CAPÍTULO 29 · JANA
Ona miró mi coche y luego a mí, esperando una confesión.
—Esto baila —dijo, tocando el piloto trasero con dos dedos.
La carcasa roja se quedó en su mano.
Ona miró la pieza.
Luego miró el agujero negro que acababa de abrir junto al maletero.
—No creo que quiera volver.
—No le preguntes. Mételo.
—Jana, aquí dentro hay una bombilla muerta y arena.
—Como en media costa. Encaja.
Tina dejó una caja de botellas en el suelo del aparcamiento y se secó el antebrazo contra la camiseta.
—No puedes circular así de noche.
—Puedo circular con una luz menos. El coche pesa lo mismo.
—Eso no tiene sentido —dijo Vega, que había salido detrás con un listado de reservas y un boli en la boca.
—El coche tampoco y arranca.
Abril apareció por la puerta lateral con un manojo de llaves, vio a Ona sujetando el piloto, vio mi cara y miró al cielo con esa paciencia nueva que le había salido desde que dormía bien con Biel.
—Todavía estás a tiempo de llevarlo a un taller.
—Tengo una novia en Marblava a las doce y media.
—Después.
—Después tengo una señora que quiere un recogido que aguante una comida familiar y dos cuñadas.
—Mañana.
—Mañana el coche se habrá curado solo. Me gusta tu plan.
Ona intentó colocar la carcasa. Entró por un lado y salió por el otro. La pieza golpeó el suelo, rebotó junto a mi sandalia y quedó boca arriba, enseñando una grieta que antes no estaba. La miré.
Ona levantó las manos.
—Esa ya venía.
—Qué sorpresa.
—Ese tono —murmuró Vega—. Mal día.
Dormí tres horas y media, contando como sueño cerrar los ojos mientras el cuerpo seguía mandándome reclamaciones. Había llegado a Marblava con el pintalabios gastado, una brocha llena de polvo y la voz de Nil pegada en la nuca. Te quiero cerca.
Después, la pregunta que había hecho yo en lavandería.
¿Te quedas porque quieres? El medio segundo que Nil tardó en responder seguía teniendo demasiado ruido.
Y al final, la de él.
Esta vez no fui detrás.
Muy bonito todo para una mujer que a las diez ya estaba otra vez en Lola y Sal porque había olvidado el cargador del móvil y, al parecer, la capacidad de pasar de largo.
Mi teléfono vibró dentro del maletín. MAMÁ.
No lo abrí. Vibró otra vez.
Tina me miró el bolsillo.
—¿No vas a cogerlo?
—Es una encuesta.
—Tu madre no hace encuestas.
—Claro que sí. Pregunta y luego invalida todas las respuestas.
Abril me quitó la carcasa del piloto de la mano.
—Déjala dentro. Que no entre agua.
—Estamos en julio.
—Existe la manguera.
—La manguera me tiene manía.
—A ti te tienen manía hasta las instalaciones.
—Porque tengo liderazgo.
Una furgoneta dobló la esquina del aparcamiento.
La reconocí por el ruido del motor antes de mirar. Dos golpes secos al reducir, una vibración de chapa y el freno con esa queja corta que el coche llevaba meses usando para amenazarme.
Mi cuerpo se puso recto. Una traición simple.
Nada de música. Nada de viento dramático. Solo la espalda enderezándose delante de cuatro mujeres que llevaban años detectando una mentira a más distancia que una fuga de gas.
Ona sonrió.
—Qué casualidad.
—Trabaja —le dije.
—Estoy trabajando. Esto es documentación.
Nil aparcó junto a la pared con dos soportes atravesados detrás y una caja negra en el suelo. Bajó con camiseta gris, gafas de sol y algo entre los dedos.
Lo reconocí antes de verle la cara.
La había tenido yo anoche.
La había dejado en su mano después de pedirle cinco minutos, de admitir que no quería caminar sola hasta el coche y de decirle que no se quedara por mí.
Él no había ido detrás.
Yo había mirado el retrovisor tres veces.
Un comportamiento impecable.
Nil cerró la puerta y vio a Ona con la carcasa roja.
—¿Qué habéis roto?
—Nada —dijimos Ona y yo a la vez.
Tina señaló mi coche.
—La luz trasera.
—La luz ya estaba rota —dije.
—La tapa estaba medio viva —añadió Ona.
—Ahora descansa.
Nil se acercó. No a mí. Al coche.
Se agachó sin tocar nada y miró el hueco.
—La bombilla está fundida.
—Qué nivel de investigación.
—Y el soporte está suelto.
—Eso le da movimiento.
—Eso le da una multa.
—No me hables como un agente.
—No llevo gorra.
—La autoridad te sale de dentro. Muy feo.
Levantó la vista desde abajo. Tenía una sombra cansada bajo los ojos y un corte pequeño en el labio, justo donde lo había mordido dentro de la furgoneta.
No parecía arrepentido.
Yo tampoco.
Mentira. Yo parecía muchas cosas porque llevaba la boca roja otra vez y unas gafas enormes que no me había quitado ni para discutir con un piloto trasero.
—Tengo una luz roja de señalización —dijo—. Puedo dejarte un apaño hasta mañana.
—No.
No tardé nada.
Nil asintió y se levantó.
—De acuerdo.
—No lo digas así.
—¿Así cómo?
—Con ganas de cumplirlo.
—Prats, llevo despierto desde las siete. No me quedan ganas para decorar palabras.
Cogió la caja negra de la furgoneta y pasó junto a mí hacia Lola y Sal.
No insistió, que era lo correcto y me sentó fatal.
Abril recogió las llaves del suelo.
—Nil viene a probar el montaje de los viernes.
Me giré.
—¿Qué viernes?
—Los cuatro próximos.
Nil se detuvo en la puerta lateral.
No miró atrás.
Abril siguió con una naturalidad ensayada.
—Música en la terraza. Nada grande. Dos micros, una guitarra cuando toque, lista baja el resto. Nos sale mejor contratar el sonido bien que dejar que Ona conecte su móvil y vuelva a emitir conversaciones privadas.
—Fue un accidente histórico —dijo Ona.
—Fue mi nota de voz —contesté—. Lo histórico será tu funeral.
Nil entró con la caja.
Yo miré a Abril.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
—Qué rapidez.
—Remei llamó antes del cierre. Nil pasó por aquí y lo hablamos.
Anoche.
Mientras yo conducía hacia Marblava mirando el retrovisor, Nil había vuelto a Lola y Sal.
No detrás de mí. Allí.
—Tenemos altavoz.
—Tenemos un altavoz con arena dentro y una conexión que te ha humillado dos veces.
—Le falta formación.
Tina cogió la caja de botellas.
—Nil es trabajo, Jana.
—Gracias por explicarme las profesiones. Luego me cuentas qué hace una peluquera.
—Muerde —dijo Ona.
Vega le dio con la lista en el brazo.
—Cállate.
Entré detrás de Nil.
El local olía a café recalentado, aceite todavía frío y bayeta húmeda. Los toldos golpeaban fuera con ráfagas cortas. El TPV estaba encendido, milagro administrativo, y el congelador soltaba un zumbido que se notaba en la barra.
Nil dejó la caja junto a la mesa de las cinco y empezó a sacar cables.
Cuatro viernes.
Cuatro noches.
Lola y Sal cerrando alrededor de los dos, mis amigas mirando, el almacén con su puerta torcida y la ducha exterior preparada para participar sin invitación.
—Marblava te pagaba mejor —dije.
No había pensado decirlo.
Nil siguió desenrollando un cable.
—¿Qué?
—El sábado. El bolo de tu padre.
Sus manos pararon un momento.
—No voy.
—Eso suponía.
—Ahórrate el tono.
—No tengo otro tan corto.
—No voy porque no quiero tocar con él.
—Y entonces aceptas esto.
—Abril paga.
Abril, detrás de la cafetera, levantó una mano.
—Poco, pero puntual.
—Qué romántico —dije.
Nil me miró por fin.
—No todo lo que hago tiene que ver contigo.
Me dio. Era una frase normal, necesaria, y me dio igual.
Me quité las gafas y las dejé sobre la barra.
—Menos mal. Ya estaba preocupada por el tamaño de tu agenda emocional.
—Jana —dijo Abril.
—Voy tarde.
Cogí el maletín y fui hacia la salida.
El móvil vibró otra vez.
Esta vez lo abrí porque necesitaba mirar algo que no fuera la cara de Nil.
MAMÁ: ¿Has llegado bien?
Debajo, otro mensaje.
MAMÁ: No quiero que ese chico crea que tiene que hacerse responsable de ti por lo de anoche.
La pantalla me calentó la palma. Responsable.
Qué palabra tan limpia para dejarte sucia.
Bloqueé el teléfono y lo metí en el maletín.
—Dame las llaves —dijo Nil detrás de mí.
Me giré.
—¿Perdona?
Señaló el coche con la barbilla.
—La luz.
—He dicho que no.
—Y yo no la he tocado.
—¿Entonces para qué quieres las llaves?
—Para mirar si tengo una conexión que aguante. Sin montar nada.
—Eso es tocar con pasos previos.
—Tienes una cita en Marblava y volverás de noche.
—No sabes cuándo vuelvo.
—Tienes tres clientes. Lo has gritado en el aparcamiento.
—Escuchar conversaciones ajenas es de pueblo pequeño.
—Estamos en Cala Saurina.
—Punto para ti.
Nil extendió la mano.
No la acercó más.
Solo la dejó abierta entre los dos.
Una mano con callos, una marca reciente en el dorso y la línea roja de una cinta que había llevado demasiadas horas apretada.
Podía decir que no otra vez.
Podía conducir con una luz fundida, una tapa dentro del maletero y el orgullo iluminando poco.
Abril puso una taza debajo de la cafetera.
Tina fingió ordenar botellas.
Ona no fingió nada.
—Solo la luz —dije.
Dejé las llaves en la mano de Nil sin tocarlo.
Casi, pero no.
Su pulgar rozó el lateral del mío.
Seguía en la otra mano.
—Solo la luz —repitió.
—Y no desmontes nada que tenga nombre.
—Es un piloto.
—Tiene más historia que algunos hombres.
—Eso no es difícil.
Me fui a Marblava con el coche de Abril porque el mío se quedó abierto en el aparcamiento y porque Abril me puso las llaves en el pecho antes de que pudiera montar una protesta con presupuesto.
Trabajé sin parar.
Peiné a una novia que lloraba cada vez que su hermana le preguntaba si estaba segura. Le dije que la seguridad no estaba incluida en el precio y conseguí que se riera con una horquilla entre los dientes.
Después arreglé un recogido que una cuñada había intentado mejorar con laca de supermercado.
Luego repasé una boca color coral mientras mi móvil vibraba tres veces dentro del bolso. No miré.
La cuarta fue Ona.
ONA: NO ESTÁ ARREGLANDO EL COCHE. ESTÁ PEGANDO UNA LUZ DE ESCENARIO EN EL PILOTO.
ONA: ESTÁ HACIENDO UNA COSA CON CINTA ROJA QUE PARECE ILEGAL.
ONA: TAMBIÉN HA ACEPTADO LAS NOCHES DE AGOSTO.
JANA: Ya lo sé.
ONA: ¿Y ESTÁS VIVA?
JANA: Estoy cobrando. Es parecido.
Ona mandó una foto.
Nil estaba agachado junto a mi coche, una rodilla en la tierra, la tapa del piloto en el suelo y una pequeña luz roja de escenario en la mano.
Tina sujetaba un rollo de cinta. Vega aparecía detrás señalando algo con el boli.
Abril, al fondo, llevaba dos bandejas y cara de arrepentirse de haber mezclado negocio y vida privada.
Amplié la imagen.
No por Nil.
Por la instalación.
El borde negro le asomaba entre los labios.
Cerré la foto.
La volví a abrir.
La novia me preguntó si el rojo de su boca era muy fuerte.
—Nunca —dije.
A las siete y cuarto devolví el coche de Abril y encontré el mío con una luz roja pequeña pegada dentro del piloto. La carcasa había vuelto a su sitio, sujeta por una cinta negra colocada con una precisión irritante.
Encima del maletero había una nota escrita en el reverso de un ticket.
AGUANTA HASTA MAÑANA. NO METAS LA MANGUERA. VE AL TALLER.
Debajo, con otra letra:
Y NO LE DES PATADAS. —VEGA
—Traidoras —dije.
—Plural correcto —contestó Ona desde una mesa.
La terraza ya estaba llena. Una familia pedía tres raciones de calamares y una sin gluten que Quimet discutía con la plancha.
Yasmina corría entre mesas con dos jarras.
Tina metía hielo en la nevera. Abril cobraba a un señor que aseguraba haber pagado antes de comer, una hazaña temporal que el TPV no respaldaba.
Nil estaba debajo de la mesa de sonido.
Solo se le veían las botas.
Me acerqué al coche.
Encendí las luces.
El piloto improvisado se iluminó rojo. Feo, pequeño, eficaz. Lo odié.
Nil salió de debajo de la mesa con un cable en la mano.
—Funciona.
—Parece una ambulancia de juguete.
—Te verán.
—Mi objetivo siempre ha sido ese.
—Mañana, al taller.
—Sí, papá.
Se le cerró la cara. Mierda.
Lo que había dicho no tenía relación con su padre. El tono, sí. Y eso bastaba.
—No quería decir...
—Lo sé.
—No puedes saberlo si no me dejas terminar.
—Termina.
—No me sale.
Nil asintió una vez y volvió hacia la mesa.
Ya no lo tenía en la mano.
Miré el suelo. La caja.
El bolsillo pequeño de la guitarra.
Nada que admitir.
—¿Dónde está? —pregunté.
No se giró.
—¿Qué?
—Tu cosa negra con problemas de custodia.
Nil se tocó el bolsillo. Luego el otro.
Volvió al coche.
—La usé para levantar el plástico.
—Gran futuro laboral.
Se agachó junto al piloto. Quitó un trozo de cinta, movió la carcasa y alumbró con el móvil.
Los dos la vimos detrás del plástico rojo.
Había caído dentro del hueco y se había quedado de canto, atrapada entre la bombilla muerta y el cable de la luz provisional.
Solté una risa.
No pude evitarlo.
Nil me miró desde el suelo.
—Ni una palabra.
—Está en mi coche.
—Temporalmente.
—Custodia ampliada.
Metió dos dedos. No llegaban.
Probó con una brida. Se movió más adentro.
—Sigue —dije—. En cinco minutos llega al motor.
—Necesito un destornillador más corto.
—Qué tragedia técnica.
—Mañana la saco.
Mañana.
Mañana ya empezaba a parecernos una coartada.
—Puedes romper la tapa —dije.
—No.
—Pensaba que era basura.
—Nunca he dicho eso.
No.
Eso lo había dicho yo.
Desde el primer día.
Seguía detrás del plástico, visible y fuera de alcance.
Nil pegó la cinta otra vez y se levantó.
—No conduzcas si se apaga.
—Te llamaré desde una cuneta para completar tu fantasía útil.
—Llama a asistencia.
—Qué poco romántico.
—A mí llámame cuando quieras verme.
Aquello me dejó agachada junto al coche, con una rodilla en la tierra y la boca abierta un instante más de lo digno.
Nil volvió al local.
Yo miré la luz.
Podía irme. Marblava había terminado y el piloto funcionaba.
Abrí el maletero, saqué el maletín y volví a entrar en Lola y Sal.
Tina me vio cruzar la puerta.
—¿No te ibas?
—He olvidado una cosa.
No sabía cuál.