No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo once
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Capítulo once

Johen dio una sonrosa palmada en la mesa durante la reunión del Consejo del Clan.

—Ya es hora de que aceptéis que, como laird, debéis encontrar esposa y empezar a tener hijos.

—No pienso hablar ahora de eso —replicó Robin, conteniendo la irritación que hacía presea en su ánimo—. El laird Gunn no tardará en llegar para discutir los problemas de la frontera y la reciente incursión en la que incendiaron varias cabañas y violaron a varias mujeres.

Estaba harto de aquella conversación. Además, aunque prefería no pensar en ello, toda aquella presión para elegir esposa se había vuelto todavía más insoportable desde la llegada de Helena Ross a Dun Ugadale. Vio que Malcolm, otro miembro del Consejo, fruncía el ceño.

—¿No tiene Gunn una hermana viuda? —murmuró

Johen asintió lentamente.

—En efecto. —Se volvió hacia Robin—. El al mensajero de Gunn ya se ha ido. ¿Mencionó por qué su laird quería reunirse contigo?

Robin sabía perfectamente lo Johen estaba insinuando.

—Solo dijo que su señor deseaba concertar una reunión. Tras la incursión y la batalla posterior, estoy seguro de que quiere hablar de asuntos fronterizos.

—O quiere ofrecerte a su hermana.

Robin no tenía ninguna razón lógica para negarse a conocer al menos a las mujeres que le proponían como posibles esposas, pero seguía resistiéndose.

El Consejo llevaba tiempo hablándole de alianzas y matrimonios convenientes, pero siempre había rechazado aquellas presiones porque no se sentía preparado para asumir al mismo tiempo la responsabilidad de una esposa, futuros hijos y el clan entero.

—Creo que os habéis encaprichado demasiado de la muchacha Sutherland que vino para ayudar a su hermana y terminó cuidando de ti —dijo Johen, entrecerrando los ojos—.

Recordad vuestro deber, milord. —Hizo un gesto despreocupado con la mano—.

Tomadla como amante si así lo deseáis, pero mantened la cabeza fría cuando llegue el momento de elegir esposa.

Fue Robin ahora quien dio una poderosa palmada contra la mesa.

—Nadie necesita recordarme cuáles son mis obligaciones. Helena Ross no es una muchacha con la que se pueda jugar. Es doncella y miembro del clan Sutherland, y merece el respeto correspondiente.

Se puso en pie de repente.

—Sé cuál es mi deber y, cuando considere que ha llegado el momento de elegir esposa, os lo haré saber. Pero no aceptaré más opiniones sobre lo que debo o no debo hacer. Y recordad que, aunque forméis parte del Consejo, sigo siendo vuestro laird.

Con esas palabras empujó la silla hacia atrás y abandonó la sala.

—Ha sido una reunión bastante ruidosa —comentó Finn mientras alcanzaba a Robin en mitad del gran salón. Al ver que Robin no respondía, añadió—: ¿Dónde vas con tanta prisa?

—Necesito blandir una espada antes de terminar matando a alguien.

—¿Estás seguro de que ya deberías entrenar? ¿Qué opina Helena?

Robin se detuvo y se llevó las manos a las caderas.

—No me importa lo que opine la señorita Ross, y ya estoy harto de oír hablar de ella. Si decido entrenar, entrenaré.

Dio media vuelta y salió del broch dando un portazo.

No tardó ni una hora en verse obligado a admitir que seguía débil y agotado.

Maldito el cabrón que le había abierto el costado.

Aunque lo cierto es que se había cobrado su venganza y había disfrutado clavándole la espada en el cuello a aquel desgraciado.

Consiguió resistir un poco más, hasta que uno de sus guerreros lo golpeó durante el entrenamiento y el impacto alcanzó directamente la herida. Cayó al suelo maldiciendo y llevándose la mano al costado. Craig acudió enseguida y le tendió el brazo para ayudarlo a levantarse.

—Estáis muy pálido, milord.

Después bajó la vista.

—Y estáis sangrando.

Por los cojones, ¿es que aquello no iba a terminar nunca? Robin se tocó el costado y notó la sangre húmeda bajo los dedos. Reprimió una mueca de dolor y regresó lentamente al gran salón intentando caminar con normalidad. En cuanto entró agarró a la primera criada que vio.

—Busca a Helena y dile que venga inmediatamente a mi dormitorio.

La muchacha abrió mucho los ojos al ver la sangre.

—Sí, milord. Enseguida.

Robin mantuvo la espalda recta hasta llegar a lo alto de las escaleras.

Solo entonces se permitió apoyar una mano en el muro de piedra y respirar lenta y profundamente mientras la visión empezaba a nublársele.

No, se negaba a desplomarse allí, en mitad del pasillo principal, delante de cualquiera que pasara.

Respiró otra vez y, mal que bien, consiguió llegar hasta su dormitorio, donde se dejó caer pesadamente sobre la silla más cercana.

Helena estaba sentada en una de las mesas de la cocina separando las hierbas que acababa de recoger en los jardines, la mayoría de las cuales terminarían en manos de Maude para cocinar; el resto las reservaría para remedios medicinales.

Se sentía mucho más descansada desde que tenía dormitorio propio.

Desde luego, había sido una bendición; no solo disponía de intimidad, sino que ahora Jena y Blair podían descansar tranquilos con el bebé.

Cuando Arthur se inquietaba demasiado, Helena podía llevárselo a su habitación para dejar dormir a su hermana.

Vio que una de las criadas irrumpía en la cocina con expresión alterada.

—¡Señorita Ross! El laird quiere verla inmediatamente en su dormitorio.

Helena levantó la cabeza.

—¿Ha ocurrido algo?

—Creo que deberíais llevar vuestras medicinas. El laird está sangrando.

¿Qué demonios había hecho ahora? Se suponía que debía estar descansando o trabajando en la galería, no entrenando con una espada.

—Voy enseguida, Muriel.

Guardó las hierbas en una gran cesta para seguir trabajando más tarde y fue rápidamente a su habitación para recoger la cesta de remedios. Poco después llamaba suavemente a la puerta del dormitorio del laird.

—Adelante.

En cuanto entró frunció el ceño.

—¡Estáis sangrando!

Robin la miró con cansancio.

—Sí, muchacha. Nadie te acusará nunca de no ser observadora.

Helena dejó la cesta en el suelo y lo fulminó con la mirada.

—¿Qué habéis hecho?

Robin rechazó la pregunta con un gesto de la mano.

—No tiene importancia. Cura este rasguño y deja de enfadarte. Recuerda que soy tu laird.

—Laird e idiota.

—Debería azotarte por hablarme así.

Se recostó en la silla y soltó el aire lentamente. Helena se acercó a él.

—¿Debo suponer que habéis estado entrenando?

Le abrió la túnica y examinó el corte.

—Os habéis arrancado algunos puntos.

—¿Cómo puede ser? Hace más de una semana de la herida.

—Ya os dije que, por la zona donde está el corte, podíais volver a abriros la herida con facilidad. Blandir una espada era justo la manera de conseguirlo.

Robin la miró entrecerrando los ojos.

—Pues esta vez cóseme mejor.

Helena estuvo a punto de golpearlo con algo pesado. Se contuvo y apretó los dientes.

—Os cosí perfectamente la primera vez. Y volveré a hacerlo bien ahora. Pero tenéis que dejar que vuestro cuerpo se recupere.

—Tengo obligaciones.

—Y si os matáis por pura terquedad, otro tendrá que ocuparse de ellas. Así que el trabajo se hará igualmente.

Helena volvió a inclinarse para examinar mejor la herida. En realidad solo se habían abierto un poco los puntos; no parecía grave, pero necesitaba hacerle entender de una vez que el cuerpo requería tiempo para sanar.

—Habría preferido hace esto en vuestra cama.

Robin sonrió lentamente.

—Por mí encantado, muchacha. No recuerdo la última vez que una mujer tan hermosa me hizo semejante invitación.

Helena negó con la cabeza.

—No, milord. Me refiero a que incluso una actividad tan suave como ir hasta el lecho puede volver a abriros la herida.

Robin intentó incorporarse y luego hizo una mueca de dolor.

—¿Actividad suave?

Esta vez fue Helena quien sonrió.

—Vamos, milord. Es hora de volver a coseros.

Lo ayudó a llegar hasta la cama, le quitó la camisa y comenzó a limpiar la herida.

—Puedes quedarte aquí conmigo en la cama. Seguro que así trabajas más cómoda.

Helena puso los ojos en blanco.

—Estoy aquí para volver a coseros. Después os daré otra pócima y os obligaré a dormir para que vuestro cuerpo tenga tiempo de recuperarse de esta última estupidez.

Solo necesitó dos puntos nuevos. El golpe durante el entrenamiento al parecer le había dado directamente en la herida.

—¿Por qué siempre os encuentro solos en el dormitorio del laird?

Craig acababa de entrar en la habitación con una sonrisa divertida. Helena levantó la vista mientras se limpiaba la miel pegada a los dedos.

—Porque vuestro hermano ha decidido que arrancarse los puntos es una magnífica idea.

—Bien hecho, milord —dijo Craig mientras acercaba una silla a la cama y se sentaba—. Acabamos de recibir un mensajero. Gunn llegará dentro de dos días.

Robin miró a Helena mientras ella terminaba de vendarle el costado.

—No puedo presentarme herido delante de Gunn.

—La mejor manera de evitar parecer débil es dejar de entrenar durante unos días. Una semana completa sería ideal. —Se apartó un poco para contemplar el vendaje—. Pero, siendo sincera, os estáis recuperando muy bien. Excepto por vuestra costumbre de intentar destruiros a vos mismo.

Craig se dio una palmada en los muslos y se levantó.

—Voy a asearme para la cena.

En cuanto la puerta se cerró, Robin volvió la cabeza hacia Helena.

—Creo que me debes otro beso.

Ella sintió inmediatamente aquel familiar nudo en el estómago, aunque intentó fingir indiferencia.

—¿Y por qué pensáis eso, milord?

Robin la observó unos segundos.

—Me llamo Robin. Podrías intentar usarlo alguna vez.

Helena negó con la cabeza.

—No. Sería una falta de respeto.

Robin le agarró la mano y tiró suavemente de ella hasta hacerla caer sentada junto a él en la cama.

—Me debes otro beso porque eres la curandera más hermosa que he visto nunca.

Helena se echó a reír.

—¿Y eso qué tiene que ver con besarme? Además, ya me habéis besado antes.

El corazón le latía con fuerza. Robin era absurdamente atractivo, y aquella alegría constante que aparecía en sus ojos cuando no estaba actuando como laird lo hacía todavía más peligroso.

Como sanadora había visto suficiente de su cuerpo para saber que tenía el físico poderoso de un auténtico guerrero.

Deseaba con todas sus fuerzas sacárselo de la cabeza, pero cada vez le resultaba más difícil.

Robin le apartó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Disfruté mucho de ese beso y quiero comprobar si mi memoria sigue funcionando bien o si la herida me ha dejado confuso.

De haber tenido una pizca de sentido común se habría puesto en pie y habría dejado inmediatamente de aquella habitación.

Todo aquello era una estupidez: Robin debía concertar un matrimonio beneficioso cara el clan y ella debía regresar junto a los Sutherland para relevar a su tía.

Nada podía salir de aquello salvo dolor.

Pero permitió que él le acariciara el rostro y le inclinara suavemente la cabeza hacia sí. Su razón le gritaba que se apartara y terminara con aquello, pero la fascinación que sentía por aquel hombre era más poderosa.

Robin la atrajo hacia él y cubrió su boca con la suya.

Sí, era un error.

Lo último que pensó antes de que el resto del mundo desapareciera fuera que aquello era un error. Luego, solo fue capaz de sentir fueran aquellos labios cálidos y húmedos sobre los suyos.

Robin inclinó ligeramente la cabeza para profundizar el beso y rozó sus labios con la lengua. Sorprendida, Helena abrió la boca y él aprovechó para besarla más hondo, saboreándola lentamente y despertando sensaciones que ni siquiera sabía que existían.

Se apartó apenas un instante y volvió a descender sobre su boca. Esta vez Helena respondió y Robin la atrajo hacia él hasta dejarla tendida sobre su cuerpo, con los pechos aplastados contra su torso desnudo.

—Eh... perdón.

La voz de Craig la devolvió bruscamente a la realidad. Helena se incorporó de golpe y estuvo a punto de caer de la cama si Robin no la hubiera sujetado a tiempo. Este se apoyó sobre un codo y miró a su hermano.

—¿Qué ocurre ahora, Craig?

—Olvidé decirte que Gunn traerá consigo a su hermana viuda.