No te Enamores de un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale nº 1)
© inepub.com
Prólogo
Castillo de Balnagown
Clan Ross
—Jena, tengo miedo.
Aunque estaba solas, Helena se aferró a su hermana mayor mientras le susurraba aquellas palabras. Se encontraban en la cabañita donde habían vivido con su madre y acababan de regresar de su entierro. Ahora esperaban a la escolta que debía conducirlas al clan Sutherland.
Su padre, miembro del clan Ross, había muerto cuando Helena apenas era un bebé.
Como su madre pertenecía a los Sutherland, Dorathia había solicitado hacerse cargo de las niñas.
Nadie del clan de su padre se había ofrecido a criarlas, de ahí que estuvieran terminando de hacer el equipaje para reunirse con su tía, que aguardaba fuera junto a la escolta llegada desde Dornoch.
Nunca la habían visto antes del funeral.
Dorathia era al menos diez años mayor que su madre y ejercía como curandera del clan.
Durante los años que su hermana había vivido en Balnagown, apenas había viajado para visitarla.
De vez en cuando enviaba mensajes explicando que no le gustaba alejarse de Dornoch por si surgía alguna emergencia.
Al parecer, no había otro curandero en quien confiara plenamente.
Les había dicho que pensaba instruirlas en el arte de la curación para que una de ellas pudiera sustituirla llegado el momento. Pero a las niñas les había parecido tan anciana que no pudieron evitar la idea de que quizá moriría antes de enseñarles gran cosa.
—No tengas miedo, hermana —dijo Jena—. Estaremos juntas y, aunque la tía sea vieja, parece buena persona. Todo irá bien. Te lo prometo.
Helena, que normalmente era quien veía siempre el lado bueno de las cosas, mientras Jena tendía a esperar lo peor, encontró casi divertido aquel intercambio de papeles.
—¿Estamos listas, muchachas? —preguntó la tía Dorathia mientras entraba en la cabaña con una sonrisa.
—Sí, tía —respondió Jena—. Ya hemos terminado de hacer el equipaje.
Uno de los escoltas entró en la estancia, recogió las dos bolsas y las ató a un caballo.
—Montarás conmigo —le dijo a Jena—. La pequeña irá con Boyd.
Señaló con la cabeza a un guerrero montado sobre un enorme caballo.
Helena tragó saliva y asintió.
En sus ocho años de vida nunca había montado a caballo, y sentía tanta vergüenza de su miedo que estuvo a punto de echar a correr y esconderse de nuevo en la cabaña. Pero no quería deshonrar al clan Ross, ni a Jena, ni a la tía Dorathia. Respiró hondo y se acercó al animal.
Mientras el grupo abandonaba los terrenos del castillo, con el estruendo de los cascos resonando como tambores, Helena volvió la vista atrás hacia el único hogar que había conocido.