CAPÍTULO 16 · NIL
La madre de Jana llevaba una bolsa de plástico transparente en una mano y una sonrisa pequeña en la boca cuando llegué al pie de la escalera.
No necesitaba conocerla para saber que venía armada.
Hay gente que entra haciendo ruido. Mi padre, por ejemplo. Guitarra, risa, comentario, mesa comprada antes de sentarse. Otros entran suave y te dejan el cuchillo en el mantel con la servilleta doblada encima.
La madre de Jana era de las segundas.
Jana bajó tres escalones detrás de mí.
—No bajes —le dije otra vez.
—¿Quieres probar una tercera? Igual a la cuarta funciona.
Su voz sonó rápida. La mano no: llevaba la brocha apretada, los nudillos manchados de base y una pestaña postiza pegada al dedo medio. Le temblaba.
—Jana, cariño —dijo su madre, levantando la bolsa—. Vienes hecha un desastre.
Jana sonrió sin enseñar los dientes.
Alguien subió un peldaño detrás de nosotros y la madera crujió.
—Gracias, mamá. Tú siempre hidratando la autoestima.
—Solo digo que con lo guapa que eres podrías arreglarte un poco antes de trabajar en bodas.
—Trabajo arreglando a otras. Soy un servicio público.
Mi padre, desde el patio, rasgueó dos cuerdas. Cerré el puño.
El Hostal Mar de Fora devolvía cada ruido ampliado. Copas y cables en el patio; mi padre instalado junto al equipo con la tranquilidad de quien había pagado por ese sitio; Remei quieta detrás de una carpeta; Jana en la escalera, con media boda arriba y su madre abajo sosteniendo unas pinzas.
—Remei me ha dicho que estabas aquí —continuó la madre de Jana—. He pensado: mira, por una vez llego antes de que me necesite.
Jana bajó un escalón más y me coloqué a un lado, no delante.
Jana toleraba mal que alguien se pusiera delante de ella.
—No te necesitaba —dijo ella.
—Pero las pinzas sí.
La madre sacó unas plateadas de la bolsa y las levantó entre dos dedos. Buenas. Profesionales. De las que se notaba que Jana habría echado de menos antes de admitirlo.
—Las dejaste en mi casa —dijo.
—Hace meses.
—Y aun así las he guardado.
—Qué sorpresa. Una reliquia en cautividad.
La madre suspiró, pequeña, perfecta, para que Remei pudiera oírla.
—Siempre igual.
Jana dejó de moverse. Tampoco yo.
A Jana se le clavaron los hombros en su sitio. Yo apreté los dientes.
Mi padre tocó el primer acorde de la canción. Esta vez entero.
El primer acorde me subió por la espalda hasta la nuca. No miré. Si me giraba, mi padre conseguía lo que quería: una reacción, otra escena, algo que después pudiera llamar exageración.
Jana giró la cabeza hacia el patio.
—No —dije.
—No he hecho nada.
—Todavía.
—Qué fea está esa confianza.
Intentó sonreír. No llegó.
Su madre miró hacia el patio también.
—¿Ese es el músico?
Jana abrió la boca. La cerró.
Me miró a mí.
Esa duda mínima me entró peor que la canción.
—Ese es mi padre —dije.
La madre de Jana me repasó con educación limpia: camiseta sudada, cables en la muñeca y poca cara de fiesta.
—Ah. Nil, entonces.
—Sí.
—Jana no habla mucho de ti.
—Qué suerte tengo.
A Jana se le escapó una risa por la nariz.
Pequeña, pero suficiente para que su madre la mirara.
—Me alegra que todavía te haga gracia todo.
Jana dejó de reír.
Yo di medio paso.
Me aparté medio paso, solo para dejarle sitio. Jana lo notó igual.
—No —me dijo.
La regla.
Hoy no nos rescatamos.
La regla nos duró seis minutos, que en nuestro historial era casi matrimonio.
—Estoy respirando —dije.
—Respira menos heroico.
Mi padre empezó a cantar desde el patio.
Sin apretar. Peor para mí.
Bajo, probando la voz, afinando el daño. La letra no llegó entera hasta nosotros, solo pedazos de una mujer que esperaba junto a una ventana, de un hombre que volvía por la noche, de una casa con luz encendida. Barato. Antiguo. Mortal en las manos adecuadas.
Mi mano encontró el borde y apretó.
Jana vio mi puño cerrado y perdió la broma antes de encontrarla.
Eso me dio más miedo.
—Bueno —dijo su madre—. Yo solo he venido a traer esto. Luego no digas que no estoy cuando hace falta.
Jana bajó el último escalón.
—No lo digo.
—Lo piensas.
—Pienso muchas cosas. Algunas incluso rentables.
—Jana.
Aquello salió con cansancio. Con esa tristeza medida de algunas madres que convierten una pinza guardada en una prueba de abandono. Jana las cogió.
No se las arrancó.
No hizo chiste. Las cogió.
Eso fue lo que me rompió el sitio.
Aquella pelea no me pertenecía. Bastante tenía con mi padre cantando debajo y el hostal entero respirando curiosidad.
Entonces vi a Jana cerrar la mano alrededor de las pinzas hasta ponerse blancos los nudillos.
La madre le tocó la mejilla.
—Tienes mala cara.
Jana no apartó la cara. Joder.
No la apartó.
—Será la luz del hostal —dijo.
—Será que te metes en cosas que cansan.
Los ojos de su madre fueron hacia mí. Una mirada breve.
No hacía falta más.
Sentí a Jana tensarse.
—Nil trabaja aquí —dijo ella.
—Claro.
—Y yo también.
—Claro.
Los dos «claro» sonaron suaves. Dejaron el mismo gusto que una moneda en la boca.
Jana sonrió entonces. La boca roja, intacta, peligrosa.
—Mamá, si has venido a traer pinzas, gracias. Si has venido a traer sentencia, se cobra suplemento de dramatización.
La madre bajó la mano de su mejilla.
—No se te puede decir nada.
—A mí se me puede decir todo. Otra cosa es que conteste con ganas.
—Luego no digas que nadie te avisa.
—No lo diré. Tengo los avisos por escrito desde las diez de la mañana.
Remei tosió en recepción.
Mi padre siguió cantando.
La canción, por desgracia, sonaba bien.
Eso era lo más sucio.
Mi padre sabía cantar cuando quería que alguien le perdonara algo. Ponía la voz cansada, bajaba el volumen en el sitio exacto y parecía arrepentido. Mi madre caía ahí. Yo también, de pequeño. Me sentaba en el suelo y miraba sus dedos.
Después aprendí que podía terminar una canción y marcharse igual.
—Tengo que trabajar —dijo Jana.
—Claro —respondió su madre—. Siempre tienes que trabajar.
Jana subió un escalón. Se detuvo.
Bajó de nuevo.
Y me las puso en la mano.
—Guárdamelas.
Busqué su cara.
—¿Qué?
—Que me las guardes.
—Son tuyas.
—Por eso.
Su madre miró el gesto. Mi padre seguía cantando abajo y Remei dejó de mover las hojas de la carpeta. Jana no me dio una salida.
Jana no me dio ninguna salida.
Broma, ninguna; caricia, tampoco.
No quería deberle ese gesto a su madre. Se le veía en la mandíbula.
Cerré los dedos.
—Entendido.
—No pongas cara de haber firmado una hipoteca emocional.
—Es la que tengo.
—Una muy tuya.
Su madre se recolocó la bolsa en la mano.
—Qué bonito. Ahora guarda tus cosas otro.
Jana se giró.
—Sí.
El sí le salió sin espacio para esconderlo.
La madre también.
—Sí —repitió Jana—. Hoy sí.
No hubo música para eso.
Mi padre cantaba debajo, suave e inoportuno. Jana habló con un temblor mínimo escondido detrás del rojo y el cuarto se me quedó pequeño.
Su madre apretó la boca.
—Luego hablamos.
—Seguro.
—En casa.
—Mi casa está en Marblava.
Ese golpe sí fue claro.
La madre se fijó en la bolsa vacía.
No discutió. Se fue.
No de golpe. Sin portazo. Sin escena. Peor. Se fue con esa lentitud que obliga a los demás a ver que se marcha dolida.
Jana miró la puerta hasta que se cerró.
Luego subió la escalera.
Dos escalones. Tres.
En el cuarto se agarró a la barandilla.
—No me sigas —dijo.
Yo la seguí.
—No me sigas, he dicho.
—Tengo tus pinzas.
—Qué recurso tan pobre.
—Y el equipo está en el patio con mi padre cantando solo. Necesito cinco minutos sin hacerle un agujero a nadie.
Jana subió hasta el descansillo. La habitación seis seguía abierta; dentro, una invitada protestó por el brillo.
—Cinco minutos —gritó—. Si alguien se toca la cara, le cobro doble.
Luego siguió por el pasillo hasta una puerta estrecha con un cartel escrito a mano: ROPA LIMPIA.
—Ahí no podemos entrar —dije.
—Hoy estás muy de normas para un hombre que me siguió al baño de Club Aleta.
—Tú me llevaste.
—Detalles de transporte.
Abrió la puerta.
El cuarto de ropa olía a detergente, calor encerrado y sábanas secas.
Había estantes hasta el techo, toallas dobladas, una cesta de fundas y una ventana mínima abierta hacia una pared.
El ruido del patio entraba amortiguado. Mi padre seguía cantando, pero allí sonaba desde lejos, deformado, menos dueño.
Jana dejó la brocha sobre una pila de toallas.
—Dame las pinzas.
Se las di.
No me moví después.
Jana tampoco se apartó.
El cuarto era pequeño. Mucho. Un hostal viejo no diseña espacios pensando en dos personas con mal juicio y padres activos.
—No has roto la regla —dije.
—¿Cuál? Tenemos ya para hacer oposiciones.
—La de no rescatar.
Jana resopló.
—Claro que la he roto.
—No.
—Te he dado las pinzas para que mi madre dejara de mirarnos así.
—Eso no es rescatarme.
—Me estaba rescatando a mí. Peor.
Se fijó en mis manos.
La derecha cerrada.
La izquierda llevaba una marca roja de tanto cerrar el puño.
—Tú tampoco la has roto —dijo.
—Casi.
—Casi vivimos.
—Jana.
—No pongas esa cara aquí.
—¿Cuál?
—La que me hace olvidar que abajo hay gente.
El cuarto se quedó sin aire útil.
La canción de mi padre terminó abajo. Alguien aplaudió. Poco. Cortés. Hostalero.
Yo no miré hacia la puerta.
Jana sí.
—Si vas a salir ahora, sal —dijo.
—No.
—No me sigas por lo de mi madre.
—No.
—Ni por tu padre.
—No.
—Entonces, ¿por qué?
Di un paso hacia ella.
No la toqué.
—Porque no me sale irme.
La broma se le quedó a medio camino.
—Qué frase más peligrosa para decir en un cuarto lleno de sábanas —dijo.
—Lo sé.
—Y con trabajo pendiente.
—También.
—Y con dos padres abajo compitiendo por arruinarnos la tarde.
—Tu madre se ha ido.
—Mi madre nunca se va del todo. Tiene franquicias.
La risa me salió seca.
Sus ojos se engancharon a mi boca.
El problema empezó cuando sus ojos se quedaron en mi boca y ninguno buscó la puerta.
—No podemos —dijo.
—No.
—Estoy trabajando.
—Sí.
—Tú también.
—Sí.
—Tenemos normas.
—Un catálogo.
—Y esto cuenta.
No cedí.
—Sí.
Jana dejó las pinzas en el estante.
—Cierra.
Lo hice.
La hoja encajó con un golpe seco. Por una vez, una puerta de aquel hostal decidió colaborar.
Jana no miró el pomo.
Me miró a mí.
—No quiero que esto se parezca al baño.
—¿En qué?
—En correr porque alguien puede llamar.