No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 22 · NIL
78%

CAPÍTULO 22 · NIL

A las siete de la tarde yo tenía tres cables enrollados, una prueba de sonido pendiente y un contacto de boda abierto en el móvil que no debía mandar a Jana.

Lo miré durante casi un minuto.

BORRADOR: Te paso el número de una novia de Marblava. Busca maquillaje para septiembre.

Lo borré.

Lo volví a escribir.

Lo volví a borrar.

Enric me vio desde el otro lado del almacén del Club Aleta.

—Eso es amor o una avería administrativa.

—Trabajo.

—Peor. Las averías administrativas duran más.

Guardé el móvil.

—Necesito dos pies de micro mañana.

—Tienes cuatro.

—Dos están flojos.

—Como tu criterio.

Le enseñé el dedo.

Enric siguió apilando chalecos sin dignarse a mirarme.

El móvil vibró.

REMEI.

REMEI: EL SÁBADO QUIERO SONIDO, NO CIRCO. JANA HA PEDIDO QUE NO SE GRABE EN SU RINCÓN.

Nil: Bien.

REMEI: NO ME CONTESTES BIEN. DIME SI PUEDES EVITAR QUE TU EQUIPO SE CONVIERTA EN ALTAVOZ DE LA VIDA AJENA.

Nil: Sí.

REMEI: ESO.

Debajo entró otro mensaje.

PARE: ¿SÁBADO A LAS NUEVE? ¿LLEVO GUITARRA?

Me quedé mirando la pantalla hasta que Enric chasqueó los dedos delante de mi cara.

—Tienes una vena nueva.

—Cállate.

Contesté.

Nil: A las nueve. Cena. Sin guitarra.

No añadió nada.

Yo tampoco.

Era la conversación más sana que habíamos tenido en meses y consistía en seis palabras.

Cogí los pies de micro y salí.

No iba a Lola y Sal.

Acabé en Lola y Sal.

La furgoneta decidió girar sola. O eso podía contarle a cualquiera con poca experiencia en vehículos.

La terraza estaba medio llena. El sol bajaba, pero el suelo seguía soltando calor. Jana tenía una pinza entre los dientes y una libreta abierta sobre la barra. No era la de Lola. Era suya: páginas dobladas, números, nombres de novias y manchas de corrector.

No levantó la vista cuando entré.

—Si vienes con otro café, denuncia previa.

—Vengo a recoger un cable.

—Qué romántico.

—Está en el almacén.

—Todavía peor.

Pasé detrás de la barra. El espacio me obligó a rozarle la espalda con el antebrazo. Jana se apartó medio centímetro y siguió escribiendo.

No hice comentario.

Eso también pareció molestarla.

En el almacén encontré el cable donde lo había dejado. Cuando salí, Jana seguía con la libreta.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Un altar a mis errores.

—Bonito.

—Estoy apuntando qué clientes han visto el vídeo y cuáles preguntan por privacidad.

No había humor en la última palabra.

La libreta tenía tres nombres. Uno tachado.

El del lunes.

—Tengo un contacto —dije.

Jana levantó la cabeza.

Mierda.

Había decidido no decirlo.

—¿Qué contacto?

—Una boda en septiembre.

—¿Te lo han pedido?

—Me preguntaron si conocía a alguien.

—¿Y has pensado en mí?

—Sí.

La respuesta salió demasiado rápida.

Jana cerró la libreta.

—¿Porque soy buena?

—Sí.

—¿O porque he perdido una clienta?

No contesté a tiempo.

Su boca hizo esa cosa mínima que hacía antes de una broma que no era broma.

—Ah.

—Las dos.

—Mejor.

—¿Mejor?

—Peor habría sido que mintieras.

Se bajó de la barra.

—No me pases el contacto hoy.

—De acuerdo.

—No pongas esa cara.

—No sé qué cara tengo.

—La de hombre al que acaban de quitar una caja de herramientas.

—No arreglo personas.

—Llevas todo el verano intentándolo.

Eso me dio.

No porque fuera exacto. Porque se parecía demasiado.

—No te he arreglado nada.

—Has cambiado cables, ruedas, una ducha, un cierre y media paciencia.

—La ducha no.

—Era una metáfora.

—Entonces peor.

Jana soltó aire por la nariz.

—Mañana, si todavía crees que me recomendarías, aunque yo no hubiera perdido nada, me mandas el contacto.

—¿Y si sigo sin saberlo?

—No lo mandas.

—Fácil.

—No. Fácil sería dejarme decir que sí y sentir que te debo otra cosa.

Se metió la libreta debajo del brazo.

—Esto es lo otro.

—¿Qué otro?

—Que me preguntes antes.

No respondió.

Me quedé con el cable en la mano y la sensación de haber recibido instrucciones para una máquina que no conocía.

Quimet asomó desde cocina.

—Borràs, si estás libre, la nevera hace un ruido.

—No arreglo neveras.

—Cada día sirves para menos.

—Eso intento.

Jana se rio.

La risa le salió bien. Después bajó la vista a la libreta y ya no.

Me apoyé contra la barra.

—Remei me ha escrito.

—A mí también.

—He dicho que mi equipo no se usa para grabar.

—Yo he dicho que mi rincón tampoco.

—Mira qué coordinación.

—No la llames así. Me da sarpullido.

Yasmina pasó con dos platos y me hizo apartarme.

—Si vais a tener una conversación rara, no bloqueéis el paso.

—No es rara —dijo Jana.

—Entonces es peor.

Yasmina siguió.

Jana se recogió el pelo con una goma. La pinza que llevaba entre los dientes acabó en la barra.

No era la plateada.

Me fijé igual.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Has mirado.

—Tienes pelo.

—Una primicia.

—Mucho.

—Te estás hundiendo.

—Sí.

Me acerqué a coger el cable que había dejado junto a ella. Jana puso la mano encima antes.

—El sábado —dijo—, si me ves trabajando y alguien se pone imbécil, no entres.

—Eso ya me lo has dicho.

—Te lo repito porque eres reincidente.

—¿Y si te lo piden?

—¿Quién?

—Tú.

Su mano siguió sobre el cable.

No apartó los dedos.

—Entonces entras.

—Bien.

—Pero espera a que te lo pida de verdad.

—¿Cómo se distingue?

—No habrá insulto.

—Eso reduce mucho las posibilidades.

—Exacto.

Tiré del cable.

Ella no soltó.

Durante un segundo nos quedamos cada uno con un extremo, como dos niños estúpidos con un juguete peor.

—Jana.

—Estoy pensando.

—Se nota por el humo.

—Cállate.

Me miró la boca.

Yo miré la suya.

El calor de la plancha, la fritura y la tarde se nos metió entre la ropa.

El cable quedó flojo entre los dos. La cubierta de goma me rozaba los nudillos y los dedos de Jana estaban justo al otro lado. No hacía falta tocarla para notar dónde terminaba su mano. Eso era lo peor: empezaba a conocer la distancia.

Jana tiró apenas un centímetro.

—¿Y si te lo pido mal?

—Te conozco lo suficiente para saber que bien no va a ser.

—Qué confianza.

—Qué experiencia.

La comisura de su boca se movió. No llegó a sonrisa. Yo tuve que mirar el cable para no acercarme por puro reflejo.

—No voy a tocarte —dije.

—No te he preguntado.

—Lo sé.

—Y deja de anunciarlo. Parece una amenaza.

Solté el cable.

Jana se quedó con él en la mano.

—¿Ves? —dije—. He aprendido.

—Despacio.

—Mucho.

Me di la vuelta.

—Nil.

Miré por encima del hombro.

Jana había abierto otra vez la libreta.

—Mañana me mandas el contacto si todavía te parece buena idea.

—¿Aunque no lo necesites?

—Precisamente.

Asentí.

Salí antes de convertirlo en algo limpio.

En la furgoneta, el contacto seguía abierto.

No lo envié.

Me fui al montaje de Marblava con la sensación desagradable de haber hecho exactamente lo que ella quería y, por primera vez, no sentirme inútil por ello.