CAPÍTULO 25 · JANA
La señora del fondo no dejó de mirarme mientras yo sujetaba la cabeza de una invitada y clavaba una horquilla donde no podía hacer daño.
—¿Eres la del vídeo? —preguntó otra vez.
—Soy la que te puede salvar el moño. El vídeo no entra en el precio.
La mujer rio.
La invitada también.
Yo no miré a Nil.
Eso requería bastante más disciplina que el recogido.
—¿Aquí grabáis? —preguntó la chica sentada.
—No mientras estés en mi silla si no quieres.
—No quiero.
—Entonces nadie te graba aquí.
Lo dije alto.
No como discurso.
Como una condición de trabajo.
Remei, desde recepción, levantó el abanico.
—Y al primero que se haga famoso sin permiso le cobro habitación doble.
—No funciona así —dijo alguien.
—En mi hostal sí.
La gente rio y volvió a sus platos.
El aire regresó al patio.
Seguí trabajando.
Nil seguía en sonido.
Quieto.
Maldito.
Le había pedido que no entrara y estaba obedeciendo con una precisión que empezaba a parecer provocación.
Mi madre llevaba veinte minutos en la mesa cuatro.
No había venido a mi rincón.
Agradecí cada minuto y me odié un poco por contarlos.
La hermana de la novia se sentó delante de mí con un abanico roto y el pelo pegado a la nuca.
—Haz lo que puedas.
—Eso nunca se le dice a una mujer con laca.
Le levanté el pelo, se lo retorcí en un recogido bajo y trabajé mientras ella hablaba de su comida de septiembre. Quince personas. Terraza. Mediodía. Calor seguro.
—¿Trabajas fuera de bodas? —preguntó.
—Trabajo donde haya gente sudando y pagando.
—Me sirve.
Cuando terminé, se miró en el espejo y giró la cabeza.
—¿Tienes hueco el segundo sábado de septiembre?
Lo tenía.
No hice teatro.
Saqué el móvil, miré calendario y le dije el precio.
—Perfecto.
Pagó la señal allí mismo.
El ingreso apareció en pantalla.
No era el dinero del lunes.
No arreglaba el lunes.
Era otro trabajo.
Mío.
Me quedé mirando la notificación medio segundo.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
—Sí. Mi banco se emociona poco y yo compenso.
Guardé el teléfono.
Al levantar la vista, Nil estaba mirando.
Le enseñé la pantalla desde lejos.
No podía leerla.
No hacía falta.
Levantó el pulgar.
Eso fue todo.
Me sentó mejor de lo que quería.
Mi madre eligió ese momento para acercarse.
Por supuesto.
Se paró a un lado de la mesa, sin tocar nada.
—Te va bien.
—Estoy trabajando.
—Ya lo veo.
Esperé la cuenta.
Llegó.
—Solo procura no confundir que te miren con que se queden.
La frase cayó baja.
Solo para mí.
Esta vez no tenía público suficiente para hacer de ella una escena y quizá por eso dolió más.
Dejé una brocha sobre la mesa.
—Mamá, tengo a alguien esperando.
—No te he dicho nada malo.
—Entonces será fácil dejarlo aquí.
Su boca se tensó.
No discutí.
No expliqué.
No llamé a Nil con los ojos.
Cogí una esponja limpia.
—Que cenes bien.
Mi madre se quedó un segundo.
Luego volvió a su mesa.
Me tembló la mano cuando ya no podía verlo.
La clienta siguiente no tenía culpa.
Me senté, respiré por la nariz y seguí.
—¿Muy apretado? —pregunté.
—Perfecto.
—Eso no existe. Avísame si duele.
Dos horquillas. Una goma. Tres mechones.
La laca me raspaba la garganta. La clienta hablaba de una cuñada y yo asentía en los sitios correctos mientras notaba el pulso dentro del pulgar. No miré hacia la mesa cuatro. Mirar habría sido regalarle a mi madre el segundo golpe.
Tampoco miré a Nil.
Eso fue peor, porque sabía exactamente dónde estaba. El pequeño zumbido de la mesa de sonido llegaba desde el otro lado del patio y, cada vez que alguien se cruzaba entre nosotros, mi cuerpo comprobaba la distancia antes que yo.
Le pedí a la clienta que bajara la barbilla. Mis dedos dejaron de temblar en cuanto tocaron trabajo. Qué detalle tan poco romántico. Gracias a Dios.
Trabajo.
A mitad del recogido, la horquilla plateada que llevaba en mi propio pelo se enganchó al sacar una pinza del estuche.
Tiré.
Mala idea.
El metal hizo clic.
Uno de los brazos se partió.
Me quedé con las dos piezas en la mano.
Baratas.
Ridículas.
Exactamente del tamaño necesario para fastidiarme.
—¿Se ha roto? —preguntó la clienta.
—Ha decidido jubilarse en horario laboral.
Cogí otra del maletín.
Mi pelo cayó un poco sobre la nuca.
No pasó nada.
No me morí.
No apareció música triste.
Nil levantó la cabeza desde sonido.
Vio las dos piezas.
Vio mi pelo.
No vino.
Apreté la mandíbula.
Terminé el recogido.
La clienta pagó.
Después hice otro retoque.
Y otro.
A las once menos cuarto tenía la espalda caliente, los dedos pegajosos de laca y una lista de cobros que no dependía de ninguna madre.
Nil seguía sin venir.
Fui yo.
Crucé el patio con las dos piezas de metal en el puño.
—Borràs.
Se quitó un auricular.
—Prats.
—Has visto que se ha roto.
—Sí.
—Y no has hecho nada.
—No me lo has pedido.
Qué respuesta tan correcta.
Qué ganas de tirarle una copa.
—Podías haber traído otra.
—Tienes cuarenta en el maletín.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
—¿Y?
—Me dijiste que no entrara.
Lo odié durante tres segundos muy serios.
—Aprendes demasiado rápido.
—Antes era despacio.
—No abuses de la evolución.
Nil apoyó el auricular sobre la mesa.
—¿Quieres otra?
Miré las dos piezas.
—No.
—Entonces no te doy una.
—Qué irritante.
—¿Quieres que haga algo?
La pregunta no llevaba voz de hombre bueno.
Ni de técnico.
Solo cansancio y un poco de miedo a pisar donde no debía.
Abrí la mano.
—Guárdame esto.
Nil miró el metal.
—¿Por qué?
—Porque tengo las manos ocupadas.
—Eso sí puedo.
Se lo puse en la palma.
Sus dedos se cerraron alrededor.
Me rozaron.
El cuerpo me respondió con una claridad ofensiva.
—Y ven al pasillo cuando puedas —dije.
—¿Para?
—No estropees una orden decente preguntando tanto.
Nil miró mi boca.
—Tengo que dejar esto estable.
—Cinco minutos.
—Eso ya me suena.
—Pues no te acostumbres.
Me fui antes de que pudiera sonreír.
Volví al rincón y trabajé otros veinte minutos.
No miré el pasillo.
A los diecinueve, Nil apareció.
Sin las dos piezas en la mano.
Las llevaba en el bolsillo.
Eso me dio un calor absurdo debajo de las costillas.
—Has tardado —dije.
—Diecinueve.
—Presumido.
—¿Qué querías?
Miré hacia la mesa cuatro.
Mi madre hablaba con sus amigas sin mirarme.
Miré hacia la mesa nueve.
El padre de Nil pagaba su cena y tenía las manos vacías.
Después miré a Nil.
—Que vengas porque te lo he pedido.
Su cara cambió.
Solo un poco.
Suficiente.
—He venido —dijo.
—Ya veo.
—Jana.
—Cállate.
Lo agarré de la camiseta y lo metí en el pasillo de lavandería.
Esta vez nadie nos había empujado hasta allí.