No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

La herida era grave, pero, con los cuidados adecuados y si la fiebre no subía demasiado, se recuperaría. La única ventaja del ruido que llenaba la habitación, con tantos hombres observándola, era que ahogaba los gritos de Jena.

Aunque la algarabía no tardó en hacérsele insoportable, así que se giró de pronto y ordenó:

—Fuera todos.

Craig dio un paso hacia ella.

—No, muchacha. Este es nuestro laird y está herido. No vamos a dejarlo solo. Va contra nuestras leyes.

Ella cruzó los brazos bajo el pecho.

—Muy bien. Entonces podéis quedaros tú y Finn, ya que quizá necesite ayuda para mover al paciente. Pero todos los demás deben marcharse.

Craig la miró con irritación y Helena le sostuvo la mirada.

—No es saludable tener tanta gente apiñada aquí dentro. Necesitamos aire fresco.

Finn se acercó a ella.

—¿Y desde cuándo el aire fresco cura heridas? Lo que necesitamos es a alguien que sepa lo que hace. Ya sabes: limpiar la herida del laird, coserla y... —hizo un gesto vago con la mano— lo que sea que hagan los curanderos.

Helena entrecerró los ojos.

—Este hombre tiene una herida grave. Mientras vosotros seguís discutiendo conmigo, yo podría estar ayudándolo. Pero no pienso tropezar con hombres plantados aquí mirando cada movimiento que hago. Así que fuera. Ya.

Craig respiró hondo y se volvió hacia el grupo.

—Ya la habéis oído, muchachos. Todos fuera.

Los hombres abandonaron la habitación arrastrando los pies y refunfuñando sobre muchachas mandonas.

Helena negó con la cabeza y miró a Craig.

—Necesito que tú y tu hermano le quitéis los pantalones al laird.

—Muchacha, eso no sería apropiado teniendo en cuenta que eres una mujer soltera.

Como aquello siguiera así, acabaría gritando tanto como Jena.

—Soy sanadora. He visto hombres desnudos antes. Y Aline, que se supone que debería estar aquí haciendo esto, también es una mujer soltera. Estamos perdiendo el tiempo.

Los hermanos intercambiaron una mirada y se encogieron de hombros.

—Por nosotros no hay problema —dijo Finn—. Solo queríamos dejarlo claro. No queremos problemas con los Sutherland.

Helena señaló con la cabeza las ventanas de la pared este.

—Acercad esa vela y quitad las cubiertas de las ventanas.

—Vaya, sí que tienes exigencias.

Pero esta vez Craig no discutió. Retiró las cubiertas y la habitación se inundó inmediatamente de luz y aire fresco.

Finn y Craig desvistieron a su hermano. Helena le cubrió la entrepierna con un paño, aunque no sin advertir antes que estaba magníficamente proporcionado.

Se inclinó sobre la desagradable herida. Era larga, pero no demasiado profunda. Aun así, si no la limpiaba y cosía de inmediato, podía complicarse seriamente.

—¿Tenéis las cosas que trajo Aline antes de desmayarse?

—Sí.

Finn cruzó la habitación y le entregó una cesta. Helena miró dentro y decidió que casi era mejor que Aline se hubiera desmayado, porque no había allí material suficiente ni para sacar una astilla.

—Ve a la cocina y trae todos los paños limpios que encuentres. Y también un recipiente grande con agua caliente y una jarra de whisky.

Mientras hablaba, rebuscó en la cesta. Había agujas, algo de catgut, un par de paños, ungüento y algunas hierbas para preparar una pócima contra el dolor y el insomnio.

Poca cosa más.

Si iba a quedarse allí una temporada ayudando a Jena después del nacimiento del niño, tendría que reponer el contenido de aquella cesta.

Con Aline tan nerviosa y tan poco adecuada para ejercer de curandera (y de comadrona, seguro) esperaba disponer de tiempo suficiente para formar a alguien antes de marcharse.

Tenía intención de sustituir a la tía Dorathia cuando regresara a Dornoch y estaba deseando hacerlo.

Ella y su tía siempre habían estado muy unidas; al fin y al cabo, la mujer la había criado.

Pero Helena empezaba a notar que, a medida que envejecía, Dorathia se volvía incapaz de aceptar nuevas ideas o probar métodos distintos.

La necesitaban en Dornoch y quería ocupar un lugar dentro del clan donde se sintiera útil y respetada. Los Sutherland siempre se habían portado bien con ella, pero aun así a veces tenía la sensación de no pertenecer realmente al clan por ser una Ross.

Mientras esperaba a que trajeran lo que había pedido, desenvolvió el paño sucio que cubría la herida.

Había pasado bastante tiempo desde que abandonaron el campo de batalla y el vendaje estaba tan apretado que, por suerte, la hemorragia había cesado.

Sin embargo, parte de la tela se había pegado a la carne.

—Tráeme la jarra de agua que hay sobre ese arcón —dijo, señalando con la cabeza el cofre junto a la pared.

Finn obedeció y se quedó observándola.

—¿Tan mal tiene la herida?

—No es bonita, pero, aunque larga, no parece profunda. Creo que lo mejor será limpiarla bien, coserla y cubrirla con miel. Y después darle una pócima para dormir antes de que decida que ya está en condiciones de volver a sus obligaciones.

—¿Miel?

—Sí. Lo aprendí de un médico inglés que visitó Dornoch hace años. La utilizan para ayudar a cicatrizar las heridas.

Finn soltó un bufido.

—Pues no le digas al laird que la idea viene de un sassenach. Capaz es de arrancarse las vendas y tirar el tarro por la ventana.

Helena cogió uno de los paños de la cesta y lo empapó con agua. Después lo colocó sobre las zonas donde la tela se había quedado adherida a la herida.

Cuando terminó de despegar el vendaje, Craig ya había regresado con todo lo que había pedido.

—Jabón —le pidió, justo antes de alzar la cabeza de golpe.

Sintió un nudo en el estómago al oír los gritos de Jena, pero se obligó a apartar aquello de la mente. Primero debía coser al laird. Después podría volver con su hermana.

Cogió el jabón que le tendía Finn, se lavó bien las manos y luego las aclaró con el agua limpia que había sobrado.

La tía Dorathia la había instruido bien y, recordando todo lo aprendido junto a ella, comenzó a trabajar como había hecho tantas veces en Dornoch. Primero limpió la herida con agua tibia y jabón; cuando hubo retirado toda la sangre seca, vertió lentamente el whisky sobre el corte.

—¡Maldita sea!

El laird se incorporó de golpe con tal expresión en los ojos que parecía dispuesto a atravesar con la espada al responsable de aquello.

Helena, imperturbable, retrocedió un paso por si decidía empezar a lanzar puñetazos. Pero, al ver que solo la fulminaba con la mirada, le apoyó una mano sobre el pecho.

—Tranquilo, milord. Estoy limpiando la herida antes de coserla.

Él frunció el ceño.

—¿Helena?

—Sí, milord. Vuestra curandera no ha podido atenderos. Soy la curandera del clan Sutherland y estoy aquí para ayudaros.

—¿Y esos gritos que oigo?

Helena carraspeó.

—Mi hermana está de parto.

A pesar del dolor que debía de sentir, Robin le sonrió.

—¿No habías venido precisamente para ayudarla?

Ella le devolvió la sonrisa.

—Sí. El momento ha sido... poco oportuno.

Robin volvió a recostarse y le hizo un gesto con la mano.

—Adelante, muchacha.

Helena enhebró la aguja y empezó a coser el costado del laird. Sus hermanos no apartaban los ojos de ella y, cada vez que pedía algo, se lo colocaban enseguida en la mano. Al cabo de casi una hora, soltó el aire y se apartó un momento para estirar la espalda.

Había terminado. Ahora solo faltaba cubrir la herida con miel, vendarla y preparar una infusión que calmara el dolor y ayudara al laird a dormir.

Craig le tendió el tarro de miel sin dejar de mirarla con expresión desconcertada. Helena dejó el tarro sobre la mesa, sacó algunas hierbas de la cesta de Aline y se las guardó en la cintura del airisaidh. Luego tomó un poco de miel con la mano y la extendió lentamente sobre la herida.

En algún momento del proceso el laird volvió a desmayarse, lo cual, teniendo en cuenta el dolor que debía de soportar, probablemente fuera una bendición.

Helena dio un paso atrás para examinar su trabajo y luego se volvió hacia los dos hombres.

—Necesito lavarme las manos antes de vendarlo. Ahora vuelvo.

Salió apresuradamente de la habitación y bajó a la cocina, donde se frotó las manos para quitarse los restos pegajosos de miel.

—¿Cómo está el laird? —preguntó Maude mientras removía algo en una olla enorme.

—Le he cosido la herida y le he puesto miel. Solo me falta vendarlo y preparar una infusión para aliviarle el dolor y hacer que duerma.

—¿Miel?

Mientras llenaba una taza con agua caliente, Helena le explicó lo que esperaba conseguir con aquello. Cogió un mortero de la cocina y machacó las hierbas hasta reducirlas a polvo antes de echarlas al agua.

—¿Y cómo está tu hermana?

Helena negó con la cabeza.

—No lo sé. Oigo sus gritos desde el dormitorio del laird, pero Aline está con ella y espero que se le den mejor los partos que las heridas.

Maude negó lentamente.

—Me temo que no. Esa muchacha nunca estuvo hecha para ser curandera. Ni comadrona. Le cayó encima cuando su padre ya no pudo seguir ejerciendo como guerrero. Supongo que así sentían menos culpa por la comida que el broch les enviaba para complementar lo poco que Aline cultiva.

Helena removió la infusión.

—¿Quién era la curandera antes que Aline?

—La vieja Bertha. Murió hace poco, aunque alcanzó a enseñarle algunas cosas. Pero la muchacha no sirve para esto.

—¿Y la única comadrona sigue siendo Beatrice?

Helena cogió la taza.

—Sí. Ha aterrorizado a media generación de muchachas con sus historias sobre noches de bodas espantosas y partos horribles.

—No entiendo por qué el laird lo permite.

Maude se encogió de hombros.

—Probablemente ni siquiera lo sabe. Está siempre ocupado, yendo de un lado para otro. —Sacudió la cabeza—. Aunque me imagino que, cuando tenga esposa, acabará enterándose de todo.

Helena regresó con la taza humeante. Cuando entró de nuevo en el dormitorio del laird, Craig y Finn estaban sentados junto a la cama hablando en voz baja con él.

Se detuvo un instante antes de acercarse, sin querer interrumpirlos, lo que le permitió observarlo con más calma ahora que ya no se retorcía de dolor ni estaba cubierto de sangre.

Como la mayoría de los guerreros, tenía el cuerpo marcado por el músculo y las cicatrices.

Su cabello castaño claro era ligeramente ondulado y seguramente debía apartárselo continuamente de la frente.

La barba corta le sentaba bien. Al acercarse, descubrió que sus ojos marrones tenían pequeñas motas doradas.

El laird le hizo un gesto con la mano.

—Ven, muchacha, por favor. Espero que eso alivie este maldito dolor.

—Sí, milord. También os ayudará a dormir.

Robin extendió una mano e intentó incorporarse apoyándose sobre el codo. Helena acudió rápidamente para sostenerle la cabeza mientras él bebía lentamente la infusión. Después terminó de vendarle la herida con tiras de tela limpia.

—Mañana estaré listo para revisar toda la información que hemos reunido —dijo Robin a sus hermanos entre sorbo y sorbo.

—No creo que mañana podáis levantaros de la cama, milord —respondió Helena.

Estaba deseando volver junto a su hermana; habían pasado horas desde que la dejó.

—No es más que un rasguño —respondió Robin al tiempo que apartaba las palabras de ella de un manotazo—. Mañana estaré mejor.

Helena sonrió levemente.

—No, milord. Lo más probable es que mañana estéis ardiendo de fiebre.

—¡No permito que me suba la fiebre!

Ella inclinó ligeramente la cabeza para ocultar la sonrisa.

—Si me disculpáis, milord, me gustaría volver con mi hermana.

Robin siguió mirándola con el ceño fruncido, como si cualquier fiebre futura fuera culpa de Helena.

—Sí. Ve con ella. —Justo cuando la joven llegaba a la puerta, añadió—: Gracias por tu ayuda, Helena.