No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

—¡Helena!

Robin ya había gritado su nombre tres veces. ¿Dónde demonios se había metido? Justo cuando intentaba levantarse de la cama para ir a buscarla, la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Helena entró pisando fuerte.

—¿Qué?

Se plantó con las manos en las caderas y lo fulminó con la mirada.

—¿Dónde estabas?

Robin gruñó, un gruñido totalmente auténtico, que tuvo como resultado arrancarle a Helena una sonrisa.

—No tiene ninguna gracia, milord —dijo, entrecerrando los ojos—. Os oí gritar como un banshee, pero estaba intentando dormir a Arthur.

Robin frunció el ceño, irritado de inmediato.

—¿Quién es Arthur y por qué estabas durmiéndolo? ¿Es que ya tienes admiradores?

Helena se acercó a la cama sin perder la expresión furiosa.

—Arthur es mi sobrino. El hijo de Jena y Blair. ¿Habéis olvidado ya que esa es la razón por la que estoy aquí, en Dun Ugadale? —Hizo una pausa y respiró hondo, los ojos verdes brillando irritados—. ¿Qué podía ser tan importante para que casi derribarais las paredes a gritos?

Maldita fuera, se dijo Robin, estaba todavía más hermosa cuando se enfadaba. Llevaba tres días atrapado en aquella condenada cama. La fiebre había ido y venido, y por fin estaba listo para asearse, ponerse ropa de verdad y volver al trabajo.

—Recuerda que soy tu laird. —Levantó la barbilla e intentó mirarla con severidad, aunque le resultó imposible porque la muchacha le divertía demasiado cuando se enfadaba—. Necesito un baño.

Ella se volvió inmediatamente.

—Bien. Mandaré subir a una criada.

Robin le agarró la mano antes de que pudiera marcharse.

—No. Quiero que seas tú quien me ayude a bañarme.

Los hermosos ojos verdes de Helena se abrieron de par en par.

—No puedo bañaros. ¡Soy una mujer soltera!

—Las criadas también.

—Pero es su trabajo.

—Pues ahora, como tu laird, digo que también es el tuyo.

Esperó la explosión; no quedó decepcionado: Helena echó la larga trenza sobre el hombro, apretó los puños a ambos lados del cuerpo y lo miró con furia.

—No. Voy. A. Bañaros. —Las palabras salieron entre dientes, tan bajas que apenas las oyó.

Dio luego un paso atrás e inspiró profundamente varias veces, intentando calmarse—.

Pediré que os preparen un baño. Cuando esté listo, os quitaré el vendaje, pero tenéis que intentar no mojar la herida.

Luego pediré a uno de los mozos de cocina que os ayude a entrar y salir.

A Robin le frustraba que no reaccionara exactamente como esperaba, pero estaba seguro de que encontraría otras formas de hacer que aquellos ojos verdes brillaran de indignación.

No tenía ni idea de por qué le divertía tanto provocarla, ni tampoco de por qué no podía dejar de imaginar cómo sería toda aquella pasión en su cama.

Tenía que dejar de pensar en eso., jamás la tendría en su cama. Necesitaba una alianza con otro clan, y Helena era, a todos los efectos, una huérfana Ross acogida entre los Sutherland. Si la comprometía de manera impropia, tendría problemas con el laird Sutherland.

Suspiró.

—Muy bien. Si insistes en no bañarme tú misma, manda preparar el baño. Pero cuando termine pienso ir a mi galería y trabajar un rato.

Helena se tocó los labios con la yema de los dedos.

—No estoy segura de que volver al trabajo sea buena idea. —Levantó la mano antes de que él pudiera interrumpirla—. Lleváis tres días muy enfermo, con fiebre. No sé si no volverá a subir.

—Muchacha, tengo un clan que dirigir. No puedo pasarme días enteros tumbado en la cama como una anciana.

—Eso ya lo veremos. No sois tan fuerte como creéis.

Aquello sí consiguió enfurecerlo.

—¡Maldita sea! Soy un guerrero. Nadie es más fuerte que yo. Eso ha sido un insulto, muchacha. Estás cruzando la línea.

En lugar de amilanarse como habría hecho la mayoría de la gente, Helena se limitó a resoplar y alzar la barbilla.

—Mandaré preparar el baño.

—Muchacha —la llamó Robin cuando ella llegó a la puerta.

—¿Sí?

—Aún me debes un beso.

El golpe de la puerta al cerrarse hizo que hasta le castañearan los dientes.

Helena bajó las escaleras dando pisotones.

¡Bañarlo!, por supuesto. Solo imaginar toda aquella piel dorada mojada y aquellos músculos tensos había bastado para que el corazón se le acelerara.

Probablemente por eso se enfadó tanto. Tenía que mantenerse fría, no podía permitirse perder la cabeza por Robin Mackay.

—Buenos días, Maude —dijo al entrar en la cocina.

La cocinera estaba en su lugar habitual, delante de una de las grandes ollas, removiendo algo que olía a gachas recién hechas.

Después de pasar buena parte de la noche paseando a Arthur mientras lloraba, aquel olor le recordó que necesitaba comer si quería seguir ayudando a Jena y cuidando del laird.

—¿Cómo está nuestro laird? —preguntó Maude.

—Lo bastante bien para empezar a exigir.

La cocinera se encogió de hombros.

—Bueno. Es un hombre. ¿Y qué quiere ahora?

Se apartó de la olla y sacó varias enormes hogazas de pan de avena del horno. El olor era delicioso.

—Darse un baño. —Helena decidió no mencionar que el laird había pretendido que fuese ella quien lo bañara—. ¿Hay algún muchacho aquí que pueda ayudarlo?

Maude se volvió hacia ella sonriendo.

—¿No quieres hacerlo tú?

Helena notó inmediatamente el calor que le subía desde el vientre hasta las mejillas. Estaba segura de que tenía la cara tan roja como el cabello de Maude.

—No.

La mujer soltó una carcajada que hizo que el abdomen le temblase.

—Deberías verte la cara.

Helena suspiró.

—Ya me lo imagino.

Maude se volvió hacia la mesa donde trabajaban los ayudantes de cocina.

—¡Augie! Lleva una bañera al dormitorio del laird y, cuando esté llena, ayúdalo a bañarse.

—No la llenes demasiado —advirtió Helena—. El laird tiene un corte en el costado que no puede mojarse.

Un muchacho de unos quince años asintió y se levantó tan deprisa que golpeó con el codo al chico sentado a su lado. Salió corriendo de la cocina y tropezó con la pata de un taburete al pasar. Maude negó lentamente con la cabeza mientras lo veía marcharse.

—¿Por qué no tomas unas gachas mientras esperas a que termine?

—Suena maravilloso, pero primero tengo que volver arriba y cambiarle el vendaje. Después bajaré.

Cuando Helena regresó al dormitorio del laird, el mozo de cocina ya estaba allí.

Arrastraba la enorme bañera de madera por la habitación hasta que topó con un pequeño arcón.

Después hizo una reverencia tan torpe que se dio con la cabeza contra uno de los postes de la cama.

Con las mejillas como la grana, murmuró:

—Haré que suban agua caliente inmediatamente, milord.

Robin intentó contener la risa, pero los ojos le brillaban de diversión al contemplar las torpezas del muchacho.

—Quiero echar un vistazo a vuestra herida —dijo Helena mientras recogía la cesta de remedios y se acercaba a la cama. Retiró la manta.

—¿Sigues enfadada conmigo?

Ella sonrió levemente; no resultaba fácil seguir enfadada con él. Incluso cuando la irritaba, siempre había aquel brillo burlón en sus ojos. Casi parecía disfrutar provocándola.

La herida tenía muy buen aspecto.

—Está cicatrizando bien, milord, pero solo hace unas horas desde la última fiebre. Sigo pensando que no deberíais levantaros hoy.

—Ay, muchacha. Ojalá pudiera permitírmelo, pero hay cosas que solo yo puedo hacer. Mis hombres han seguido buscando a los atacantes y no han encontrado nada. Si no los localizamos, tendré que enviar una misiva a los Gunn y exigir una reunión.

Robin le alzó la barbilla con un dedo.

—Tú pareces agotada.

Helena asintió.

—Sí. Jena sigue muy débil después del parto y me he encargado de cuidar a Arthur.

—Y luego vienes aquí a cuidar de mí. Necesitas descansar o acabarás siendo tú quien requiera una curandera. Y no sé qué sería de nosotros entonces.

Helena cerró los ojos; no le gustaba mirarlo demasiado tiempo directamente. Veía demasiadas cosas en aquellos ojos que sabía que nunca serían suyas. Apartó suavemente la barbilla y continuó revisando la herida.

—Ya dormiré un poco.

Palabras valientes, porque no tenía ni idea de cuándo iba a conseguir dormir. Compartir habitación con Blair y Jena ya le parecía incómodo cuando llegó. Ahora, con Arthur allí también, aquello empezaba a resultar imposible, por no decir ruidoso. Desde luego, no era el mejor lugar para descansar.

Además, casi todas las pocas horas de sueño que conseguía terminaban interrumpidas por el llanto del niño.

Para permitir que Jena se recuperara, había pasado buena parte de la noche paseando al pequeño cuando no conseguía dormirse.

En mitad de la noche rebuscó en su bolsa y encontró manzanilla.

Preparó una infusión y, una vez fría, le dio un poco al bebé, lo que pareció aliviarle el dolor de tripa.

Justo cuando terminaba de atender la herida del laird, varias muchachas entraron cargadas con cubos de agua caliente. Detrás venía el mismo mozo de antes llevando el último cubo. A Helena empezó a preocuparle que el laird terminara ahogándose con tanta ayuda.

Antes de salir, les recordó tanto al laird como a Augie que no mojaran la herida y que volvería más tarde para vendarla de nuevo.

Bajó a la cocina y tomó gachas, té y pan caliente, lo que casi le robó las últimas fuerzas que le quedaban. No quería querer molestar a Jena y al bebé, que seguramente estarían durmiendo, así que decidió regresar al dormitorio del laird para ordenar un poco.

Robin ya se había marchado, probablemente a su galería, tal como había dicho.

Helena recogió la ropa del suelo y la dejó doblada fuera de la habitación para que las criadas la lavaran.

Después se quedó mirando la gran cama cálida y mullida.

Se desperezó y bostezó, pero negó con la cabeza enseguida.

Aunque el laird no estuviera allí, no podía dormir en aquella cama. Por mucho que lo necesitara.

Con un gemido agotado, terminó acurrucándose en la dura silla de madera junto a la cama.

Robin, sentado ante el escritorio de la galería , apenas lograba mantener abiertos los ojos, pese a que solo llevaba unas pocas horas de trabajo. Sí, tal como Helena había vaticinado. Maldita muchacha.

Ah, no soportaba sentirse tan débil.

—¿Por qué estás tan gruñón? —preguntó Finn al entrar—. Pensé que estarías feliz de haberte levantado por fin.

—Lo estaría si ahora no sintiera ganas de volver directamente a la cama.

—Bueno, Helena dijo...

Robin alzó la mano.

—No digas lo que creo que vas a decir. Ya sé que la muchacha cree saberlo todo. No necesito que tú también empieces.

Finn soltó una carcajada.

—Diría que en este asunto tiene razón. Y creo que en la mayoría de las cosas. Es una mujer muy inteligente.

Robin gruñó, se levantó y miró a su hermano.

—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en el campo de entrenamiento?

—Ya ha terminado. Solo venía a ver cómo estaba tu lamentable culo.

—No necesito que me vigiles. Soy un hombre adulto, un guerrero, y tengo a esa molesta muchacha revoloteando a mi alrededor todo el día dándome órdenes. ¡A mí, el laird!

Finn volvió a echarse a reír.

—¿Molesta? No estoy tan seguro de que te moleste. Cuando entra en una habitación no puedes apartar los ojos de ella.

—Claro que puedo. Pero nunca sé qué va a ordenarme hacer después. Venga, vete a cenar y deja de incordiarme. Dile a alguna criada que me suba comida. No pienso aparecer cojeando en el gran salón como un anciano inútil.

Todavía riéndose, Finn abandonó el solárium y bajó las escaleras.

Robin se sentía completamente agotado. Se quedó sentado mirando por la ventana hasta que le llevaron la comida, lo que le devolvió las fuerzas, al menos en parte. Pese a todo apenas una hora después terminó rindiéndose al agotamiento. Abandonó el solárium y regresó lentamente a su dormitorio.

Abrió la puerta y lo primero que vio fue a Helena profundamente dormida en la dura silla de madera junto a la cama, con el cuello doblado en un ángulo que seguramente la dejaría dolorida durante días.

Volvió a cerrar la puerta y echó el cerrojo, tras lo cual cruzó la habitación en silencio, la tomó en brazos y la depositó con cuidado sobre la cama.

Se inclinó y le besó suavemente la frente.

—No creas que eso cuenta como el beso que me debes.

Y entonces, pese a todas sus buenas intenciones, rodeó la cama, se tumbó al otro lado sin siquiera quitarse la ropa y se dejó caer sobre el colchón. El último pensamiento que cruzó por su cabeza fue que había perdido el juicio.

Se preguntó qué clase de funeral le prepararían sus hermanos cuando Helena despertara y se diera cuenta de que estaban juntos en la misma cama.