No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 26 · NIL
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CAPÍTULO 26 · NIL

Jana me metió en el pasillo de lavandería tirando de mi camiseta y cerró la puerta con la cadera.

No llegó a encajar.

Nunca encajaba nada del todo cuando estaba ella cerca.

—Cinco minutos —dijo.

—Diecinueve para venir y cinco para morir.

—No dramatices.

—Has venido con dos trozos de metal como arma.

Metí la mano en el bolsillo y se los enseñé.

Jana los miró.

—Eso antes era una horquilla.

—Lo había deducido.

—Qué técnico.

—Qué pesada.

Se le escapó una risa.

Duró poco.

El pasillo olía a lejía, sábanas calientes y el perfume que llegaba desde el patio cada vez que alguien abría la puerta.

Jana tenía el pelo medio caído, por un lado. No estaba fea.

Estaba peor para mí.

—¿Por qué no has venido? —preguntó.

—Porque me dijiste que no fuera.

—No cuando se rompió.

—Tampoco me dijiste que fuera.

—No todo tiene que venir con instrucciones.

—Contigo sí.

Le molestó.

Lo vi.

—Qué cómodo.

—No, Jana. Cómodo era hacer lo que me salía y luego aguantar que me dijeras que te estaba salvando.

La boca se le cerró.

—No he dicho salvando.

—Has dicho bastante parecido durante semanas.

—Y ahora eres el campeón de la obediencia.

—No.

—Lo parece.

—Ahora intento no meter las manos donde no me las piden.

Bajó la vista a mis manos.

Mala idea.

O buena.

Nunca sabía.

—Te las he pedido —dijo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Di un paso.

Jana no retrocedió.

—¿Para qué?

—Otra pregunta y te vuelvo a romper algo.

—No es mío.

—Puedo improvisar.

Levantó la barbilla.

La boca roja estaba gastada en el centro.

Tenía una mancha mínima de polvo junto a la nariz.

Me dieron ganas de quitarla con el pulgar.

No lo hice.

Jana vio que no lo hacía.

Se enfadó.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras esperando permiso hasta para respirar.

—Estoy intentando no equivocarme.

—Qué aburrido.

Me agarró del cuello.

Esta vez no dudó.

El beso fue seco al principio. Dientes. Labio. Mala leche.

Después dejó de ser seco.

La cogí por la cintura y la acerqué.

Jana chocó contra un carro de sábanas. El metal rodó medio palmo.

—Cuidado —murmuré.

Me mordió.

—Esa palabra sigue prohibida.

—Con el carro.

—Miente mejor.

Volvió a besarme.

Le metí una mano bajo la camiseta. La piel estaba caliente y húmeda en la espalda. Jana me agarró del cinturón.

El patio sonaba al otro lado: cubiertos, voces, una silla arrastrándose, Remei mandando a alguien a por pan.

Nada se paró.

Nosotros tampoco.

Jana tiró de mi cinturón.

—Más cerca.

Obedecí.

Esta vez la palabra no me molestó.

Me pegó la boca al cuello.

—Hazme olvidar un rato.

Ahí sí.

Se me quedó el cuerpo quieto antes que la cabeza.

Jana lo notó.

—No.

—Jana.

—Ni se te ocurra.

—Has dicho olvidar.

—Es una forma de hablar.

—No contigo.

Se apartó.

No mucho.

Lo justo para que el aire entrara frío entre los dos.

—¿Ahora vas a decidir qué puedo querer?

—No.

—Pues sigue.

—No quiero ser el botón que aprietas cuando algo duele.

Jana soltó una risa sin alegría.

—Otra vez el técnico y los botones.

—Joder.

—¿Qué?

—Que te deseo.

—Pues no se nota.

Le cogí la mano y se la puse contra mi pantalón.

La respiración se le cortó.

—¿Ahora?

Me clavó los dedos.

—Chulo.

—No es falta de ganas.

—Entonces ¿qué es?

No tenía una respuesta limpia.

Gracias a Dios.

—Que hoy has perdido trabajo, has aguantado a gente mirándote por un vídeo y llevas una hora contando cuántas veces no he ido a rescatarte. Y ahora me pides que te borre la cabeza cinco minutos.

—No te he pedido terapia.

—Ni yo sé darla.

—Pues deja de intentarlo.

Quise tocarle la cara.

Paré.

Jana vio la mano a medio camino.

—Ahí —dijo—. Esa mierda.

—¿Qué?

—Te quedas quieto porque crees que si haces algo me vas a romper más.

—No.

—Sí.

—Estoy intentando no usar que estás enfadada para meterme dentro de ti.

La frase salió peor de lo que debía.

Más física.

Mejor.

Jana tragó saliva.

—Podrías probar.

—Quiero probar cuando me quieras a mí.

—Te estoy besando a ti.

—Hace un minuto querías olvidar.

—Las dos cosas pueden existir.

Eso me cerró la boca.

Tenía razón.

También podía tenerla yo.

Seguíamos a menos de un paso. Jana tenía una mano enganchada todavía en mi cinturón y la otra apoyada contra mi pecho, como si no hubiera decidido si acercarme o empujarme.

Yo notaba su respiración húmeda en la garganta.

El deseo no se había ido a ninguna parte.

Solo estaba allí, cabreado con nosotros.

Le rocé la muñeca con el pulgar. No la sujeté.

Jana no retiró la mano.

—No te has vuelto santo —dijo.

—Ni falta que hace.

—Bien.

Pero tampoco volvió a besarme. Eso me obligó a escuchar.

Qué desgracia.

Jana dio un paso atrás.

—¿Sabes qué es lo que me jode?

—Muchas cosas.

—Que cuando estoy bien me deseas. Y cuando estoy mal te conviertes en una silla al lado de la cama.

No entendí la imagen.

La entendí demasiado.

—No soy una silla.

—Eres peor. Tienes manos.

—Jana.

—¿Qué?

—No sé qué quieres que haga.

La honestidad le cayó fatal.

Su cara se aflojó un instante y volvió a cerrarse.

—Yo tampoco.

El pasillo quedó lleno del zumbido de la bombilla.

Jana se pasó la lengua por el labio mordido.

—Entonces igual ese es el problema.

—¿Cuál?

—Que tú no sabes irte cuando alguien está mal.

No contesté.

Me quedé callado porque me había dado.

Tardé demasiado en contestar.

Jana vio el retraso.

El color le cambió.

—Ah.

—No.

—Has tardado.

—Estoy pensando.

—Ya.

—No me hagas esto por medio segundo.

—Medio segundo es mucho cuando estás esperando una respuesta.

Me acerqué.

Jana levantó una mano.

Paré.

Otra vez.

—¿Te quedas porque quieres? —preguntó.

—Sí.

—¿Y si hoy no estuviera hecha polvo?

—También.

—¿Y si no necesitara nada?

—Mejor.

—¿Entonces por qué me miras como si tuvieras que vigilar que llegue entera a mañana?

Abrí la boca.

No encontré una frase que no sonara fabricada.

—Porque me importas —dije al final.

Jana cerró los ojos.

—Eso puede ser deseo o puede ser pena.

—No me jodas.

—No te estoy jodiendo.

—Sí. Estás buscando una palabra que lo ensucie antes de que yo pueda decir otra.

—Quizá.

—Pues no te la voy a regalar.

Le enseñé los dos trozos de horquilla.

—Me has pedido que guardara esto. Lo he guardado. Me has pedido que viniera. He venido. Cuando me has besado, te he besado. Cuando has dicho que querías olvidar, he parado. No sé hacerlo mejor.

—Muy bonito el inventario.

—No es bonito. Estoy cabreado.

Eso sí la hizo mirarme.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Te queda mejor que la paciencia.

—Qué suerte.

Jana me quitó las dos piezas de la mano.

Una le arañó el pulgar.

Chupó la gota de sangre sin hacer comentario.

—Vuelve al sonido —dijo.

—¿Quieres que me vaya?

—Ahora sí.

Esperé.

—Sin subtítulos —añadió.

—Entendido.

Fui hacia la puerta.

—Nil.

Me giré.

Jana tenía una pieza de metal en cada mano.

—No he dicho que no te desee.

—Lo sé.

—No lo sepas tanto.

—Imposible.

Se le movió la boca, pero no llegó a sonrisa.

Volví al patio.

Mi padre ya había pagado y estaba hablando con Remei. No fui.

La madre de Jana seguía en su mesa. Tampoco miré.

Me puse los auriculares y trabajé.

Cinco minutos después, Jana salió del pasillo con el pelo sujeto con dos horquillas nuevas y la boca otra vez roja.

No me miró.

Mejor.

A los tres pasos, miró.

Peor.

La pregunta se quedó entre nosotros sin que nadie más pudiera oírla.

No si la deseaba.

Eso ya estaba claro.

Si yo sabía quedarme por algo que no fuera necesidad.