No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 13 · JANA
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CAPÍTULO 13 · JANA

La primera canción de la noche empezó con un acople que hizo llorar a un niño y decirle a Quimet que antes la gente desafinaba con más respeto.

—Eso es ambiente —dijo el padre de Nil desde la mesa tres, levantando la caña.

Nil siguió moviendo el control de ganancia, aunque no hacía falta.

Tenía una mano en la mesa de sonido y la otra metida en el bolsillo delantero, donde yo sabía que la llevaba porque se la había puesto allí con mis dedos y una valentía muy discutible.

No miraba a su padre. Tampoco me miraba a mí.

Miraba los controles, los cables, el suelo, cualquier cosa que aceptara una solución con volumen y no con sangre.

Yo estaba detrás de la barra con tres vasos en la mano, el delantal manchado de café y la boca tan roja que casi podía cobrar entrada.

—Mesa seis pide dos claras, una sin espuma y una con poca —dijo Yasmina.

—Entonces pide agua con autoestima.

—Jana.

—Voy.

Cogí la bandeja. La mesa seis estaba justo al lado de la tres, porque Lola y Sal tenía una capacidad admirable para poner a la gente donde más daño hacía. Pasé junto al padre de Nil sin mirarlo. Él me miró igual.

—Jana, ¿no? —dijo.

—Depende de si trae una queja o dinero.

—Traigo oído.

—Pues guárdelo, que aquí se llena de arena.

La turista de la mesa seis se rio sin entender por qué. El padre de Nil también. Nil, desde la mesa de sonido, bajó una rueda con tanta precisión que el acople murió en seco.

Nil no levantó la vista.

Aun así, tenía la mandíbula dura.

Todo seguía funcionando mientras él no.

Dejé las claras. La de sin espuma tenía espuma. La de poca tenía un continente entero encima. La señora me miró con cara de haber asistido al derrumbe de la civilización.

—¿Esta cuál es?

—La sincera.

Volví a la barra.

Abril estaba junto al fregadero, secando vasos que nadie había pedido y mirando de reojo a Nil con esa prudencia que se le ponía cuando Biel estaba cerca de alguna herida antigua.

Biel se había colocado en la puerta lateral, quieto, brazos cruzados, cara de hombre disponible pero no invasivo.

Qué rabia daba la gente cuando aprendía.

—No intervengas —me dijo Abril.

—No he hecho nada.

—Todavía.

—Qué fea está esa confianza.

—Por eso te aviso.

Tina pasó detrás de mí con una caja de cubiertos.

—Si vas a morder al padre, avisa. Aparto cuchillos.

—No voy a morder a nadie.

Ona levantó la vista del móvil.

—Esa frase no tiene base histórica.

—Tú a grabar aceitunas.

—Hoy grabo traumas familiares con filtro cálido.

Vega, desde la mesa de las cinco, levantó un boli.

—Ona.

—Era broma.

—No.

Ona apoyó el móvil boca abajo.

La segunda canción empezó limpia. Nil subió el volumen justo, sin presumir.

La terraza cambió de ruido. La gente habló más bajo.

Las copas chocaron con menos violencia. Un perro se tumbó debajo de una silla.

Hasta el toldo viejo dejó de golpear durante cinco segundos, cosa que me pareció sospechosa.

Nil cogió la guitarra.

Mi cuerpo fue una traidora sin formación.

Lo noté en la espalda, en la nuca, en la boca.

La última vez que lo había visto con la guitarra llevaba mi pintalabios en la cara y yo una púa escondida donde una mujer decente guarda la vergüenza.

Ahora estaba bajo los toldos de Lola y Sal, con el padre delante, el pueblo mirando y el mensaje de ese hombre todavía colgado del móvil como un anzuelo.

No sabía qué pensaba contestarle.

Me negaba a preguntárselo.

Preguntar habría sido mostrar una puerta. Yo abría puertas solo para sacar basura o para irme antes.

Nil probó una cuerda.

Un sonido corto, seco.

Su padre apoyó los codos en la mesa.

—Esa guitarra sigue viva —dijo.

Nil no levantó la vista.

—Porque la cuido.

—Antes no tocabas tan tieso.

Las palabras atravesaron la terraza con zapatos mojados.

Un hombre de la mesa cuatro siguió comiendo bravas. La turista de la seis sorbió su clara. Quimet dejó de mover la espátula. Abril soltó el vaso dentro del fregadero con cuidado de no romperlo, que a veces era peor.

Nil dejó la mano quieta sobre las cuerdas.

Yo conté hasta tres.

Uno: asunto mío, cero.

Dos: padre mío, tampoco.

Tres: yo no sabía contar.

—Si la crítica musical viene con consumición mínima, perfecto —dije, apoyando una jarra de sangría en la barra—. Si no, aquí la nostalgia se cobra aparte.

El padre giró la cabeza hacia mí.

—Tú siempre cobras.

—Intento compensar a los que vienen a gastar saliva ajena.

Ona hizo un ruido pequeño.

Tina miró al techo.

Vega estudió la mesa, buscando un hueco debajo. Abril dijo mi nombre sin voz; solo movió la boca. Qué habilidad más irritante.

Nil me miró entonces. No con gratitud.

Con ese cansancio suyo que me daban ganas de empujar para ver si se caía o se reía.

—Jana —dijo.

—¿Qué?

—Déjalo.

—Estoy vendiendo bebida.

—No.

Ese «no» me dio justo entre los pechos, donde el calor ya hacía su trabajo. Nil tenía el don miserable de usar dos letras y quitarme medio argumento.

Su padre se echó hacia atrás en la silla.

—Mira, al final sí que manda alguien.

Ahí sí.

Ahí el suelo de Lola y Sal cambió de sitio bajo mis sandalias.

Nil dejó la guitarra en el soporte. Despacio. Se incorporó y miró a su padre.

—No.

Solo eso.

La gente no entendió nada, pero dejó de fingir que no escuchaba.

—Era una broma —dijo su padre.

—No.

—Nil.

—No me hables así cuando quieras que trague.

Se hizo un hueco raro en la terraza. Una niña dejó de sacudir una servilleta. La freidora tosió desde la cocina. El TPV pitó solo, porque aquel aparato tenía instinto criminal.

Yo apreté la jarra de sangría.

Abril me rozó el codo.

—No.

—No he hablado.

—Estás respirando con ganas.

—Qué controladora estás desde que tienes novio fijo.

—Qué viva estás desde que te estás metiendo en un lío.

—Yo nací en un lío.

—Jana.

Aquello olía a cuidado. Me sentó fatal.

El padre de Nil levantó la caña otra vez, pero no bebió.

—Solo quería una canción.

—No —dijo Nil.

—No hace falta ponerse así por una canción...

La púa cayó de la mano de Nil al suelo.

No sé cómo. No sé si se le escapó o si la soltó. Cayó junto al soporte del micro, negra contra la arena, con un golpe ridículo que yo oí desde la barra.

Me moví. Ni pensé.

Dejé la jarra sobre la barra, salí, crucé entre dos mesas, esquivé una mochila y me agaché antes que él.

La cogí. La recogí.

Mi vida, de repente, consistía en recoger algo suyo delante de gente incapaz de apartar la mirada.

Cuando me incorporé, Nil estaba a medio metro.

—Dámela —dijo.

—Se te cae mucho.

—Dámela.

—Tus objetos tienen ansiedad.

—Jana.

—Toma.

Se la puse en la mano.

Esta vez sin juego.

Sin tocarle más de lo necesario.

Me salió fatal de todos modos, porque su dedo me rozó la palma marcada y yo cerré la mano antes de tiempo. Quedó entre los dos, una vez más, como una mala costumbre con bordes.

Su padre se rio por lo bajo.

—Al final va a tocar ella.

Yo no lo miré.

Nil sí.

—Fuera.

Me salió seco y la terraza entera lo entendió. El padre parpadeó.

—¿Me echas?

—Sí.

Quimet salió de la cocina con el delantal sucio y la cara de hombre que llevaba años esperando una frase así sin saber de quién.

—Te acompaño, Borràs —dijo.

—No hace falta —contestó el padre, levantándose.

—Ya lo sé. Por eso.

Abril se acercó a la mesa.

—La consumición invita la casa —dijo.

—No necesito que me invitéis.

—No lo hacemos por ti.

El padre miró a Nil. Luego a mí. Sonrió con menos dientes.

—Vaya equipo.

Yo habría tenido que callarme.

Lo tenía muy claro.

Casi escrito en la frente por Vega con un boli rojo.

—Es que aquí, para montar espectáculo, pedimos reserva —dije.

Nil se pasó una mano por la cara.

Su padre me regaló una mirada que ya no intentaba caer bien.

—Cuidado con hacerte imprescindible, Jana. Luego una se cansa.

Ahí me quedé quieta.

Qué puntería tenía el hombre para lanzar piedras a ventanas ajenas sin haber visto la casa.

Nil dio un paso hacia él.

Yo lo sujeté de la muñeca. Igual que antes.

Igual que en la puerta lateral.

El pulso le golpeaba bajo mis dedos. Fuerte. Muy vivo. Muy cerca.

—No —dije.

Él se fijó en mis dedos.

—No me frenes.

—Te estoy frenando de romper mobiliario.

—Suéltame.

Lo hice. Al instante.

Porque había aprendido una cosa en tres días: a Nil le dolía que alguien decidiera por él casi tanto como a mí que alguien me cuidara en público.

El padre se colgó la guitarra y salió con Quimet detrás. Las mesas apartaron la mirada tarde. El portátil siguió con su canción alegre, ajeno a todo.

Nil sostuvo mi mirada. Yo tampoco.

Abril tocó la pantalla del TPV. Pitó. Normalidad de saldo.

—La terraza sigue abierta —dijo, sin mirarnos.

Volví a la barra porque alguien tenía que hacer algo con las manos y yo, cuando no sabía dónde poner el cuerpo, servía alcohol.

Durante veinte minutos, Nil montó, desmontó, ajustó, limpió un cable que no necesitaba limpiarse y no tocó la guitarra.

Yo cobré mal dos veces.

Tina me corrigió sin bromear.

Un insulto me habría resultado más fácil. Ona no grabó.

El entierro habría sido menos incómodo.

Vega apuntó las mesas con la letra más pequeña de lo normal. Vega haciendo letra pequeña era una señal de alarma.

A las diez y cuarto, Nil guardó la guitarra en la funda.

Me dio la espalda.

Me molestó tanto que casi se me cayó la botella de vermut.

—Ve —dijo Abril, a mi lado.

—¿Perdona?

—Ve.

—Estoy trabajando.

—Estás rompiendo vasos con la mirada.

—Eso no consta en contrato.

—Jana.

—No me mandes a arreglarlo.

—No te mando a arreglar nada. Te mando a no convertirte en una botella cerrada con gas.

—Qué imagen más trabajada.

—Se me ha ocurrido mientras intentabas asesinar una aceituna con unas pinzas.

Miré mi mano.

Tenía una aceituna en las pinzas del hielo.

De acuerdo. Fui sin pensarlo.

Nil estaba en la parte de atrás, junto a la furgoneta, cerrando la funda de la guitarra con una mano rígida. La luz de la bombilla exterior le partía la cara en dos. Sudor en la sien, camiseta pegada a la espalda, la mandíbula aún con la forma de no haber dicho todo.

—Si has venido a decirme que no debería haberlo echado —dijo sin mirarme—, ahórratelo.

—He venido a supervisar que no te lleves media instalación.

—Qué graciosa.