Capítulo diez
—Ya sabes que tendrás que hacer lo honorable —dijo Craig mientras él y Robin desayunaban en el estrado del gran salón.
Robin dio un sorbo a la cerveza.
—No sé de qué hablas.
—No te hagas el tonto, hermano. Tú y Helena Ross, una muchacha soltera de un clan poderoso. Pasasteis la noche solos en tu habitación con la puerta cerrada con llave. ¡Oh! ¿En qué estabas pensando?
Robin dejó la jarra sobre la mesa.
—En primer lugar, lo que hago en mi dormitorio no es asunto tuyo.
Y, en segundo, ya te dije que no pasó nada.
Voy a explicártelo una sola vez más, así que procura recordarlo.
Cuando regresé anoche a mi dormitorio encontré a Helena profundamente dormida en la silla de madera junto a la cama.
Sabía de sobra que lleva días sin descansar, ocupándose de Blair, del bebé de Jena y también de mí.
Oía llorar al niño cada vez que pasaba delante de la habitación de Blair.
Y estaba seguro de que si la despertaba y la mandaba de vuelta allí no volvería a dormir.
Así que la cogí en brazos, la acosté en mi cama y, contra todo buen juicio, terminé tumbándome a su lado y me quedé dormido.
Craig vació meditabundo el resto de cerveza de la jarra.
—Como eres un hombre honorable, te creo. Y no pienso repetirlo. Pero no puedo garantizar que nadie más haya visto quién estaba en tu cama anoche. Ya sabes que varias criadas empiezan a trabajar antes del amanecer.
Robin dio una palmada contra la mesa.
—¡Ya basta! No quiero volver a hablar de esto.
Craig sonrió, imperturbable.
—A mí me parece una muchacha hermosa e inteligente. Si no estás interesado en ella, yo estaría encantado de...
—Ni se te ocurra terminar esa frase. Sé perfectamente dónde quieres llegar.
Su hermano fingió sorpresa.
—¿Y por qué no? Si no quieres que otro hombre la corteje, cásate con ella.
Robin soltó la jarra con más fuerza de la necesaria.
—¡Sabes que eso es imposible! Necesito una esposa que fortalezca nuestras alianzas. Lo que quiera yo o deje de querer no le importa al Consejo del Clan. Llevan meses presionándome para que acepte alguna de las propuestas de matrimonio que han llegado de otros lairds.
—Entonces, ¿por qué no puedo cortejar yo a la muchacha?
—Porque yo lo digo —gruñó Robin—. Y se acabó la discusión. Creo que ya deberías estar en el campo de entrenamiento en lugar de aquí sentado como un idiota enamorado.
Craig se puso en pie sonriendo.
—Como ordenéis, milord.
Tras lo que inclinó la cabeza burlonamente y salió de la fortaleza.
Robin hizo un gesto a una criada para que le llenara otra vez la jarra de cerveza mientras poco a poco los guerreros iban abandonando el gran salón en dirección al campo de entrenamiento.
Entonces vio a Helena bajar apresuradamente las escaleras y dirigirse a la cocina, probablemente a buscar comida para Jena.
La observó mientras se alejaba. Era realmente hermosa. Y también inteligente, Craig tenía razón. Además era amable, considerada y terriblemente fácil de provocar. Le encantaba ver cómo aquellos ojos verdes empezaban a brillar y cómo alzaba la barbilla cada vez que se enfadaba con él.
Era una lástima que su posición lo obligara a casarse pensando en el beneficio del clan.
Necesitaba una alianza sólida junto a la riqueza que pudiera aportar una esposa adecuada. Así que mejor dejaba de pensar en la curandera y empezar a considerar seriamente las candidatas que el Consejo del Clan no dejaba de ponerle delante.
Tenía intención de volver a trabajar en la galería, pero se dio cuenta con irritación de que apenas le quedaban fuerzas. Normalmente rebosaba energía, y ahora se sentía agotado después de apenas unas horas despierto.
En ese momento Helena salió de la cocina, sin comida.
Lo miró y una pequeña sonrisa apareció en sus labios antes de transformarse rápidamente en un ceño fruncido, seguramente al recordar que seguía enfadada con él.
Para sorpresa de Robin, en vez de subir las escaleras se dirigió directamente hacia su mesa.
Él apoyó los antebrazos sobre la madera y sonrió.
—Buenos días, muchacha.
Helena resopló y se quedó rígida frente a él.
—Buenos días. —Miró alrededor y bajó un poco la voz—. Aunque creo que ya nos hemos saludado hoy.
Robin se recostó en la silla.
—Me temo que no vas a conseguir que me disculpe. Necesitabas dormir y, por lo que he visto, no estás descansando demasiado. —_Se cruzó de brazos—. ¿Por qué sigues en la habitación de Blair? Debe de estar abarrotada con él, Jena y ahora el niño también.
Helena se encogió ligeramente de hombros.
—Fue Jena quien me instaló allí cuando llegué. Y sí, admito que empieza a resultar incómodo compartir habitación con un matrimonio.
—Y con un bebé que no deja de llorar.
Robin reflexionó un momento.
—Haré que una criada prepare otra habitación para ti. Cerca de tu hermana, pero no demasiado cerca.
—Gracias.
Helena hizo ademán de marcharse y luego se volvió otra vez.
—Casi lo olvido. Venía a deciros que deberíais pasar por vuestro dormitorio antes de subir a la galería. Aún tengo que revisar la herida.
Robin hizo un gesto despreocupado con la mano.
—No es necesario. Estoy seguro de que ya está curada.
Helena se plantó con las manos en las caderas al tiempo que Robin contenía una sonrisa.
—No está completamente curada. Necesito verla. —Lo apuntó con un dedo—. Ya os dije que no pienso volver a coseros si os arrancáis los puntos.
Robin se incorporó un poco más en la silla, disfrutando deliberadamente de la discusión.
—Soy tu laird. Yo te digo lo que debes hacer; tú no me das órdenes.
Helena se inclinó hacia él sin mostrar el menor rastro de miedo. Cualquiera de sus guerreros estaría sudando en aquel momento.
—Y yo soy vuestra curandera. Y, como tal, soy yo quien os dice lo que debéis hacer cuando se trata de vuestra salud.
Robin logró contener la sonrisa; por los pelos.
—Puedes retirarte, muchacha.
Helena dio media vuelta furiosa y atravesó el gran salón en dirección a las escaleras. Maldita sea, se dijo Robin viéndola marchar , la muchacha tenía un trasero precioso.
Helena terminó de limpiar a Arthur y de cambiarle el pañal. Por mucho que siguiera enfadada con el laird por permitir que ambos durmieran en la misma cama toda la noche, tenía que admitir que no se sentía tan descansada desde antes de que Jena comenzara el parto.
—Aquí tienes, pequeño —dijo mientras le devolvía el bebé a su hermana—. Creo que tu hijo vuelve a tener hambre.
Jena tomó al niño en brazos sonriendo.
—Es un bebé encantador. Pero siempre tiene hambre.
—Por lo que he visto en mi trabajo como curandera, eso no cambiará jamás. La cantidad de comida que puede llegar a devorar un muchacho es algo verdaderamente aterrador.
Un suave golpe en la puerta llamó la atención de Helena.
Fue a abrir y encontró a una joven criada al otro lado.
—Señorita Ross, el laird me ha pedido que os enseñe vuestro nuevo dormitorio.
—Sí, gracias.
Helena se volvió hacia su hermana.
—Ahora vuelvo.
Jena arqueó tanto las cejas que casi le desaparecieron bajo el cabello.
—¿Y por qué quiere el laird darte una habitación propia?
Después de desaparecer toda una noche y de aquello, sabía perfectamente lo que Jena estaba pensando.
—No es lo que crees. Solo piensa que aquí hay demasiada gente.
Jena no respondió, pero siguió observándola con expresión sospechosa. Esperando no parecer culpable de nada, Helena sonrió rápidamente y salió tras la criada. Para su alivio, la habitación estaba bastante lejos del dormitorio del laird.
Era pequeña, pero acogedora y la cama parecía maravillosamente cómoda.
—Es preciosa. Gracias por enseñármela.
La muchacha sonrió.
—Debo volver al trabajo. El laird dijo que, como curandera del clan, necesitabais una habitación mejor.
Y salió corriendo antes de que Helena pudiera responder. Helena se quedó quieta en mitad de la habitación. ¿Curandera del clan? Seguramente Robin entendía que solo estaba allí ayudando a Jena y que no tenía intención de quedarse en Dun Ugadale.
La necesitaban en Dornoch. La tía Dorathia quería retirarse y esperaba que Helena ocupara su lugar como curandera de los Sutherland. Quizá debería buscar al laird y aclararlo todo; además tenía que revisar aquella maldita herida.
Robin no estaba en el dormitorio, así que supuso que se habría marchado a la galería, pero tampoco lo encontró allí. Helena terminó bajando al gran salón y lo encontró sentado con varios hombres alrededor de una mesa.
Parecía evidente que estaban celebrando algún tipo de reunión, seguramente relacionada con los Gunn.
No quiso interrumpir y estaba a punto de marcharse a visitar a Aline cuando Maude la llamó desde la cocina.
Una de las muchachas se había quemado el brazo y lloraba mientras lo agitaba desesperadamente.
—¿Puedes ayudarla? —preguntó Maude.
—Sí, claro. —Helena se acercó a la criada—. ¿Cómo te llamas?
La joven dejó de llorar un instante.
—Mage, señorita Ross.
—Tengo que subir a buscar mi cesta de remedios. ¿Puedes sentarte aquí y esperar? Mientras tanto, pon el brazo bajo agua fría.
La muchacha asintió y Helena salió apresuradamente de la cocina y subió directamente a la habitación de Jena. Arthur seguía mamando tranquilamente y su hermana parecía a punto de quedarse dormida.
—Solo he venido a buscar mis cosas. Una de las muchachas de cocina se ha quemado el brazo.
—¿No era Aline la curandera del clan? —preguntó Jena.
Helena sacó la cesta de remedios de debajo del catre.
—Eso dicen. Pero todavía no he visto nada que me convenza. Además, tendría que ir hasta su cabaña y traerla aquí. Para cuando regresáramos, la quemadura ya se habría curado sola.
Jena le entregó a Arthur, que acababa de quedarse dormido.
—Quizá podrías quedarte aquí como curandera del clan.
Helena sonrió al ver la expresión esperanzada de su hermana.
—No puedo. La tía Dorathia cuenta conmigo para relevarla. Se ha hecho mayor y merece descansar.
Jena suspiró.
—Era una buena idea. Me encantaría que vivieras aquí conmigo.
La muchacha seguía gimoteando cuando Helena regresó a la cocina. Mientras le aplicaba una crema calmante sobre la quemadura, volvió a pensar en el beso que el laird le había dado aquella mañana.
¿Qué había significado realmente? No había sido simplemente un beso juguetón por una deuda absurda, eso parecía evidente. Y el recuerdo todavía le provocaba estremecimientos por todo el cuerpo, incluso mientras atendía la quemadura de Mage o cuidaba de Arthur.
Sabía perfectamente que nada podía salir de aquello: debía regresar a Dornoch y Robin Mackay acabaría casándose con la hija de algún clan poderoso para asegurar alianzas.
Helena no era más que una huérfana sin fortuna ni influencia que no aportaría riqueza ni poder al clan, así que lo más sensato sería olvidar aquel beso y dejar de pensar en Robin Mackay como algo más que su laird.