No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 9 · JANA
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CAPÍTULO 9 · JANA

«Hijo» partió el ruido de la terraza.

El vaso se le escapó a Nil, rebotó contra la barra y escupió agua sobre la madera antes de quedar tumbado junto al plástico negro.

No se agachó.

Eso fue lo raro.

Nil se agachaba para todo. Para un cable, una caja, una tapa caída, una moneda debajo de una silla, un altavoz que tosía, una ducha que intentaba ahogarme por sorpresa.

Tenía esa manía de bajar el cuerpo antes de pedir permiso.

Esta vez no dobló las rodillas. El vaso siguió tumbado junto a la púa; él se quedó con los dedos abiertos y la muñeca mojada.

El hombre entró en Lola y Sal como entran algunos hombres en los sitios: sin preguntar si molestan y convencidos de que el ruido ya les estaba esperando.

Piel tostada de carretera, camisa clara arrugada, guitarra a la espalda, pelo con más sal que orden y una sonrisa fácil. Llevaba años llegando tarde y todavía encontraba una silla guardada.

Me cayó mal antes de terminar de cruzar la terraza.

No le di ni un segundo. Aun así, acerté.

—Hombre —dijo Quimet desde la cocina—. Mira quién se acuerda del mapa.

—Quimet —contestó él—. Sigues vivo y friendo cosas. La fe existe.

—Y tú sigues entrando donde no te llaman. La plaga también.

El hombre se rio. Risa ancha. Risa de escenario pequeño, de verbena, de botella abierta sin permiso.

Varias mesas miraron. Una turista sonrió sin entender nada.

Yasmina se apoyó en la barra con una bayeta en la mano y cara de «esto me lo quedo».

Abril dejó la taza que estaba secando y miró a Nil antes de mirar al recién llegado.

Yo también miré a Nil. Error.

Nil tenía la mandíbula marcada junto a la oreja. La camiseta le tiraba en los hombros de lo quieto que estaba. El audio había terminado, pero la voz de aquel hombre seguía pegada a la barra.

¿Dónde está mi hijo? Mi hijo.

Qué manera más cómoda de reclamar a alguien en público.

El hombre abrió los brazos.

—Nil.

Nil mantuvo la distancia.

El nombre de Nil, en boca de ese hombre, hizo algo feo dentro de la barra. A mí no me pertenecían ni el padre, ni la historia, ni la guerra. Pero Nil tenía el cuerpo rígido delante de mí, y yo tenía aquello entre los dos, una nota estúpida en el bolsillo y la lengua llena de ganas de morder.

—Estoy trabajando —dijo Nil.

—Siempre tan serio. Naciste con cara de deberme dinero.

Nil cogió el vaso caído.

—No hables de ella.

Fue bajo.

Tan bajo que casi nadie lo oyó. Yo sí.

Abril estaba detrás de mí con la lista de mesas pegada al pecho. Tina salió del almacén con una caja de servilletas y se quedó a medio paso. En la mesa de las cinco, Ona puso el móvil boca abajo. Milagro dos del día.

El padre de Nil no perdió la sonrisa. La ajustó. Eso fue peor. La sonrisa fácil que aprende a esquivar golpes sin dejar de parecer simpática.

—Vale, vale. No he venido a pelear. He venido a saludar y a ver si esta noche hacemos algo decente con esa música de terraza.

Abril se puso recta.

—Esta noche Nil está contratado para montar sonido. Nada improvisado.

—Contratado —repitió el hombre, divertido—. Qué serio suena todo ahora.

—Suena a que se cobra —dije.

No tenía que meterme. Me metí.

El hombre me miró entonces.

No como Nil. Nil miraba y te dejaba con menos piel. Este ya estaba preparando una frase para caer bien. Repasó mi boca roja, el maletín de maquillaje bajo la barra y mis dedos apoyados cerca.

—Tú debes de ser Jana.

Qué maravilla. Ya sabía mi nombre.

—Depende de quién pregunte.

—El padre de Nil.

—Entonces depende más.

Quimet se rio desde la cocina. Yasmina fingió toser. Abril se llevó dos dedos al puente de la nariz, calculando el seguro desde allí.

El padre de Nil se llevó una mano al pecho.

—Me habían dicho que tenías carácter.

—Y a mí no me habían dicho nada de usted. Vamos empatados.

Nil frunció el ceño.

No hagas eso.

Lo entendí sin que hablara.

Hice eso.

—Jana —dijo Abril, con la voz de advertencia suave que usaba cuando una mesa estaba a punto de pedir paella a las doce de la noche.

—Estoy siendo educada.

—Eso es lo preocupante —murmuró Vega.

El hombre se acercó a la barra con la gracia ya puesta y dejó la guitarra apoyada en una silla, al alcance de cualquiera. Nil siguió con el vaso en la mano, sin beber.

—Me han dicho que anoche hubo fiesta en Club Aleta —dijo el padre.

A mí se me cerró el estómago.

No necesité abrir la aplicación. Stories.

El maldito vídeo del pasillo, la novia chillando «¿con lengua?», Nil limpiándose mi rojo de la boca y medio pueblo aprendiendo a usar el botón de compartir.

—También hubo facturas —contesté—. Si quiere, hablamos de eso, que baja bastante la emoción.

—Vi a mi hijo muy entretenido.

Nil dejó el vaso en la barra. Golpe seco. Agua en los dedos. Aquello entre los dos.

—No has venido a hablar de eso.

—He venido a verte.

—Pues ya me has visto.

Silencio.

No del bonito. No de esos silencios literarios que alguien luego subraya. Este fue de bar. De cocina parando apenas un instante. De bayeta quieta. De freidora escupiendo una patata justo cuando nadie quería hacer ruido.

El padre sonrió menos.

—Qué recibimiento.

—El agua sabe a grifo —dije.

El hombre parpadeó.

—¿Perdona?

—Es la frase que usamos cuando un cliente quiere hablar con alguien y no sabemos dónde ponerlo.

Ona se tapó la boca con las dos manos.

Nil no se rio.

Me habría molestado menos si se hubiera reído.

El padre apoyó el codo junto a la púa. El plástico estaba mojado por el vaso y por un borde de café; el rojo de mi pintalabios seguía en una esquina. Lo vio.

Claro que la vio.

—Sigues con esa púa —dijo.

Nil metió la mano antes que yo.

Pero yo fui más rápida.

No porque fuera mía. No porque me importara. No porque tuviera una urgencia absurda de poner el cuerpo entre ese hombre y una cosa que no me pertenecía. La cogí.

Me la cerré en el puño.

Nil bajó los ojos a mi mano.

El padre también.

Y ahí, por una vez, pensé que quizá habría sido buena idea hacer caso a una sola persona sensata en toda mi vida.

—Qué rápida —dijo el padre.

—Trabajo con horquillas. Reflejos de supervivencia.

—Eso no es una horquilla.

—Y usted no es una reserva, pero aquí estamos.

Tina soltó la caja de servilletas sobre una mesa. Varias cabezas se giraron.

—Voy a la cocina —dijo.

Nadie le contestó. Muy cobarde todo el mundo.

Nil extendió la mano hacia mí.

—Dámela.

—No.

Él no me salió antes de decidirlo.

Nil me miró con la alarma reservada para una bengala encendida dentro del local.

—Jana.

—Se te va a mojar.

—Está mojada.

—Pues a enfriar.

—Dámela.

—Qué mandón estás para ser mediodía.

Al padre de Nil se le escapó una risa baja, casi encantada.

—Ya veo.

—No vea tanto —dijo Nil.

Lo dijo tan bajo que tuve que inclinarme un poco para oírlo.

El padre levantó las manos y convirtió la barra en escenario, con nosotros de público en primera fila.

—Tranquilo, Nil. No venía a quitarte nada.

Las palabras cayeron mal.

Lo supe porque Nil dio medio paso atrás. Medio. Suficiente para que el cuerpo se le pusiera lejos, aunque los pies siguieran allí.

No venía a quitarte nada.

Había frases que llegan tarde a sitios donde ya han robado muebles.

—Entonces no empiece por tocar cosas ajenas —dije.

El padre me miró otra vez.

Esta vez sin tanta sonrisa.

La sonrisa se le encogió.

Me gustó. Mucho más de lo prudente.

—La chica del rojo muerde.

—Solo si acercan la mano sin lavar.

Vega murmuró:

—Jana.

—Estoy a nada de cobrar suplemento por ambiente hostil.

Abril respiró hondo.

—Nil, ¿puedes montar antes de comer? Luego la terraza se llena.

Nil asintió.

El padre se giró hacia las mesas.

—¿Música esta noche, entonces?

Una turista de la mesa tres sonrió.

—¿Van a tocar?

—Eso parece —dijo él, antes de que nadie pudiera contestar.

Abril abrió la boca.

Nil también.

El padre ya estaba de cara a la terraza, guitarra en mano, sonrisa encendida y esa facilidad miserable para conseguir que el mundo le hiciera sitio.

—Mi hijo y yo hacíamos un dúo cojonudo —dijo—. Antes de que se pusiera tan fino con los cables.

Un par de mesas rieron, no por mala gente.

Porque la gente se ríe cuando alguien con carisma les enseña dónde.

Nil se quedó inmóvil.

Cerré el puño.

Me la clavé.

—Hoy no —dijo él.

El padre lo miró por encima del hombro.

—Una canción, hombre. Que tampoco te estoy pidiendo que me quieras.

Ah.

Ah, qué hijo de puta.

No lo dije.

La madurez existe, a veces, como accidente.

El problema fue que mi cara sí lo dijo.

Desde la mesa de las cinco llegó un ruido mínimo. Tina asomó por la cocina y la lista de Abril quedó abandonada en la barra. Nadie se ocupó de disimular.

Nil miró a su padre y luego a mí, no con pena, sino con vergüenza.

Y eso me tocó en un sitio peor.

—Dámela —repitió, casi sin voz.

Abrí la mano.

Su padre la vio. Media terraza también.

Se la di a Nil.

—No significa nada —dije.

No cerré la mano para esconder la marca.

Volví a la barra con la media luna a la vista.