No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 20 · JANA
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CAPÍTULO 20 · JANA

Nil se fue con el soporte bajo el brazo y la espalda tiesa.

Yo duré treinta y siete segundos detrás de la barra.

Los conté porque Vega me miraba por encima de la libreta y porque la pinza plateada seguía clavándoseme en la palma como una idea mala.

—Voy al almacén —dije.

Abril señaló con la barbilla la puerta lateral.

—El almacén está allí.

—Voy al otro.

—No tenemos otro.

—Pues voy a fundarlo.

Me quité el delantal y lo dejé encima del TPV. Ona abrió la boca. Tina le puso una botella delante antes de que pudiera narrar mi fuga.

—No la grabes —dijo Tina.

—Ni siquiera había levantado el móvil.

—Te conozco los hombros.

Salí por la puerta lateral.

Nil estaba en el aparcamiento de tierra, junto a la furgoneta, metiendo el soporte detrás del asiento. El sol le daba de lado y le marcaba la camiseta húmeda entre los omóplatos. No miró hacia Lola y Sal. Tampoco hacia mí.

Bien.

Me escondí detrás del contenedor del vidrio con toda la dignidad de una mujer adulta que perseguía a un hombre después de echarlo.

Olía a cerveza vieja, limón fermentado y decisiones excelentes.

Nil cerró la puerta de la furgoneta. El móvil le vibró en la mano. Miró la pantalla, apretó la mandíbula y rechazó la llamada.

PARE.

Lo vi desde donde estaba. También vi la furgoneta blanca entrar a toda velocidad y levantar una nube de polvo sobre dos coches aparcados.

El hombre que bajó se parecía a Nil en lo suficiente para molestar.

Más ancho de cintura, pelo claro casi gris, camisa abierta sobre una camiseta negra y unas gafas de sol colgadas del cuello. Llevaba una funda de guitarra en una mano y una cerveza en la otra, con la seguridad de quien cree que el verano le debe escenario.

—Nil —dijo.

Nil no respondió.

Yo debería haber vuelto dentro.

En lugar de eso, me agaché un poco más detrás del contenedor. Una botella chocó con otra dentro y me delató con un tintineo. Ninguno de los dos miró. El universo, por una vez, colaboraba con mi falta de principios.

—Te llamo y no coges —siguió su padre.

—Estoy trabajando.

—Ya te veo. Siempre con los cables.

Nil metió las llaves en el bolsillo.

—¿Qué quieres?

Su padre levantó la funda.

—He pensado que podríamos probar un par de temas para el sábado. Remei dice que vas justo de repertorio.

—Remei no te ha dicho eso.

—Bueno, lo habrá pensado.

Nil soltó aire por la nariz.

Ese bufido no tenía gracia. Ya sabía distinguirlo.

—No vas a tocar con mi equipo.

—No empieces.

—Es un aviso.

Su padre dejó la cerveza encima del capó de la furgoneta. La lata sudaba. El agua bajó por la chapa y se llevó una línea de polvo.

—Antes no eras tan serio.

—Antes esperaba que volvieras.

Se me hundió bajo las costillas.

Nil también se dio cuenta tarde de lo que había dicho. Dejó una mano en el bolsillo y cerró la otra alrededor de nada. Su padre se quitó las gafas del cuello, las abrió y volvió a cerrarlas.

—He vuelto muchas veces.

—A cantar.

—A verte.

—Cuando había gente mirando.

El padre sonrió, pero la sonrisa le quedó pequeña.

—Te está sentando mal esa chica.

Se me tensó la nuca.

Nil alzó la cabeza.

—No hables de Jana.

Mi nombre salió de su boca sin broma, sin cama y sin nadie empujándolo.

Tuve que apoyar una mano en el contenedor.

—Solo digo que desde que sales en vídeos con ella estás raro. La chica del rojo tiene carácter.

La pinza me mordió la palma.

Nil dio un paso hacia su padre.

—No la llames así.

—¿Cómo quieres que la llame? ¿Tu novia?

Nil no contestó.

Se me erizó la piel debajo de la camiseta.

Su padre sonrió de lado, satisfecho de haber encontrado una cuerda.

—Ah. Por ahí va la cosa.

—Por ningún sitio que te importe.

—Me importa mi hijo.

Nil se rio sin una pizca de gracia.

—Te importa entrar por donde ya hay público.

Su padre cogió la cerveza y bebió. Después señaló Lola y Sal con la lata.

—Yo te conseguí tus primeros bolos.

—Me llevabas para que cargara.

—Aprendiste.

—También aprendí a no dejar una mesa sin recoger.

Aquello llevaba años entre los dos y seguía cortando.

Su padre bajó la cerveza.

—No hace falta ponerse cruel.

—No hace falta poner mi nombre en tus stories.

Ahí entraba yo. También el vídeo, las stories y toda la gente que convertía una imagen en una puerta.

Me moví.

La botella volvió a chocar dentro del contenedor.

Esta vez Nil giró la cabeza.

Me vio.

Primero miró mi cara. Después la pinza en mi mano. Después el contenedor, comprobando que yo había elegido de verdad aquel escondite.

—Jana.

Su padre se volvió.

Ya estaba descubierta. Salí de detrás del vidrio y me sacudí una hoja seca de la falda.

—Antes de que preguntéis, sí. Este es mi mejor ángulo.

Nil cerró los ojos un segundo.

—¿Qué haces aquí?

—Fundando un almacén.

—Estabas escuchando.

—Estabais hablando al lado de un contenedor. No es exactamente una cámara acorazada.

El padre de Nil me repasó con curiosidad. No deseo. Peor: reconocimiento. Me miraba como a una cara repetida.

—La chica del rojo.

—Jana —dijo Nil.

No levantó la voz. No hizo falta.

Su padre alzó una mano.

—Jana, claro. La del vídeo.

—Jana —repitió Nil.

—Ya lo he entendido.

El hombre me miró otra vez.

—Buen golpe de publicidad.

—La publicidad que no pido me sale cara.

—Solo era un vídeo.

—Y solo era mi cara.

Nil se movió.

No se puso delante de mí. Se colocó a mi lado.

Lo agradecí y me enfadó agradecérselo.

—No uses su imagen para hablar de mi trabajo —dijo Nil.

Su padre levantó las cejas.

—Qué serios os habéis puesto.

—Somos encantadores cuando nos pagan —dije.

El hombre soltó una carcajada.

Nil no.

—Entonces te ha salido natural.

El hombre soltó una carcajada. Nil no.

—Tiene carácter —repitió su padre—. Ahora entiendo.

—No tienes que entender nada —dijo Nil.

Su padre lo miró.

—Solo intento ayudarte.

Oír a su padre decir ayudar me apretó el pecho, aunque la voz fuera la equivocada.

Nil se quedó duro a mi lado.

—No uses eso conmigo.

—¿El qué?

—Ayudar.

Nadie respondió. La misma trampa se quedó allí, entre los tres y el polvo.

Yo conocía esa trampa. Cambiaba el perfume, la ropa y el parentesco. La cuenta era la misma.

Su padre abrió la funda de la guitarra.

—He traído la vieja. Pensé que te haría ilusión.

Nil miró el instrumento sin acercarse. La guitarra tenía golpes en el borde y una pegatina medio arrancada cerca del puente. En el bolsillo de Nil, o en el mío, o en ninguno porque ya había perdido la cuenta, existía una púa negra que pertenecía a esa historia.

—La guardas desde los diecisiete —dije.

Nil se volvió hacia mí.

Mal momento para demostrar que escuchaba.

Su padre sonrió.

—¿Ves? A ella sí se lo cuentas.

—No te da permiso —dije.

La sonrisa desapareció un poco.

Nil cogió la funda, pero no la guitarra. La cerró y la metió detrás del asiento de la furgoneta.

—El sábado entras como cliente —dijo—. No usas mi equipo. No coges un micro. No anuncias nada con mi nombre.

—Remei ya me ha dado mesa.

—Remei te ha aceptado una reserva. No es lo mismo.

Su padre bebió otra vez.

—Qué frío te has vuelto.

Nil miró la lata y luego su cara.

—Me cansé de esperar con calor.

La réplica sonó ensayada; se arrepintió al oírla. Se rascó el pulgar con la uña.

Su padre aprovechó el hueco.

Su padre miró hacia Lola y Sal y después a la guitarra guardada.

—El sábado a las nueve, entonces.

—Como cliente —dijo Nil.

—Ya te he oído.

—Quiero asegurarme.

—Te has vuelto muy de normas.

—Contigo funcionan mejor por escrito.

Su padre bebió el último trago.

—No prometo que me guste.

—No hace falta.

—Las ideas también pueden quedarse en casa —dijo Nil.

El hombre cerró la puerta de su furgoneta con más fuerza de la necesaria.

—El sábado a las nueve.

—Como cliente —repitió Nil.

—Como tu padre.

Nil no respondió.

Su padre se subió, arrancó y salió levantando otra nube de polvo. Esperé a que desapareciera por la carretera antes de mirar a Nil.

Tenía la mano cerrada dentro del bolsillo.

—¿Está ahí? —pregunté.

—¿Qué?

—La púa.

La sacó.

Negra, gastada, con la N torcida.

—La he cogido del vaso.

—Ladrones por todas partes.

—Era mía.

—Ese argumento se te está quedando antiguo.

Me la ofreció. No la cogí.

—Has oído demasiado —dijo.

—Tú también.

—No es una competición.

—Qué pena. Iba ganando.

Nil bajó la mano.

—No quería que te nombrara.

—Ya me nombra media costa.

—No es lo mismo.

—No.

Lo dije sin chiste. Me molestó más que todo lo anterior.

Nil miró hacia la puerta lateral de Lola y Sal.

—Vuelve dentro.

—No me mandes.

—Te están cubriendo el turno.

—Eso sí es una razón.

Di dos pasos. Él siguió quieto.

—Nil.

Levantó la vista.

—No te he seguido por pena.

—Eso lo has sacado tú.

—Lo estabas pensando con toda la cara.

La boca le tiró apenas hacia un lado.

—Me has seguido porque no sabes dejar una puerta cerrada.

—Y tú porque no sabes echar el pestillo.

Me acerqué y le quité la púa de los dedos.

Al quitársela, le arañé el pulgar con la uña y casi se me cayó.

Me la guardé en el bolsillo.

—El sábado no voy a sentarme con nadie —dije—. Trabajo.

—Tu madre ha reservado.

—Mi madre reserva hasta mi respiración. No significa que se la vaya a dar.

Nil me miró la boca. Tarde. Lo suficiente.

—Jana.

—No.

—No he dicho nada.

—Tu silencio lleva subtítulos.

Esta vez sí se le escapó media risa.

Volví a Lola y Sal.

Vega levantó la vista por encima de la libreta.

—¿Lo has encontrado?

Me até el delantal otra vez.

—No.

Nil seguía en el aparcamiento, a menos de veinte metros.

Cogí el TPV y fui a cobrar la mesa siete.