No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Helena emergió lentamente de un sueño maravilloso y se acurrucó un poco más contra el calor que sentía al lado derecho.

Suspiró profundamente y volvió a dormirse.

Un rato después despertó otra vez, aún rodeada por aquella agradable calidez.

Pero, al mover la mano, notó la rigidez de la ropa bajo los dedos.

Confundida, abrió los ojos y miró alrededor.

Era el dormitorio del laird y ella estaba en su cama.

Se giró bruscamente y se quedó sin aliento al descubrir al hombre tumbado a su lado, apoyado sobre un codo, con la cabeza descansando en la mano. Sonriéndole.

Intentó saltar fuera de la cama, pero las faldas se le enredaron en las piernas y terminó cayendo de culo al suelo. Apoyó las manos detrás de ella y fulminó al laird con la mirada, lo que no lo hizo dejar de sonreír.

—¿Qué...? —Sacudió la cabeza para aclararse las ideas—. ¿Qué hacemos juntos en vuestra cama?

Robin se encogió de hombros.

—Dormir.

Helena se tapó la boca con la mano.

—¡Estoy deshonrada! ¡Mi reputación está arruinada!

El laird la contempló desde el borde de la cama con los ojos llenos de diversión.

—No. Nadie sabe que has pasado aquí la noche.

—¡¿Toda la noche?! Que los santos nos protejan.

Robin se inclinó hacia ella y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Helena se puso en pie inmediatamente y se apartó de la cama en lugar de volver a sentarse. ¡La cama! ¡Santos del cielo, había pasado la noche en la cama del laird!

—¿Cómo ha podido pasar esto? Recuerdo estar sentada en la silla intentando ponerme cómoda. Jena y el niño dormían y no quería volver a la habitación para despertarlos.

Robin dio unas palmaditas sobre el colchón.

—Siéntate. Me duele el cuello solo de verte ahí tiesa. Si de verdad el daño ya está hecho, no tiene sentido que te quedes a dos metros de mí.

Helena comprendió con horror que tenía razón, así que se sentó con cuidado en el borde de la cama.

—¿Y si alguien hubiera entrado durante la noche?

Robin negó lentamente con la cabeza.

—No. Cerré la puerta con llave antes de acostarte aquí. Estabas tan encogida en aquella silla que sabía perfectamente cómo ibas a amanecer.

—Podríais haberme despertado y haberme enviado a mi habitación.

Él asintió.

—Cierto. Pero sabía que terminarías ocupándote otra vez del niño. Y necesitabas dormir.

Helena alzó la barbilla y lo miró con irritación.

—Puedo decidir por mí misma cuándo necesito dormir. No necesito que nadie me cuide como si fuera una niña.

Robin no respondió inmediatamente, se limitó a seguir observándola con aquella pequeña sonrisa divertida antes de decir:

—Deberías felicitarme por no habernos desnudado. Dormir vestido me resulta bastante incómodo.

Helena abrió mucho los ojos.

—¡Oh! ¿Y esperáis que os esté agradecida por eso? ¿Creéis que alguien os creería? ¿Y si alguien hubiera llamado a la puerta?

—Bueno, nadie vino. Pero, si hubiese ocurrido, habría dicho que estaba durmiendo y que no quería que me molestaran. No te preocupes tanto, muchacha. Ya puedes volver con tu hermana y decirle que estabas ocupándote de otra fiebre.

Aquello devolvió inmediatamente a Helena a sus obligaciones.

—¿Habéis vuelto a tener fiebre?

—No. Dormí como un bebé. Hoy me encuentro mucho mejor y pienso volver a mis tareas habituales.

—No deberíais trabajar todavía.

Robin soltó un suspiro exagerado.

—Lo siento, muchacha. El entrenamiento forma parte de mis obligaciones diarias. No querrás que suframos otra incursión y que yo no sea capaz de defender el broch, ¿verdad?

En ese momento llamaron a la puerta. Helena dio un respingo y miró al laird.

—¿Quién es? —preguntó Robin.

—Soy yo, hermano. ¿Por qué tienes la puerta cerrada con llave?

Helena se volvió hacia Robin y murmuró:

—¿Quién es?

—Craig.

Robin se levantó de la cama, cruzó la habitación y abrió la puerta.

Craig entró y los miró alternativamente a los dos.

—¿Interrumpo algo?

Helena sintió que se le incendiaban las mejillas. Debía de parecer exactamente lo que era: una mujer que acababa de levantarse de la cama del laird. Se cruzó de brazos bajo el pecho y lanzó a Robin una mirada significativa para que dijera algo.

—No. La muchacha acaba de terminar de revisar mi herida.

Craig arqueó una ceja.

—¿Con la puerta cerrada y todavía en la cama?

Robin lo fulminó con la mirada.

—No te debo explicaciones. Y te aconsejo que no hables de lo que crees haber visto, porque aquí no había nada que ver.

Craig debió de notar algo en el tono de su hermano, porque inclinó ligeramente la cabeza.

—Por supuesto . Nada que ver.

—Exacto. ¿Qué quieres?

—Ha llegado un mensajero de los Gunn. El laird quiere reunirse contigo. El mensajero espera respuesta.

Robin asintió lentamente.

—Ya veo. Mi último informe decía que nuestros hombres no habían encontrado a ninguno de los atacantes que asaltaron la aldea.

Es posible que acabásemos con todos, pero estaba a punto de enviar una misiva a los Gunn para solicitar una reunión.

Todavía no sé si aquello fue obra suya o de un grupo de renegados.

Dile al mensajero que recibiré al laird Gunn cuando llegue.

Y reúne algunos hombres para volver a peinar la zona donde nos atacaron. A ver si descubrís algo más.

—Así se hará.

Craig se volvió hacia Helena.

—¿Cómo está la herida del laird?

Ella carraspeó, incómoda por la evidente sospecha que Craig debía de albergar después de encontrarla allí, a primera hora de la mañana, con la puerta cerrada con llave. Aunque sabía que no diría nada, seguía sintiéndose mortificada.

—Todavía no la he revisado hoy, pero ayer tenía muy buen aspecto. Está cicatrizando bien.

Las palabras salieron atropelladamente, y Helena se ruborizó todavía más al darse cuenta de que Robin acababa de decir que ella ya había revisado la herida.

Craig dudo un instantes antes de decir mientras se daba media vuelta:

—Entonces me voy.

En cuanto estuvieron solos otra vez, Helena se volvió hacia Robin.

—Estoy mancillada.

—Déjalo ya. Craig es un Mackay y un hombre honorable. No dirá una palabra de lo que ha visto esta mañana.

—Ese es precisamente el problema. No ha visto nada. Lo que me preocupa es lo que cree haber visto.

Robin se acercó y le levantó suavemente la barbilla con los nudillos.

—Lamento que te sientas incómoda. Cuando regresé anoche al dormitorio solo quería descansar.

Y tenías razón: no debería haber trabajado tanto tiempo.

Cuando te vi dormida en aquella silla, solo vi a una mujer que llevaba días cuidando de todo el mundo y que necesitaba un lugar cómodo donde descansar.

Aquello le atravesó el corazón a Helena. Comprendió que Robin Mackay era un buen hombre; testarudo, sí, mandón y a veces exasperante, pero bueno. Apenas había terminado de pensarlo cuando él la atrajo hacia sí.

—Ya es hora de que me des el beso que me debes, muchacha.

Antes de que pudiera reaccionar, Robin rozó sus labios en un beso que comenzó suave y cálido, pero no tardó en volverse exigente y profundamente turbador.

Helena tenía muy poca experiencia en aquel terreno, pero estaba completamente segura de que aquello no se parecía en nada al besuqueo inocente de los muchachos de Dornoch.

Robin se apartó lentamente y le murmuró al oído:

—Si no quieres terminar haciendo exactamente lo que Craig cree que estábamos haciendo, te aconsejo que te olvides revisar mi herida y regreses cuanto antes junto a tu hermana.

Después sonrió con aquel brillo travieso que siempre iluminaba sus ojos. Le apoyó las manos en los hombros, la giró suavemente y le dio un pequeño empujón hacia la puerta.

—Vete ahora, muchacha, mientras todavía conserve algo de honor.

—¿Dónde has estado? —preguntó Jena en cuanto Helena entró en el dormitorio.

La pobre tenía un aspecto espantoso. Ojeras, el cabello revuelto y un bebé llorando en brazos.

—Lo siento muchísimo, Jena. Dame a Arthur y vuelve a la cama.

La joven madre le entregó al niño y rompió a llorar inmediatamente.

—¿Qué ocurre, hermana?

—Soy una madre horrible. Debería ser capaz de cuidar sola de mi hijo sin necesitar ayuda constantemente. —Se secó los ojos con la manta—. Arthur acabará odiándome.

Helena dejó al pequeño sobre la cama, le quitó el pañal mojado y empezó a limpiarlo antes de ponerle uno seco.

—Lo que te ocurre es completamente normal en una madre primeriza. Estás agotada por el parto y tu cuerpo necesita tiempo para recuperarse.

—Siento que no voy a ser buena madre para él. Pero míralo... ¿verdad que es precioso?

—Sí. Es precioso.

Arthur seguía llorando; Helena descubrió, con cierta culpa, que en aquel momento no tenía demasiada paciencia, no después de haber pasado la noche en la cama del laird con este al lado. Le devolvió el bebé a Jena.

—Toma. Ya está limpio y seco. Creo que tiene hambre y luego seguramente se dormirá.

Eso esperaba, porque, después de tantos días cuidando de todo el mundo, lo que deseaba de verdad era un baño caliente y unas horas de sueño.

Si conseguía que Augie volviera a subir la bañera, no le importaría cargar ella misma con los cubos de agua para no molestar a las muchachas de cocina.

Recordó de pronto otro problema: no tenía ningún lugar privado donde bañarse. Compartir habitación con Jena y Blair empezaba a resultar imposible. Pero la única alternativa que se le ocurría era dormir en el gran salón junto al resto de la gente.

En cuanto al baño... podría arreglárselas allí mientras Blair estuviera fuera ocupado con los entrenamientos.

—¿Tienes hambre? —preguntó Helena—. Voy a la cocina para pedir que suban la bañera. También puedo traer gachas o pan de avena.

Jena asintió cansadamente.

—Sí. Normalmente Blair y yo bajamos a comer al gran salón, pero hoy estoy demasiado agotada para moverme.

—No te preocupes. Comeremos aquí. Y, cuando Arthur se duerma, podremos desayunar tranquilamente antes de que me dé un baño.

Jena sonrió débilmente.

—Suena maravilloso, Helena.

Justo cuando Helena llegaba a la puerta, Jena volvió a hablar.

—Ahora que lo pienso... todavía no me has contado dónde pasaste la noche.

Levantó las cejas con una sonrisa burlona.