CAPÍTULO 21 · JANA
La novia canceló la prueba mientras yo servía dos cafés.
No llamó: mandó una captura.
En la pantalla salía yo con el micro del Hostal Mar de Fora, la boca roja, Nil etiquetado debajo y el texto de su padre encima.
LA CHICA DEL ROJO PONE ORDEN.
Debajo, el mensaje:
Perdona, Jana. Mi madre ha visto esto porque se lo ha reenviado la tuya. Prefiere que busquemos a otra persona para el lunes. No queremos líos ni gente grabando.
Me quedé con una taza en cada mano.
El café tembló dentro de las tazas. Yo aguanté hasta dejarlas sobre la barra.
—La seis lleva cinco minutos esperando —dijo Vega.
Le enseñé el móvil.
Vega leyó. Dejó el boli.
Eso ya era una declaración.
Tina se acercó con una caja de vasos pegada a la cadera.
—¿Te ha cancelado?
—Ha elegido paz interior y una peluquera sin familia.
Ona apareció con el móvil contra el pecho.
—Yo no he enviado nada.
—No te estoy acusando.
—Pero me has mirado con proceso judicial.
Abril salió de la cocina y leyó la captura por encima de mi hombro.
—¿Tu madre se la ha mandado?
—Mi madre llama promoción a abrirme la vida con una ganzúa.
La mesa seis levantó una mano.
—¿Los cafés?
Los dejé delante con tanta suavidad que fue casi una amenaza.
Volví a la barra.
La novia había enviado otro mensaje.
Te devuelvo el favor en otra ocasión. Tu madre dice que tienes muchísimo trabajo. Favor.
Leer «favor» me devolvió de golpe todas las cuentas que mi madre sabía dejar abiertas.
Entré en el banco y devolví la señal antes de darme tiempo a negociar conmigo.
La cifra desapareció del saldo.
Eso dolió sin necesidad de adornarlo.
Tina miró la pantalla.
—¿Quieres que llame yo?
—Quiero que nadie llame a nadie durante cinco minutos. A ver si el mundo aguanta.
No aguantó, pero al menos no fue mi madre.
Abrí la carpeta de clientes y creé otra dentro. TRABAJOS PERDIDOS. El nombre me pareció melodramático, así que lo dejé. A veces una necesita saber exactamente dónde le han dado.
Guardé la captura, el justificante de la devolución y el mensaje de la novia. Después escribí yo.
JANA: Te he devuelto la señal. Entiendo la decisión. Solo una cosa: si lo que os preocupa es que alguien grabe durante vuestro servicio, eso no habría ocurrido. No público ni permito que publiquen a una clienta sin permiso.
Tardó en aparecer el doble check.
No contestó.
Eso también era una respuesta.
La mesa seis reclamó azúcar. Se la llevé. La siete quería hielo. La nueve quería saber si el alioli picaba. El mundo, decepcionante, siguió funcionando, aunque yo hubiera perdido un lunes entero de trabajo.
Cuando volví a la barra, tenía un mensaje de Remei.
REMEI: EL SÁBADO SIGUE EN PIE. TE PAGO YO. NO TU MADRE, NO EL PADRE DE NIL, NO LA VIRGEN DEL CARMEN.
Me reí antes de poder evitarlo.
JANA: Y en mi rincón no se graba a nadie sin permiso.
REMEI: EN MI HOSTAL NO SE GRABA A NADIE SI YO PUEDO IMPEDIRLO.
JANA: Eso no tranquiliza tanto como crees.
REMEI: OCHO EN PUNTO. TRAE MANOS.
Guardé el móvil.
—¿Qué? —preguntó Abril.
—He perdido una clienta y he puesto una condición a otra. En ese orden.
—¿Y la segunda sigue?
—Sí.
Vega recuperó el boli.
—Entonces no estás igual que hace diez minutos.
—No te emociones. Sigo siendo pobre con excelente pintalabios.
Ona no levantó el móvil. Solo empujó hacia mí una servilleta porque había una gota de café junto a mi muñeca.
No se lo agradecí.
Ella tampoco lo necesitó.
A las doce y veinte entró Nil por la puerta lateral con un café de gasolinera en una mano y la púa negra apoyada sobre la tapa.
Lo primero que miré fue el café.
Lo segundo, la púa.
Lo tercero, su boca, porque mi dignidad llevaba una mañana larguísima.
—He traído una cosa tuya —dijo.
—El café no es mío. Yo me respeto.
Dejó el vaso sobre la barra.
—La otra.
—Esa tampoco.
—Entonces la tiro.
Su mano se movió hacia el cubo.
Le agarré la muñeca.
No fuerte. Suficiente.
Nil bajó los ojos a mis dedos.
Los solté.
—No hagas teatro con objetos pequeños —dije.
—Aprendo de las mejores.
—Eso te pasa por mirar.
Me la dejó sobre la servilleta. No en mi mano.
Bien.
Mal.
El café olía a quemado y azúcar industrial. Di un trago por llevarle la contraria al universo.
—Está horrible.
—Te lo dije.
—No me lo has dicho.
—Lo sabía.
—Eso es peor.
Nil se apoyó con un codo en la barra. Tenía una marca de cable en el antebrazo y el pelo pegado a la frente.
—Abril me ha contado lo de la clienta.
Miré a Abril.
Abril estaba de espaldas. Traidora profesional.
—No necesito un comité de emergencia.
—No he venido por eso.
—Has traído café.
—También tenía sed.
—Has traído uno.
Miró el vaso.
—Mala planificación.
Me salió una risa pequeña. Me molestó.
Nil no preguntó si estaba bien. No dijo que podía conseguirme otra clienta. No me ofreció dinero, contactos, coche ni una solución con patas.
Se quedó allí.
Eso me puso más nerviosa que si hubiera intentado arreglarme la vida.
Tenía el vaso de café entre los dedos y la púa a medio palmo de mi mano. Podía oler el azúcar quemado de la tapa y el sudor seco de su camiseta cuando se inclinaba un poco hacia la barra. Nada heroico. Nada útil. Solo Nil ocupando sitio sin intentar cobrarlo después.
Me dieron ganas de besarlo por no ofrecerme una solución. Una reacción adulta y sensata.
En vez de eso, empujé el café hacia él con un dedo.
—Si vas a quedarte callado, por lo menos comparte el veneno.
—Te lo has bebido tú.
—No cambies de tema.
—¿No vas a decir nada útil? —pregunté.
—Me has prohibido bastantes categorías.
—Puedes improvisar.
—Se me da peor que a ti.
—Eso es fácil.
Nil cogió la púa de la servilleta y la hizo girar entre dos dedos.
—El sábado, si alguien usa mi equipo para grabar sin permiso, lo apago.
—Tu equipo, tus reglas.
—Tu rincón, las tuyas.
Levanté la vista.
Sonó a queja, no a consigna. Por eso me entró.
—Y si me ves con cara de matar a alguien —dije—, no te metas.
—Depende.
—Nil.
—Si estás maquillando, no me meto. Si tienes una plancha en llamas en la mano, negocio.
—No soy peluquera suicida.
—Todavía.
Le lancé la servilleta. Le dio en el pecho y cayó al suelo.
No la recogió por mí.
La recogió porque estaba en medio del paso.
Eso también lo vi.
—Tengo que irme a Marblava —dijo—. Montaje a las cuatro.
—Pues vete.
No se movió.
Yo tampoco.
El TPV pitó. Quimet pidió platos. Yasmina pasó con una bandeja. Todo nos dio una excusa para no terminar la conversación.
Nil señaló el café.
—¿Te lo acabas?
—Por orgullo.
—Mala causa.
—La mayoría de mis causas lo son.
Cogió las llaves.
Antes de irse, dejó la púa sobre la barra.
No hizo ningún comentario.
Yo la miré.
Luego lo miré a él.
—Borràs.
Se detuvo en la puerta.
—¿Qué?
—El sábado no arregles nada que no sea tuyo.
Su boca se torció.
—Eso va a ser difícil.
—Practica.
Nil salió.
La púa siguió sobre la barra hasta que una ráfaga levantó la servilleta.
La cogí antes de que cayera.
No para guardarla.
Para que no se ensuciara.
Mentira.