Capítulo dos
Robin Mackay, laird del clan Mackay, entró a caballo en el patio exterior de Dun Ugadale y desmontó. Uno de los mozos de cuadra echó a correr a su encuentro.
—Saludos, milord —dijo el muchacho.
Robin asintió.
—Cuida bien de Barclay. Ha tenido un viaje largo.
El mozo sonrió y condujo el caballo hacia los establos al tiempo que los tres guerreros que habían acompañado al laird llegaban al patio exterior y desmontaban. Otro mozo se hizo cargo de sus monturas.
Robin subió los escalones que conducían a la torre del homenaje absorto en sus pensamientos.
A la mañana siguiente tendría que dirigir a un grupo numeroso de guerreros hacia la frontera con los Gunn, el clan vecino, que parecía haberse envalentonado y empezaba a robar más de lo tolerable en la frontera entre las tierras de ambos clanes.
Maldijo para sus adentros la necesidad que encargarse de aquello: que tenía problemas que resolver dentro de su propio clan y no disponía de tiempo para ocuparse de los robos de los Gunn.
Saludó con la cabeza a varios miembros del clan con los que se cruzó mientras continuaba hacia la torre del homenaje.
Estaban sirviendo la cena cuando entró en el gran salón.
Tomó asiento en el estrado y saludó a sus hermanos con una breve sonrisa.
Paseó la mirada por la estancia y su atención se centró inmediatamente en una mujer sentada junto a la esposa de Blair.
Le resultaba vagamente familiar, aunque no recordaba dónde la había visto antes.
Entonces la reconoció de golpe.
Helena Ross, del clan Sutherland, la hermana para la que Blair había solicitado escolta.
Era una joven atractiva, de cabello castaño oscuro, ojos verdes y unas curvas que cualquier hombre disfrutaría acariciando.
Su bonito rostro resultaba aún más encantador gracias a los hoyuelos de ambas mejillas y a las ligeras pecas que le cruzaban la nariz.
Él y Helena habían intercambiado algunas palabras y bailado un par de veces durante la boda de Blair y Jena, celebrada en tierras Sutherland.
Le había parecido interesante, pero cualquier posibilidad de ir más allá se desvaneció cuando lo llamaron urgentemente desde Ugadale para que regresara de inmediato.
Suspiró, lamentando que siempre pareciese haber alguna emergencia que reclamaba su atención. Luego se inclinó hacia Craig, su hermano y segundo al mando.
—Mañana tendremos que reunir a un grupo de guerreros. Acabo de volver de una visita a una pequeña aldea situada en la frontera con los Gunn.
—¿Vuelven a las andadas?
Robin asintió y tomó un trago de la jarra de cerveza que acababan de servirle.
—Puedo pasar por alto pequeños robos, pero según los aldeanos han empezado a asaltar casas e incluso han incendiado una cabaña.
—No pinta bien —dijo Craig—. ¿Cuántos crees que son?
Como segundo al mando, Craig se encargaría de reunir hombres, caballos y suministros para la expedición.
—No tenemos ni idea de a qué nos enfrentamos, así mejor disponer de al menos setenta y cinco u ochenta hombres. —Robin se recostó y dirigió la mirada hacia Helena Ross—. Saldremos al amanecer. Elige a los que quieras llevar después de la cena y que se preparen.
Craig asintió y se volvió hacia su hermano Finn, sentado al otro lado.
Robin apuró el resto de la cerveza y siguió observando a Helena.
Estaba radiante y sonriente, agitando las manos mientras contaba una historia a quienes se sentaban cerca de ella.
Le molestó advertir que algunos de sus guerreros la observaban con interés.
Esperaba que su presencia allí no causara problemas entre los hombres.
Era bien sabido que una muchacha hermosa, especialmente si acababa de llegar, podía provocar peleas entre guerreros convencidos de que serían ellos quienes llamaran su atención.
Haría que Craig los advirtiera que mantuvieran ojos y manos quietos.
Como invitada del clan, Helena estaba bajo su protección y no tenía intención de faltar a ese deber.
En ese momento, la joven recorrió el salón con la mirada y sus ojos se cruzaron con los de él.
Robin bajó inmediatamente la vista hacia su jarra vacía, sin querer que lo sorprendiera mirándola.
Al alzarla de nuevo vio que ella le sonreía con aire burlón.
No estaba seguro de si el calor que acababa de invadirlo se debía a la atracción que sentía por ella o a que lo hubiera descubierto observándola.
Se incorporó un poco en la silla y llamó la atención de Craig.
—Me voy. Tengo que revisar los informes del mayordomo antes del amanecer. Asegúrate de que todo esté listo para mañana.
Craig sonrió. El muy condenado jamás se tomaba nada en serio.
—Estaremos listos, hermano. —Miró hacia el otro lado del salón, y Robin supo exactamente a quién estaba mirando—. ¿No es esa la cuñada de Blair?
—¿Quién? —De pronto se sintió ridículo—. ¿Te refieres a Helena Ross?
Una lenta sonrisa burlona cruzó el rostro de Craig.
—Esa misma. Me parece una muchacha muy guapa. Quizá vaya a saludarla y vuelva a presentarme.
Robin fulminó a su hermano con la mirada.
—No. Tienes que prepararte para el viaje de mañana.
—Y tú acabas de decir que también tienes trabajo que hacer —replicó Craig.
Robin le dio una palmada en la nuca.
—Ponte manos a la obra o perderás tu puesto de segundo al mando.
Craig se levantó y se alejó de la mesa en dirección a la puerta al tiempo que decía:
—Ni lo sueñes, hermano.
Como laird del clan, era de buena educación que Robin diera la bienvenida a Helena, así que se acercó a su mesa. Ella estaba ocupada contando otra historia y había captado toda la atención de quienes la rodeaban.
—Y entonces el muchacho se acercó a mí y, antes de que pudiera...
Jena dio un codazo a su hermana y le indicó discretamente la presencia del laird.
Helena se volvió y sonrió; a Robin se le encogió absurdamente el corazón. Ella lo observó con expresión inquisitiva antes de decir:
—Buenas noches, milord. Quiero agradeceros la escolta que enviasteis y que me hayáis permitido quedarme con mi hermana durante este tiempo.
Aquellos profundos ojos verdes resultaban todavía más hermosos de cerca. Joder, más valía que no estuviera ruborizándose como niñato.
—No tenéis nada que agradecer, señorita Ross. Nos alegra que Jena tenga a su hermana cerca cuando llegue el momento.
Helena volvió a sonreír y, esta vez, su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.
—Por favor, milord, llamadme Helena. «Señorita Ross» suena tan...
—¿Anticuado? —completó él con una sonrisa.
Ella se echó a reír y lo miró de una manera peligrosamente encantadora. Aquella muchacha podía convertirse en un problema si no tenía cuidado. Era una doncella y estaba bajo su protección. No sería honorable seducirla.
Suspiró para sus adentros. Había demasiadas cosas fuera de su alcance por ser quien era.
—Buenas noches, Jena. Tienes buen aspecto.
Miró a la esposa de Blair y le sonrió. Era evidente que ambas eran hermanas, pero, en su opinión, Helena era mucho más hermosa.
—Gracias, milord. También quiero daros las gracias por permitir que Helena se quede aquí.
—Será bienvenida cuanto desee.
Empezaba a sentirse ridículo con toda aquella conversación vacía. Asintió brevemente a las dos hermanas y se retiró.
Pasó luego un par de horas revisando cuentas y asegurándose de que arrendatarios y granjeros pagaran sus cuotas y entregaran provisiones al broch.
Acabó frotándose los ojos con los puños mientras pensaba en lo poco que sabía realmente sobre gobernar un clan y resolver todos los problemas que surgían constantemente.
Se recostó en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho, pensando en su padre.
Había sido un laird querido por todos, además de un buen padre.
Robin, que siempre lo había creído invencible, quedó devastado cuando murió de una enfermedad consuntiva cuatro años atrás, cuando él apenas contaba veinte veranos.
Un guerrero no debería morir en la cama, sino en el campo de batalla.
Además, le constaba que su padre había afrontado el final lleno de amargura.
Le había confesado a su hijo mayor que se sentía un fracasado por no haberlo preparado adecuadamente para convertirse en laird.
Para no angustiarlo todavía más, Robin restó importancia a sus preocupaciones, aunque en el fondo sabía que no estaba preparado para asumir el gobierno del clan.
Había cometido vatios errores al principio, todavía consumido por el dolor de la pérdida, así que decidió buscar el apoyo del Consejo del Clan, formado por los ancianos que mejor habían conocido a su padre.
A veces seguía sintiéndose incapaz, especialmente cuando, además del clan, tenía que ocuparse también de Craig, Finn, Mairi y Kenna…
aunque estaba bastante seguro de que Craig y Finn le romperían la mandíbula si supieran que los consideraba una responsabilidad.
Durante un tiempo aceptó de buen grado los consejos del Consejo del Clan.
Solo recientemente había empezado a resentirse por unas recomendaciones que ya no creía necesitar.
No se engañaba pensando que se sentía completamente seguro como laird, pero últimamente el Consejo había comenzado a presionarlo para que escogiera esposa entre las hijas de otros clanes.
—Tenéis una responsabilidad con vuestro clan. Necesitáis herederos y alianzas. Hemos recibido varias propuestas de matrimonio y ya es hora de que consideréis alguna de ellas.
Después de pasarse varios minutos enumerando mentalmente los defectos del Consejo, abandonó el despacho y entró en el dormitorio. Se desnudó y se metió en la cama. Tumbado boca arriba, con las manos tras la cabeza, dejó que sus pensamientos volvieran hacia Helena.
Había compartido lecho muchas veces con algunas muchachas del broch y de la aldea, pero nunca volvía a pensar en ellas después de separarse.
Sabía que algún día tendría que encontrar esposa y formar una familia.
Tenía dos hermanos menores, sí, pero seguía sintiendo que era su deber proporcionar sus propios herederos y no depender de Craig y Finn.
Y, como el Consejo no dejaba de recordarle, los matrimonios entre clanes eran una forma sólida de reforzar alianzas.
Le desconcertaba descubrirse pensando ahora en el matrimonio, cuando lo único que ocupaba su mente era el delicioso cuerpo de Helena Ross.
Sin duda aún no se sentía preparado para asumir la responsabilidad de una esposa y, con el tiempo, de una familia.
Y cuando lo estuviera, no le atraía la idea de casarse con alguien a quien apenas conociera o con quien solo hubiera pasado uno o dos días.
Por muy absurdo que pudiera parecer en un jefe de clan, quería elegir a su propia esposa y quizá incluso encontrarla atractiva tanto por su aspecto como por su carácter.
Había conocido demasiadas hijas de clan en distintas reuniones como para ignorar que muchas de ellas podían convertir la vida de un hombre en un infierno.
Golpeó la almohada y se recordó que debía dormir. Partirían al amanecer y no sería un buen líder ni un buen guerrero si cabalgaba hacia la batalla medio dormido.
Y estaba seguro de que habría batalla; los Gunn habían cruzado demasiadas veces la frontera durante los últimos meses se habían atrevido a atacar una aldea, así que había llegado el momento de acabar con los saqueadores.
Esperaba que aquello no terminara convirtiéndose en una guerra abierta con el clan vecino, aunque esa posibilidad siempre existía.
Sería una estupidez por parte de los Gunn desafiarlo, ya que los Mackay eran más numerosos, más fuertes y estaban mejor entrenados que casi cualquier otro clan de las Highlands, salvo los Sutherland.
Se volvió una vez más y trató de borrar de su mente la imagen de Helena Ross. Era, sin duda, una mujer hermosísima, pero Craig debía mantener las manos lejos de ella. Volvería a advertírselo por la mañana. Helena era su invitada y no permitiría que nadie intentara llevarla a la cama.
Ni siquiera él mismo.
Pasaron varias horas antes de que cayera en un sueño intranquilo.