CAPÍTULO 12 · NIL
La canción entró en el pasillo con la misma voz que mi padre usaba para pedir perdón.
Afinada, fácil, falsa en los sitios que importaban.
Jana tenía una mano pegada a la mía y una línea de sangre cruzándome los nudillos. Ninguno soltaba. Desde la terraza llegaban palmas tímidas y el arrastre de una silla. Mi padre podía abrir una herida y conseguir que alguien marcara el compás.
—Suéltala —dije.
Jana me miró la mano.
—¿La púa?
—La escena.
No cedió un centímetro.
Eso hacía Jana. Sostenía justo cuando todo en ella quería salir corriendo y ponerse a vender chistes al por mayor.
—Me has dicho basta —dijo.
—Sí.
—Delante de todos.
—Sí.
—Bien. Me gusta que repasemos juntos tu falta de criterio.
—No quería que te metieras.
—Ya me había metido.
—Ese es el problema.
Sus dedos se aflojaron un poco. No del todo.
Seguía allí, con el pelo pegado a la sien, una mancha de café en el escote y la palma enrojecida. Estaba enfadada y preocupada; en Jana las dos cosas usaban la misma voz.
La canción de mi padre subió de volumen porque la puerta lateral seguía abierta.
Quimet dijo algo dentro.
Mi padre contestó con una rima fácil.
La mesa tres aplaudió.
Se me revolvió el estómago.
—Voy a entrar —dije.
—Vas a entrar con esa cara y vas a regalarle exactamente lo que quiere.
—No sabes lo que quiere.
—Quiere público.
Me reí sin ganas.
—Qué raro que tú no.
Me salió mal: la vi tocarle la cara.
Primero no pasó nada. Luego Jana la soltó.
Pequeño movimiento. Grandísimo desastre.
—Muy fino —dijo.
—Jana...
—No. Has acertado un poco y eso siempre anima una conversación.
—No quería decir eso.
—Pero te ha quedado con música de fondo. Muy de familia.
Me lo merecía. Todo.
Aun así, me dolió que me lo diera tan exacto.
La guardé en el bolsillo y abrí el maletín de montaje de la furgoneta. Busqué una gasa. Encontré una pila, un adaptador viejo, cinta de escenario, un destornillador pequeño y un paquete de servilletas de Lola y Sal robadas sin intención. Perfecto. Me apreté una contra el corte.
Jana alargó la mano.
—Dame.
—No.
—No seas burro.
—No necesito...
—Termina esa frase y te muerdo donde menos puedas explicarlo.
Se me pararon las manos. Ella también.
Una parte de mí, la más idiota, la más viva desde que había visto mi pintalabios en mi boca, eligió imaginarlo.
Mal momento. Peor cuerpo.
Me vio la cara.
—No pongas esa cara —dijo.
—¿Cuál?
—La de tener una idea mala.
—La has puesto tú.
—Yo pongo muchas cosas.
Asentí una vez.
El calor de la furgoneta era insoportable.
La chapa había estado tragándose sol toda la mañana.
Olía a cables, madera vieja de altavoz, sudor, una camiseta usada y el perfume de Jana, que se había quedado dentro desde la noche anterior o quizá lo llevaba yo pegado al cerebro. Daba igual. Estaba por todas partes.
Ella me quitó la servilleta de la mano y miró el corte.
—Es poca cosa.
—Te lo dije.
—Que tenga razón no te autoriza a sangrar encima de todo como un mártir cutre.
—No sangro encima de todo.
—Tienes una gota en el cable.
Miré el cable.
Tenía razón.
—Ese cable ya ha visto cosas peores.
—Seguro. Trabaja contigo.
Cogió una botella de agua de la furgoneta, la abrió con los dientes porque tenía una mano ocupada, y me echó un chorro sobre el corte.
—Joder.
—No seas delicado.
—Está fría.
—Te felicito por conocer las propiedades del agua.
Me envolvió la mano con una servilleta limpia y un trozo de cinta aislante.
—Eso es antihigiénico —dije.
—Eso es mediterráneo.
—Eso es una infección con personalidad.
—Mañana, si se infecta, se lo explicas tú a la doctora.
—No se va a infectar.
—Eso dicen todos antes de que se infecte.
«Boda» sonó entre nosotros y ninguno hizo una broma durante un instante. Grave.
Jana fijó la cinta con el pulgar. Me apretó lo justo. Luego se quedó mirando su trabajo. Mi mano en la suya. Su uña astillada rozándome la piel. Mi padre cantando dentro. La terraza aplaudiendo una frase que probablemente no significaba nada y por eso entraba tan fácil.
—No me mires así —dije.
—Estoy mirando la chapuza.
—No.
Levantó los ojos.
—¿Así cómo, Borràs?
No respondí.
Porque la respuesta era ridícula.
Con esa cara de haberme visto antes de que pudiera ponerme entero.
Con esa rabia suya de importarle una cosa que no quería tocar.
Con la amenaza mínima de quedarse un minuto más.
Con el miedo absurdo de que se fuera antes de que yo pudiera echarla.
—Con pena no —dijo ella, más bajo.
Me odié un poco por haberla enseñado a pronunciar esa palabra con cuidado.
—No sé qué cara pones cuando no sabes dónde meter las manos —dije.
—Normalmente en tu camiseta.
Solté una risa corta.
Me salió de verdad.
Jana sonrió apenas un instante. Luego miró hacia la puerta lateral y la sonrisa se fue.
Dentro, mi padre cambió de canción.
La reconocí al primer acorde, no por el título, sino por la manera en que mi padre ocupó la canción como si la terraza también fuera suya.
La tocaba fácil, demasiado fácil.
Ese era su talento: hacer que una melodía pareciera una disculpa sin tener que pedir perdón.
La sangre me subió a la cara.
—No —dije.
Jana se giró hacia la puerta.
—¿Qué?
No pude contestar.
La canción siguió, alegre y segura, mientras él hacía lo de siempre: entrar, sonar bien y obligar a los demás a recolocarse alrededor.
—Nil.
No me tocó.
Dejó un palmo entre los dos. Me dejó decidir.
Me enfadó que acertara.
—Voy a apagarle el micro —dije.
—Hazlo.
Busqué su cara.
—¿Ahora no me dices que no entre así?
—Ahora sí sabes qué vas a hacer.
Pasé junto a ella.
Me agarró por la camiseta. No para pararme.
Para hacerme mirarla.
—Pero no le des una canción más.
Me entró limpia.
Le di la razón con la cabeza. Crucé la puerta.
Dentro seguían los platos, los vasos y los turistas. En el centro estaba mi padre, con la guitarra y una canción que no era suya. Me vio volver.
Sin prisa. Eso le molestó y le cambió la cara. No me detuve.
Fui directo a la mesa de sonido. La mía. La que acababa de montar por trabajo, por dinero, por Abril, por no reconocer que también había venido porque Jana estaba cerca. Bajé el canal del micro. La voz de mi padre se cortó a mitad de una palabra.
La guitarra siguió seca, sin amplificar.
Las palmas murieron una a una.
Mi padre levantó la cabeza.
—¿Qué haces?
—Trabajar.
—Estaba cantando.
—Ya no.
Una mesa se removió incómoda.
Abril apretó la lista contra la barra.
Biel estaba en la puerta de la cocina, con una caja en las manos, inmóvil. Quimet apoyó la espátula sobre el borde de la plancha. Yasmina miró a Jana, que había entrado detrás de mí y se había quedado junto a la puerta lateral con los brazos cruzados.
No a mi lado.
Tampoco lejos.
Mi padre dejó la guitarra sobre sus rodillas.
—No hacía daño a nadie.
—A mí sí.
Nadie recogió lo que acababa de decir. Quedó allí, feo y simple.
Mi padre parpadeó.
Por una vez, no tuvo chiste a mano.
Yo tampoco.
Menos mal.
—Nil —dijo, bajando la voz.
Tarde para fingir.
Siempre bajaba la voz tarde.
—Esa canción aquí no.
—No pensaba...
—Nunca piensas antes de entrar.
Una turista susurró algo. Abril fue hasta la mesa tres y preguntó si querían otra cosa. Con una voz normal. Profesional. Brutal. Salvó la terraza sin salvarme a mí.
Buena amiga de Jana.
Mi padre se levantó. Se colgó su guitarra a la espalda.
—Te has vuelto muy solemne.
—Y tú muy viejo para seguir haciendo esto.
Le di. Lo supe.
Se le apagó la cara en un sitio que reconocí de mí mismo. Eso tampoco me hizo sentir mejor. Solo más sucio.
—Vale —dijo.
Cogió su vaso de caña, se lo terminó de un trago y dejó unas monedas sobre la mesa.
—El sábado estoy en Marblava. Si se te pasa, ya sabes dónde encontrarme.
Miré el vaso que tenía delante.
No iba a ir.
Eso pensé.
Mi padre pasó junto a mí sin tocarme. Antes de salir, se detuvo al lado de Jana.
—Cuídalo, que se rompe por dentro y luego dice que son los cables.
A Jana se le levantó una comisura. No llegó a sonrisa.
—Yo rompo cosas más caras.
Mi padre la miró un instante, buscando complicidad.
No la encontró. Salió.
La terraza tardó en volver a respirar.
Luego Quimet gritó desde la cocina:
—¿Quién quiere calamares antes de que me arrepienta de vivir?
Funcionó.
Un niño levantó la mano.
Una mesa pidió dos cañas.
El TPV pitó.
Lola y Sal, muy cabrón, siguió abierto.
Yo recogí el micro con una mano vendada con servilleta y cinta aislante. Me temblaban un poco los dedos. No mucho, pero bastaba para odiarlo.
Jana se acercó cuando nadie miraba de verdad.
—Has apagado bien —dijo.
—No soy un aparato.
—No te estoy tratando como uno.
—Lo sé.
—Estás buscando pelea porque no sabes dónde ponerlo.
—Ni se te ocurra empezar.
—Estoy calentando.
No le quité los ojos de encima.
Tenía la púa en la mano.
No supe cuándo la había cogido.
—Dámela.
—No.
—Jana.
—Si te la doy ahora, vas a tocar para demostrar que puedes. Y vas a sonar fatal.
—No sabes nada.
—Sé lo de los dedos tristes. Tengo informe.
Di un paso de más.
No me importó.
—No me hagas reír ahora.
—No intento hacerte reír.
—Sí.
—Vale. Un poco.
Estábamos junto a la mesa de sonido, con una terraza fingiendo normalidad y Abril vigilándonos. Jana llevaba mi cinta y mi sangre seca en una servilleta. Me pareció absurdo que siguieran saliendo calamares de cocina.
—Ven —dije.
—¿Dónde?
—Fuera.
—¿Para montar otra escena?
—Para no montarla aquí.
Me siguió.
Porque era Jana.
Porque no sabía obedecer una regla ni cuando la inventaba ella.
Fuimos a la parte de atrás, junto a la furgoneta. La puerta quedó abierta. Dentro olía peor por el calor. Yo apoyé la mano buena en la chapa y solté el aire.
—Lo siento —dije.
Jana dejó de moverse.
—Uy.
—No hagas eso.
—Perdón. Es que me has asustado.
—Lo de antes. Lo de que querías público.
—Ah.
—Fue una mierda.
—Sí.
—No iba...
—Ya lo sé.
—Déjame acabar.
—Qué carácter.
Me salió su nombre, bajo.
Levantó las manos.
—Acaba.
No sabía cómo.
Había apagado un micro delante de todos y le había dicho a mi padre que me hacía daño. Delante de Jana, en cambio, una disculpa sencilla se me atascaba.
—Cuando entras por mí —dije—, no sé si me ayudas o me dejas más expuesto.
Jana miró el suelo entre los dos.
Asentí una vez.
—Y cuando haces ruido, me dan ganas de dejarte porque me resulta fácil que lo tapes.
—Qué bonito todo. Me estás llamando cortina.
—Te estoy diciendo que me gustó.
Se quedó sin respuesta.
Jana sin respuesta era una cosa rara. Un corte de luz. Una nevera dejando de sonar de golpe.
—Me gustó que quisieras morderlo —dije—. Más de lo que debería.
Se le movió la garganta antes de contestar.
—Eso es grave.
—Sí.
—Yo muerdo fatal.
—Lo sé.
—Y no gratis.
—También.
La furgoneta estaba entreabierta. La puerta hacía sombra sobre su hombro. Jana se apoyó en el marco, con ella en la mano. El rojo de su boca parecía nuevo, aunque llevaba toda la mañana sobreviviendo al calor, a mi padre y a mí.
—No tienes que pagarme nada por quedarme —dijo.
Lo solté con uñas. No salió limpio ni dulce; salió torcido, a su manera.
Me acercó más que cualquier ternura.
—No sé hacer eso —dije.
—¿Qué?
—Que alguien se quede sin esperar el golpe.
—Yo sí espero el golpe. Solo que suelo pegar primero.
La miré a la boca.
No debí hacerlo.
Jana siguió mi mirada hasta su boca.
—No me mires para salir de ahí —dijo.
—No estoy saliendo.
—Sí.
—Entonces dime que pare.
No lo dijo.
La púa cayó dentro de la furgoneta, sobre una manta vieja.
El sonido fue mínimo.
Mi cabeza lo oyó entero.
Jana me cogió por la camiseta con dos dedos.
—Esto no arregla lo de tu padre.
—Lo sé.
—Ni lo de antes.
—Lo sé.
—Ni cuenta como conversación.
—Mejor.
La besé.
O me besó ella.
A esas alturas, la contabilidad estaba perdida y probablemente denunciada por fraude.
Fue distinto al baño del Club Aleta. Allí había prisa, grifo abierto, novia gritando y ganas de convertir el deseo en coartada. Aquí había calor quieto, la puerta de la furgoneta tapándonos a medias, mi mano mal vendada y la voz de mi padre todavía pegada por dentro como humo barato.
Jana me besó con rabia al principio. Luego no.
Luego le tembló un poco la mano en mi camiseta y esa mínima rendija me desarmó más que cualquier cosa.
La cogí de la cintura con la mano buena.
Ella se pegó a mí sin hacer teatro, sin frase, sin risa.
Su cuerpo encajó contra el mío con una necesidad que no se podía vender como broma ni, aunque Jana pusiera precio.
—No te acostumbres —murmuró.
—Tarde.
Se quedó allí.
Lo dije antes de poder limarlo.
Tarde, como siempre.
Ya no pude recogerlo.
Ninguno de los dos habló.
Durante un instante solo estuvo el calor, mi respiración contra su boca, su mano en mi nuca y la puerta lateral de Lola y Sal golpeando una vez por el viento.
Luego Jana me soltó.
Despacio, a propósito.
Casi peor.
—No digas eso —dijo.
—Ya lo he dicho.
—Pues recógelo.
—No.
La vi levantar la defensa. Física.
Primero los hombros. Luego la barbilla. Después la boca.
—Muy bien —dijo—. Pues no uses palabras que parezcan que pesan.
—Llegas tarde con esa petición.
—Yo uso palabras pequeñas.
—Usas púa, pena, no corras, quédate, no vengas.
—Quédate no lo he dicho.
La puerta lateral se abrió antes de que yo contestara.
Ona asomó la cabeza.
—Abril pregunta si habéis terminado. Hay una mesa esperando y yo no pienso explicar el rojo.
Jana se mordió el interior de la mejilla.
—Te mato.
—Con razón —dijo Ona—. Pero luego.
Volvió a cerrar la puerta.
Jana se separó otro centímetro.
Suficiente para que la echara de menos y me odiara por ello.
—Tengo que entrar —dijo.
—Lo sé.
—Y tú tienes que montar música.
—Sí.
—Y no tocar dedos tristes.
—No prometo nada.
Se agachó, la cogió de la manta y me la metió en el bolsillo delantero de los vaqueros.
Sus dedos se quedaron dentro del bolsillo un segundo de más.
—Toca lo que te dé la gana —dijo—. Pero toca tú.
Salió hacia la puerta lateral.
La seguí con la mirada, porque la dignidad ya se había ido con mi padre a buscar una caña.
Antes de entrar, Jana se giró.
—Nil.
Esperé sin respirar.
—Lo de tarde...
El cuerpo se me quedó quieto antes que la cabeza.
Ella se tocó el labio inferior con el pulgar. No para limpiarse. Para ganar tiempo.
—Eso tampoco cuenta.
Entró antes de que pudiera responder.
El móvil vibró dentro de la furgoneta.
Un mensaje de mi padre.
PARE: Sábado. Marblava. Tocamos un par juntos y hablamos.
Lo leí una vez y lo guardé.
Apoyé las dos manos en el volante.
Jana ya había entrado. Mi padre quería que volviera a tocar. No arranqué.