No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 11 · JANA
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CAPÍTULO 11 · JANA

No lo dejé cruzar solo.

Le agarré la muñeca antes de que la puerta lateral terminara de abrirse. Estaba caliente, dura, viva de rabia; su pulso me golpeó debajo de los dedos más fuerte que la música mal tocada de dentro.

—No entres así —dije.

Nil ni siquiera me miró.

—Suéltame.

—No.

—Jana.

—Si vas a partirle la guitarra en la cabeza a alguien, por lo menos dime dónde guardáis el seguro.

No hizo gracia.

Bien. No iba para eso.

Nil tiró de la muñeca, pero no fuerte. Solo lo justo para recordarme que podía soltarme cuando quisiera. Lo bastante para obligarme a elegir si seguía allí haciendo de pared humana sin permiso. Seguí adelante.

Dentro, la guitarra sonó otra vez. Un acorde limpio al principio, luego una cuerda que vibró rara.

Esa guitarra tenía una voz distinta de la de Nil.

O quizá era la mano. Qué sabría yo. Yo sabía de brochas, de pelos que no obedecen, de mujeres llorando antes de una boda, de horquillas metidas en sitios imposibles. No de guitarras.

Pero supe que aquello estaba mal.

Lo supe por la nuca de Nil.

—No voy a pegarle —dijo.

—Muy tranquilizador que lo aclares sin que nadie pregunte.

—Jana.

—Voy contigo.

Ahí sí me miró.

La puerta, entreabierta, dejaba pasar olor a aceite, café recalentado y verano sudado. Desde la terraza llegó una risa. Su padre había dicho algo. La gente se lo estaba comprando barato.

Nil bajó los ojos a mi mano en su muñeca.

—No tienes que venir.

—Ya. También sé que no tengo que comer patatas frías de Quimet a las once de la mañana y mírame, una mujer llena de decisiones pobres.

—Esto no es una broma.

—No. Por eso estoy hablando tanto.

Se le movió la mandíbula.

No me dio las gracias.

Mejor. Si me las daba, yo seguramente habría hecho una barbaridad para equilibrar.

Abrí la puerta del todo y entramos juntos.

No de la mano. Yo sujetándole la muñeca como quien sujeta una bolsa que gotea antes de que te manche el suelo. Mucho más elegante. Mucho menos condenatorio para una mujer con reglas.

El padre de Nil estaba sentado en una silla de la terraza, la pierna cruzada, la guitarra de Nil apoyada en el muslo y dos mesas mirándolo con esa atención floja de los turistas antes de comer.

Había colocado los dedos sobre las cuerdas con una confianza que me dio ganas de quitarle hasta los cubiertos.

Abril me esperaba detrás de la barra con los brazos cruzados. A su alrededor, el trabajo se había detenido de esa manera falsa que solo existe cuando cuatro amigas quieren escuchar.

Quimet asomaba desde la cocina con una espátula.

El chiringuito entero respiraba por la boca.

—Ahí está —dijo el padre de Nil—. Pensaba que había perdido a mi técnico.

—Suelta la guitarra —dijo Nil.

Seco. Sin adornos.

El padre hizo una mueca de sorpresa ensayada.

—Hombre, una guitarra se toca, hijo. Para mirarla ya están las vírgenes de las iglesias.

—Suelta la guitarra.

—Le estaba enseñando a esta mesa que antes en esta cala había música de verdad.

—Eso debe de ser antes de que aprendieran a pagar derechos, supongo —dije.

En la mesa tres se escapó una risa incómoda.

Nil me lanzó una mirada.

Vale. Aquello no iba a ganar premios de diplomacia.

Su padre sí se rio. Mucho. Con ganas. De esas risas que te colocan en la conversación, aunque no quieras.

—Jana, ¿no? Me habían hablado bien de ti.

—Qué falta de prudencia.

—Ahora entiendo por qué.

—Y yo entiendo por qué Nil contesta mensajes con frases de tres palabras.

La risa de su padre bajó un punto.

Tina murmuró desde detrás:

—Ay, madre.

Abril dio un paso.

—Aquí esta noche hay música contratada, pero todavía no hemos abierto turno. Si queréis hablar, fuera de la terraza.

—No molesto —dijo el padre.

Lo dijo con una calma que obligaba a todos a discutir la evidencia.

Nil se soltó de mi mano. No de golpe. Sin enfado conmigo. Con cuidado. Eso me molestó por motivos que no cabían en ninguna legislación sana.

Caminó hasta la silla.

—Dámela.

Su padre miró la guitarra. Luego a él.

—Sigue sonando bien.

—No era una pregunta.

—La cuidaste.

—Sí.

—Mira. Algo bueno aprendiste.

La guitarra, entre los dos, pareció encoger.

A mí se me cerró la mano. Busqué en mi bolsillo, luego recordé que el plástico negro lo tenía Nil, luego no supe qué hacer con los dedos. Los metí debajo del borde de la barra y me clavé una astilla pequeña. Me vino bien.

Dolía sencillo.

—No hagas esto aquí —dijo Nil.

—¿Tocar?

—Hacerte el gracioso.

—Estoy saludando a mi hijo.

—Pues salúdame sin coger mis cosas.

La terraza perdió un poco de hambre. Lo noté. Las cucharas se movieron menos. Una niña dejó de arrastrar una silla. El TPV pitó desde la barra, porque hasta la máquina tenía opinión.

El padre de Nil apoyó la palma sobre la caja de la guitarra.

—Siempre te pones así cuando vuelvo.

«Vuelvo» me rozó por dentro, aunque no me pertenecía. Nil se quedó clavado frente a la caja.

Eso fue lo que me hizo moverme.

No lo que había dicho su padre. No la guitarra. No el público. Nil callado.

Yo conocía las pausas ajenas que no traían paz.

En mi casa también se usaban los favores para entrar sin llamar.

Mi madre te hacía una sopa y luego te la cobraba durante tres Navidades.

Te cuidaba con una mano y te dejaba la factura en la otra.

Nadie llamaba a eso deuda. Lo llamaban familia y luego brindaban.

Así que sí, entendí. Más de lo que me convenía.

Me puse detrás de la barra y cogí una libreta vieja, la primera que encontré: una de cuentas con una mancha de café. Nada de libreta de Lola, gracias a todos los santos de las tapas aceitosas.

—De lujo —dije—. Si va a haber drama musical, lo apunto. Canción no contratada, suplemento. Guitarra ajena, otro. Lo de tu padre ya no sé cómo cobrarlo.

Ona se tapó la cara.

Vega dejó el bolígrafo sobre la libreta con precisión de amenaza.

Quimet dijo desde la cocina:

—El daño moral lo cobramos caro.

—Gracias, Quimet.

El padre de Nil se me quedó mirando.

Por fin sin sonrisa de feria.

—Qué protectora.

Lo dijo con tono protector. Qué asco.

Nil se giró hacia mí.

Vi lo que iba a decir antes de que abriera la boca. No.

No me metas ahí.

No me pongas ese papel.

No delante de él.

Lo habría entendido si yo hubiera sido una persona mejor entrenada.

—No protejo —dije—. Facturo.

El padre se rio por lo bajo.

—Eso se nota.

—Y usted lleva diez minutos consumiendo escenario sin reserva.

—La chica manda.

—La chica trabaja.

—Jana —dijo Nil.

No me gustó el tono, ni el de él. Bajé la libreta.

—¿Qué?

—Basta.

Basta.

Una palabra pequeña. Normal. Hasta útil.

Me dio en toda la boca.

Porque yo no estaba defendiendo a Nil. Claro que no. Yo estaba haciendo ruido. Mi especialidad. Estaba llenando de chistes el hueco donde él no podía respirar y llamándolo personalidad.

Qué bonito.

Qué inútil.

—Muy bien —dije.

Dejé la libreta sobre la barra.

El padre de Nil aprovechó el hueco.

Siempre hay gente que sabe oler un hueco antes de que una lo vea.

—Una canción y me voy —dijo—. Así no discutimos.

—No —contestó Nil.

—No te estoy pidiendo una vida.

La mano de Nil se cerró sobre el mástil de la guitarra.

—No.

—Ni que me perdones.

—Para.

—Ni que vuelvas conmigo a tocar el sábado.

Abril dio otro paso.

—Se acabó.

Pero el padre de Nil ya tenía al público. No a todo. A dos mesas, a un turista que pensaba que aquello era color local, a una señora que sonreía porque no entendía la mitad. Le bastaba con poco. Se notaba que llevaba toda la vida fabricando público con migas.

—Antes seguías mejor el ritmo —dijo—. Te miraba y sabías entrar.

Nil tiró de la guitarra.

Su padre no la soltó al principio.

Duró un instante, un momento tonto.

Dos manos en la madera. Una guitarra entre un hijo y un padre. Toda la terraza convertida en ojo.

Luego sonó un chasquido.

Una cuerda saltó.

No se rompió hacia fuera. Se soltó de golpe y le cruzó la mano a Nil. Un latigazo fino, seco. Él soltó un taco y retrocedió un paso.

Yo fui hacia él.

Las reglas podían esperar.

—Nil.

—Estoy bien.

—Te ha cortado.

—Estoy bien.

Tenía una raya roja en el dorso de la mano. Pequeña. No grave. Suficiente.

Su padre se levantó con la guitarra en una mano.

—Ha sido sin querer.

Nil se rio una sola vez, fea de verdad.

—Cómo no.

—No abras esa puerta.

—¿Yo?

El padre levantó las manos, pero seguía sujetando la guitarra. Ese detalle me puso enferma.

—Por favor, no hagamos una escena.

Ahí ya no pude más.

—Tarde.

Lo dije bajo.

Su padre me miró.

Nil también.

La terraza se quedó sin platos ni voces durante un segundo.

Yo fui hasta el padre de Nil y alargué la mano.

—La guitarra.

—Jana —dijo Abril, esta vez sin advertencia. Con miedo.

No le hice caso. Fatal. Previsible. Muy de mi expediente.

El padre me miró la mano.

—No creo que sea asunto tuyo.

—Tiene razón —dije—. Pero tengo práctica con cosas que no son asunto mío y aun así terminan encima de mi barra.

—Chica lista.

—No se confunda. Lista no. Cansada.

Vi el cambio en su cara.

No mucho. Apenas el gesto de alguien a quien por fin le han quitado el foco bueno.

—Dale la guitarra —dije.

—Que me la pida él.

Nil estaba detrás de mí.

No se movía.

—Nil —dijo su padre—. Pídemela.

Qué asco.

Qué forma más limpia de ensuciar una palabra.

Algo se me subió por el pecho. No me pertenecía. No del todo. Pero lo reconocí. Esa humillación pequeña de tener que pedir lo que ya era tuyo. Esa trampa.

Me giré hacia Nil.

Tenía la mano sangrando poco, la boca apretada y los ojos fijos en la guitarra. No me miraba a mí. Mejor. Si me miraba, yo quizá habría hecho lo correcto. O lo peor. En mí la diferencia era bastante administrativa.

Nil dio un paso.

—Dámela.

Su padre sonrió.

—Así cuesta menos.

Le tendió la guitarra.

Nil la cogió.

No con violencia.

Con cuidado.

Eso fue lo que me partió un poco, aunque yo no tenía derecho a romperme con cosas ajenas.

La cuerda suelta le colgaba sobre la madera. Un arañazo nuevo cruzaba cerca del puente.

Nil lo vio.

Su padre también.

—Eso se arregla —dijo.

Nil se guardó la guitarra contra el pecho.

—No todo se arregla porque sepas tocar tres acordes.

El padre abrió la boca.

Por una vez, no encontró una frase rápida.

Milagro. De los baratos, pero milagro.

Nil pasó junto a mí hacia la puerta lateral.

No me rozó.

Me dolió más que si me hubiera empujado.

Yo fui detrás.

—Jana —dijo Abril.

—Ahora vuelvo.

Mentira, claro.

No sabía si volvía.

No sabía si me tocaba irme, quedarme, callarme, pedir perdón o romperle una silla al padre de Nil. Todo me parecía razonable y mal vestido.

Al salir, el calor me golpeó en la cara. Nil caminaba hacia la furgoneta con la guitarra contra el cuerpo y la mano sangrando en una raya fina.

—Nil.

No paró.

—Nil, joder.

Abrió la puerta trasera de la furgoneta y dejó la guitarra dentro sobre una manta vieja. Lo hizo despacio. Casi con ternura. Eso me cabreó por puro reflejo, porque a mí la ternura ajena me dejaba sin herramientas.

—Te sangra la mano —dije.

—Lo sé.

—Tengo agua oxigenada en el coche.

—Claro que tienes.

—Y tijeras, horquillas, tres pintalabios y un paquete de galletas abiertas desde mayo. Soy una farmacia con ruedas.

—No necesito nada.

—Mentira.

Se giró.

Tenía los ojos duros.

—No hagas de esto otra escena.

Me quedé quieta. Me dio.

Bien dado.

No porque gritara. No gritó. Nil no necesitaba levantar la voz para dejar una marca.

Me tragué la primera respuesta. La segunda. La tercera, que incluía una referencia a su padre y a cierta parte de la anatomía de los músicos de temporada.

—Vale —dije.

Y esa palabra, en mi boca, sonó rara.

Nil parpadeó.

Yo metí la mano en el bolsillo. La busqué sin acordarme de que ya no la tenía. Buscaba una excusa pequeña. Una cosa negra. Un trozo de plástico donde meter los dedos para no tocarlo.

No encontré nada.

Desde dentro, su padre volvió a rasguear otra guitarra. No la de Nil. Sonó distinta. Seguramente había cogido la suya. La voz le entró por la puerta lateral, alegre otra vez, presentándose ante la terraza como quien acaba de tropezar con un cable y decide convertirlo en baile.

—Esta va dedicada al técnico serio de la casa —dijo.

Nil se frotó la nuca.

Yo no pensé.

Entré en la furgoneta medio cuerpo, abrí una caja de cables y vi la púa negra en el compartimento de la funda. La cogí.

Se la puse en la palma a Nil.

—La necesitas para no romperle la boca —dije.

Él abrió los ojos.

—Jana.

—Y yo necesito que no me digas basta delante de todos si estoy haciendo una estupidez por ti.

Nil cerró la mano.

Desde dentro, su padre empezó a cantar.

Abrí la puerta lateral.

—Vamos.

Nil me miró.

Entré primero.