CAPÍTULO 24 · NIL
El sábado llegué al Hostal Mar de Fora a las seis y media y Remei me prohibió tocar el rincón de Jana antes de decirme buenos días.
—Buenos días para ti también.
—Si mueves ese espejo, te arranca un dedo.
—No iba a moverlo.
—Ya estás aprendiendo.
La mesa de sonido estaba donde la había dejado. Dos altavoces, tres pies de micro, cableado por el lateral del patio y una regleta lejos de las copas. Trabajo normal.
Necesitaba trabajo normal.
A las siete y diez Jana apareció con mi camiseta dentro de una bolsa de papel y la suya puesta.
—Lavada —dijo.
—Milagro.
—No te emociones. La he lavado con otras cosas.
Me dejó la bolsa sobre una silla.
—¿Mi rincón?
Señalé con la barbilla.
—No lo he tocado.
Fue a mirarlo.
El espejo grande, la silla, una mesa auxiliar y un enchufe. Nada más.
Jana abrió el maletín y comprobó el espacio como si yo hubiera escondido una bomba debajo de una brocha.
—Falta luz a la izquierda.
—Hay una lámpara detrás de recepción.
—¿La puedes traer?
La pregunta tardó medio segundo de más.
Yo la oí entera.
—Sí.
No añadí nada.
Fui por la lámpara.
Remei me vio volver cargándola y levantó una ceja.
—¿Te la ha pedido?
—Sí.
—Entonces no morirás hoy.
—Gracias por la fe.
La puse donde Jana señaló. Ella enchufó el cable, lo movió un palmo, comprobó el reflejo y me devolvió la mirada.
—Ahí.
—¿Algo más?
—No.
Me fui.
A los tres pasos:
—Nil.
Me giré.
—Gracias.
Le salió como si se hubiera mordido la lengua.
—De nada.
—No le cojas gusto.
—Imposible.
A las ocho empezó a llegar gente.
La mujer del vestido azul apareció con su hija y una adolescente que escondía la cara detrás del pelo. Jana las sentó sin ceremonia. Nadie grabó.
Un hombre levantó el móvil desde una mesa cercana para hacer una foto del patio.
Jana lo vio.
Yo también.
No me moví.
Ella se acercó.
—Perdona. Aquí al lado estoy trabajando con gente que no quiere salir. ¿Puedes girarte un poco?
El hombre miró alrededor, confundido.
—Solo hago una foto.
—Hazla. Pero sin ellas.
Le señaló un ángulo.
El tipo encogió los hombros y cambió de sitio.
Se acabó.
Sin escándalo.
Sin mí.
Me jodió sentir orgullo porque sonaba demasiado a propiedad y yo no tenía ninguna.
Me concentré en la mesa.
El móvil vibró.
PARE.
PARE: LLEGO A LAS NUEVE. TRANQUILO. SIN GUITARRA.
Leí el mensaje una vez y silencié la conversación.
No necesitaba una respuesta.
Jana apareció a mi lado justo cuando guardaba el teléfono.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Qué sospechoso.
—Mi padre dice que viene sin guitarra.
—¿Y tú te lo crees?
—No.
—Bien. Ya me preocupaba tu evolución.
Se quedó mirando el patio.
—Mi madre también viene.
—Lo sé.
—No tienes que hablarle.
—No pensaba.
—Ni explicarle nada.
—Tampoco.
—Ni ser educado de más.
—Eso va a costar.
Me dio con una brocha limpia en el antebrazo.
—Idiota.
—Eso sí.
Una camarera pasó con copas y nos separó.
Jana volvió a su rincón.
A las ocho y veinte una mujer se acercó a ella con una captura abierta en el móvil.
Reconocí el vídeo desde lejos.
La chica del rojo.
Jana también.
La mujer sonrió.
—Eres tú.
Jana siguió cerrando un polvo compacto.
—Depende de cuánto deba.
—Mi hermana me lo mandó. Pensaba que eras animadora.
Vi los hombros de Jana tensarse.
No me moví.
—No. Pelo y maquillaje —dijo—. Lo del micro fue un accidente laboral con público.
La mujer rio.
—Pues tienes gracia.
—Cobro por las manos. La gracia sale defectuosa.
—Mi hija se casa en septiembre.
Ahí.
Jana no cambió de cara enseguida.
Buena.
—¿Dónde?
La mujer se lo dijo.
Hablaron de fecha, hora, número de personas.
Toqué uno de los controles, aunque no hacía falta. Necesitaba hacer algo con las manos.
Cuando la mujer se fue, Jana me miró desde el otro lado del patio.
No sonrió.
Levantó dos dedos.
Dos.
No sabía si eran dos personas, dos minutos o vete dos veces a la mierda.
Me sirvió.
A las nueve entró mi padre.
Sin guitarra.
Camisa clara, manos vacías.
Se sentó donde Remei le indicó y pidió vino.
No vino a saludarme.
Mejor.
La madre de Jana llegó diez minutos después con dos amigas. Mesa cuatro. Vestido claro. Bolso rígido.
Jana la vio.
Se le quedó una horquilla a mitad de camino entre los dedos.
Su madre levantó una mano.
Jana respondió con la barbilla.
Nada más.
Yo apreté la mandíbula.
No fui.
La música siguió.
La gente habló.
Una niña tiró una copa de agua.
Remei insultó a una silla.
El mundo no se rompió porque dos padres estuvieran sentados en el mismo hostal sin convertirse en argumento.
Jana, en cambio, empezó a trabajar un poco más deprisa. Lo vi en las horquillas: una entre los dientes, otra en la muñeca, dos golpeando el borde del maletín cada vez que buscaba una brocha. Nadie que no la mirara demasiado habría notado nada.
Yo sí.
Metí las manos debajo de la mesa de sonido y cerré los dedos sobre mis rodillas. Mi padre estaba a unos metros. La madre de Jana, también. El impulso fácil habría sido levantarme y convertir la noche en una demostración de que podía ocupar espacio por ella.
Me quedé sentado.
No parecía gran cosa. Me estaba costando una barbaridad.
A las nueve y media Jana cruzó hasta mi mesa.
—Necesito el espejo pequeño de la entrada. El mío se ha soltado.
—Voy.
—Espera.
Me detuve.
—Solo el espejo.
—Solo el espejo.
—Y no pongas cara de haber entendido una cosa importante.
—No sé qué cara tengo.
—Esa.
Fui por el espejo.
Cuando se lo di, sus dedos rozaron los míos.
Jana no apartó la mano de inmediato.
Tampoco yo.
—Esto cuenta como ayuda pedida —dijo.
—Lo apuntaré en una piedra.
—Ni se te ocurra.
Volví a sonido.
A las diez, el patio estaba lleno.
Jana trabajaba.
Yo trabajaba.
Mi padre cenaba.
Su madre cenaba.
Ninguno de los cuatro parecía cómodo.
Por primera vez en días, la incomodidad no dirigía el espectáculo.
Hasta que una señora del fondo levantó el móvil, señaló a Jana y dijo:
—Mira, es la del vídeo.
Varias cabezas se giraron.
Jana cerró una horquilla entre los dientes.
Me miró.
Yo esperé.
Ella levantó la mano.
No para pedirme ayuda.
Para decirme que me quedara donde estaba.
Me quedé.
Me costó más que cargar los dos altavoces.