CAPÍTULO 13 · JANA #2
—Poco. Estoy cansada.
—Entonces entra.
—No me ordenes nada.
Cerró la funda.
El clic metálico atravesó el local.
—Hoy has tenido público —dijo.
—Todos hemos tenido público. Es el deporte oficial de Cala Saurina.
—Me dijiste que no querías que te cuidara delante de todos.
—Y no lo quiero.
—Pero tú sí puedes hacerlo.
Abrí la boca.
La cerré con más fuerza de la necesaria.
—Yo no te he cuidado.
—Qué casualidad.
—He sido borde con un señor que lo merecía.
—Mi padre.
—Un señor con guitarra y complejo de sobremesa.
—Mi padre, Jana.
—Pues tu padre con guitarra y complejo de sobremesa.
Nil apoyó la mano en la furgoneta.
—No sabes cuándo parar.
Me tocó, pero no por injusto.
Porque tenía parte de verdad y la verdad, cuando viene mal vestida, pica más.
—Paro cuando quiero.
—No. Paras cuando te quedas sin chiste.
—Qué barato te has puesto.
—Estoy cansado.
—Se te nota.
—No respondas como si te hubiera insultado.
—¿También tiene instrucciones mi cansancio?
Se giró.
La cercanía me pilló con la defensa mal colocada. No invadió. No me tocó. Eso empezaba a ser su peor costumbre.
—Cuando haces ruido por mí no sé qué hacer. No sé si estás conmigo o quitándome el sitio.
—Qué maravilla. Ahora soy mueble.
—Eso.
—¿Eso qué?
—Eso haces.
Le di un golpe con dos dedos en el pecho. Flojo. Más para comprobar que estaba ahí que para apartarlo.
—Yo no hago de mueble. Yo hago de incendio administrativo.
—Jana.
—No me analices.
—No te analizo. Te estoy diciendo que me jode.
—Pues qué bien. Todo equilibrado. A mí me jode ver cómo un hombre entra, te toca la vida con dos frases y tú te quedas sin sangre en la cara.
Nil abrió la boca.
Nada de nada.
—A mí también me jode —seguí— que me mires luego igual que a otra persona que te debe algo por haber intentado no dejarte solo delante de todos.
—No te debo nada.
—Lo sé.
—No necesito que...
—Lo sé.
—Déjame acabar.
—No.
Me miró.
—¿No?
—No, porque vas a decir algo correcto y voy a tirarte una caja. Yo no sé hacer esto bien, Nil. Abro la boca antes de tiempo, hago ruido y a veces la cago. Pero no me mires esperando que te pase una factura.
Cuando terminé, tenía la garganta seca.
Me dio vergüenza al instante.
Nil se pasó los nudillos por la barba.
Mala señal sin necesidad de llamarla así.
El ruido de la terraza llegaba amortiguado: copas, risas, una canción del portátil, Abril dando órdenes, Quimet discutiendo con una sartén.
Yo necesitaba una broma. Urgente.
No encontré una buena.
—Además —añadí—, tu padre tiene cara de dejar las cucharillas sucias en el fregadero.
A Nil se le escapó una risa rota. Me bastó para que algo se me aflojara en las rodillas.
—Tiene cara de muchas cosas —dijo.
—No todas legales.
—Jana.
—¿Qué?
—Gracias.
Me puse rígida.
Fatal de verdad.
Una palabra limpia. Una sola. Y yo ya estaba buscando una ventana.
—Qué asco —dije.
—Me lo imaginaba.
—No vuelvas a hacerlo.
—No prometo nada.
—Eso no cuenta como pago.
—No te estaba pagando.
—Bien.
Me acerqué.
No sé quién empezó. Mis dedos encontraron su camiseta antes de que mi orgullo inventara un plan. Nil los miró y dejó de respirar un segundo.
—No me uses para no sentir eso —dijo.
Me quedé quieta.
Entró despacio. No hizo ruido. Por eso dolió.
—No te estoy usando.
—Ahora no sé distinguirlo.
—Qué bonito. Muy cómodo.
—No tiene nada de cómodo.
—Pues no me pares cuando voy a hacer algo útil.
—¿Besarme es útil?
—Muchísimo. Cierra bocas.
—La tuya no.
—La mía es especial.
Me levantó la mano del pecho y me la soltó con cuidado. No rechazo. Cuidado. Justo lo que no sabía dónde meter.
—Hoy no —dijo.
La risa me salió torcida.
—Ah. Hoy estamos dignos.
—Hoy no quiero que mañana digas que fue por mi padre.
Qué manera tan precisa de dejarme desnuda sin quitarme nada.
Di un paso atrás.
—Pues mañana diré que fue por tu ego.
—Como quieras.
—No lo digas como si te diera igual.
—No sé qué quieres que diga.
—Nada. Eso se te da bastante bien.
Le di la espalda.
Le di la espalda antes de que viera lo mal que me había sentado encontrar una puerta cerrada sin portazo.
El móvil vibró en el bolsillo trasero del pantalón.
Lo saqué caminando hacia la puerta lateral. MAMÁ.
La pantalla iluminó mi mano.
Nil lo vio.
Yo vi que lo veía.
Me metí el móvil más hondo en el bolsillo.
El teléfono siguió vibrando. Terco, familiar, con esa autoridad sucia de las llamadas que nunca llegan sin factura.
Nil no preguntó.
Nil no preguntó. Yo habría preferido que lo hiciera.
La llamada se cortó.
Entró un audio.
MAMÁ: Jana, cariño, me ha llegado un vídeo tuyo con el chico ese. Solo te digo una cosa: cuidado con los hombres que necesitan que una les aguante la pena. Luego te quedas tú con toda la casa encima.
El audio se reprodujo porque mi dedo, sudado y torpe, tocó donde no debía.
La voz salió baja, pero salió.
Más que suficiente.
Para Nil. Para mí.
Para el suelo.
Cerré la pantalla de golpe.
—No has oído nada.
Nil me sostuvo la mirada.
No con pena.
Pena habría sido más fácil de rechazar.
Con una comprensión que me dio ganas de romper la bombilla.
—Jana...
—No.
—Te escucho.
—No me escuches así.
—Entonces dime cómo.
No tenía nada.
Ni una frase vulgar.
Ni un insulto limpio.
Ni una salida decente.
La puerta lateral se abrió y Ona asomó medio cuerpo.
—Abril dice que si seguís fuera va a poner cartel de «experiencia emocional no incluida».
Miró mi cara.
Se le borró la broma.
—¿Jana?
—Dentro —dije.
—Pero...
—Dentro, Ona.
Pasé junto a ella.
Entré en Lola y Sal con el móvil ardiéndome en la mano, la boca intacta y el cuerpo lleno de una vergüenza que no sabía convertir en chiste.
Esta vez no la busqué.
Busqué no mirar atrás.
Fallé antes de llegar a la barra.