo estaba charlando con esta preciosa muchacha. —Inclinó ligeramente la cabeza hacia Helena—. Espero volver a veros mientras estemos aquí, señorita Ross.

Incómoda al sentirse observada por tantos hombres, Helena le devolvió una sonrisa rápida y se alejó enseguida. Por suerte Arthur dormía profundamente cuando entró en la habitación de Jena, al igual que la propia Jena. Blair estaba sentado en un rincón trabajando en algo de cuero.

—Parece que los dos están agotados —comentó Helena en voz baja.

Blair alzó la vista hacia su esposa y la expresión de amor de su rostro estuvo a punto de hacerla llorar. Cómo le gustaría que algún hombre la mirara así. Quizá algún día, pero en aquel momento lo único que deseaba era dormir.

—Buenas noches, Blair.

Él asintió y Helena abandonó la habitación en dirección a la suya. Mientras se desvestía, se lavaba y se cepillaba el cabello, volvió a pensar en el hombre que la había detenido en el gran salón.

Knox Gunn era atractivo, sí, pero no despertaba en ella aquel cosquilleo en el estómago que sentía cada vez que Robin se acercaba demasiado.

Se metió en la cama y permaneció tumbada boca arriba contemplando el dosel.

Si quería evitar regresar a Dornoch con el corazón roto, tendría que mantenerse firme y evitar a Robin todo lo posible, cosa relativamente fácil porque con los Gunn instalados en el broch, estaría demasiado ocupado para buscarla.

Suspiró, se volvió de lado y se abrazó a la almohada.

Había sido un beso tan bonito...