CAPÍTULO 30 · NIL
La púa salió disparada del piloto trasero y me dio en el labio.
—Au.
Jana soltó una carcajada desde encima del maletero.
Se rio con la boca abierta y una patata en la mano. No la veía así desde el hostal.
Me pasé el pulgar por el labio.
—Te hace mucha gracia.
—Llevas veinte minutos pescando una púa con un alambre. La vida me ha dado poco hoy. Déjame esto.
—Podrías ayudar.
—Estoy iluminando.
Levantó el móvil. La linterna apuntaba a mi oreja.
—Estás iluminando Port Saurí.
—La técnica es tuya.
Había caído al suelo, debajo del parachoques. Me agaché, la encontré entre tierra, una chapa de cerveza y una servilleta con alioli seco. La limpié contra el pantalón. Negra otra vez.
Con la raya torcida. Sin rojo ya.
Jana dejó la patata en la bolsa de papel que Tina le había obligado a comer y bajó del maletero.
El coche llevaba toda la tarde aparcado detrás de Lola y Sal con el piloto provisional encendido para comprobar que aguantaba.
Aguantaba. Mi cinta también. La carcasa, menos.
Cada vez que Jana cerraba el maletero, el plástico hacía un ruido de diente flojo.
—Dámela —dijo.
—Es mía.
—Ha pasado una noche en mi coche. Ya tiene domicilio.
—Ha pasado más tiempo en tu ropa.
—No mezcles hogares.
Extendió la mano.
Se la puse en la palma.
Jana cerró los dedos rápido, antes de que yo pudiera hacerlo por ella. Había aprendido.
O estaba cansada de que la tocara en sitios pequeños para decir cosas grandes sin abrir la boca. Con Jana las dos opciones se parecían mucho.
Desde la terraza, Ona gritó:
—¡Nil! ¡El micro hace eco!
—Porque estás hablando con el altavoz delante.
—¡Pues dile que no repita!
Jana se apoyó contra el coche.
—Cuatro viernes.
—Sí.
—Más esta noche.
—Prueba de montaje.
—Y el Hostal Mar de Fora te ha pedido el sábado que viene sin tu padre.
No parpadeé.
—¿Cómo sabes eso?
—Remei habla bajo con el mismo volumen que una alarma de incendios.
—No he aceptado todavía.
—Pero vas a aceptar.
—Puede.
—Te estás quedando mucho por la zona.
No había forma de esquivarlo.
La sospecha andando alrededor, con sandalias, pintalabios rojo y una bolsa de patatas que no quería admitir que necesitaba.
Guardé el alambre y el destornillador en el maletín de montaje.
—Vivo aquí.
—Cerca de Port Saurí.
—Cala Saurina no es otro continente.
—Para algunos padres sí.
Lo que acababa de oír me tocó.
Jana se metió otra patata en la boca y miró hacia la terraza, fingiendo que acababa de hablar del tiempo.
—No lo metas —dije.
—No hace falta nombrarlo.
—Lo has usado.
—Tú has usado a mi madre toda la mañana sin verla.
—No la he nombrado.
—Exacto. Te sale más fino.
Cerré el maletín de montaje.
El pestillo no entró a la primera. Le di con la palma.
—No he aceptado los viernes por ti.
Jana masticó.
—No he preguntado.
—Llevas diez minutos con lo mismo.
—Eso requiere talento.
—Abril me paga. Necesita sonido. Yo necesito trabajo.
—Marblava pagaba más.
—Marblava era mi padre.
—Y yo soy yo.
—Sí.
No retrocedió.
Jana dobló la bolsa de patatas por la mitad.
—Respuesta corta. Qué miedo.
—No sé qué quieres que diga.
—Nada. Quiero que no me trates como una avería que ha aprendido a insultar.
—No hago eso.
—Me has puesto una luz de escenario en el culo del coche.
—Me diste las llaves.
—Bajo presión social.
—Abril te dejó su coche. Podías irte sin dármelas.
—Muy buen abogado. Cobra a la salida.
—Y anoche no fui detrás.
La bolsa dejó de crujir.
Jana se fijó en mis manos.
—Lo sé.
—Me lo pediste.
Asentí una vez.
—No me hables con ese tono.
Levantó la cabeza.
—¿Qué voz?
—La de enfadarte porque te hice caso.
—No estoy enfadada.
—Has usado ya dos veces.
—Me gusta variar.
—Jana.
—Nil.
—¿Querías que fuera?
La pregunta se quedó entre el coche y la pared. Dentro chocó un plato contra el fregadero y Quimet gritó algo sobre los boquerones.
Jana abrió y cerró la mano.
—Quería llegar a casa.
—Eso no he preguntado.
—Y yo no hago exámenes al lado de un piloto sujeto con cinta.
—No sabía si habías llegado.
—Podías haber preguntado.
—Regla dos.
Su mirada volvió a mí.
—Qué obediente te has vuelto cuando conviene.
—Me dijiste que no esperara a que arrancaras.
—Y no esperaste.
—Sí esperé.
—¿Qué?
—Hasta que saliste del aparcamiento.
Su boca se abrió y volvió a cerrarse.
—Eso no cuenta.
—Como digas.
—Ese tono no te sirve.
—Aprendo rápido.
Me dio con la bolsa de patatas en el pecho. Una patata salió por arriba y cayó entre mis botas.
—Qué desperdicio —dije.
—Era la que tenía más pinta de dar pena.
Pena.
Esta vez la dijo a propósito.
Yo recogí la patata del suelo y la tiré a la papelera junto a la ducha exterior.
—No voy a discutir esa palabra cada vez que la uses.
—Te conviene.
—No.
—¿No?
—Me cansa.
La risa que preparaba no llegó a salir.
Jana dobló más la bolsa. La convirtió en una pelota de papel grasienta.
—Pues vete —dijo.
—Estoy trabajando.
—Siempre tienes una razón muy práctica para seguir cerca.
—Y tú una frase fea para echarme cuando te gusta que me quede.
Me dio. También a ella.
El toldo golpeó arriba. Una ráfaga metió arena bajo el coche. Jana se apartó el pelo con la muñeca porque tenía las manos ocupadas.
—No me gusta que te quedes si no sabes irte —dijo.
—Sé irme.
—Anoche lo hiciste muy bien.
—Me lo pediste.
—Deja de repetírmelo.
—Entonces deja de castigarme por hacerlo.
La puerta lateral se abrió.
Tina salió con dos bolsas de basura, nos vio y soltó una detrás del contenedor.
—Fantástico —dijo—. Otra vez en medio.
—Estamos hablando del coche —contestó Jana.
Tina miró el puño de Jana, mi maletín de montaje y la bolsa de patatas aplastada.
—Se nota.
—Tú también no —dijo Jana.
—Abril pregunta si el técnico piensa probar el micro o discutir hasta que cierre solo.
—Voy.
Cogí la caja.
Jana siguió frente a mí.
Tina sí. Pasó junto a mí y dijo bajo:
—No arregles lo que no te han pedido.
—Solo era una luz.
—Eso parece.
—Os odio a todas.
—Haz cola.
Entré de una vez.
La terraza estaba llena y sonaba mal. Ona había colocado un micro delante del altavoz, tal como había imaginado, y el acople salió en cuanto crucé la puerta. Varias mesas se taparon los oídos. Un niño se echó a reír. Quimet gritó desde cocina:
—¡Si vamos a matar turistas, avisad para no freír de más!
Bajé el canal.
—No toques —le dije a Ona.
—Solo quería probar.
—Déjalo antes de romperlo.
—Funciona alto.
—Vete a grabar un vaso.
—Mandón.
Jana entró detrás con el puño cerrado. Fue a la barra, se puso el delantal y cobró una mesa que llevaba diez minutos esperando. Con público recuperó la espalda recta y la boca rápida.
Durante dos horas no hablamos.
Trabajamos a tres metros. Eso resultó peor.
Probé niveles, cambié un cable, bajé una base cargada de graves y calcé un soporte cojo. Jana sirvió jarras, corrigió una cuenta antes de que Vega la viera y se rio con un cliente que preguntó si el piloto rojo de su coche era decoración.
—Es una instalación de autor —dijo.
—¿De quién?
Jana levantó los ojos hacia mí.
—De un hombre que no sabe cuándo parar.
El cliente se rio. Yo no.
A las diez, Abril dejó dos platos en la mesa de sonido.
—Comed.
—Estoy bien —dijo Jana desde la barra.
—Se te nota.
—Qué ambiente autoritario.
Tina le puso un plato delante.
—Has comido cuatro patatas.
—Cinco. Una ha muerto en servicio.
—Come.
Jana miró el plato. Luego a mí.
—No hace falta que te quedes vigilando.
Abril levantó una ceja.
—Nil está cenando.
No discutí.
—Jana —dije.
—¿Qué?
—Come tú también y dejamos de hacer de esto una representación local.
—No me digas qué hacer.
—No te he mandado.
—Te ha faltado uniforme.
Abril empujó el plato hacia ella.
—La comida no viene de Nil. La ha hecho Quimet y la vas a pagar con turno.
Jana se sentó. No contenta, pero se sentó.
Comimos sin hablarnos. Ona intentó poner música desde su móvil y la bloqueé.
Vega revisó reservas en la punta de la mesa.
Tina abrió una botella con el borde de una caja porque el abridor había desaparecido.
Abril entró y salió de cocina. Biel apareció a última hora con un barril y le rozó la espalda al pasar. Ella no se apartó.
Jana vio el roce.
Se concentró en el plato. Yo seguí mirando.
Dio otra vuelta al tenedor.
Seguía en su bolsillo. Se le marcaba una esquina contra el delantal.
A las doce menos cuarto, la terraza empezó a vaciarse. Recogí los micros. Jana apiló vasos. El TPV pitó tres veces y escupió un ticket sin tinta.
—Se está despidiendo —dijo ella.
—Necesita papel.
—No le quites emoción.
—Mañana lo cambio.
Jana dejó el vaso que tenía en la mano.
—Mañana.
—Sí.
—Vuelves.
—Tengo cuatro viernes.
—Mañana no es viernes.
—La prueba no ha terminado. El altavoz de la izquierda pierde señal con humedad.
—Qué conveniente.
—Es una avería.
—Por fin una de verdad.
Abril pasó entre nosotros con una bandeja.
—Nil viene mañana a las ocho porque el electricista mira la toma de la terraza y necesito que alguien le explique qué cable salta.
Jana cogió otro vaso.
—Todo muy profesional.
—Sí —dijo Abril—. Esa cosa que hacéis cobrando.
—Yo cobro por cosas mejores.
—No quiero datos.
El último cliente pagó. Quimet apagó la plancha. Yasmina bajó medio toldo. La ducha exterior goteaba con una constancia idiota junto al aparcamiento.
Jana salió con el maletín y las llaves del coche.
Yo acabé de guardar un micro y fui detrás porque mi equipo estaba en la furgoneta. Eso me dije.
Su coche arrancó al segundo intento. Luego se apagó.
Jana se quedó dentro. Probó otra vez.
El motor tosió y las luces del tablero parpadearon.
Abrí la caja de la furgoneta y saqué los cables de arranque.
Ella bajó del coche antes de que llegara.
—No.
—Batería.
—Ya lo sé.
—No parece.
—He reconocido el sonido de mi propia ruina.
—Puedo arrancarlo.
—Y luego qué.
—Luego, al taller mañana.
—Mañana tengo una boda.
—Entonces dejas el coche aquí y te llevo.
Su cara cambió.
Todo se amontonó: te llevo, mañana, me quedo, no puedes sola.
Lo supe tarde.
—No hace falta —dijo.
—Pero estás otra vez con los cables en la mano.
—Porque el coche no arranca.
—Siempre hay una cosa que no arranca cuando tú estás cerca.
—Eso no tiene sentido.
—Me da igual.
Tiró de la maneta. El coche volvió a abrirse con un chirrido.
—Voy a llamar a Abril.
—Abril duerme arriba hoy con Biel y lleva catorce horas trabajando.
—A Tina.
—Tina se ha ido con Vega.
—A una grúa.
—Hazlo.
Me aparté.
Jana sacó el móvil.
La pantalla estaba al tres por ciento. Llamó. Escuchó.
Colgó de golpe.
—Cincuenta minutos —dijo.
—Bien.
—Puedes irte.
—Puedo.
No me moví.
Ella miró los cables. Luego mi furgoneta.
Después la puerta de Lola y Sal, donde Abril había apagado ya la mitad de las luces.
—Odio esto —dijo.
—Me consta.
—Eso no...
—No lo estaba usando.
—Peor. Te sale natural.
Metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó el trozo negro.
Me la dio.
—Sujeta.
—¿Para qué?
—Para poder darte las llaves sin tocarte y convertirlo en una escena.
Puso las llaves encima, en mi palma.
—Arráncalo —dijo—. Solo el coche.
—Solo el coche.
Conecté los cables. La batería de mi furgoneta respondió. El motor de Jana arrancó, aguantó diez segundos y volvió a morir cuando quité las pinzas.
—No es solo la batería —dije.
—No elijas. Los dos me caen mal.
—Se queda aquí.
—Lo sé.
—Y te llevo.
Jana apretó los labios hasta borrarse el rojo.
—Hasta Marblava.
—Sí.
—Sin parar en Port Saurí.
—Sí.
—Sin conversación de hombre útil.
—No prometo milagros.
Me devolvió una mirada cansada.
—Y no esperes cinco minutos.
Guardé los cables.
Subió a la furgoneta con el maletín entre las piernas y la bolsa de trabajo detrás. Lo dejó en el salpicadero, junto al soporte del móvil. Arranqué sin pensarlo.
A los siete minutos dejó de hablar.
A los nueve, la cabeza se le fue contra la ventanilla. No la desperté.
Conduje más despacio por la Carretera de la Cornisa. La furgoneta vibraba. Jana se despertó una vez en una curva, murmuró algo sobre no vender cejas tristes y volvió a cerrar los ojos.
Jana iba agotada, con la boca medio borrada, una mano abierta sobre el maletín y la confianza puesta en mi asiento sin haber firmado nada.
Al llegar a Marblava, paré donde me indicó con un dedo, todavía medio dormida.
Abrió los ojos. Miró la calle.
Luego me miró a mí.
—Me he dormido.
—Seis minutos.
—Nueve.
—He contado.
—Qué obsesión con medir mis desgracias.
—No has roncado.
—Mientes fatal.
Cogió el maletín.
Yo bajé para sacar la bolsa de atrás. Jana ya estaba junto a la puerta de la furgoneta cuando se la di.
—Mañana paso a las ocho —dije.
—Por Lola y Sal.
—Sí.
—No por mí.
—Tu coche está allí.
—Exacto.
Se colgó la bolsa al hombro.
La calle estaba casi vacía. Una persiana bajó en la esquina. Olía a piedra caliente y a detergente de un balcón cercano. Jana tenía una marca de la ventanilla en la mejilla. Quise tocarla.
Bajé la mano.
—Nil.
La dejé seguir.
—Lo de los cuatro viernes.
—Es trabajo.
—Y lo de esta noche.
—Tu coche no arrancaba.
—Y lo de quedarte nueve minutos.
—Me lo pediste.
—Siempre tienes respuesta.
—No siempre la buena.
Jana apretó el maletín contra la cadera.
—Sigo pensando que a veces no sabes si estás aquí porque quieres o porque algo se ha quedado sin batería, sin coche o sin suelo.
—Eso lo has decidido tú.
—Lo he visto.
—Has visto que me quedo.
—Exacto.
—Y tú recoges todo.
—Cables.
—Personas también.
—No eres una persona que haya que recoger.
—Eso no responde.
La lengua se me quedó pegada al paladar.
Jana miró el salpicadero.
—Si hubiera sido Ona con el coche muerto, ¿la habrías llevado a casa?
—Sí.
—¿Y habrías esperado a que entrara?
La respuesta no llegó enseguida.
Jana asintió una vez.
—No te quedes por pena.
—Jana...
—No. No me arregles la frase.
Abrió la puerta de la furgoneta y se inclinó hacia el asiento. Cogió algo que no llegué a ver.
—Mañana no llegues tarde.
—Tú no me organizas la mañana.
—Es trabajo.
Cerró la puerta. Me quedé mirando la persiana.
La respuesta llegó tarde.
Jana caminó hacia su casa sin girarse.
Esperé a que entrara.
Solo después volví al asiento.
Aquello había desaparecido del salpicadero.
En su sitio estaba la horquilla partida del hostal.
Mañana tendría que volver a pedírsela.
Ella lo sabía.
LA HISTORIA DE JANA Y NIL CONTINÚA
EN EL LIbrO 5
NO TE QUEDES POR PENA
LOLA Y SAL 5