Capítulo uno
Dun Ugadale
Aquel recuerdo de tantos años atrás —doce, para ser exactos— acompañó a Helena Ross durante todo el viaje desde el castillo de Dornoch hasta Dun Ugadale, en la península de Kintyre, donde esperaba llegar a tiempo para asistir a Jena en el nacimiento de su primer hijo.
La idea de convertirse en tía la llenaba de ilusión, aunque le entristecía pensar que probablemente no vería crecer al niño.
Sus obligaciones en Dornoch la mantenían ocupada y, pese a haber rogado innumerables veces a la tía Dorathia que empezara a formar a otra curandera, la anciana siempre se negaba.
—No hace falta. Trabajas muy bien y pronto podré dejarlo todo en tus manos y descansar al fin.
Helena había insistido en que, cuando Dorathia se retirara, el castillo quedaría con una sola sanadora. Pero la anciana descartaba siempre sus preocupaciones.
—Eres joven, muchacha. Te quedan muchos años para enseñar a otra.
A veces aquellas palabras la hacían sentirse atrapada.
Ninguno de los hombres que habían mostrado interés por ella le parecía adecuado, y sus obligaciones en Dornoch apenas le dejaban ocasión de conocer a nadie fuera del clan.
Sabía que era una tontería, pero, si Jena había encontrado el amor, ¿por qué no iba a hacerlo ella?
Le había dolido profundamente que su hermana se enamorara de un guerrero Mackay y se casara tan deprisa.
Como Jena nunca había mostrado interés por la curación ni la partería y prefería dedicar el tiempo al telar y a confeccionar ropa de abrigo para el clan, Dorathia apenas había lamentado su marcha a Dun Ugadale.
Más de una noche Helena había deseado que su hermana terminara casándose con un Sutherland. Pretendientes no le habían faltado, pero Jena nunca mostró interés por ninguno de ellos.
Hamish, uno de los hombres que la escoltaban, acercó su caballo al de ella y señaló la enorme torre circular de gruesos muros que se alzaba frente a ellos.
—¿Qué te parece el mejor broch de las Highlands?
—Es impresionante.
—Fuerte y desafiante —dijo guiñándole un ojo—. Igual que yo.
Helena sonrió por cortesía, aunque agradeció que estuvieran ya cerca de su destino.
Hamish le había dedicado demasiada atención durante el viaje.
Cada noche, al acampar, encontraba alguna excusa para insinuarle que compartiera su lecho.
Ella fingía tomárselo a broma, pero sabía perfectamente que hablaba en serio.
—Será un alivio dormir en una cama de verdad.
Apenas pronunció aquellas palabras comprendió lo desafortunadas que habían sonado. Antes de que Hamish pudiera aprovecharlas para hacer otro comentario incómodo, Boyd acercó su caballo y frunció el ceño.
—Déjala en paz, Hamish. Te ha dejado claro todo el viaje que no está interesada.
—Bah. Dame unos minutos a solas con ella y cambiará de opinión.
Helena optó por ignorarlo mientras continuaban avanzando.
La pulcra y floreciente aldea de Tongue quedaba cerca del broch, pero fue la fortaleza de Dun Ugadale la que le robó el aliento cuando terminaron de aproximarse.
Levantado sobre una colina, el broch dominaba las montañas de Ben Loyal y Ben Hope. Así que allí había vivido Jena durante los dos últimos años. La emoción la invadió al ver descender el puente levadizo.
Cruzó la entrada flanqueada por los tres guerreros Mackay, con el repiquetear de los cascos anunciando su llegada. Miró alrededor buscando a su hermana y terminó riéndose para sí. Jena no tenía forma de saber exactamente cuándo llegarían.
Hamish desmontó de un salto y fue a ayudarla antes de que pudiera protestar. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba en el suelo.
Se sacudió las faldas.
—Gracias.
Y se apartó de inmediato.
—¿Helena? ¿Eres tú?
Se volvió y vio a Jena descendiendo con dificultad los escalones de la torre del homenaje. El corazón le dio un vuelco. Su hermana estaba preciosa. Y enormemente embarazada.
Echó a correr hacia ella y ambas se abrazaron entre risas y lágrimas, aunque el vientre de Jena limitaba bastante el entusiasmo del reencuentro.
Helena se apartó un poco para contemplarla.
—Estás muy...
—Embarazada —terminó Jena con una sonrisa.
—Muchísimo.
Volvieron a abrazarse.
—Ven. Debes de estar agotada y hambrienta después del viaje.
Helena se volvió hacia Hamish, Boyd y Finlay.
—Gracias por traerme sana y salva. Os agradezco mucho la escolta.
Los hombres inclinaron la cabeza y condujeron los caballos hacia los establos. Hamish todavía encontró tiempo para dedicarle otro guiño.
Helena suspiró.
—No sabes cuánto me alegro de verte —murmuró Jena mientras echaban a andar—.
La comadrona de aquí es horrible. No deja de hablarme de todo lo que puede salir mal.
Estaba a punto de subirme a un caballo y regresar a Dornoch cuando Blair me explicó que Beatrice lleva años aterrorizando a las futuras madres y que no debía escucharla. Fue idea suya mandarte llamar.
—¿De Blair?
Jena asintió.
—Yo quería, pero no sabía si al laird le parecería bien enviar a varios guerreros tan lejos solo para escoltarte.
Subieron los escalones y entraron en el gran salón antes de sentarse junto a una mesa.
Jena respiraba con cierta dificultad.
—¿Tan severo es el laird? —preguntó Helena.
—No, en absoluto. Pero siempre está ocupado con algún problema y no quería que Blair le añadiera otro más.
—Pese a todo se lo pidió.
Jena sonrió.
—Blair es un buen marido. Ahora se ocupa del entrenamiento de los nuevos guerreros y está muy orgulloso de ello. Además, Robin confía en él. Le resulta fácil hablar con el laird.