No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 17 · JANA
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CAPÍTULO 17 · JANA

Nil arrancó el cable del micro antes de que su padre llegara al segundo verso.

No lo desenchufó con delicadeza ni levantó el brazo para fabricar una escena. Metió la mano detrás del altavoz, tiró del Jack y la voz de su padre se cortó con un golpe eléctrico. En el patio quedaron platos quietos, abanicos parados y una aceituna a medio camino de una boca.

Ya no quedaba nada discreto que salvar.

—Ponlo en habitación seis. Allí ya hay una mujer llorando por un párpado, no notará otra tragedia.

Nil estaba junto a la mesa de sonido con el cable en una mano y la otra cerrada. Tenía los hombros altos, el cuello duro y los pies clavados. Me entraron ganas de abrirle los dedos.

No lo hice.

Si esto contaba, no iba a usarlo contra él.

Tampoco iba a convertirlo en rescate público con el pelo mal puesto.

Su padre se quedó con el micro en la mano. La guitarra descansaba sobre su pierna, cómoda, ajena al desastre. El hombre miró el cable, luego a Nil, luego al patio entero. Sonrió.

Cómo no.

—Vaya —dijo—. El técnico ha opinado.

—No toques mi equipo —contestó Nil.

Casi en un susurro.

Pero el patio lo oyó.

La novia de arriba eligió ese momento para asomarse al balcón con media cara hecha y media cara en construcción.

—¿Se ha ido la música?

—Se ha ido la tontería un momento —contesté.

Remei me dio un golpe con la carpeta en la cadera.

—Profesionalidad.

—La llevo en el maletín, ahora la busco.

Al padre de Nil se le escapó una risa pequeña, de esas que no nacen de la gracia sino de saber que la gente mira. Se levantó del taburete y dejó la guitarra apoyada en la silla. La guitarra no pertenecía a Nil. Menos mal. Yo no sabía si Nil habría roto el patio o a sí mismo si lo hubiera sido.

—Solo estaba calentando el ambiente —dijo.

—El ambiente ya suda solo —dije.

Nil giró la cabeza hacia mí.

No hagas eso.

La orden muda ya venía gastada de tantas veces.

Le enseñé los dientes.

Hago lo que puedo.

No pareció agradecerlo.

De maravilla. Yo tampoco estaba agradecida de tener todavía el muslo caliente por sus manos y a su padre usando un micro a tres metros.

—Estoy contratado para sonido —dijo Nil—. No para tocar contigo.

Su padre ladeó la cabeza.

—Antes no te daba tanta vergüenza.

En el patio dejaron de chocar copas. Aquello había rozado un borde conocido y nadie quiso mirarlo de frente.

Nil dejó el cable sobre la mesa, alineado con el borde.

—No es vergüenza.

—¿Entonces qué?

—Trabajo.

—Qué palabra más triste os ha dado por usar.

Remei abrió la carpeta.

—A mí me gusta. Suele venir con factura.

—Remei, mujer, tú siempre tan fina.

—Y tú siempre tan cerca de no cobrar.

Yo casi aplaudí. Me contuve porque me tiraba el pelo y porque Nil no se había movido ni un milímetro.

El padre volvió a coger el micro. Sin cable ya no servía de mucho. Aun así, lo levantó con importancia de brindis.

—El sábado hay bolo en Marblava —dijo, mirando a las mesas antes que a Nil—. Hostal lleno, gente maja, canciones de las que se saben. Sería bonito que el chico y yo...

—No —cortó Nil.

Una invitada hizo una mueca. Otra bajó la vista al plato. Alguien se abanicó más rápido.

El padre sonrió menos.

—Ni siquiera he terminado.

—Yo sí.

El plástico crujió en su puño.

No tenía que oírla. La imaginé. Ese plástico pequeño soportando una presión que no era suya, otra vez.

Di un solo paso y Remei me agarró del codo.

—Tú tienes una invitada secándose por partes —dijo.

—Que se hidrate con esperanza.

—Jana.

Tenía razón. Qué manía tenía la gente con acertar en momentos horribles.

La novia del balcón volvió a llamar:

—¡Jana, mi madre dice que estoy desigual!

—¡Tu madre también está desigual y nadie la corrige! —grité.

Remei se apretó el puente de la nariz.

Abajo, una mesa se rio. El padre de Nil también. Nil no.

Nil miró el suelo entre sus zapatillas y la silla de la guitarra. Cuando levantó la vista, me encontró con el pelo mal sujeto y el rojo corrido en el pulgar. El cuarto de sábanas volvió entero, sin pedir permiso.

—Sube —dijo Remei, más baja.

—No mandas aquí.

—Te pago.

—Eso cambia la arquitectura moral de la frase.

Subí dos escalones hacia la habitación seis. En el tercero me giré.

Nil seguía junto al equipo. Su padre hablaba con una mesa, recuperando terreno, contando algo sobre un verano antiguo en Port Saurí y una canción que hacía bailar hasta a las sillas.

La gente se relajaba. La gente quería relajarse.

Era más fácil dejarse caer en el encanto de un hombre con guitarra que mirar a su hijo con las manos llenas de cable.

Eso me dio una rabia útil, de las mías.

—Remei, ¿el micro inalámbrico pequeño funciona?

Remei señaló un cajón detrás del mostrador sin dejar de mirarme.

Bajé, lo encendí y Nil se giró al primer pitido.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Mi trabajo. Tú haz el tuyo o finge con dignidad.

—Jana.

—No te estoy rescatando. Estoy facturando.

Me subí a un escalón del patio, no al escenario, porque el escenario era una alfombra vieja junto a dos macetas y bastante tenía yo con mis decisiones.

—Buenas tardes —dije al micro.

El pitido se repitió. Nil alargó la mano y ajustó algo en la mesa sin mirarme.

El sonido quedó limpio.

Cabronazo útil.

—Buenas tardes. Retoques, habitación seis. Música, a las ocho y media. Y quien quiera terapia familiar con guitarra, que se busque otro hostal.

El patio se rio. No todo. Bastante.

Remei se tapó la boca con la carpeta.

Nil me miró con ganas de besarme y tirarme por la escalera en el mismo minuto.

Su padre no se rio.

Yo tampoco.

Me bajé del escalón y dejé el micro pequeño sobre la barra de recepción. La novia del balcón aplaudió con media cara brillante.

—¡Jana, sube!

—¡Voy! ¡No parpadees raro!

Pasé junto a Nil.

No lo toqué.

Eso fue una hazaña pequeña y bastante inútil, porque al pasar noté su calor, la tensión de su brazo, el olor a cable caliente y a mi pintalabios todavía en alguna parte de su cuello. El cuarto de sábanas me subió por la espalda de una forma indecente para un lugar con invitados y manteles.

—No lo uses contra mí —murmuró él.

Me detuve.

No supe si hablaba del micro, de la broma, de su padre, del cuarto, de todo.

—No lo he hecho —dije.

—Lo sé.

—Entonces no me lo pongas fácil.

Quise seguir.

Me agarró dos dedos. Dos.

Ni la mano entera. Solo dos dedos, por debajo del borde de la carpeta de Remei que pasaba cerca, una estupidez mínima concedida por el mundo en plena faena.

—Gracias —dijo.

Me enfadé.

Me subió el enfado a la garganta.

—No me des las gracias después de meterme la lengua en un cuarto de sábanas. Desordena los departamentos.

Nil bajó la cabeza.

Se estaba riendo. Maldito.

Me solté.

—Y límpiate el rojo —añadí—. Pareces una prueba pericial.

Subí.

Mi móvil vibró sobre el tocador. MAMÁ.

No lo cogí. Vibró otra vez.

Mensaje.

MAMÁ: Remei me ha dicho que has hecho un numerito con un micrófono. No hace falta que te pongas en medio de hombres que no saben quedarse.

Borré el mensaje y me repasé el pintalabios hasta salirme un poco del borde.

Cuando terminé, bajé. Nil ajustaba un cable; su padre había desaparecido de la silla y estaba en recepción con Remei.

Remei apareció desde dentro con la carpeta abierta y cara de querer morder su propio abanico.

—Jana, Nil —dijo.

No me gustó el orden.

Nada que empezara con nuestros dos nombres últimamente acababa sin daños.

—El sábado tengo el patio completo —continuó—. Música, cena y diez señoras preguntando si habrá recogidos rápidos porque han visto tus fotos. Tu padre ha dicho que podía encargarse de la música.

A Nil se le endureció la cara.

—No.

—Yo no he dicho que vaya a contratarlo a él —replicó Remei—. He dicho que el problema ya está vendido.

Me miró.

Luego miró a Nil.

—Necesito un técnico que no me deje el patio como hoy. Y necesito maquillaje. Los dos.

—Yo trabajo —dije.

Nil abrió la boca.

—No tienes que...

—No acabes esa frase si quieres conservar una rodilla.

Remei pasó una hoja de la carpeta.

—Sábado, ocho. Hostal Mar de Fora. Jana arriba, Nil abajo. Cada uno en su sitio.

El padre de Nil apareció por la puerta con el móvil en la mano.

—Qué bonito suena eso —dijo—. Cada uno en su sitio.

Nil giró despacio.

Yo apreté el asa del maletín.

El padre sonrió y levantó la pantalla.

Había subido una story.

Un vídeo de mí con el micro diciendo lo de la terapia familiar con guitarra.

Texto encima: LA CHICA DEL ROJO PONE ORDEN. SÁBADO, MAR DE FORA.

Abajo, etiquetado: Nil Borràs.

Y a mí.

Mi móvil empezó a vibrar dentro del maletín.

Nil clavó los dedos en el canto de la mesa de sonido. Yo me ocupé de no tocarlo.

El padre siguió sonriendo, con nuestros nombres pegados en su pantalla.

Cerré el maletín de un golpe y me lo colgué.

Para pasar hacia la escalera tuve que rozar el hombro de Nil. No me aparté.