CAPÍTULO 18 · NIL
La brida de plástico se partió entre mis dedos en cuanto vi el nombre de Jana debajo del mío.
No hizo un ruido grande. Crack, apenas. Una mierda de sonido para toda la mala leche que me subió por el brazo. La mitad de la brida cayó dentro de la caja de cables. La otra se quedó clavada en mi pulgar.
—Te estás pinchando —dijo Jana.
No miré la mano.
—Estoy ocupado.
—Sangrar también ocupa.
—No sigas por ahí.
—Qué frase más tuya para un hombre con una brida homicida.
Mi padre seguía en la puerta de recepción, con el móvil levantado y esa sonrisa de haber vendido una historia antes de comprobar si alguien quería comprarla.
Remei le quitó el móvil de la mano para mirar la pantalla más de cerca.
—Yo no he autorizado este texto —dijo.
—Es promoción —contestó él.
—Es una demanda con música.
—Remei, mujer.
—No me mujerices, que te cobro el doble.
Jana se rio por lo bajo.
La miré sin querer.
Tenía el maletín colgado del hombro, una pinza plateada torcida sobre la oreja y el rojo recién puesto. El pintalabios no tapaba el cansancio. Eso me aflojó la rabia un instante.
Luego mi padre habló.
—No pongáis esa cara. La gente vendrá. A ti te conviene, Jana. A ti también, Nil. Trabajo es trabajo, ¿no?
Ahí estaba otra vez: trabajo. Yo había usado esa palabra para poner una pared. En boca de mi padre, era una llave.
—Borra la historia —dije.
—Ya la ha visto gente.
—Bórrala.
—Hijo...
—No me llames así para conseguir escenario.
Mi padre bajó el móvil.
—Tienes un talento especial para hacerme quedar mal delante de todo el mundo.
Solté aire por la nariz y le contesté sin adornos.
—No necesitas ayuda.
Por fin dejó de sonreír.
Se le cerró un músculo junto a la mejilla. Las frases rectas siempre le costaban más de esquivar.
Jana me agarró la mano herida.
—Prats.
—Borràs.
—Hay gente.
—La gente ya ha visto tu padre, mi micro, mi boca y un cartel falso de sábado. Tu pulgar no va a escandalizar a nadie.
Me arrancó la brida y limpió la línea roja con una toallita.
Mi padre miró nuestras manos; Jana lo notó y no soltó.
—Esto no es cuidar —dijo sin mirarme—. Esto es evitar que manches cables y luego digas que el equipo tiene carácter.
—Muy técnico.
—Estoy aprendiendo vocabulario triste.
Me tapó el corte con una tirita pequeña. Tenía dibujos de cerezas.
Busqué su cara.
—¿En serio?
—Eran estas o unas con unicornios.
—No tienes criterio.
—Tengo stock.
Mi padre se rio.
Jana giró la cabeza.
—No iba para usted.
La risa murió.
Yo me quedé mirando la tirita. Cerezas. Rojo ridículo en el pulgar. El plástico negro en el bolsillo. Sus pinzas plateadas en el pelo. El sábado colgado en una story que ya estaría saltando de móvil en móvil por medio pueblo.
—Borra la historia —repetí.
Mi padre guardó el móvil en el bolsillo de la camisa.
—Luego.
—Ahora.
—Mira, Nil, si no quieres tocar conmigo, no toques. Pero tampoco hagas de esto un funeral. Yo he hablado con Remei, le he dicho que puedo cubrir el sábado, y si tú quieres poner los cables, bien. Si no, ya me apaño.
—Con mi nombre no.
—Tu nombre también es mío.
No pensé.
Crucé el patio en dos pasos y le arranqué el móvil del bolsillo.
Fue rápido y torpe: mi mano en su bolsillo y la muñeca de un hombre de treinta y tres años atrapada como cuando tenía quince.
Mi padre agarró mi muñeca.
—Eh.
Jana se movió.
Remei también.
—No —dije.
A Jana. A Remei.
A los dos. A mí, tarde.
Mi padre me soltó despacio. Había perdido la sonrisa del todo.
—Dámelo.
Abrí la pantalla.
El móvil no tenía contraseña. Mi padre nunca cerraba nada; siempre daba por hecho que otro asumiría las consecuencias. Borré la story.
Luego borré el borrador que tenía preparado con una foto mía agachado sobre la mesa de sonido y Jana al fondo, de perfil, con el metal brillándole en el pelo.
Se me enfrió el estómago.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Limpiar.
—Estás como loco.
—No. Estoy cansado.
Le devolví el móvil mientras el patio entero miraba.
—Tanto ruido por una chica —dijo.
—No es por ella.
—Es por mí —seguí—. Por mi nombre. Por mi trabajo. Por mi guitarra. Por cada vez que entras diciendo hijo para coger algo y marcharte antes de recogerlo.
Mi padre abrió la boca.
—No te pongas...
—No.
No añadí nada. Mi negativa no arreglaba el desastre, pero al menos cortaba el cable que él había enchufado.
Remei carraspeó.
—Muy bien. Ahora que ya hemos quemado la mitad del mantel emocional, necesito saber quién me cubre el sábado.
A Jana se le escapó una risa cansada.
A mí me pasó lo mismo.
—Yo no —dijo mi padre.
Todos lo miramos.
Se encogió de hombros.
—Si aquí no se puede ni respirar.
Remei sonrió con una dulzura falsa que habría asustado a un santo.
—Qué maravilla. Una boca menos que alimentar.
Mi padre me miró.
Desde que había llegado al hostal, nunca lo había visto tan poco dueño de la entrada.
—Ya hablaremos.
—No hoy.
—No puedes apagar todo lo que no te gusta, Nil.
—No. Pero puedo apagar mis micros.
Quimet habría aplaudido si hubiera estado allí.
Jana casi lo hizo. Se le movió la mano, la muy traidora, pero la metió en el bolsillo del vestido antes de quedar oficialmente de mi lado delante de todos.
Mi padre se fue por el pasillo de recepción, con la guitarra al hombro y el móvil en la mano. No dio portazo. La puerta se cerró sola detrás.
Cuando desapareció, el patio volvió a respirar con culpa.
Las conversaciones regresaron a trozos. Una risa en una mesa. Un cubierto. El ventilador del techo moviendo aire inútil. Remei apuntando algo en su carpeta con tanta fuerza que quizá escribió también sobre la página siguiente.
Jana se agachó a recoger la mitad rota de la brida.
—Esa te la guardo para tu museo de decisiones.
—No necesito museo.
—Tienes colección.
Remei cerró la carpeta de golpe.
—Y yo tengo un sábado vendido con dos nombres que no he autorizado y cuatro mesas nuevas preguntando por una función que no existe.
Mi padre ya se había ido, pero dejó el ruido detrás.
—La story está borrada —dije.
—La story sí. Las capturas no.
Remei arrancó una hoja de la carpeta y la dejó sobre la mesa de sonido.
—Así que lo arreglamos de la única forma que entiendo: por separado y cobrando.
Señaló dos líneas.
NIL BORRÀS VIDAL · SONIDO.
JANA PRATS SOLÉ · RETOQUES.
Debajo no estaba el nombre de mi padre.
Respiré mejor. Poco. Lo suficiente.
—Tú facturas tu equipo —me dijo—. Tu padre cena si paga. No canta, no presenta y no se acerca a los micros.
—Bien.
—No te emociones. También te voy a cobrar la copa que casi rompe.
Jana levantó una ceja.
—Esa fue la familia artística.
—La familia artística paga doble.
Remei se alejó hacia recepción, dejándonos con la hoja, la caja de cables y el patio fingiendo que no escuchaba.
Jana guardó la brida rota en el maletín.
—Lo de antes —dije.
—No aquí.
—Solo una cosa.
No apartó los ojos de mí, con la pinza plateada en la mano.
—Una.
—No he usado lo del cuarto para ponerme delante de él.
Jana apretó los dedos. Luego los soltó.
—No.
—¿No qué?
—No me has usado.
Lo dije bajo, con la voz raspada.
No pedí otra.
Ella se acercó y me metió la pinza en el bolsillo de la camiseta, cerca del pecho.
—Custodia provisional —dijo.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que aprendas a no dejar que tu padre facture con tu nombre.
—Eso puede llevar años.
—Entonces cuídala.
Remei gritó desde recepción:
—¡Sábado, ocho! ¡Y cada uno en su trabajo!
Jana se apartó.
—Yo voy a facturar.
—Yo también.
—Qué romántico —dijo.
—No tenemos relación.
Sus ojos bajaron a mi boca.
—Eso dices.
No nos besamos.
Con el patio pendiente y el metal caliente contra mi pecho, no hacerlo fue bastante peor.
Me agaché para cerrar la caja de cables. Tenía que terminar la lista y revisar el sonido para la cena. Trabajo. Entradas, salidas, corriente. Cosas que podía comprobar.
Jana volvió arriba durante media hora. La oí desde el patio.
—No lloréis en estéreo, por favor.
—Ese brillo no es emoción, es grasa.
—Si tu tía opina otra vez, le hago un recogido con la servilleta.
Las invitadas se reían.
Me sorprendí riéndome solo mientras enrollaba un cable. Paré al notarlo.
A las ocho y media puse la música. Suave. Sin dedos tristes. Sin guitarra. Solo una lista que acompañaba sin reclamar nada. El patio comió, bebió y decidió fingir que aquella tarde no había visto a un hombre borrar a su padre de una historia de Instagram.
Antes de que terminara, el vídeo ya había llegado a más teléfonos.
Cuando terminé, la caja de cables pesaba el doble. O yo estaba más cansado. Remei me pagó en efectivo dentro de un sobre y me apuntó en una libreta para el sábado antes de que pudiera protestar.
—Y no me vengas con que no —dijo.
—No he hablado.
—Te he visto pensarlo.
Jana apareció en recepción con el maletín a un lado y dos manchas de maquillaje en el antebrazo. Tenía el pelo medio suelto, la boca roja gastada y la pinza plateada ausente de la cabeza.
Porque estaba en mi bolsillo.
El móvil me vibró.
El móvil vibró y miré la pantalla preparado para ver a mi padre. Era Jana.
La respuesta venía de Jana.
Jana: Te estoy viendo mirar el bolsillo como un viudo de pinza.
Nil: Me la has puesto tú.
Jana: La recupero el sábado. No voy por ti. Voy a facturar.
La risa me salió seca. Me dejó peor.
Remei nos miró a los dos.
—No sé qué estáis haciendo —dijo—, pero hacedlo lejos de mis sábanas.
Jana guardó el móvil y recogió el maletín.
—No se acostumbre, Remei.
Debería haberme hecho gracia sin más.
Pero Jana pasó junto a mí camino de la puerta, rozó mi bolsillo con dos dedos, donde estaba su pinza, y bajó la voz lo bastante para que solo yo la oyera.
—Tú tampoco.
No la seguí. Me quedé donde estaba.
Esperé a que saliera, que su coche viejo arrancara con dos toses y que la noche se la llevara hacia Marblava con el maletero mal cerrado.
Saqué la pinza del bolsillo.
Di dos pasos hacia recepción para dejarla sobre el mostrador.
Me paré.
Volví a guardármela.