Capítulo siete
Helena puso al bebé limpio y bien envuelto en brazos de su padre. Jena dormía profundamente después de haber sido aseada, tomar una taza de té caliente y contemplar a su hijo.
Blair observó al pequeño con lágrimas en los ojos.
—Es tan pequeño... tan indefenso.
Apartó la vista del niño y miró a Helena mientras ella besaba a Jena en la frente.
—¿Crees que Jena hablaba en serio cuando dijo que no volvería a dejarme entrar en su cama?
Helena se echó a reír y le dio una palmada en el hombro.
—No. Todas las primerizas dicen algo parecido durante el parto. Una vez, una mujer me pidió una daga para cortarle ciertas partes a su marido...
Blair levantó la mano y tragó saliva.
—Lo entiendo perfectamente.
Aunque estaba agotada, Helena sabía que todavía tenía que ir a comprobar el estado del laird, al que no veía desde que había entrado en la habitación de Jena. Miró hacia el ventanuco y meneó con la cabeza.
Estaba amaneciendo y hacía rato que Beatrice se había marchado a casa tras terminar de limpiar a Jena y al bebé.
Reprimiendo un bostezo, cerró suavemente la puerta y dejó a la familia a solas. Estiró los músculos doloridos como pudo y se dirigió al dormitorio del laird.
Todo estaba en silencio salvo por el propio laird, que no dejaba de revolverse entre las mantas. Helena se acercó y le apoyó una mano en la frente.
Ardía de fiebre, lo que no la sorprendió en absoluto. Con un profundo suspiro, se fue a la cocina. Maude ya estaba allí, preparando ingredientes para las gachas y metiendo barras de pan en el horno.
—¿Es que nunca duermes? —preguntó Helena.
Maude se echó a reír.
—Tan poco como tú, por lo que veo. —Dejó lo que estaba haciendo—. ¿Cómo están Jena y el bebé?
—Muy bien. Es un niño fuerte, igual que su padre. Con el tamaño que tienen estos guerreros, no me extraña que sus esposas sufran tanto para traer hijos al mundo.
—Eso seguro. ¿Y cómo está nuestro señor esta mañana?
Helena llenó otra jarra grande de agua.
—Acabo de verlo. Le ha subido la fiebre.
La cocinera negó lentamente con la cabeza.
—Ay, pobre muchacho. Aunque es fuerte.
—No lo dudo.
Helena volvió a bostezar y se frotó los ojos. Maude la observó atentamente.
—¿No puede sustituirte Aline? Tienes un aspecto horrible de cansancio.
Helena levantó la jarra y recogió varios paños.
—Para cuando vaya a buscarla, la saque de la cama y vuelva aquí con ella y con todo esto, ya habré terminado yo sola.
—No te agotes. Has venido para estar con tu hermana y disfrutar del bebé. No creo que el laird quiera que regreses a Dornoch con aspecto de lavandera exhausta.
Sonriendo ante los comentarios de la cálida y amable cocinera, Helena volvió a subir las escaleras hacia el dormitorio del laird. Finn y Craig estaban junto a la cama observando a su hermano.
—Tiene fiebre —dijo Finn.
—Sí. Ya os dije que la tendría. Forma parte del proceso de curación.
Craig le quitó la jarra de las manos y la dejó sobre la mesa junto a la cama. Después la observó atentamente.
—Tú también pareces agotada.
—Lo estoy. Ha sido una noche muy larga.
Finn la miró con seriedad.
—Solo quería que supieras que mi hermano y yo, igual que el resto de la familia, apreciamos mucho lo que estás haciendo por nuestro laird.
Helena empapó un paño en agua y comenzó a limpiarle la cara y el cuello al laird. Él no se movió; seguía profundamente dormido.
—No me importa cuidar de vuestro hermano ni de cualquier otra persona que necesite ayuda mientras esté aquí. Pero me preocupa lo que ocurrirá cuando me marche. No tenéis una curandera adecuado.
—Sí. Parece que Aline no tiene estómago para esto —dijo Craig.
—La muchacha es joven, hermano. Ya te lo he dicho. —Finn lanzó a Craig una mirada irritada.
—No es tan joven. Puede que para asistir partos sí, pero, si de verdad es la curandera del clan, debería ser capaz de coserle un pequeño corte al laird.
Helena llevaba pensando desde el caos del día anterior que jamás deberían haber obligado a Aline a asistir un parto. Las muchachas solteras solían mantenerse alejadas de ese tipo de cosas. Pero, como el laird necesitaba atención y Aline no había soportado verlo herido, no había quedado otra opción.
Bueno, sí, Beatrice. Le había sorprendido que esta no hubiera seguido insistiendo en que todo debía hacerse a su manera. Quizá, antes de regresar a casa, Helena podría convencerla de que algunos de sus métodos eran mejorables.
—Vamos a pasar revista, muchacha. Si ocurre algo importante, manda llamar a una de las criadas y avísanos.
Ella asintió mientras seguía limpiando al laird. Después le cambió la camisa, empapada por el sudor y el agua con la que lo había aseado. Acercó luego una silla y se sentó junto a la cama.
La fiebre bajaría y volvería a subir, quizá tres o cuatro veces, y necesitaba estar allí cuando ocurriera.
Se frotó los ojos y echó la cabeza hacia atrás; notó que empezaba a quedarse dormida, así que se levantó y caminó un poco por la habitación antes de volver junto al laird, que seguía ardiendo de fiebre.
Necesitaba líquidos; tendría que despertarlo y obligarlo a beber. Sirvió un poco de agua en una taza y la dejó junto a la cama. Después lo sacudió suavemente. Nada. Volvió a intentarlo. Nada. La tercera vez lo zarandeó un poco más fuerte y Robin abrió los ojos.
—Deja de hacer eso.
Helena suspiró.
—Debéis despertaros y beber, milord.
Él volvió a cerrar los ojos.
—No. Déjame dormir.
—No.
Cogió una jarra de cerveza, deslizó una mano bajo la cabeza del laird y lo incorporó ligeramente.
—Debéis beber.
Robin abrió un ojo y la miró fijamente.
—No vas a dejarme en paz, ¿verdad?
Ella sonrió.
—No. Soy muy terca.
Robin dio algunos sorbos y luego volvió la cabeza para apartarse de la taza.
Helena no se rindió. Le sostuvo el rostro con la mano y volvió a acercarle la cerveza a los labios.
—Debéis beber.
Robin tomó unos cuantos tragos más y trató otra vez de apartarse, pero Helena ya estaba preparada.
—No solo eres terca. También lista —murmuró él con una leve sonrisa.
—Si os bebéis al menos la mitad, os dejaré tranquilo y podréis seguir durmiendo.
Robin la observó varios segundos, hasta que Helena empezó a sentirse incómoda. Aquellos profundos ojos verdes parecían capaces de atravesarla y provocarle un extraño cosquilleo en el estómago.
—¿Y si me termino media taza y me cobro un beso?
Aquello la pilló completamente desprevenida. Decidió atribuirlo a la fiebre.
—Creo que dejaros dormir después de que os terminéis la cerveza es bastante mejor idea.
Robin bebió otro sorbo sin apartar los ojos de ella. Helena seguía convencida de que aquellas ocurrencias eran culpa de la fiebre y que, cuando se recuperara, no recordaría nada.
—Lo recordaré —murmuró él, como si acabara de leerle el pensamiento. De pronto le guiñó un ojo.
Helena retiró la taza cuando Robin volvió la cabeza. Miró dentro y vio que estaba más de la mitad vacía.
—Muy bien, milord.
—¿Ahora puedo dormir, muchacha?
—Sí.
—¿O prefieres que te bese?
Ella negó con la cabeza, sonriendo a su pesar.
Sin duda era un conquistador y probablemente utilizaba aquel encanto y aquella cara bonita con todas las mujeres.
Pero ella solo permanecería allí unos meses, Robin era un laird que acabaría buscando esposa para forjar alianzas y ella no era la clase de mujer con la que un hombre como él se casaría.
A los pocos minutos Robin empezó a roncar suavemente y Helena volvió a cerrar los ojos.
No sabía cuánto tiempo pasó antes de despertarse sobresaltada por gemidos y movimientos bruscos. El cuello le dolía horriblemente, confirmándole que se había quedado dormida en la silla. Vio que el laird se revolvía entre las mantas, empapado en sudor.
La fiebre había bajado.
Intentando desperezar los músculos, Helena retiró la manta húmeda y le quitó el vendaje de la herida. Aliviada al comprobar que no había pus, limpió el corte, volvió a cubrirlo con miel y lo vendó otra vez.
—Helena... ¿eres tú?
La voz áspera y los ojos vidriosos del laird dejaban claro que seguía enfermo.
—Sí, soy yo. Voy a bajar a buscar más agua y paños para asearos otra vez. Así estaréis más cómodo.
Robin asintió y volvió a cerrar los ojos.
Helena regresó una vez más a la cocina sin saber ya si era de día o de noche.
Pero su estómago sí parecía tenerlo claro: llevaba demasiado tiempo sin comer.
A medida que se acercaba, el olor a guiso caliente y pan recién hecho hizo que el hambre le rugiera en el vientre.
Maude seguía junto al fuego y se volvió al verla entrar.
—Ahí estás. ¿Cómo está nuestro señor?
—Le ha bajado la fiebre y necesito más agua para limpiarlo. —Mientras llenaba otra vez la jarra, preguntó—: ¿Qué hora es? Me temo que me quedé dormida y ya no sé ni en qué momento del día vivo.
—Se acerca la cena. —Maude levantó la cuchara con la que removía el guiso—. De verdad necesitas que alguien te releve para que puedas dormir y comer algo.
Helena levantó la jarra, se la apoyó en la cadera y recogió más paños.
—Dormí un poco, aunque no sé cuánto. Pero sí... me vendría bien comer algo.
—Ve a ocuparte del laird y mandaré a una criada con comida.
—Muchísimas gracias.
Mientras subía lentamente las escaleras recordó de pronto a su hermana, al bebé recién nacido y a la promesa de ayudarla una vez naciera el pequeño.
No la veía desde que los dejó solos como familia.
Le parecía que había sido la noche anterior, aunque, a aquellas alturas, ya no estaba segura de nada.
Cuando notó que se le llenaban los ojos de lágrimas al entrar en la habitación del laird, comprendió hasta qué punto estaba agotada.
Robin seguía agitándose entre las mantas mientras ella mojaba el paño en agua limpia. En ese momento la puerta se abrió y Craig y Finn entraron en la habitación.
—Maldición, ¿llevas aquí desde que nos marchamos esta mañana?
—Sí. Aunque dormí un poco.
—¿Cómo está? —preguntó Craig acercándose a la cama junto a su hermano.
—La fiebre ha bajado. Le he dado algo de cerveza y ahora necesito limpiarlo, secarlo y cambiarle la ropa.
—No soy curandera, pero puedo hacer eso mientras tú comes —dijo Finn.
Antes de que Helena pudiera responder, llamaron suavemente a la puerta y una criada entró con una bandeja.
Solo ver la comida hizo que el estómago se le revolviera de hambre.
—¿Por qué no llevas la bandeja a la habitación de tu hermana y comes allí mientras la visitas? —propuso Craig—. Nosotros nos quedaremos con Robin.
—Me encantaría. Gracias.
Justo cuando Helena cogía la bandeja, el laird abrió los ojos y la miró directamente.
—Aún lo recuerdo, muchacha.
Craig y Finn alternaron la vista entre su hermano y Helena.
—¿Qué recordáis?
Robin sonrió lentamente.
—Que me debes un beso.