No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 15 · JANA
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CAPÍTULO 15 · JANA

Llegué al Hostal Mar de Fora con la certeza de que mi madre ya había empezado a organizarme la vida sin consultarme.

Al tirar del freno de mano, una horquilla me mordió la palma.

Mi coche no transportaba herramientas de trabajo; criaba trampas.

Me la saqué con dos dedos.

—Fantástico —dije, tirando de la bolsa de sprays con una mano y de la horquilla asesina con la otra—. Morir empalada por mi propio oficio. Muy autónoma todo.

El maletero no cerraba. Llevaba dos maletines de maquillaje, una bolsa de peines, tres neceseres, una toalla que no sabía de quién era y una caja pequeña con pestañas postizas que había decidido abrirse sola durante el trayecto.

Había pestañas pegadas a una botella de agua, a un cargador y al volante.

Mi coche parecía haber atropellado una boda.

El móvil vibró en el asiento del copiloto. MAMÁ.

Lo puse boca abajo. Volvió a vibrar.

MAMÁ.

—Hoy no —le dije al teléfono.

El teléfono, como todo lo que heredaba sangre mía, no hizo caso.

Abrí el mensaje sin desbloquear del todo, porque una también puede autolesionarse con media prudencia.

MAMÁ: Remei me ha dicho que estás en el hostal. No te líes, Jana. Allí habrá músicos. Los músicos siempre prometen volver para que les aplaudan cuando se marchan.

Me quedé mirando la pantalla.

Luego miré el retrovisor.

Tenía la boca roja, fuerte para una tarde de trabajo y perfecta para discutir con una pared. El pelo iba sujeto con dos pinzas negras y una dorada que no pegaba con nada. Una pestaña falsa se me había quedado en el hombro izquierdo, como un insecto elegante.

—Gracias por tu boletín de tráfico emocional —murmuré.

Me mordí la parte de dentro de la mejilla.

La puerta del hostal se abrió y Remei Casas apareció con un abanico en una mano, una carpeta en la otra y la cara de mujer que lleva toda la vida viendo turistas llorar porque la habitación no tiene vistas a una fantasía.

—Jana, menos mal. Una de las invitadas se ha puesto crema solar encima del maquillaje.

—¿Por iniciativa propia o por odio a mi trabajo?

—Dice que brilla.

—Va a brillar cuando vea el suplemento.

Remei me miró el coche.

—¿Necesitas ayuda?

—No. Necesito un exorcista con conocimientos de cierre centralizado.

—El padre de Nil ya ha llegado.

Se me quedó una bolsa a medio coger.

Remei lo vio. Claro que lo vio. Remei no llevaba un hostal: llevaba un observatorio con sábanas.

—Y Nil también —añadió.

—Qué bien por el gremio masculino.

—Están en el patio interior con el equipo.

—Yo estoy con pestañas y dos señoras de párpado caído. Cada una con su guerra.

Remei sostuvo la puerta mientras yo entraba cargada como una mula pintada de rojo.

El Hostal Mar de Fora olía a jabón de lavadora, café recalentado y humedad antigua.

Bonito, poco. Útil, bastante, que a veces resultaba más honesto.

Tenía cuadros torcidos de calas, un mostrador con barniz gastado y un ventilador en el techo moviendo aire caliente con la misma ilusión que yo movía mensajes de mi madre sin contestar.

Desde el patio llegó una cuerda de guitarra.

Una sola.

Mi cuerpo, el idiota, buscó a Nil antes que mis ojos pudieran hacer teatro.

No lo vi. Vi cables cruzando el suelo, una columna de sonido apoyada contra una pared blanca, una mesa con copas preparadas y al padre de Nil sentado en un taburete, probando una guitarra que no era la de Nil.

O eso creí. Tenía una funda abierta a los pies y la sonrisa de siempre, esa que parecía prestada por una verbena barata.

—La sala de maquillaje está arriba —dijo Remei—. Habitación seis. Te he dejado hielo, agua y dos toallas.

—¿Hielo para ellas o para mí?

—Para quien empiece a hincharse primero.

—Qué servicio.

Subí la escalera con las bolsas golpeándome las piernas.

En el descansillo había una ventana pequeña que daba al patio.

Miré sin querer. Nil estaba allí, de espaldas, agachado junto a una caja de cables, con la camiseta gris pegada a la espalda y la nuca descubierta.

Tenía los cascos colgados del cuello. No miraba a su padre. Su padre sí lo miraba a él.

Me aparté de la ventana. Profesional.

Tan profesional que casi me comí una maceta.

La habitación seis estaba ocupada por dos mujeres en bata y otra novia que lloraba igual de bien que la del Club Aleta.

Una de las invitadas tenía la cara brillante como una sardina en feria.

La otra llevaba una pinza sujetando medio flequillo y una fe absoluta en que yo podía levantarle un párpado que Dios había diseñado con sueño.

—Jana —dijo la novia—. Remei dice que haces milagros.

—Remei cobra comisión moral por exagerar.

—Mi madre dice que parezco cansada.

—Todas las madres dicen eso. Es su forma de pedir una silla.

Me arrepentí en cuanto lo dije.

Me arrepentí, aunque no lo suficiente para retirarlo.

Entonces vibró el móvil dentro del bolsillo del pantalón y no necesité mirar para saber quién era.

—Si es un ex, no lo cojas —dijo la invitada brillante.

—Ojalá tuviera yo un ex con tanta resistencia.

Saqué brochas, bases, correctores y una botella de agua.

Me puse a trabajar. Eso siempre ayudaba.

Una cara ajena era una superficie con problemas concretos: ojeras, brillo, línea torcida, pestañas que no querían vivir en pareja.

Las personas, cuando se sentaban delante de un espejo, se volvían más manejables que una emoción.

—Cierra el ojo —le dije a la invitada del párpado.

—¿Así?

—Eso es rezar. Cierra, no negocies con Dios.

La novia se rio. Bien. Risa. Piel. Brocha. Corrector.

Abajo, una guitarra probó tres notas.

La risa se me quedó una fracción de segundo sin sitio.

Una de las mujeres giró la cabeza.

—Qué bonito suena.

—No muevas la cara, que te dejo una ceja en Port Saurí y otra en Marblava.

—¿Conoces al músico?

—Conozco a mucha gente con poca estabilidad acústica.

—Remei ha dicho que el joven es muy serio.

El joven.

Casi metí la brocha en el vaso de agua.

—El joven trabaja —dije.

—Y el padre toca.

—Algunos padres tocan cosas que no deberían.

La invitada brillante abrió los ojos.

—¿Ya puedo?

—No. Y ahora menos.

Mi móvil vibró sobre la cómoda porque lo había dejado allí para no sentirlo en la pierna. Error básico. La pantalla se encendió y enseñó otro mensaje.

MAMÁ: No contestas porque sabes que tengo razón.

La novia lo leyó de reojo.

No lo hizo por mala. Lo hizo porque las habitaciones de hostal y los móviles boca arriba vuelven cotilla hasta a una estatua.

—Mi madre también es intensa —dijo, con voz de consuelo.

—No compitamos. Alguien puede salir herida.

Bloqueé la pantalla.

La puerta se abrió sin llamar.

Remei asomó la cabeza.

—Jana, perdona. ¿Tienes pinzas pequeñas? La madre de la novia se ha enganchado el vestido con una silla de mimbre.

—Claro. Mi maletín también arregla mimbre, rupturas y malas decisiones.

Las busqué. No estaban.

Busqué en la bolsa negra. Tampoco.

En la de sprays. Nada.

En la caja de pestañas. Una pestaña se me pegó al dedo medio, muy expresiva ella.

—Me cago en mi organización abierta.

—¿No las llevas? —preguntó Remei.

—Las llevo siempre.

Y entonces lo recordé: las buenas, mi madre.

El mensaje de hacía media hora.

Remei me miró con una cara que no me gustó.

—¿Qué?

—Hay una señora abajo preguntando por ti.

La pestaña pegada a mi dedo dejó de hacer gracia.

—No.

—Dice que es tu madre.

La novia soltó un «uy» pequeño, de esos que deberían estar prohibidos con licencia.

Bajé la brocha.

Tenía base en los nudillos, brillo en el dorso de la mano y una pestaña falsa pegada al dedo. En el espejo, mi boca roja dejó de parecer una elección y empezó a parecer una defensa barata.

—Dile que estoy trabajando.

—Dice que te trae unas pinzas.

—Remei.

—Y que una madre siempre sabe lo que se le olvida a una hija.

La invitada del párpado abrió el ojo bueno.

—Eso ha sonado bonito.

—Ha sonado a factura —dije.

Abajo, el padre de Nil tocó cuatro notas.

Esta vez no fue una prueba.

No pregunté la canción. El cuerpo de Nil me la contestó desde el patio: un golpe contra metal, un cable arrastrado con rabia y Remei diciendo «Nil» desde la escalera.

Me moví hacia la puerta.

—Jana, tengo media cara hecha —dijo la invitada brillante.

—Ahora mismo la otra media tiene suerte.

Salí al pasillo con la brocha en la mano.

Nil subía la escalera desde el patio. Venía rápido, pero frenó al verme. La camiseta le tiraba en los hombros. Tenía la púa entre los dedos, negra y roja, y una marca de cable en la muñeca.

—No bajes —dijo.

—No decidas por mí.

—Tu madre está abajo.

—Sí. Es su especialidad: estar donde puede decir que venía a ayudar.

Abajo sonó la voz de ella.

—Jana, cariño. Te he traído las pinzas buenas. Las dejaste en casa hace meses, pero una madre siempre guarda lo que sus hijas abandonan.

El padre de Nil volvió a tocar el principio de la canción.

Nil cerró la mano.

Yo cerré la mía alrededor de la brocha.

La escalera del Hostal Mar de Fora nos dejó a los dos en medio, con nuestras madres metidas en habitaciones donde no estaban y nuestros padres tocando donde no debían.

—Hoy no nos rescatamos —dije, sin apartar los ojos de abajo.

Nil miró la brocha, luego mi boca.

—Hoy igual no llegamos tan lejos.

Desde que lo conocía, nunca había dudado tanto de querer que tuviera razón.