CAPÍTULO 10 · NIL
Al dármela, todavía guardaba el calor de Jana.
Eso fue lo primero que pensé.
Mi padre acababa de entrar en Lola y Sal con la comodidad de quien llevaba allí toda la tarde. Medio local había oído su frase de mierda. Abril estaba quieta junto a la barra y Quimet sujetaba una espátula en la cocina. Yo solo veía la guitarra.
Pensé en ese calor.
En la marca que había dejado en la palma de Jana.
En sus dedos cerrándose para que mi padre no la tocara.
Qué estupidez.
Qué peligro.
—Una canción —repitió mi padre.
La terraza ya estaba dentro. No físicamente, pero sí con los ojos. Los turistas de la mesa tres sonreían. Quimet no. Abril tampoco. Biel acababa de aparecer por la puerta lateral con una caja de bebidas y esa mirada de hombre que reconoce un incendio, aunque todavía no vea humo.
Jana seguía a mi lado: a un roce de tocarme y a una distancia absurda para todo lo que me pedía el cuerpo.
—No —dije.
Mi padre levantó las cejas.
—Qué duro.
—Estoy trabajando.
—Pues trabajamos juntos.
—No.
Él no me salió seco.
Mi padre dejó la guitarra contra el respaldo de una silla y aplaudió una vez, suave, celebrando una gracia que yo no había hecho.
—Mira que eres cabezón. De pequeño te pasabas horas siguiendo mis dedos y ahora parece que te haya enseñado a robar.
Jana se movió. Un centímetro.
Bastó para que yo notara que iba a abrir la boca.
—No —le dije, bajo.
Ella me miró.
—¿Perdona?
—No lo hagas.
—¿El qué?
—Morder.
Sonrió sin gracia.
—A ti te ha funcionado regular pedírmelo.
Mi padre nos observaba con atención nueva. No la de antes, la de escenario. Otra. Más fina. Más molesta.
—Así que Jana —dijo.
—Así que usted —contestó ella.
—Ahora entiendo el vídeo.
Cerré la mano.
—No hables del vídeo.
—Era una broma.
—No.
Mi padre dejó caer la sonrisa otro poco. Se le notó la edad en la comisura. Apenas, pero bastó para que alguien con buen corazón sintiera culpa.
Yo no tenía buen corazón a esa hora.
Tenía cansancio, calor y la memoria de muchas barras donde él me había presentado como «mi chaval» antes de desaparecer con una mujer, con un músico, con un coche o con una excusa.
—Nil —dijo Abril—. Monta tranquilo. La música empieza a las ocho y media. Sin cambios.
—Qué formal está todo —soltó mi padre—. Antes este sitio tenía más cintura.
—Antes también se pagaba menos luz —dijo Quimet.
—Y tú cocinabas peor.
—No te he echado de menos, Borràs.
Mi padre se rio y ganó otra mesa. Lo que perdiera por el camino nunca le había interesado contarlo.
Jana puso una mano sobre la barra.
La uña astillada. Pintalabios perfecto. La palma marcada.
—Aquí se cobra por cantar —dijo.
Mi padre la miró encantado.
—¿Tú mandas?
—Depende de quién pregunte.
—Pregunto yo.
—Entonces no.
Yasmina soltó una carcajada. Ona, desde la mesa de las cinco, murmuró «madre mía» con devoción. Tina pasó por detrás de mi padre con una caja vacía y lo obligó a apartarse sin pedir permiso.
Jana estaba haciendo lo suyo: llenar el sitio de ruido para que nadie mirara donde dolía. Lo supe.
Me cabreó saberlo.
—No necesito que hagas esto —le dije.
—Estoy atendiendo a un cliente que no ha pedido mesa.
—No es un cliente.
—Entonces peor. Ocupa sin consumir.
Mi padre se señaló con una mano en el pecho.
—Estoy aquí, ¿eh?
—Se nota —dijo Jana.
Jana no sabía quedarse quieta delante de una herida. Hacía ruido, movía cosas, obligaba a todos a mirar otra parte. A veces ayudaba. A veces dolía.
Yo no quería admitir nada.
—Basta —dije.
A ella. A mi padre.
A la terraza. A mí.
Mi padre levantó las manos.
—Vale. No tocamos. Ya veo que hoy no se puede respirar sin permiso.
—Respirar sí —dijo Abril, seca—. Montar un espectáculo sin cobrar, no.
Bien por Abril.
Mal por mi presión arterial.
Llevé el soporte a la esquina de la terraza y pasé el cable por debajo de la barra, lejos del paso, de mi padre y de Jana. No sirvió. Notaba cada mirada en la espalda.
Mi padre no se fue.
Se sentó en la mesa más cercana a la barra, pidió una caña a Yasmina y empezó a hablar con Quimet de un verano antiguo en el que, según él, Lola y Sal cerraba más tarde, se bailaba encima de las mesas y nadie tenía tanta cara de funeral.
La mesa tres lo escuchaba encantada.
Los hombres así caen bien porque saben elegir historias donde ellos siempre se marchan antes de que toque limpiar.
Apreté el cable hasta que el plástico me marcó la palma.
Jana apareció a mi lado con una caja de vasos.
—Aparta.
—Estoy montando.
—Y yo llevo cristal. El cristal gana.
Me aparté. No tanto.
Su brazo rozó el mío. Una nada. Una miseria de piel. En mi bolsillo, aquello pesó de pronto como una piedra.
—No tienes que salvarme de él —dije.
—Qué manía con creer que todo va de salvar.
—Lo haces.
—Te estás dando protagonismo. Yo discuto con cualquiera antes de la una.
La llamé por su nombre.
Dejó la caja en la mesa con un golpe.
—Nil.
Tenía los ojos verdes más oscuros con esa luz de toldo viejo. No estaban tiernos. Gracias. Si me hubiera mirado con ternura habría tenido que irme andando hasta otro municipio.
—No me mires con pena —dije.
—No me pongas esa frase en la boca cada vez que te incomoda que esté delante.
Me calló.
Me dejó sin respuesta, cosa rara.
Ella lo vio. La sorpresa le tensó la mandíbula.
—No soy buena —añadió—. No te confundas.
—No me confundo.
—Bien. Porque si fuese buena te diría algo limpio y te acariciaría el brazo. Y mira, no.
—¿No?
—No. Me apetece meterle una servilleta en la boca y no es lo mismo.
Me salió una risa.
Pequeña, pero afilada. Involuntaria.
Jana me miró la boca y el gesto me sonó a reto.
—Eso sí lo acepto —dijo.
—¿Qué?
—Que te rías cuando insulto a tu padre.
—No lo has insultado.
—Estoy calentando.
El móvil vibró en mi bolsillo. No lo miré.
Jana sí miró el bolsillo.
—¿Otra vez?
—Regla dos.
—No he preguntado.
—Has mirado.
—Tengo ojos. Es una desgracia genética.
El móvil siguió vibrando. Una llamada. Luego otra. Mi padre, sentado a cuatro metros, miraba su propio teléfono con la sonrisa pequeña de quien sabe perfectamente dónde meter el dedo.
No era él quien llamaba, sino un número desconocido. Lo rechacé y entró un audio al segundo.
Lo abrí porque soy idiota y porque, cuando una vida decide hacer el ridículo, suele encontrar cobertura.
La voz de una mujer salió por el altavoz del móvil.
—Nil, soy Remei, del Hostal Mar de Fora. Tu padre ha dicho que tú puedes mirar lo del micro para el bolo del sábado. Yo ya contaba contigo. Llámame, ¿vale?
El audio terminó.
Mi padre bebió caña sin mirarme.
Jana tampoco habló.
Eso fue lo raro.
Esperé la broma. La esperaba tanto que casi me dolió que no llegara.
En su lugar, cogió el vaso de agua que seguía en la barra, lo empujó hacia mí y dijo:
—Bebe.
La orden volvió a sonar igual.
El mismo gesto.
Le cerré los dedos alrededor del vaso y se lo aparté.
—No.
El agua se movió dentro, chocó contra el borde y le mojó la mano.
El agua le quedó brillando entre los dedos.
—Eso ha sido agua, Borràs. No te montes una caricia.
—No quiero que seas buena porque él está mirando.
—No estoy siendo buena.
—Sí.
—No tienes ni idea.
—Sé suficiente.
Jana se acercó.
Apenas un paso. El ruido de la terraza bajó de volumen en mi cabeza y el pulso subió donde no convenía.
—Te estás equivocando de enemiga —dijo.
—No eres mi enemiga.
—Pues deja de dispararme cuando te apunta otro.
Le salió cabreada, con los dientes apretados. Me dejó sin réplica.
Abrí la boca. No salió nada útil. Detrás, mi padre soltó una carcajada con la mesa tres. Quimet refunfuñó desde la cocina. Abril decía algo a Biel junto al almacén. Lola y Sal seguía funcionando alrededor, vulgar, caliente, lleno de vasos sucios y gente pidiendo alioli.
Los platos siguieron saliendo. Alguien pidió alioli. Yo seguía sin saber qué hacer con mi padre.
—Necesito aire —dije.
Jana miró la terraza abierta, los toldos, el ventilador inútil.
—Te sobra.
—Lejos.
—Ah.
Cogí una caja de cables que no necesitaba y salí por la puerta lateral.
La caja no engañó a nadie.
La dejé en el suelo junto a la furgoneta con un golpe que me subió por el brazo. Me apoyé en la chapa caliente y cerré los ojos.
No pasaron ni diez segundos.
La puerta se abrió. Sandalias.
Bolsas de tela rozando una pierna.
Jana.
—No sigas —dije.
—He venido a por una cosa del coche.
Abrí los ojos.
—Tu coche está al otro lado.
—Pues me he equivocado con carácter.
Me pasé una mano por la cara.
—Jana, por favor.
«Por favor» nos dejó quietos a los dos.
No la usaba con ella. No así.
Se le apagó un poco la broma de los hombros.
—Vale —dijo.
No se fue.
Solo se apoyó en la pared, a dos metros, fingiendo que vigilaba una freidora rebelde y no a mí.
—No voy a preguntarte nada —dijo.
—Bien.
—Pero voy a quedarme aquí porque dentro está tu padre, y si entro ahora voy a decirle algo bastante creativo.
Me reí sin ganas.
—No necesito eso.
—Ya lo sé.
—Entonces vete.
—No quiero.
Ahí estaba Jana, sin explicación bonita ni permiso.
Sin saber quedarse sin romper un vaso por el camino.
La miré. Tenía el pelo recogido mal, el flequillo pegado a la frente, la boca roja intacta de una manera ofensiva. La palma seguía marcada por el borde. Había una gota de agua en su muñeca por el vaso que me había empujado.
—Me estás cuidando —dije.
—No. Estoy escondiéndome de una conversación adulta con un señor que me cae fatal.
—Por mí.
—Por mi tensión arterial.
—Jana.
—Qué pesado.
Me separé de la furgoneta y di un paso hacia ella.
—Si haces esto, luego no me digas que no cuenta.
—¿Esto qué?
—Quedarte.
Se cruzó de brazos.
—Estoy apoyada en una pared sucia.
—Sabes lo que digo.
—Sí. Y me irrita que lo sepa.
Otro paso.
Ella siguió donde estaba.
—No quiero que te quedes por pena —dije.
—Y yo no quiero que uses esa palabra cada vez que alguien no sale corriendo.
Me dio.
Me dio tan limpia que tuve que mirar al suelo.
Había arena y una colilla aplastada junto a la rueda. Todo el pueblo iba dejando pruebas pequeñas de que había pasado por sitios donde luego nadie admitía nada.
—No sabes lo que haces —dije.
—Eso me pasa desde pequeña.
—No me hace gracia.
—A mí tampoco.
Subí la vista.
Jana se había quedado sin sonrisa.
Eso era más desnudo que cualquier cosa que hubiera pasado en el baño del Club Aleta.
Nos quedamos a dos metros, calientes y quietos. Desde dentro llegó la voz de mi padre, canturreando el estribillo de una canción antigua. La guitarra sonó una vez.
Mi guitarra. Me giré.
No podía verla desde allí, pero reconocí el primer acorde como reconoces una mala noticia, aunque venga envuelta en música.
Mi padre estaba tocando mi guitarra.
Sin preguntar.
Con los dedos, quizá. Con esa alegría suya de coger cosas y convertirlas en anécdota.
Jana también lo oyó.
Dejó de apoyarse en la pared.
—Nil.
No dijo más.
No hizo falta.
Me giré hacia la puerta lateral con la sangre golpeándome en las manos.
Jana me agarró la muñeca antes de que entrara. Fuerte.
No para frenarme del todo.
Para que no entrara solo.