CAPÍTULO 27 · JANA
Volví al rincón del espejo con dos horquillas nuevas, una vieja partida en el bolsillo y una pregunta pegada detrás de los dientes.
No era un buen sitio para una pregunta.
Había tres invitadas esperando, una novia con el labio inferior borrado y Remei cobrando una mesa con cara de querer cerrar el Mediterráneo a las doce.
Trabajé.
No porque fuera fuerte.
Porque una señora había pagado una señal y otra necesitaba que su maquillaje sobreviviera a una foto de familia.
Eso bastaba.
Nil siguió en sonido.
No vino.
Yo había dicho que se fuera.
Luego me molestó que obedeciera.
Nada nuevo bajo el sol.
Mi madre se levantó de la mesa cuatro mientras yo retocaba a una prima.
La vi por el espejo.
Se colocó el bolso, besó a sus amigas y me miró.
Esperó.
Yo tenía una brocha en la mano y una clienta delante.
Levanté dos dedos.
Adiós.
Mi madre tardó un segundo.
Después se fue.
Sin conversación.
Sin última frase.
Me dolió más de lo previsto y menos de lo que habría dolido seguir.
—¿Ese lado está bien? —preguntó la prima.
Volví a su cara.
—Ese lado está estupendo. El otro tiene opiniones.
—Como mi hermana.
—Entonces no se arregla con maquillaje.
Se rio.
Terminé.
La novia recuperó la boca. Una tía dejó de brillar. La mujer del vestido azul me pagó el resto en efectivo y me pidió el número para otra cena.
La hermana de la novia me enseñó desde lejos el justificante de la señal de septiembre.
No arreglaba la cancelación del lunes.
La volvía real.
También eso era mejor.
A las doce y cuarto guardé la última brocha.
Remei pasó junto a mí con una bandeja vacía.
—La de septiembre ha pagado.
—Ya lo he visto.
—No le devuelvas la señal por orgullo.
—Qué poca fe.
—Te conozco.
—Eso decís todos y luego os lleváis sorpresas.
Remei señaló mi pelo.
—Has perdido una horquilla.
—He ganado dos.
—Eso son cuentas de niña.
—Por eso salen.
Cerré el maletín.
Al fondo, el padre de Nil pagaba y se iba sin guitarra, sin brindis y sin dejar una canción encima de ninguna mesa.
Nil enrolló un cable mientras hablaban un momento.
No oí qué.
No quise.
Cuando su padre salió, Nil siguió trabajando.
Yo también.
No fui a buscar una explicación.
Qué madurez tan desagradable.
Cargué mi bolsa de sprays, el espejo pequeño y una silla plegable hacia la puerta lateral.
Nil salió detrás con una caja de equipo.
—Te ayudo —dijo.
Lo miré.
Él hizo una mueca.
—Perdón. Reformulo. ¿Quieres que te ayude?
—No.
—Bien.
—Pero puedes abrir la puerta.
La abrió.
—Eso cuenta como infraestructura.
—No abuses.
Salimos al aparcamiento.
El aparcamiento del hostal olía a tierra caliente, gasolina y flores secas de los maceteros. Quedaban tres coches, la furgoneta de Nil y el mío, aparcado torcido junto a una pared. La música de una habitación llegó apagada desde arriba. Alguien se rio detrás de una ventana.
Nil abrió la puerta trasera de la furgoneta y guardó la caja.
Yo dejé mi silla contra la pared.
—Te has olvidado una cosa —dije.
Se giró.
La saqué del bolsillo.
—No me he olvidado.
—Estaba debajo de una mesa.
—Tú la tiraste.
—Tienes una obsesión fea con los hechos.
Me acerqué.
Nil no extendió la mano.
—¿Qué quieres? —preguntó.
La pregunta no tenía nada de bonita. Por eso me molestó.
—Que abras.
—No.
Apreté la mano contra su camiseta. Debajo, el corazón de Nil golpeaba más rápido de lo que su cara admitía.
—Nil.
—Estás temblando.
—Tengo calor.
—Jana.
—No uses mi nombre para frenarme.
—No quiero que mañana digas que solo me buscaste por ella.
Intenté reírme; la risa salió cansada y rota por la pregunta que habíamos dejado en el pasillo.
—Mañana diré lo que me dé la gana.
Nil miró nuestras manos.
—Hoy dime la verdad.
—La verdad es que quiero dejar de pensar.
Su mandíbula se tensó.
—Eso no te lo puedo prometer.
—No te he pedido promesas.
—Me estás pidiendo que abra.
Apreté un poco más.
—Sí.
—Y que me calle.
—Sobre todo.
Nil miró hacia la puerta del hostal. Remei había desaparecido. El aparcamiento estaba vacío, salvo por una ventana encendida y una bolsa que rodaba junto a la pared.
Volvió a mirarme.
—Mírame.
—Te estoy mirando.
—No. A mí.
El pecho se me cerró.
Nil dio un paso y mis dedos quedaron atrapados contra su pecho.
—Te deseo.
—Eso ya lo sé.
—Desde antes de que ella entrara.
—Entonces dilo sin la broma.
—Quiero entrar contigo.
—¿Para qué?
Me cogió la muñeca y dejó mi mano apoyada en su pecho.
No la retiré.
—No seas cabrón.
—Dilo.
No abrió. Esperó.
La espera me puso más furiosa que cualquier pregunta.
—Quiero que me folles —dije.
Nil respiró por la nariz.
—Sí.
—Y si digo para, paras.
—Sí.
Abrió la furgoneta. Subí primero.
Dentro hacía calor. Olía a metal, cable, madera y la camiseta que llevaba tirada junto al asiento.
Había un maletín de conectores en el suelo, dos mantas enrolladas, el estuche de la guitarra y una bolsa de bridas abierta.
Nada preparado. Nada limpio. Nada que pudiera confundirse con una escena bonita.
Justo lo que faltaba.
Nil cerró una de las puertas. La otra quedó entornada para que entrara aire y saliera un poco de dignidad.
Me giré hacia él.
—Eso —dijo.
—Ven a buscarla.
—La tienes en la mano.
—Qué poco espíritu.
Nil me besó. Fuerte.
Con la boca abierta y la rabia todavía entre los dientes.
Me agarró de la cintura y me llevó contra el lateral de la furgoneta. La chapa estaba caliente incluso de noche. Mi maletín golpeó el suelo porque todavía lo llevaba colgado y ninguno tuvo la decencia de quitarlo bien. Una brocha rodó debajo del asiento.
—Eso es caro —murmuré.
—Luego la buscas.
—Mira qué cómodo con mis pérdidas.
—No vas a perderla.
Le mordí el labio.
Nil soltó un sonido bajo y me apretó más cerca. Seguía en mi mano, clavándose entre los dos. La abrí. Cayó sobre una manta.
Sus dedos subieron por debajo de mi camiseta. Piel caliente contra piel más caliente. Me tocó las costillas, la espalda, el borde del sujetador. Sin prisa de hombre bueno. Con hambre. Eso sí lo entendía.
Le tiré de la camiseta hasta sacársela a medias.
—Tienes un brazo atrapado —dije.
—Ayuda.
—No te acostumbres.
—Jana.
—Te he oído.
Se la quité.
La lancé encima de una caja y fui a por su boca otra vez.
Nil me levantó lo bastante para sentarme sobre el estuche cerrado de la guitarra. El cierre me rozó el muslo. La madera crujió.
—Como rompas esto —dijo contra mi cuello—, me voy.
—Mentiroso.
—Mucho.
Me abrió las rodillas con las caderas. La falda se me subió. Su mano bajó por mi muslo y se detuvo en el borde de la ropa interior.
—Más arriba.
—¿Aquí?
Le moví la mano sin delicadeza.
—Aquí.
Sus dedos apretaron y mi espalda tocó la chapa.
Me salió un gemido en lugar de la respuesta.
Le agarré el pelo de la nuca.
—Más rápido.
—Hace un minuto querías dejar de pensar.
—He cambiado de idea.
Me tocó despacio al principio, mirándome la cara con esa concentración suya que me hacía sentir más desnuda que la falda en la cintura. Le tapé los ojos con la mano.
—No mires.
—No.
Apartó mi mano con la boca y me besó la palma. Justo donde el borde había dejado marcas tantos días.
—Eso no vale —dije.
—¿El qué?
—Besarme la mano.
Me mordió.
Y después dejó de ir despacio.
El estuche volvió a crujir. Mi talón golpeó una caja. Un puñado de conectores cayó al suelo con un ruido indecente. Yo me reí contra su boca y la risa se me cortó cuando sus dedos encontraron el sitio exacto.
—Nil.
—¿Qué?
—No pares.
No paró.
Me agarré a sus hombros. Sudor, piel, la barba raspándome el cuello, su mano firme y la otra en mi cintura para que no me golpeara contra el lateral.
Llegué sin elegancia, con la boca abierta contra su hombro y el cuerpo temblando encima de una guitarra que llevaba más años en su vida que yo. Nil me sostuvo.
Solo mientras me temblaban las piernas.
Luego aflojó. Me dejó espacio.
Me dejó el espacio justo para que fuera yo.
Bajé del estuche y fui a por su cinturón.
Me cogió la mano.
—Espera.
—¿Ahora qué?
—No hagas eso por devolverme nada.
—No estoy devolviendo nada.
—Entonces...
—Jana.
—Quiero tocarte. ¿Puedes callarte?
No apartó los ojos.
La rabia se le fue de la cara.
Me soltó.
—Sí.
Lo besé otra vez.
Esta vez no hubo hueco para pensar. Le bajé la cremallera, él buscó un preservativo en la cartera y me reí porque lo encontró entre una factura doblada y una llave pequeña.
—Qué romántico.
—Cállate.
—No mandas tú.
—Entonces sigue hablando y acabamos mañana.
—Presumido.
Acabamos antes.
Con la puerta entornada, me giró contra el lateral de la furgoneta y entró en mí despacio solo al principio.
Después no hubo nada limpio: mi rodilla chocando con una caja, la falda en la cintura, su mano cerrada sobre mi cadera y mi boca buscando la suya cada vez que el golpe de la chapa amenazaba con delatarnos.
Cuando el ritmo se rompió, Nil me mordió el hombro para tragarse el sonido.
Yo tenía una mano contra la pared caliente.
La otra en su nuca.
Acabé primero, con las piernas fallándome y la pregunta de Nil por fin fuera de la cabeza.
Él terminó detrás de mí, pegado a mi espalda, sin decir que aquello había servido para nada.
Se apartó cuando recuperé el equilibrio. No antes.
Me bajó la falda y dejó la palma quieta en mi cintura.
Levantó la mano hacia mi pelo.
—No —dije.
Bajó la mano.
—Entendido.
—Bien.
Me alisé la camiseta, aunque no me la había quitado. Busqué cualquier cosa que hacer. Encontré la brocha debajo del asiento. Tenía polvo en los pelos.
—Fantástico.
—Se limpia.
—No todo se arregla.
Se me escapó con la voz de él.
Los dos la reconocimos. Me arrepentí tarde.
Nil se sentó en el borde de la furgoneta y empezó a vestirse. Yo cerré el maletín, recogí dos conectores y la encontré debajo de la manta.
La tuve en la mano.
Podía dársela.
Podía bajar, subir a mi coche y conducir hasta Marblava con el rojo gastado y aquella duda todavía detrás de la oreja.
Nil terminó de abrocharse el pantalón.
—No tienes que irte corriendo —dijo.
—No corro.
—Eso se nota.
Me bajé de la furgoneta.
Di dos pasos.
El aparcamiento parecía más grande que antes. Mi coche estaba a veinte metros. Una distancia ridícula. La suficiente para quedarme sola con todo lo que el sexo no había borrado. Me giré.
Nil seguía sentado en el borde, camiseta en la mano, sin venir detrás.
Eso fue lo que me hizo volver.
Volví hasta quedarme delante de él.
—Cinco minutos —dije.
—¿Qué?
—Quédate cinco minutos.
Nil no preguntó por qué.
Se apartó para hacerme sitio.
Me senté a su lado y puse el temporizador del móvil porque seguía siendo una cobarde con método.
Cuando sonó, ninguno reaccionó.