CAPÍTULO 19 · JANA
Busqué la pinza plateada antes de mirar el espejo.
No estaba.
La había dejado en el bolsillo de Nil y mi moño lo sabía: una goma mordida, dos horquillas torcidas y una parte de mí pendiente de un objeto que, técnicamente, ya no llevaba.
—Vas rara —dijo Ona desde la mesa de las cinco.
—Voy peinada.
—No es lo mismo.
Lola y Sal llevaba una mañana pegajosa. Los toldos golpeaban los hierros, la cafetera perdía vapor y la nevera pequeña había abierto un charco junto al cubo de hielo.
La mesa tres levantó un móvil.
—¿Tú eres la chica del rojo? Mi cuñada ha visto el vídeo. Dice que el sábado también actúas.
—Solo si dejan propina por humillación pública.
La mujer se rio y giró la pantalla hacia su marido. La story ya no estaba, pero había entrado en Lola y Sal antes que Nil.
Mi móvil vibró sobre la barra. MAMÁ.
Lo giré boca abajo y seguí cobrando.
Volvió a vibrar con un audio.
—No lo pongas —dijo Ona.
—No iba a ponerlo.
Mentí. Me aparté hacia la nevera y pulsé reproducir con el teléfono pegado a la oreja. Tenía la mano húmeda; el móvil resbaló contra mi mejilla y la voz de mi madre se abrió por la barra antes de que pudiera bajar el volumen.
—Jana, cariño, he visto lo del hostal. No te metas en líos de hombres que hacen música. Ya sabes cómo acaban esas cosas. Tú te ríes mucho, pero luego...
Lo atrapé antes de que cayera.
La voz siguió, más baja, no lo suficiente.
—...no necesitas hacer de payasa para que alguien se quede mirando. Y si ese chico te tiene lástima por lo de...
Corté el audio.
Tarde para fingir.
«Pena» quedó sobre la barra sin necesitar hielo.
Me limpié la mano en el delantal, aunque no tenía nada. La nevera soltó otra gota sobre mi sandalia y el frío me subió por el tobillo. Mejor eso que la voz de mi madre todavía metida en la oreja.
Ona dio medio paso hacia mí. Levanté un dedo sin mirarla.
—Ni cariño ni análisis.
—Solo iba a darte una servilleta.
—Peor.
La cogí igual. Sequé la pantalla con tanta fuerza que el papel se abrió por la mitad. Tiré los dos trozos al cubo. Ahí sí acerté a la primera. Cuando levanté la cabeza, ya tenía puesta la sonrisa de trabajo. El cuello, en cambio, seguía ardiendo.
—Ni una palabra —dije.
Nadie dijo nada, que fue todavía peor.
La puerta lateral se abrió. Nil entró con el soporte pequeño y mi pinza plateada sujetando el cable.
—Eso es mío —dije.
Nil miró el cable.
—Funciona bien.
—No te he dado permiso para contratar a mi pinza.
—No cobra.
—Entonces estás explotando material femenino.
—La devuelvo cuando termine.
—La devuelves ahora.
Levantó la vista.
Tenía los ojos claros bajo la luz sucia del mediodía y la barba mal resuelta. Parecía haber dormido poco. Me fijé en todo antes de poder evitarlo.
—¿Está vivo? —preguntó, mirando mi móvil mojado.
—Por desgracia.
—¿Quieres arroz?
—Quiero que no hagas preguntas domésticas.
—El arroz no es doméstico. Es emergencia tecnológica.
—Qué triste debe de ser saber cosas útiles todo el rato.
Miró mi mano húmeda, el móvil y mi cara.
—¿Era tu madre? —preguntó.
La barra se me quedó pequeña.
—No.
—Jana.
—Era el horóscopo. Me ha dicho que evite hombres con cables.
Nil mantuvo la boca seria.
—He oído que no sabes irte.
—Qué bien —dije—. Un técnico de sonido con funciones de humillación incorporadas.
—No iba por ahí.
—Tu intención lleva semanas llegando tarde y dejando el coche mal aparcado.
Nil se quedó al otro lado de la barra. No entró detrás. No hizo el gesto de cogerme la mano. No me ofreció una servilleta. Había aprendido, el muy desgraciado.
También eso me dio rabia.
—Devuélveme la pinza —dije.
—Está sujetando el cable.
—El cable puede vivir su verdad suelto.
—Si lo suelto, se cae el soporte.
—Qué pena.
El «pena» salió con intención. Nil cerró la boca y yo supe, antes de que contestara, que había acertado.
—No me pegues con eso solo porque te ha llamado ella —dijo.
Vega dejó caer un boli en la mesa de las cinco.
Se oyó desde la barra.
Nil y yo no miramos.
—No sabes nada de ella —dije.
—No pretendo saberlo.
—Ni de mí.
—Sé que ahora quieres que parezca que te doy asco para no parecer tocada.
La taza que tenía en la mano se me resbaló. No cayó.
La agarré por el asa en el último segundo.
El café se derramó sobre mis dedos. Caliente.
Me vino bien.
—Vete —dije.
Nil se fijó en el café que yo llevaba.
Esperó un segundo. Después cogió el soporte sin insistir.
Cogió el soporte.
Siguió sujeta al cable, traidora y brillante.
Aquello me enfadó más que si se hubiera quedado.
—La pinza —dije.
—Ahora no.
—Es mía.
—Lo sé.
—Entonces.
—Si la quieres, ven a por ella sin público.
Lo odié por ofrecerme una salida hecha a mi medida.
Lo seguí hasta la ducha exterior. Nil apoyó el soporte contra la pared.
Seguía en el cable.
Alargué la mano.
Él la cubrió con la suya antes de que tocara metal.
—Está fría —dijo.
—Mi mano o tu paciencia.
—Tu mano.
—El hielo hace eso. Puedes apuntarlo en un manual.
—No te voy a tocar si no quieres.
Busqué una respuesta vulgar y no encontré ninguna. Acabé mirando su boca.
Nil siguió mi mirada.
—Jana.
—No me hables así.
—Tú acabas de decirme que me vaya.
—Y tú tienes mi pinza secuestrada. Esto es una negociación.
—Esto es que estás enfadada con ella y me has traído aquí para no quedarte allí.
Se la arranqué del cable.
El soporte se venció hacia un lado.
Nil lo sujetó con la rodilla y soltó un taco.
—Mira qué bien nos comunicamos —dije.
Quedó entre mis dedos.
Pequeña. Plateada. Caliente por su camiseta, por su cable, por su bolsillo de anoche.
La pinza estaba caliente por su bolsillo. Me importó tanto que casi la tiré a la arena.
Nil seguía mirándome sin pena. Con cuidado. Eso era más difícil de atacar.
Me acerqué.
Di un paso. El soporte quedó entre los dos.
—No soy una avería familiar —dije.
—Lo sé.
—Ni un audio mojado.
—También.
—Ni una frase de mi madre.
—Jana.
—Y si quieres hacer de hombre decente, hazlo con otra. Yo tengo alergia.
Nil soltó el soporte, despacio.
—No quiero hacer de decente.
—Pues disimula fatal.
—Quiero tocarte y no sentir que estoy tapando lo que ella acaba de abrir.
Me dio justo debajo del esternón. Correcto, sí. Y por eso mismo, insoportable.
—Qué fino te has puesto desde el cuarto de sábanas —dije.
—No lo uses así.
—¿Así cómo?
—Para castigarme por haber estado allí.
Intenté reírme y sonó fatal.
—No te des tanto mérito. Yo ya venía castigada de casa.
Nil dio un paso hacia mí.
Esta vez sí.
El cable se tensó entre su pierna y la mía. La pinza me pinchó la palma. Mi móvil mojado vibró en el bolsillo del delantal, goteando contra mi muslo.
—Dime que me vaya y me voy —dijo.
—Ya lo he dicho.
—No así.
Lo peor de Nil era que sabía escuchar la parte que yo intentaba ensuciar.
—Vete —repetí.
Bajito.
Sin veneno suficiente.
Él asintió.
Cogió el soporte. Y se fue.
Me dejó con el metal en la mano, la piel fría, la boca inútil y el orgullo haciendo inventario de daños.
Dentro, el TPV pitó.
Mi móvil volvió a vibrar.
MAMÁ: He reservado mesa el sábado en Mar de Fora. Si vas a trabajar delante de todo el mundo, al menos que te vea bien peinada.
Leí el mensaje dos veces.
Abrí el chat.
JANA: Yo trabajo. Tú haz lo que quieras.
Lo envié antes de poder suavizarlo.
Guardé el móvil y volví a la barra.