No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 28 · NIL
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CAPÍTULO 28 · NIL

A los nueve minutos, Jana seguía sin moverse.

La alarma seguía sonando debajo de su pierna. Fina, insistente. Jana la había puesto para medir cuánto podía pedirme.

Cinco minutos. Llevábamos nueve.

—Tu móvil está muriendo —dije.

—Está expresando una opinión.

—Bastante clara.

—No le hagas caso. Tiene la pantalla rota y una infancia complicada.

La alarma siguió.

Jana sacó el teléfono de debajo del muslo, lo apagó y miró la hora.

No me miró a mí.

Seguíamos sentados en el borde de la furgoneta, hombro contra hombro, con la ropa mal puesta y el calor de lo que acabábamos de hacer enfriándose en la piel.

La puerta entornada dejaba entrar olor a tierra, gasolina y la lejía del hostal.

Mi camiseta volvía a estar puesta, pero tenía el cuello torcido.

Jana llevaba la falda bien y el pelo peor.

Una horquilla asomaba junto a la nuca, doblada.

Seguía con la mano cerrada.

—Han sido nueve —dije.

—No cobro fracciones.

—Remei sí.

—Remei cobraría hasta por respirar en plural.

Se le escapó una risa breve y sin ganas.

Después se entretuvo con una mancha del salpicadero.

—Ya puedes irte —dijo.

—Estoy en mi furgoneta.

—Entonces me voy yo.

No se levantó. Yo tampoco.

Tocarla había sido más fácil que quedarse sentado después. Teníamos las piernas colgando, una brocha sucia dentro del maletín y mi guitarra debajo. Ya no había trabajo que usar de excusa.

—Tu madre se ha ido —dije.

Jana cerró los dedos.

—No la nombres.

—No la nombro.

—Y deja de guardarte las respuestas como herramientas.

—No sé usarlo de otra forma.

—Aprende algo inútil.

Seguí mirándola.

Llevaba el rojo gastado en el centro de la boca y un mechón pegado a la sien. Si mantenía los ojos en ella, acabaría haciendo un chiste para taparlo.

—No te estoy mirando con pena —dije.

—No he preguntado.

Bajé la mirada un instante.

—Y no te justifiques. Eso también da sospecha.

—Tengo ganas de volver a tocarte.

Su cabeza giró hacia mí. Directa.

Contesté sin prepararlo.

—Eso mejora —dijo.

—También tengo ganas de que no conduzcas con la cabeza donde la tienes.

La defensa volvió a la cara.

Lo vi entrar y no pude recoger lo que acababa de decir.

—Ahí está —dijo—. El servicio completo.

—No pensaba llevarte.

—Lo has pensado.

—Sí.

—Pues no.

—Como quieras.

—Otra evasiva.

—Jana, tu coche parece que se desmonta cuando giras a la izquierda.

—Solo en curvas con mala actitud.

—Y llevas doce horas trabajando.

—Tú también.

—Yo he bebido dos cafés y he comido.

—Yo he comido una croqueta.

—Eso no cuenta.

—Era grande.

—No.

Se levantó.

No había abierto el puño.

—Se han acabado los cinco minutos.

—Hace seis.

—Peor. Has abusado de una licencia temporal.

Saltó al suelo y se agachó para recoger el maletín. Se le enganchó la correa en una caja. Tiró. La caja vino detrás con un golpe.

—Espera.

—No.

—Se ha enganchado.

—Ya lo veo.

Se inclinó más, tiró otra vez y el maletín se abrió. Dos brochas, un peine, una pinza plateada y tres barras de labios cayeron al suelo de la furgoneta.

Jana se quedó mirando el desastre.

—Ni una palabra —dijo.

Me agaché.

—Sigo callado.

—Tu cara está haciendo inventario.

—Una brocha sucia.

—Ya lo sé.

—Dos pintalabios sin tapa.

—Nil.

—Una pinza rota.

La cogí.

La plateada que yo había guardado días atrás seguía siendo otra. Aquella se había partido dentro del hostal. Solo quedaba la mitad con dientes, torcida por el centro.

Jana me la quitó.

—Basura.

La lanzó dentro del maletín.

—Eso dijiste de la púa.

Aguantó donde estaba.

Mal movimiento por mi parte.

—No compares —dijo.

—No comparo.

—Lo acabas de hacer.

—Digo que guardas cosas cuando todavía estás enfadada con ellas.

—Entonces tendría que meterte a ti en un bolsillo.

—No quepo.

Su mirada bajó a mi cuerpo.

—Podemos discutirlo.

La risa me salió antes de tiempo. A Jana también.

Duró poco, pero duró.

Recogimos el resto sin hablar. Ella guardó las brochas, cerró las barras de labios y dejó la pinza rota en un compartimento lateral. Cuando terminamos, me puso el maletín en el pecho.

—Sujeta.

—Puedo llevarlo.

—Sujetar no es llevar.

—Muy concreta.

—La necesito así.

Bajé de la furgoneta con el maletín.

Jana me lo arrancó al tocar el suelo.

—Gracias.

Otra vez esa palabra en su boca, dura y mal colocada.

—De nada.

—No la disfrutes.

—Ya la he guardado.

Me dio con el maletín en la pierna. Apenas.

Solo un momento; volvió a ser ella delante de la puerta lateral del hostal.

Dentro quedaban las últimas mesas. Remei caminaba entre sillas con una libreta en una mano y un mantel manchado en la otra. La novia había subido. Dos camareros recogían copas. Mi padre seguía junto a la recepción.

No se había ido.

Seguía apoyado en el mostrador.

Jana encontró a mi padre en el mostrador.

—No pienso volver a morderlo —dijo.

—No te lo he pedido.

—Lo digo por mí.

—Me tranquiliza muchísimo.

—Tú recoge tus cables.

Se fue hacia el rincón del espejo.

No miró atrás. Yo sí.

Yo lo miré. No debería haberlo hecho.

Remei me dio un paño al pasar.

—Límpiate el cuello.

—¿Qué tengo?

—Cara de haber perdido una discusión dentro de una furgoneta.

—Eso no se limpia con paño.

—Entonces friega la mesa.

Mi padre sonrió desde recepción.

—Noche productiva.

Dejé el paño sobre la mesa de sonido.

—Vete.

—Estoy acabando una copa.

—Acábala lejos.

—Qué prisa.

—No tengo ninguna.

—Se nota.

Empecé a desconectar la regleta. Cable principal, altavoces, dos micros que Remei no había usado y el monitor pequeño junto a la pared. Hacerlo en orden ayudaba. Enrollar, sujetar con velcro, guardar. Cada cosa aceptaba una mano y devolvía una forma. Jana no.

Jana llamaba basura a lo que guardaba, pedía cinco minutos con temporizador y después te golpeaba con un maletín por sostenerlo tres segundos.

Mi padre se acercó cuando yo cargaba el primer altavoz.

—Te ayudo.

—No.

—Pesa.

—Ya.

—Siempre igual.

—Sí.

Pasó la mano por el asa antes de que yo pudiera apartarlo. No tiró. Solo la dejó allí, compartiendo el peso que nadie le había pedido.

Solté el altavoz al suelo.

—He dicho que no.

—Tranquilo.

—Suelta.

Siguió un instante.

Luego obedeció y levantó las manos.

—Ya está. Qué carácter se os ha puesto a los dos.

Miré hacia Jana.

Estaba de espaldas, limpiando la mesa de maquillaje. Ya no llevaba nada en la mano. Probablemente me lo devolvería cuando encontrara una forma de hacer daño sin que pareciera una devolución.

—No hables de ella —dije.

Mi padre siguió mi mirada.

—No hace falta.

—Te conozco.

—Eso crees.

—Bastante.

Cogí el altavoz otra vez.

Mi padre caminó a mi lado hacia la puerta.

—Te has quedado de guardia —dijo.

—Estoy trabajando.

—Claro.

—Esa palabra no.

—¿Cuál?

—Claro.

Se rio por la nariz.

Salimos al aparcamiento. Dejé el altavoz dentro de la furgoneta y volví por la segunda caja. Mi padre se apoyó en la chapa.

—Siempre igual —dijo mi padre.

Me paré.

—¿Qué?

—El último en irse. El que recoge cuando ya no queda nadie mirando.

—Estoy trabajando.

—También trabajabas cuando tenías quince años y te quedabas desmontando escenarios que no eran tuyos.

—No metas recuerdos donde no hacen falta.

—No he dicho nada de Jana.

—Lo estabas pensando.

La puerta lateral quedó abierta a nuestra espalda. Dentro, un camarero arrastró una mesa y Remei le recordó que las sillas no tenían ruedas por mucho que insistiera.

—Vete —dije.

Mi padre se quedó plantado.

—Te pasas media vida intentando demostrar que sabes quedarte mejor que yo.

Eso sí me golpeó.

Apreté el asa de la caja.

—No sabes por qué estoy aquí.

—No. Pero sé que te cuesta irte cuando todavía queda algo por recoger.

—Mira quién habla.

La sonrisa se le movió por un borde.

—Precisamente.

Levanté la caja y pasé junto a él.

Mi padre me agarró del brazo.

Sin fuerza. Más que suficiente.

Solté la caja.

—No me toques.

Retiró la mano rápido.

—Nil, escucha.

—No.

—No te estoy diciendo que te vayas. Te estoy diciendo que, alguna vez, averigües por qué te quedas antes de convertirlo en trabajo.

Se me escapó una risa. Una vez. Sin gracia.

—Tú no sabes por qué me quedo.

—Por fin estamos de acuerdo.

La puerta lateral crujió detrás de nosotros.

No quise girarme. Lo hice.

Jana estaba en el umbral con el maletín colgado del hombro y una bolsa de sprays en la otra mano.

No sabía cuánto había oído.

Por la cara, suficiente.

Mi padre también la vio.

Se le encendió esa expresión de escenario, la que usaba cuando encontraba público después de soltar una frase que no quería recoger.

—Hablábamos de mí —dije.

Jana miró a mi padre.

Luego a mí.

—Qué novedad.

La voz le salió seca.

—Jana...

—No.

Ese no venía con rabia. Venía con una puerta.

Mi padre se separó de la furgoneta.

—Me voy.

—Hazlo —dije.

—No hace falta que me eches dos veces.

—Contigo suele hacer falta.

Se colgó mejor la guitarra. Pasó junto a Jana y tuvo la decencia de no decirle nada. Caminó hacia el coche, abrió la puerta y arrancó con la misma facilidad con la que siempre conseguía dejarme la mierda a mí.

Las luces se perdieron al salir del aparcamiento.

Jana seguía en el umbral.

—No le hagas caso —dije.

—No se lo hago.

—Has oído una parte.

—He oído que no sabes irte.

La frase quedó entre los dos. Pequeña, casi ridícula.

Afilada.

—Él no sabe por qué me quedo.

—Sí.

—Tú tampoco has contestado rápido.

—También has dicho que querías que no condujera.

—Porque estás cansada.

Su boca se torció.

—Muy técnico.

—Déjalo.

Nada más decirlo supe que había elegido mal.

Jana bajó la bolsa de sprays al suelo.

—No empieces —repitió—. Qué bien os sale a todos cuando la parte incómoda habla.

—No iba por ahí.

No respondí.

—Jana, mírame.

—Te estoy mirando.

No. Me estaba midiendo.

Me estudió, esperando el momento en que yo convirtiera las ganas en ayuda.

—He entrado en la furgoneta porque quería —dije.

—Yo también.

—Me he quedado porque me lo has pedido.

—Cinco minutos.

—Nueve.

—Qué memoria para los favores.

Fui hasta ella.

Jana cogió la bolsa del suelo.

—No es un favor.

—Entonces deja de contarlo.

—No lo cuento. Lo noto.

—¿Qué notas?

—Que siempre estás cuando alguien está hecho polvo.

—Tú no estabas hecha polvo.

—Gracias por el diagnóstico.

—Joder, Jana.

—No me jodas tú con esa cara de hombre que cree que aclarar una frase arregla el aparcamiento.

No tenía una respuesta que no sonara limpia.

Ella habría odiado cualquiera.

Di otro paso. Jana retrocedió.

Jana retrocedió medio paso.

—No voy a tocarte —dije.

—Eso sí que ha sonado a castigo.

—No sé hacerlo bien contigo.

—Por fin una cosa en la que estamos de acuerdo.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón. La sacó.

La sostuvo entre dos dedos.

Llevaba mi sudor, el suyo, polvo de debajo de una mesa y una marca roja que ya casi no se veía.

—La he usado de excusa —dijo.

—Lo sé.

—No lo sepas.

Solo pronuncié su nombre.

—La he tirado debajo de la mesa para acercarme. La he guardado para llevarte a la furgoneta. He pedido cinco minutos porque no quería irme sola hasta el coche.

Cada frase le salía peor que la anterior. Más baja.

Más real.

Me acerqué medio paso.

Ella la levantó.

—Ni se te ocurra convertir esto en una razón para quedarte.

—No necesito razones.

—Todo el mundo necesita una.

—Te quiero cerca.

Se le movió la cara.

Le hice daño.

Después de decirlo, me ardió la cara.

Jana dejó escapar una risa.

Una risa rota, rápida.

—Pues aprende a querer desde lejos cinco minutos.

Me la puso en la palma.

No la cerró con sus dedos.

La dejó y retiró la mano.

—No hace falta que me lleves —dijo.

—No iba a obligarte.

—Ni que esperes a que arranque.

—Tu coche...

—Arrancará. Por orgullo o por amenaza.

Pasó junto a mí.

Olía a laca, sudor y el jabón barato del baño del hostal. La boca seguía roja. El cuello tenía una marca mía que mañana taparía con corrector y un chiste.

—Jana.

No se giró.

Abrió el coche, tiró el maletín en el asiento trasero y se sentó al volante. El motor tosió una vez. Dos.

A la tercera arrancó.

Pensé que iba a decirme que no corriera.

Que no me acostumbrara.

Que mañana me devolviera lo mío.

—No te quedes aquí por mí —dijo.

Subió el cristal y salió del aparcamiento con una luz trasera fundida.

Me quedé con ella en la mano y nueve minutos todavía calientes en el cuerpo.

Esperé hasta que dejó de verse.

Terminé de cargar el equipo del hostal sin mirar la carretera por la que se había ido Jana.

El móvil vibró cuando cerraba la puerta de la furgoneta.

AbrIL: Cuando acabes, pasa por Lola y Sal.

Debajo llegó otro mensaje.

AbrIL: Cinco minutos. Y sin guitarra ajena.

Miré la salida del aparcamiento.

Después guardé el teléfono.

No fui detrás.

Conduje hacia Cala Saurina.

Lola y Sal estaba cerrado, pero no dormía.

Las sillas seguían boca abajo sobre dos mesas, la luz de cocina se escapaba por la ventana y el toldo golpeaba contra el hierro con una insistencia cansada. Olía a aceite frío, lejía y limón exprimido. A final de noche.

Aparqué junto a la ducha exterior.

Tina salió por la puerta lateral con la barra del toldo en una mano.

—Llegas con cara de haber roto algo.

—No he roto nada.

Miró el corte de mi labio.

—Qué convincente.

—No empieces.

—Estoy respirando.

Dentro, Abril tenía abierta la libreta de Lola junto al TPV. Vega contaba tickets con un boli entre los dientes. Ona estaba sentada en la mesa de las cinco, con el móvil boca abajo. Ni siquiera lo levantó al verme.

Eso me preocupó más que una cámara.

—Remei me ha llamado —dijo Abril.

Dejé las llaves de la furgoneta sobre la barra.

—¿Qué quiere que le devuelva?

—Nada. Ha dicho que hiciste el trabajo.

—Era mi trabajo.

—También ha dicho que tu padre hizo el resto.

Se me cerró la mano sobre el borde de la barra.

—No he venido a hablar de él.

—Yo tampoco.

Abril giró la libreta hacia mí.

Había cuatro viernes marcados.

—Sonido en la terraza —dijo—. Dos micros cuando toque, música baja y nada de conectar el móvil de Ona a ninguna cosa que pueda humillar a otra persona.

Ona levantó un dedo.

—Eso pasó una vez.

—Una vez demasiado memorable —dijo Vega.

Miré los cuatro viernes.

—No soy vuestro técnico.

—No —dijo Abril—. Eres el técnico de cuatro noches. Si gotea la nevera, miras hacia otro lado.

—Y no cargas hielo —añadió Tina.

—No cargo hielo.

Ona me miró.

—Te he visto cargar hielo.

—Era un altavoz.

—El hielo no tenía rejilla.

Abril golpeó la libreta con el boli.

—Nil.

—¿Jana lo sabe?

—No contrato el sonido con permiso de Jana. Igual que no contrato sus peinados contigo.

No me gustó.

No tenía por qué gustarme.

El móvil de Ona vibró sobre la mesa.

Ella miró la pantalla.

—Ha llegado a Marblava.

No pregunté quién.

Solté todo el aliento de golpe.

Vega dejó el boli.

—Discreción impecable, Borràs.

—No he soltado prenda.

—Eso pensé.

Ona giró un poco el teléfono. En el grupo había un mensaje de Jana.

JANA: He llegado. No llaméis. Estoy bien.

Debajo, otro.

JANA: El coche hace un ruido nuevo, pero creo que es de opinión.

Tina resopló.

—Mañana la llevo al taller, aunque tenga que meterla en una caja.

Abril volvió a señalar los viernes.

—¿Sí o no?

—Sí —dije.

Abril escribió NIL en la primera línea.

Luego en la segunda.

En la tercera se quedó sin tinta.

Le quité el boli.

—Dame.

Lo hice arrancar contra el margen y escribí NIL yo mismo en la cuarta.