No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 23 · JANA
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CAPÍTULO 23 · JANA

Remei me llamó porque una mujer quería saber si en mi rincón del sábado habría cámaras.

No porque necesitara consuelo.

No porque mi madre hubiera reservado mesa.

No porque el padre de Nil hubiera decidido convertir el Hostal Mar de Fora en una verbena familiar.

Por trabajo.

La diferencia me puso de mejor humor que el café.

—Dile que no —contesté mientras cerraba el maletín.

—Ya se lo he dicho.

—Entonces ¿para qué llamas?

—Para que vengas y se lo digas tú. Tiene dinero y miedo. Las dos cosas escuchan mejor a la persona que va a tocarles la cara.

Colgué.

Abril me señaló la mancha de tomate de la camiseta.

—Cámbiate.

—Es decoración mediterránea.

—Es salsa.

—Mediterránea.

Cogí las llaves y salí.

En el hostal, Remei tenía a una mujer de unos cincuenta sentada frente al espejo grande. Pelo corto, vestido azul, manos apretadas sobre un bolso pequeño.

Nil estaba al fondo, agachado junto a la mesa de sonido.

Lo vi.

Él me vio.

Ninguno hizo el favor de convertirlo en entrada.

—Esta es Jana —dijo Remei.

La mujer me miró la boca primero. Luego el maletín.

—He visto un vídeo.

—Yo también. Salgo fatal de perfil.

No se rio.

Bien.

Me obligó a trabajar sin red.

—No quiero que mi hija aparezca en redes —dijo—. Ni mi nieta.

—No aparecerán por mí.

—¿Y por la gente?

—La gente hace lo que quiere. En mi silla, no.

Remei asintió detrás de ella.

—Y si alguien saca el móvil demasiado cerca, se lo tiro al gazpacho.

La mujer la miró.

—Eso no tranquiliza.

—Pero es verdad —dije.

Abrí el maletín, saqué un espejo pequeño y se lo puse delante.

—Mira. Este es mi trabajo. Si el sábado quieres retoque, te siento aquí, hago esto y nadie te graba. Si alguien pregunta, digo que no. Si insiste, deja de estar a mi lado.

La mujer me estudió un segundo.

—¿Cuánto?

Le dije el precio.

No lo bajé.

No lo adorné.

Sacó el móvil.

—Apúntame.

Cuando se fue, Remei me dio con el abanico en el brazo.

—Eso.

—¿Eso qué?

—Cobrar sin pedir perdón.

—No me conoces nada.

—Te conozco desde que te caías de la bicicleta delante de mí puerta.

—Eso no cuenta. Tenía rodillas nuevas.

Nil seguía al fondo.

No había intervenido.

Ni una palabra.

Me acerqué a su mesa de sonido.

—Has estado muy callado.

—Me lo pediste.

—Qué memoria tan selectiva.

—También tengo que terminar esto.

Señaló dos cables, una regleta y un pie de micro.

—¿Funciona?

—Sí.

—Qué decepción.

—Puedo romper algo si te tranquiliza.

—Eso ya lo hago yo.

Remei gritó desde recepción:

—Jana, tienes tomate hasta casi el sujetador.

Miré la camiseta.

La mancha había crecido.

—Es una sombra.

—Es un crimen.

—No voy a volver a Cala Saurina por una camiseta.

Remei levantó los hombros.

—Arriba no tengo nada de tu talla salvo albornoces.

Miré a Nil.

Nil dejó de tocar el cable.

—No.

—Todavía no he hablado.

—Te conozco la cara.

—Dame tu camiseta.

—No.

—Qué egoísta con la tela.

—Tengo que trabajar.

—Puedes trabajar sin camiseta. Igual mejora la ocupación.

Remei hizo un ruido desde recepción.

—Yo cobro suplemento por espectáculo.

Nil se pasó una mano por la nuca.

—Hay una camiseta limpia en la furgoneta.

—Lejos.

—Treinta metros.

—Estoy cansada.

—Eso sí que no lo uses.

Me quedé quieta.

La frase me dio justo porque no venía con suavizante.

—¿Perdona?

Nil se incorporó.

—No uses estar cansada para pedirme algo y luego enfadarte porque te lo doy.

—Te he pedido una camiseta.

—Te la doy.

Se sacó las llaves del bolsillo.

Le cogí la muñeca.

—No.

—Jana.

—Ahora quiero esa.

Miré su camiseta.

Gris, vieja, con una marca de cinta en el costado.

Nil bajó los ojos.

—Eso ya no es ropa.

—Qué listo.

El pasillo de lavandería estaba a cuatro pasos. Remei nos miró a los dos y señaló con el abanico.

—Fuera de recepción. Me espantáis clientes.

Entramos en el pasillo.

Olía a lejía, sábanas calientes y ese jabón caro de hotel que intenta convencerte de que no lo han comprado por bidones.

Nil se quedó entre dos carros.

—Te la doy —dijo.

—Eso llevo cinco minutos intentando.

—Y después te cambias.

—Muy bien, papá.

Se le endureció la cara.

Mala elección.

—Retiro lo de papá.

—Hazlo.

—Retirado.

Nil agarró el bajo de la camiseta.

Yo también.

Su mano quedó debajo de la mía.

—Jana.

—No pongas voz de prevención laboral.

—Estoy intentando no desvestirme contigo a diez metros de Remei.

—Remei ha vivido más que nosotros dos juntos.

—Eso no ayuda.

Tiré.

La camiseta subió.

Piel tostada, línea de vello, costillas, sudor seco.

Mi cabeza hizo un ruido bastante menos profesional que el receptor de Lola y Sal.

Nil no sonrió.

Eso fue peor.

—¿Te la vas a poner? —preguntó.

—Puede.

—Jana.

—Estoy pensando en la logística.

—No mientas con palabras tan largas.

Me acerqué un paso.

El carro de sábanas me tocó la espalda.

Nil seguía con la camiseta a medias.

—Ayer perdiste una clienta —dijo.

—Qué romántico.

—Y hoy has conseguido otra.

—Todavía más.

—No quiero que me metas en medio de las dos cosas.

Me soltó la camiseta.

Quedó otra vez en su sitio.

—No eres tan importante.

—Eso espero.

Le di en el pecho con dos dedos.

—No uses mis frases.

—Funcionan mal, pero son pegadizas.

—Quiero tu camiseta porque llevo tomate hasta las tetas.

—Y porque estás enfadada.

—Puedo hacer dos cosas.

—Lo sé.

—Entonces quítatela.

Nil me sostuvo la mirada.

—Pídemela sin usarme para dejar de pensar.

Se me secó la boca.

Qué manía asquerosa de escuchar la parte que yo dejaba sin música.

—Dame la camiseta —dije.

—¿Para?

—Para vestirme.

Esperó.

—Y para mirarte el pecho mientras te la quitas —añadí—. Ya que preguntas tanto.

La risa le salió por la nariz.

Por fin.

Se la quitó.

Me la puso en las manos.

No me tocó.

Eso me dejó sin la mitad de las armas.

Me di la vuelta y me saqué la mía. La tela pegada tiró del sujetador. Oí a Nil respirar detrás.

—Puedes mirar —dije.

—No.

—Qué ofensa.

—Si miro, no terminamos el sonido.

—Eso suena a problema tuyo.

Me puse su camiseta. Me quedaba grande. Olía a él, a cable caliente y a jabón barato.

Me giré.

Nil me miró.

Claro que me miró.

Toda la boca se le quedó seria.

—Te queda fatal —dijo.

—Cobarde.

Me acerqué.

—Jana.

—¿Qué?

—Me quejo porque quiero quedarme.

La frase salió mal. Sin preparación. Casi enfadada.

Me atravesó de todas formas.

Le agarré el cinturón.

Nil puso una mano en mi muñeca.

No la apartó.

Solo la sostuvo.

—No hagas esto para borrar el mensaje del lunes.

—No estoy pensando en el lunes.

—Mientes.

—Estoy pensando en que estás sin camiseta.

—Eso sí te lo creo.

Tiré de él.

La boca se nos quedó a un suspiro.

Remei gritó desde recepción:

—¡Jana! La señora azul quiere dejarte la señal y se va.

Cerré los ojos.

Nil bajó la cabeza hasta tocarme la frente con la suya.

—Trabajo —dijo.

—Te odio.

—No parece.

—No te acostumbres.

Me aparté.

Fui a salir y Nil me agarró un segundo del bajo de su camiseta.

—Mañana te mando el contacto de Marblava —dijo.

—¿Por qué?

—Porque te recomendaría, aunque no hubieras perdido a nadie.

Lo miré.

—Mañana.

—Mañana.

Volví a recepción con su camiseta puesta y la boca intacta.

La mujer del vestido azul dejó la señal sobre el mostrador.

La guardé yo.

Sin favores.

Sin madres.

Sin que Nil tocara un solo euro.

Cuando firmó la hora del sábado, noté a Nil detrás del pasillo.

No me giré.

Esta vez la decisión se quedó en mis manos y pesó bastante mejor.