No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo doce
46%

Capítulo doce

—Te agradecería que aprendieras a llamar a la puerta antes de entrar en mi dormitorio sin permiso, hermano.

Robin se puso una camisa limpia, ya que la otra estaba manchada de sangre. La pobre Helena había salido corriendo tan deprisa que casi derriba a Craig al cruzarse con él en la puerta.

—Antes no parecía importarte. —Craig se apoyó contra la pared con los brazos cruzados mientras observaba a su hermano ajustarse la camisa y peinarse—. Y ya te advertí que estabas buscando problemas. El Consejo jamás aprobaría que tomaras a Helena por esposa.

—Nadie ha hablado de matrimonio.

Satisfecho con su aspecto y agradecido de que Helena hubiera salido tan precipitadamente que olvidara darle la pócima con la que llevaba amenazándolo toda la tarde, pasó junto a su hermano y se dirigió hacia el gran salón, lo que no impidió que Craig fuera detrás de él.

—Está bajo tu protección aquí, en Dun Ugadale. Y además pertenece al clan Sutherland. Los Sutherland no aceptarían precisamente de buen grado que devolvieras a la muchacha sin virginidad o con un hijo en el vientre.

Robin apretó los dientes.

—No tengo intención de acostarme con ella.

Su hermano tuvo el descaro de echarse a reír.

—Déjame decirte algo, hermano. Tienes exactamente la pinta de un hombre que está a punto de hacerlo. Y, por lo que acabo de ver, estás peligrosamente cerca. —Le señaló con un dedo—. Aléjate de ella.

Robin se detuvo y se llevó las manos a las caderas.

—Soy tu laird. No me digas lo que tengo que hacer.

—Y yo soy tu hermano, así que diré lo que me dé la gana. Párate a pensar un momento y considera lo que estás haciendo. Y, sobre todo, lo que le estás haciendo a la muchacha.

Robin no era ningún idiota y sabía perfectamente a qué se refería Craig. Si arruinaba a Helena, podría provocar un conflicto entre los Mackay y los Sutherland. Y también sabía tan bien como su hermano que el Consejo esperaba de él un matrimonio capaz de aportar riqueza y alianzas al clan.

Se frotó la cara mientras entraba en el gran salón para cenar. La estancia empezaba a llenarse rápidamente. Los guerreros regresaban del campo de entrenamiento y aquellos que no tenían esposa ni familia en una cabaña propia iban ocupando sus lugares para la comida.

Finn asintió cuando Robin tomó asiento.

—He oído que ignoraste el consejo de Helena y acabaste reabriéndote la herida durante el entrenamiento.

Oh, ¿es que no había nadie en el clan que no tuviera algo que decirle? Todo el mundo parecía olvidar que él era el laird, que era quien daba las órdenes, no al revés. Siempre había sido demasiado permisivo con sus hermanos y ahora estaba pagando las consecuencias.

—No es asunto tuyo, pero Brendan me golpeó con la espada y no me aparté lo bastante rápido. Solo se abrieron un par de puntos. ¿Satisface eso tu curiosidad?

Finn arqueó las cejas.

—Vaya. Estás de muy mal humor esta noche. ¿Te ha regañado Helena?

Robin dejó la jarra sobre la mesa con un golpe seco.

—No quiero volver a oír hablar de Helena. ¿Entendido?

Varios miembros del clan sentados cerca del estrado volvieron la cabeza hacia él. Mierda. Empezaba a sentirse asfixiado.

«Busca esposa y no toques a Helena. Necesitamos una alianza. El Consejo jamás aceptará una unión así.»

Comenzó a comer ignorando a todos los que lo rodeaban.

¿Qué sentía exactamente por Helena? Estaba claro que la encontraba hermosa…

más que hermosa, en realidad, con un cuerpo sumamente apetecible que le encantaría recorrer, pero Craig tenía razón, no había lugar para ella en su vida.

El Consejo jamás aceptaría un matrimonio semejante y Helena no era una mujer que fuera a conformarse con quedarse en Dun Ugadale como amante.

Eso sin contar con la posibilidad de que los Sutherland aparecieran ante las puertas Mackay espadas en alto.

Lo mejor sería dejar de besarla; solo lograría torturarla y quizá hacerle creer cosas que jamás se harían realidad.

Por suerte ella no permanecería allí mucho más tiempo.

No sería mala idea preguntarle pronto a Blair cuándo necesitaría escolta para regresar a Dornoch.

Una vez se hubiese ido se la quitaría de la cabeza y empezaría a pensar seriamente en cumplir con su deber y escoger esposa entre las mujeres adecuadas para el clan.

Una vez tomada aquella decisión, continuó cenando. Justo en ese momento la mujer que intentaba sacarse de la cabeza entró en el gran salón y caminó directamente hacia él.

Lo último que Helena deseaba era hablar con Robin, todavía se sentía mortificada porque Craig los hubiera sorprendido en la cama del laird, con ella tendida encima de él y temía pensar qué habría ocurrido si hubiera entrado unos minutos más tarde.

Aquella atracción tenía que terminar, tenía obligaciones con el clan Sutherland.

Todavía alterada por lo ocurrido con Robin, había visitado a su hermana y sugerido que quizá ya era hora de regresar a Dornoch.

Por desgracia, Jena rompió a llorar y, cuando Blair apareció después del entrenamiento, terminó rogándole a Helena que se quedara un poco más porque su esposa seguía muy sensible después del parto.

Así que accedió, pero decidió que, ahora que Robin se estaba recuperando, ya no tenía ninguna razón para pasar tiempo a solas con él.

Y hela allí aquella noche.

Se acercó al estrado y levantó la barbilla. Probablemente no era el mejor lugar para hablar con él, pero no pensaba volver a quedarse sola con aquel hombre. Nunca más.

—¿Puedo ayudarte en algo, muchacha? —preguntó Robin con expresión impasible.

Helena asintió secamente.

—Sí, milord. Solicito escolta.

No pasó por alto cómo él palidecía ligeramente y tensaba el cuerpo.

—¿Regresas a Dornoch? —preguntó rodeando la jarra con la mano.

—No. Necesito bajar al pueblo y me han dicho que no puedo hacerlo sola. Solo vos podéis autorizar una escolta.

Si le pareció extraño que le planteara aquello mientras cenaba, no lo demostró. Quizá él también había decidido evitar quedarse a solas con ella. Robin se recostó en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Y qué hay en el pueblo que no podáis conseguir aquí?

—Hay una niña con mucha fiebre y una tos muy fuerte. Su madre vino a las murallas del broch preguntando por mí. Después de hablar con ella, acepté ir a ver a la pequeña.

Robin volvió la cabeza hacia Mairi.

—Creía que Aline era la curandera del clan y que la señorita Ross solo la sustituía porque no soportaba ver sangre.

Su hermana asintió.

—Así es. Pero Helena ha tenido la amabilidad de ayudar cuando Aline no está disponible.

Robin volvió a mirar a Helena.

—Muy bien. Cuando terminemos de cenar, enviaré a dos hombres para que la acompañen.

—Gracias.

Helena hizo una pequeña reverencia y salió apresuradamente para avisar a la madre de la niña de que iría enseguida. Cuando regresó al gran salón tras hablar con la mujer, se sentó junto a varias de las mujeres mayores del clan y se puso a cenar.

Jena ya había comido en su habitación, pues desde el nacimiento de Arthur parecía tener hambre constantemente. Helena sabía perfectamente que necesitaba comer bien para producir suficiente leche para el bebé.

Conocía a algunas de las mujeres a su alrededor, aunque desde su llegada apenas había tenido tiempo de relacionarse con nadie.

Había pasado casi todos los días ocupándose de Robin, de Jena o del pequeño Arthur.

Hablaban de chismes del broch, así que se limitó a escuchar mientras disfrutaba por fin de una cena tranquila antes de tener que bajar al pueblo para visitar a la niña enferma.

—Ya va siendo hora de que el laird escoja esposa —dijo una asintiendo solemnemente.

—Sí. He oído que Gunn llegará mañana o pasado y traerá consigo a su hermana viuda con la esperanza de formar una alianza mediante matrimonio.

Helena siguió escuchando la conversación y aquello no hizo más que confirmar que debía olvidarse de Robin y de sus besos.

Se quedaría un poco más para tranquilizar a su hermana y evitaría al laird todo lo posible.

Y, lo antes posible, regresaría a Dornoch para ocupar el puesto de curandera principal del clan Sutherland.

Todos volvieron la cabeza hacia la puerta cuando uno de los guerreros irrumpió corriendo en el gran salón.

—¡Hemos avistado a los Gunn! Llegarán en menos de una hora.

Robin asintió.

—Que dos hombres estén preparados para escoltar a la señorita Ross al pueblo para que pueda atender a la niña enferma.

Por suerte Helena ya había terminado de comer. Apartó el taburete y se levantó.

—Necesito recoger mi cesta de remedios y un arisaidh. Estaré abajo enseguida.

El guerrero asintió.

—Os esperamos en los establos.

Helena subió rápidamente a su habitación, recogió todo lo necesario, se envolvió en un cálido arisaidh y volvió a bajar.

El broch entero parecía haberse sumido en un caos repentino.

Las muchachas de cocina y las criadas corrían de un lado a otro limpiando el gran salón, retirando platos, recogiendo jarras vacías y preparando nuevas bandejas de comida y bebida para la llegada de los Gunn.

Al pasar junto al estrado vio a Robin inclinado hacia sus hermanos mientras varias criadas colocaban jarras de vino y cerveza sobre la mesa.

Así que Gunn iba a traer a su hermana viuda para que Robin la conociera.

Viuda, probablemente mayor, quizá no demasiado hermosa. Helena suspiró, abandonó el broch y se dirigió a los establos.

No era asunto suyo.