CAPÍTULO 16 · NIL #2
Abrió mi mano con los dedos.
La púa seguía marcándome la palma. La dejó junto a las pinzas, negro y plata sobre una sábana doblada.
—Hoy no sangramos por objetos pequeños —dijo.
—Muy tarde.
—Cállate.
No me besó.
Primero me cogió la muñeca y llevó mi mano a su cintura, por encima del vestido. La sostuvo allí.
—Esto cuenta —dijo.
—Sí.
—Y mañana también.
Lo dijo con mala leche. La voz le tembló un poco al final.
—Sí —repetí.
—Bien.
Entonces me besó.
En el baño había habido prisa; allí, no.
No hubo prisa ni un lavabo clavándosele en las piernas. Jana me besó despacio durante tres segundos y al cuarto perdió la paciencia. Me mordió el labio, tiró de mi camiseta y me obligó a acercarme sin darme sitio para convertir aquello en algo limpio.
Le sujeté la cintura.
Esperé.
—No pongas esa calma ahora —murmuró.
—Me has pedido que no corra.
—No abuses de una frase sensata. Me salen pocas.
Volvió a besarme.
Su boca sabía a pintalabios y café frío. Tenía una mancha de base en la clavícula, una pinza mala todavía prendida en el pelo y la respiración peor colocada que antes.
Le pasé el pulgar por la marca de maquillaje.
Jana no se apartó.
—No me arregles —dijo.
—No sé hacerlo.
—Mejor.
Me metió las manos bajo la camiseta. Las tenía frías de brochas, metal y aire acondicionado. Yo no.
La canción de mi padre empezó otra vez debajo.
No una entera. Dos acordes y su voz probando el micro.
Jana notó cómo se me endurecía la espalda.
—Mírame —dijo.
Lo hice.
—No a él.
—Está debajo.
—Ya. Y yo estoy aquí.
Me besó la mandíbula.
El cuerpo me pidió que la empujara contra algo. La pared, el estante, cualquier superficie capaz de aguantar el mal juicio.
No lo hice.
Le puse una mano en la nuca y la otra en la cintura. La acerqué hasta que no quedó espacio útil entre los dos.
—Si me paso, me paras.
—Te morderé antes.
—Dímelo igual.
Jana soltó aire contra mi boca.
—Sí. Sigue.
El sí no llevaba broma.
La besé por el cuello. Ella me agarró de los hombros y dejó caer la cabeza hacia un lado, ofreciéndome justo lo que siempre fingía que nadie podía pedirle.
Le subí la falda despacio.
—Nil.
Paré.
—No era para que pararas.
—Es un nombre muy poco preciso.
—Pues aprende por contexto.
Su mano bajó hasta mi cinturón.
Se la sujeté antes de que lo abriera.
—Espera.
—Como digas «despacio», te muerdo.
—Tu padre está abajo.
—Mi madre también, aunque haya cogido el bolso.
—No quiero que esto sea por ellos.
Jana aflojó los dedos.
El cuarto olía a detergente, tela limpia y nosotros.
Debajo, mi padre dijo algo por el micro. No entendí las palabras. Reconocí el tono.
Jana apoyó la frente en mi hombro.
—Joder.
—Eso.
—Cinco segundos —dijo—. No hagas nada.
Le rodeé la espalda y dejé los brazos flojos. Ni ella ni yo necesitábamos que alguien fingiera saber arreglar aquello.
Nos quedamos de pie, respirando mal entre sábanas que olían a otra gente.
Duró poco.
Lo suficiente para que su mano dejara de temblar contra mi costado.
Luego levantó la cabeza y me mordió la mandíbula.
—Ya. Suelta.
—Qué pena.
Lo dije sin pensar.
El «pena» cayó entre nosotros con más ruido que la canción.
Jana se quedó inmóvil.
Yo también.
—Mierda —dije.
Ella empezó a reírse.
No de alegría. La risa le salió rota por la nariz y tuvo que taparse la boca con mi camiseta.
—La has dicho tú.
—Sí.
—A ti mismo.
—Sí.
—Eso cuenta doble.
—Probablemente.
Jana me miró un segundo más.
Después volvió a besarme, ya sin tanta rabia y con una decisión que me dio más miedo.
—Ahora no corras —murmuró.
—No pensaba.
—Mentiroso.
Me soltó el cinturón y se subió la falda con una mano.
No hubo desafío para el espejo ni una puerta vigilándonos. Solo ella, delante de mí, el pintalabios corrido y una elección que ninguno podía achacar al ruido de fuera.
Me arrodillé sobre el suelo frío.
Jana abrió las piernas lo justo y me puso una mano en el pelo.
—¿Seguro? —pregunté.
—Sí.
—Jana.
—Sí, Nil. Y deja de hacerme gastar palabras.
Le aparté la tela de las bragas.
Su cuerpo respondió antes que su boca.
La toqué con los dedos primero. Me corrigió la muñeca sin delicadeza.
—Ahí.
—Mandona.
—Aprende.
Aprendí.
Cuando la toqué con la boca, Jana dejó de hablar.
Se agarró al borde del estante. No cayó nada. Ni una toalla, ni una funda, ni la poca dignidad que aún intentábamos conservar. Solo crujió la madera bajo sus dedos.
Me guio con la mano en el pelo, sin prisa al principio.
Después sí.
—No pares.
No paré.
Se corrió con la rodilla apretada contra mi hombro y los dientes clavados en el dorso de la mano. El sonido se le quedó dentro, feo y breve.
Cuando levanté la cabeza, seguía mirándome.
—No pongas cara de músico que ha clavado una nota —dijo.
—Estoy de rodillas en un cuarto de ropa.
—Eso mejora poco tu argumento.
Me hizo subir tirando de la camiseta.
Se besó a sí misma en mi boca y tardó medio segundo en reaccionar.
No se apartó.
Me empujó hasta que acabé sentado en el suelo, con la espalda contra el estante y una rodilla protestando.
—Muy elegante —dije.
—No te he contratado por eso.
Se agachó entre mis piernas y abrió mi cinturón.
Dije su nombre.
—Jana.
—Calla.
—No tienes que...
Me tapó la boca con la mano libre.
—Ya lo sé.
—Como acabes esa frase, bajo así a saludar a tu padre.
Su mano cerró el argumento.
Tuve que apoyar la cabeza contra la madera para no hacer ruido. Jana se rio muy bajo al notar lo poco digno que quedaba un hombre intentando correrse en silencio sentado entre detergente y sábanas de matrimonio.
—Ni una palabra —dije.
—Tengo seis.
—Jana.
—Luego.
Me corrí en su mano.
Ella no apartó los ojos.
Yo tampoco pude.
Acabamos sentados en el suelo, rodilla contra rodilla, robándole aire al cuarto.
Su vestido estaba arrugado. Mi cinturón, abierto. Tenía rojo en los dedos y una marca de mis dientes junto a la mandíbula.
Arriba seguía esperando una boda.
Abajo seguían esperándonos los padres.
Allí dentro ya no podíamos decir que aquello había sido solo rabia.
Jana apoyó la frente contra la mía.
—Cuenta —murmuró.
Aquello me dejó más desnudo que el cinturón abierto.
—Sí.
No intenté darle otro nombre.
Ella tampoco.
Un golpe en la puerta nos devolvió el hostal entero.
—¿Jana? —llamó Remei—. La invitada del párpado dice que se está secando por un lado y llorando por el otro.
Jana dejó caer la cabeza hacia atrás.
—La vida de una artista.
—¿Nil? —añadió Remei—. Tu padre pregunta si vas a confirmar lo del sábado o si va a dedicar otra canción.
Me levanté y me abroché el pantalón.
Jana se limpió los dedos con una toalla pequeña y la dejó dentro de la cesta de ropa usada, sin ceremonia.
Recuperó las pinzas del estante.
Recogí la púa y nuestras manos se rozaron sobre la sábana. Esta vez ninguno convirtió el gesto en juego.
Jana se arregló el vestido y se miró en un espejo pequeño apoyado contra una cesta.
—Ahora.
—¿Ahora qué?
—Lo de aquí no sale cuando nos enfademos.
—Ahí es cuando más falta hace.
Me clavó una mirada.
—Ni se te ocurra tirármelo a la cara después.
—No lo haré.
—No lo digas con esa facilidad.
—No lo es.
—Bien.
Se recogió un mechón con una de las pinzas. Su madre se las había traído. Ella se la puso con la mano un poco temblorosa.
Aquello también contaba.
Me la guardé en el bolsillo.
—No voy a tocar con él —dije.
—No estaba esperando respuesta.
—Lo digo igual.
—Qué rebelde.
—Voy a apagarle el micro si dedica otra canción.
Jana sonrió cansada, todavía roja.
—Eso sí quiero verlo.
Abrí la puerta.
Remei estaba al otro lado con los ojos fijos en el techo y una expresión de mujer que había oído bastante para no necesitar pruebas.
—La ropa limpia no se usa de camerino —dijo.
—Técnicamente —dijo Jana—, yo sí me he arreglado.
Remei tardó un segundo en contestar.
Se fijó en mi boca.
Miró el pintalabios rojo otra vez.
Suspiró.
—Voy a cobrar suplemento de lavandería.
Jana levantó un dedo.
—Que conste en factura.
Desde el patio llegó la voz de mi padre por el micro.
—Esta va por los hijos que se creen que pueden tocar solos.
Jana y yo nos miramos.
Luego noté el borde dentro del bolsillo.
Después el pasillo.
Después el patio.
Ese día entré sin que nadie tuviera que arrastrarme.
Entré porque quería apagarlo yo.