No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 14 · NIL
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CAPÍTULO 14 · NIL

El audio de la madre de Jana se me quedó metido en la mano, aunque el móvil lo llevara ella.

Cuidado con los hombres que necesitan que una les aguante la pena.

La frase se me quedó pegada. Pensé en Jana tensando los hombros cada vez que alguien envolvía una deuda en un «por tu bien».

Jana entró en Lola y Sal sin mirar atrás.

Ona se quedó en la puerta, entre ella y yo, con la cara partida entre preguntar y sobrevivir.

—No —le dije.

—¿No qué?

—No la sigas con el móvil.

Ona levantó las manos.

—No tengo ni el móvil fuera.

Lo tenía en el bolsillo. También le temblaba un poco la mano. A Ona le temblaba la mano cuando no sabía si convertir algo en broma o taparlo con el cuerpo.

—Perdón —dije.

—Qué noche más educativa para todos —murmuró.

La puerta lateral se cerró detrás de ella.

Me quedé junto a la furgoneta con la funda en la mano y ganas mal repartidas.

Mi padre me había dejado un mensaje.

La madre de Jana le había dejado otro.

Entre los dos, podríamos haber montado un dúo de gente experta en entrar sin llamar.

Guardé la guitarra en la furgoneta y apoyé la frente en la chapa caliente. Me arrepentí al segundo. La chapa me quemó justo encima de la ceja.

—Estupendo —murmuré.

Dentro seguían la música baja, los vasos y una risa de Yasmina. Quimet protestaba porque alguien había pedido calamares a una hora indecente. El móvil vibró.

No lo miré. Vibró otra vez.

Lo saqué.

PARE: No seas crío.

PARE: Lo del sábado es trabajo.

PARE: Tu madre habría querido que la tocaras conmigo.

No había forma de esquivarlo.

Usar a una muerta para abrir una puerta.

Se me tensó la mandíbula.

Le escribí una respuesta. La borré.

Escribí otra. La borré también.

Al final guardé el móvil en el bolsillo y entré.

Entré a recoger un cable. No tenía un plan; tenía trabajo.

Lola y Sal me recibió con olor a fritanga, humedad y tensión reciente. La mesa tres ya no tenía a mi padre. Tenía una servilleta arrugada, una caña a medias y la silla mal colocada. La guitarra de él tampoco estaba. Quimet lo habría escoltado hasta la carretera o hasta el infierno, según tráfico.

Jana estaba en la barra. No estaba bien.

Jana estaba en la barra con el móvil boca abajo, una mano metida en hielo y la otra cobrando una mesa. Tenía el pintalabios intacto y la mandíbula dura. Me vio entrar.

No cambió la cara.

Buen intento.

—Te falta un cable —dijo.

—A ti también.

Yasmina, a su lado, tosió una risa.

Jana me clavó los ojos.

—Qué gracioso estás para un hombre que acaba de echar a su padre de un chiringuito.

—Tú has dicho que tenía cara de cucharilla sucia.

—Y la mantengo.

—Fue buen diagnóstico.

—Soy una profesional.

Me acerqué a la mesa de sonido. El cable que faltaba estaba enrollado debajo de una silla, mordido por la pata.

Lo saqué con cuidado. Me dolía la mano vendada.

Me había cortado antes apagando el micro y cerrando un conector que no quería cerrar.

Nada grave. La clase de herida pequeña que permite trabajar y molestar.

Jana miró la servilleta con cinta de mi mano.

Retiró la mirada rápido.

—Se te va a caer —dijo.

—¿Qué?

—La venda cutre.

—No es venda. Es ingeniería de bar.

—Entonces se te va a infectar con personalidad.

—No la mires si te molesta.

—Tengo ojos otra vez. Qué desgracia.

El datáfono pitó. Ella entregó el recibo a un hombre que se había quedado escuchando con tanta concentración que olvidó coger la tarjeta.

—La tarjeta —dijo Jana.

—Ah, sí.

—Y la oreja, si la ha dejado en la mesa.

El hombre se puso rojo y se fue.

Jana sonrió como una navaja pequeña. Luego metió la mano en el hielo otra vez.

La vi apretar los dedos dentro del cubo.

Metía la mano para no temblar.

Apreté la mandíbula para que no me temblara la voz.

La mandíbula me dolió de apretarla. Seguí limpiando.

Aprendizaje lento, pero aprendizaje.

Abril apareció con dos platos vacíos.

—Nil, la música puede quedar hasta el cierre. Luego te pagamos la noche completa.

—No he tocado.

—Has trabajado.

—Abril...

—No discutas cobros en mi barra hoy, que tengo poca paciencia y mucho acceso al datáfono.

Asentí sin ganas.

Biel, desde la puerta de cocina, levantó una ceja. Abril lo miró sin girarse del todo.

—Tú no opines.

—No he dicho una palabra.

—Lo has pensado con hombros.

Jana resopló una risa.

Pequeña, casi ridícula.

Me giré hacia ella sin poder evitarlo.

Ella dejó de reír al verme mirarla.

—Guarda esa cara —dijo.

—Tarde.

El tarde me salió sin fuerza.

Su mano se cerró dentro del hielo. El agua le subió por la muñeca.

—Con eso no —dijo.

—No iba a...

—Sí.

—Lo sé.

—Nil.

—No sé qué quieres que diga.

—Pues no digas justo lo que me deja sin oxígeno, por ejemplo.

Y ahí estaba Jana, diciendo una verdad con mala leche suficiente para que pareciera accidente.

Yasmina cogió una bandeja.

—Voy a una mesa muy lejos.

—La terraza no es tan grande —dijo Abril.

—Mentalmente sí.

Nos dejó solos en dos metros de barra llena de vasos sucios.

Jana sacó la mano del hielo. La tenía roja, mojada, con una marca blanca en los nudillos. Cogió un trapo y empezó a secarse dedo por dedo.

—Lo de mi madre iba por mí —dijo.

—No he preguntado.

—Ya. Qué disciplinado.

—Intento no romper otra regla en público.

—Esa ya la rompimos todas.

—No tienes que explicarme nada.

—Ya lo sé.

—Entonces no lo hagas.

No retrocedió.

El trapo le colgaba de la mano. La música del portátil cambió a una canción que Enric usaba en bodas cuando quería fingir buen gusto. En Lola y Sal sonaba más fea. Mejor.

—Me molesta que no preguntes —dijo.

—Regla dos.

—Que le den a la regla dos.

No sonreí. Quise, pero no.

—Jana.

—¿Qué?

—Tu madre se ha metido en medio.

—Mi madre nació en medio.

—No tengo derecho a preguntar.

—No.

—Pero quieres que sepa.

La vi prepararse para morder.

No mordió.

Dejó el trapo sobre la barra.

—Quiero que no me mires con cara de haber encontrado una pieza que explica la máquina.

—No eres una máquina.

—No empieces con frases limpias.

—Eres una mujer con hielo en la mano porque te ha llamado tu madre.

—Mucho mejor. Muy de informe policial.

—No lo estoy arreglando.

—Bien.

—Tampoco me voy.

Ahí sí paró. La palabra salió pequeña, ni bonita ni cargada de música o promesa.

Lo dijo casi sin volumen, junto a una mancha de café y una mosca empeñada en el plato de aceitunas. Por eso me alcanzó.

—No digas eso por lo de ella —soltó.

—Lo digo por mí.

—No sabes lo que dices.

—Sé suficiente.

—No.

—Jana.

—No me hagas esto ahora.

—¿Qué?

—Quedarte con cara de haber decidido algo.

—No he decidido nada.

—Entonces peor.

El móvil de ella vibró sobre la barra.

Los dos lo miramos. MAMÁ.

Dejó morir la llamada.

Entró un mensaje.

Jana lo abrió con la uña del pulgar, rápido, rabiosa consigo misma por hacerlo delante de mí.

MAMÁ: Solo te aviso porque luego nadie avisa. Los músicos vuelven cuando necesitan aplauso. Después te dejan las sillas para recoger.

Jana bloqueó la pantalla.

—No me mires.

—Estoy mirando el móvil.

—Mientes con menos gracia que yo.

—Sí.

—No digas sí así.

—No sé decirlo de otra forma ahora.

Me acerqué medio paso.

Ella no se apartó.

—Mi padre usa a mi madre para que yo toque el sábado —dije.

No pensaba decirlo. Lo dije.

Lo que acababa de decir cayó sobre la barra entre su móvil y mi mano vendada.

Jana miró mi bolsillo.

—Qué familia más creativa tenemos entre todos —dijo.

—Sí.

—¿Vas a ir?

Regla dos otra vez, rota ya sin ceremonia.

—No.

—Has contestado muy rápido.

—Porque es no.

—Los no rápidos suelen llevar equipaje.

—Lo has aprendido conduciendo un coche lleno de horquillas.

—Y de clientas que dicen que no quieren brillo y luego lloran si no brillan.

Me saqué la púa del bolsillo y la dejé sobre la barra.

—La canción era de mi madre.

Jana no la tocó.

Jana la dejó donde estaba.

—No tienes que contarme eso.

—Lo sé.

—Lo dices porque...

—Porque si no lo digo, lo va a decir él delante de alguien.

Su boca perdió rojo en una esquina. No porque se hubiera borrado. Apretó los labios.

—Qué asco.

—Sí.

—¿La tocabais juntos?

—No.

No discutí.

—La tocaba él cuando volvía.

Jana dejó quieta la mano sobre la barra.

Yo seguí, porque ya había abierto la puerta y, si la dejaba a medias, mi padre iba a meter la guitarra.

—Llegaba con la funda, la camisa oliendo a bar y una canción preparada. Mi madre lo escuchaba desde la cocina. A veces salía. A veces no. Yo miraba los dedos. Pensaba que, si aprendía bien, igual se quedaba más.

La freidora soltó un chasquido.

Alguien pidió pan.

Jana se quedó a mi lado, sin hacer ruido.

Eso fue lo único que me permitió acabar.

—No se quedó más.

Ella la cogió entonces.

Lo hizo sin prisa.

No como juego.

La movió con el pulgar sobre la madera mojada de la barra.

—Mi madre me decía que no aceptara favores de hombres tristes —dijo.

—Gran frase.

—Era peor en directo.

—Me lo imagino.

—No. No te lo imaginas.

—Tienes razón.

Le sostuve la mirada.

—No me lo imagino.

Jana apretó la palma contra la barra.

Le costó. Se le notó en la garganta, en la mano quieta sobre ella, en cómo dejó de hacer la risa antes de que naciera.

—Cuando estaba mala me hacía sopa y al día siguiente me recordaba que me la había hecho. El médico, las botas, cualquier cosa. En mi casa hasta una tortilla acababa en deuda.

No dijo más.

No hacía falta.

El ruido de Lola y Sal entró alrededor de aquellas palabras y no las limpió. Las dejó ahí, pegajosas, con olor a aceite.

—Por eso no te gusta que te den agua —dije.

Jana levantó la vista.

—Qué fino te has puesto.

—Perdón.

—No. No pidas perdón. Tienes razón y me cabrea, que es peor.

Se rio. Una vez.

Bastante feo.

Casi nada.

Me acerqué otro centímetro.

—No voy a cobrarte el agua.

—Hoy estás de oferta en frases peligrosas.

Solo pronuncié su nombre.

—No me mires así.

—No sé cómo te estoy mirando.

—Con ganas de tocarme y de no usarme a la vez.

Apoyé las dos manos en la barra.

La barra entre los dos era estrecha. Muy estrecha. Suficiente para impedir estupideces grandes. Insuficiente para impedir que su rodilla rozara la mía bajo la madera.

—Las dos cosas son verdad —dije.

Jana apretó los dedos contra el canto de la barra.

Durante un segundo solo se oyó mi respiración.

—No podemos hacer esto aquí —dijo.

—No.

—Ni ahora.

—No.

—Ni con mi madre llamando y tu padre tocando timbres emocionales por todo Marblava.

—No.

—Entonces deja de estar tan cerca.

No me moví.

Jana se quedó dónde estaba.

—Nil.

—Dime que me aparte.

Abrió los ojos.

—Me estás poniendo trabajo.

—Sí.

—Te odio un poco.

—Te creo.

La tenía entre los dedos. La levantó y me la puso en la palma.

No cerró mi mano. No jugó.

Solo la dejó ahí.

—No toques esa canción —dijo.

—No pensaba.

—No, no me hagas caso por sistema. Me sienta fatal.

—Ya llegamos tarde a eso.

—Te he dicho que con eso no.

—Perdón.

—Y no pidas perdón con cara de querer besarme.

—No controlo la cara.

—Una muy irritante.

Le sonó el móvil otra vez.

La pantalla enseñó otro nombre. Lo miró.

Remei Casas.

Jana frunció el ceño.

—¿Qué quiere Remei ahora?

Descolgó antes de pensarlo.

—Remei, si es por la novia del sábado, te mandé presupuesto... Sí... No, no estoy en casa... ¿En Hostal Mar de Fora? ¿El sábado por la tarde? Sí, puedo... ¿Músicos? ¿Qué músicos?

Su mirada volvió a mí.

Ya lo sabía.

Antes de que ella repitiera nada.

—No —dije.

Jana tapó el micro con la mano.

—No me mandes mientras estoy facturando.

—No vayas.

—Perdona, pero necesito comer y pagar autónomos para seguir insultando con solvencia.

Volvió al teléfono.

—Sí, Remei. Sí. Peinado y maquillaje para dos invitadas y retoque de la novia. No, las pestañas no van incluidas por amor al arte. Se cobran. Exacto. Mándame hora.

Cortó la llamada.

La terraza siguió funcionando.

Mi pecho, no tanto.

—No vas por mí —dije.

—No.

—Vas por trabajo.

—Sí.

—En el mismo sitio donde mi padre quiere que toque.

—Parece que Cala Saurina se nos ha quedado pequeña, qué sorpresa.

—Jana.

—Nil.

—No vengas a morder por mí.

—Voy a maquillar a dos señoras con miedo al párpado caído.

—Sabes lo que digo.

—Y tú sabes que no voy a quedarme en casa porque tu padre haya reservado escenario en mi agenda.

Tenía razón.

Asentí sin darle las gracias.

Qué costumbre más desagradable.

—Si él toca esa canción...

—Si él toca esa canción, tú decides si te vas, si le apagas el micro o si le haces una versión tan fea que tu madre se levante de donde esté para quejarse.

Me salió una risa.

Me dolió en la mano vendada.

—Eso ha sido horrible.

—Gracias. Me he esforzado.

Abril apareció con una bandeja vacía.

—¿Todo bien?

—No —dijimos los dos.

Abril asintió.

—Me fío más así.

Se fue.

Jana apoyó el codo en la barra y se inclinó un poco hacia mí.

—El sábado nadie pone nombre a lo nuestro delante de otros.

—Tú no haces eso.

—Lo hago fatal. Pero lo hago.

—Yo también.

—Pues eso. Tú decides qué tocas. Yo trabajo. Y delante de Remei, de tu padre o de mis clientas no hacemos esto.

—Concreta.

—La necesito así.

Miré mi mano. Luego su boca.

Error previsto.

—¿Y si la rompes? —pregunté.

—¿Cuál?

—La regla.

La boca de Jana se torció hacia un lado.

Tenía un móvil lleno de madres y demasiadas cosas escondidas detrás de los dientes.

—Entonces no te acostumbres —dijo.

Le llegó un mensaje. Lo miró.

Remei: Sábado, 18:00. Hostal Mar de Fora. También vendrá Borràs padre con música. Nil confirma luego.

Jana giró el móvil hacia mí.

—Parece que el universo no ha leído nuestras normas.

Mi móvil vibró al mismo tiempo.

PARE: Remei dice que Jana también estará. Igual así te animas.

Guardé el teléfono sin contestar. Jana hizo lo mismo con el suyo.

Vega dejó dos tickets mojados entre nosotros y Jana se puso a cobrarlos.

Yo recogí un cable que no necesitaba recogerse.

Ninguno dijo que iría el sábado. No hizo falta.