No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 8 · NIL #2
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CAPÍTULO 8 · NIL #2

Porque había dejado una nota.

Porque no estaba.

El móvil vibró.

Mi padre otra vez.

Tardé en apartar los ojos.

Dejé que sonara.

—¿Mal momento? —preguntó Abril.

—Trabajo.

—Qué casualidad.

—Abril.

—No digo nada.

No decir nada, en ese grupo, era una forma avanzada de violencia.

Seguí montando.

A las doce y treinta y dos, Jana entró por la puerta lateral con gafas de sol, el pelo recogido en un moño torcido, una bolsa de trabajo colgada del hombro y una mancha de café en el escote. La boca roja. Más roja que ayer. Intencionada.

Vega venía detrás, leyendo un papel.

—Te falta firmar esto —decía.

—Si es una denuncia de Ona por intento de asesinato, la archivo.

—Es la lista de mesas para esta noche.

—Entonces la denuncia sería más divertida.

Jana me vio.

No frenó.

Eso habría sido ceder.

Se quitó las gafas, las dejó sobre la barra y miró el soporte de sonido.

—Has venido cargado.

—Me pagan.

—Qué vulgar.

—Lo contrario sale caro.

Sus ojos bajaron a mi bolsillo pequeño de la guitarra. Donde la había guardado. Lo vio. Claro.

—Te la he devuelto —dijo.

—Con amenaza escrita.

—Con instrucciones de uso.

—Muy generosa.

—Estoy creciendo como persona.

Yasmina pasó entre los dos con una bandeja.

—Apartad tensión, que llevo vasos.

Jana se movió a un lado. Yo al otro. El paso era estrecho. No nos rozamos por un centímetro.

Ese centímetro hizo más ruido que un golpe.

Vega levantó la vista de la lista.

—¿Va a haber música esta noche o solo esta cosa rara con cables?

—Música —dije.

—Baja, espero.

—No prometo milagros.

—No los prometas. Aquí salen caros.

Jana apoyó las dos manos en la barra, cerca de la servilleta donde había escrito la nota. La dobló rápido y se la metió en el bolsillo.

—¿Anoche llegaste bien a casa? —preguntó.

Vega dejó de mirar el papel.

Yasmina dejó de pasar la bayeta.

Quimet asomó desde la cocina.

Yo miré a Jana.

Regla dos.

Su boca se apretó un momento. Se había dado cuenta tarde. Eso la enfadó antes de que yo pudiera abrir la boca.

—Era una pregunta logística —dijo.

—Logística pura.

—Por si te habías despeñado con tanto cable.

—Casi.

—Pues qué pena.

Nil dejó quieta la mano.

Esta vez no venía con intención de herir. Se le escapó con la forma de siempre, automática, sucia, metida entre broma y defensa. Aun así, me dio.

Jana lo notó.

Apretó la mandíbula.

—No quería...

Se calló.

Jana cortando una frase era más peligroso que Jana gritando.

El móvil volvió a vibrar en mi mano. PARE.

La pantalla se iluminó entre los dos.

La pantalla le robó la atención.

No leyó el nombre. O sí. Fue rápido, pero no tanto.

—Tienes trabajo —dijo.

—No.

—Ah.

—No es trabajo.

Vega carraspeó y se llevó a Yasmina hacia la terraza con una excusa transparente. Quimet desapareció en la cocina. Abril fingió que revisaba la cafetera, aunque la cafetera estaba apagada. Todo Lola y Sal se retiró un paso para mirar mejor.

Jana se quedó. Me molestó lo mucho que me gustó.

—No tienes que quedarte —dije.

—Estoy en mi barra.

—No es tuya.

—Hoy sí.

—Prats.

—Borràs.

El móvil dejó de vibrar.

Jana cogió un vaso, lo puso debajo del grifo y llenó agua. Me lo plantó delante sin mirarme.

—Bebe —dijo.

Me reí una vez.

—¿Ahora me cuidas tú?

—No. Estoy evitando que te dé un golpe de calor y me estropees el montaje.

—Muy técnico.

—Aprendo de los mejores.

Cogí el vaso.

Nuestros dedos se tocaron.

Una tontería. Agua, cristal, calor.

Jana retiró la mano, pero no se fue.

—No voy a preguntarte por tu padre —dijo.

—Bien.

—Ni por qué ayer te dejó esa cara.

—Mejor.

—Ni por qué miras el móvil esperando que saque dientes.

—Qué maravilla.

—Pero si necesitas que alguien te insulte para que no se note, estoy libre hasta la una.

Me quedé con el vaso a medio camino.

Ahí estaba. Su manera torcida. No una caricia. No una pregunta limpia. Una puerta mal cerrada, con una patada por si alguien la acusaba de amable.

—Qué generosa —dije.

—Mucho. Luego cobro.

—¿Cuánto?

—La púa esta noche.

—No.

—Solo durante una canción.

—No.

—Borràs, no seas egoísta. Tengo una marca personal que alimentar.

—Eso no es parte de tu marca.

—Desde ayer, sí.

Se inclinó un poco sobre la barra. Solo un poco. El collar pequeño que llevaba se separó de la piel y yo recordé su cuello mojado junto a la ducha, su boca en el baño, sus uñas en mi camiseta.

—Además —dijo—, si la tienes tú, tocas dedos tristes.

—Si la tienes tú, haces teatro.

—Exacto. Los dos ganamos.

Abril dejó una taza en la cafetera sin hacer apenas ruido.

Jana la miró.

—Abril, si estás escuchando, al menos cobra entrada.

—Estoy rezando para que no rompáis nada antes del turno de noche.

—Eso no es rezar. Es fantasía.

Mi móvil vibró otra vez.

El móvil no era de mi padre.

En la pantalla apareció un número sin guardar.

Lo abrí sin pensar.

La voz de mi padre salió por el altavoz del teléfono, alta, rota por la cobertura y por demasiadas barras de bar:

—Nil, estoy bajando a Cala Saurina. Me han dicho que en Lola y Sal esta noche hay música. Paso y hablamos allí, ¿vale?

El audio acabó.

Nadie se movió.

Jana tenía la mano sobre la barra, junto al vaso de agua. La uña del pulgar, astillada. El pintalabios rojo perfecto. Los ojos fijos en mi cara, no en el móvil.

—No —dije.

No sé a quién.

Al audio.

A mi padre.

A la noche.

A la posibilidad de que apareciera en Lola y Sal, con su guitarra, su sonrisa, sus disculpas con olor a cerveza y el talento miserable de caer bien a todo el mundo en diez minutos.

Jana cogió el vaso de agua y lo empujó otra vez hacia mí.

—Bebe —repitió.

Esta vez no hizo broma.

Eso fue lo peor que podía haber hecho.

Lo miré.

—No me mires con pena.

Se quedó clavado.

Se le notó en la cara. No la hirió; la reconoció.

Lentamente, Jana metió la mano en el bolsillo de mi guitarra, sacó la púa negra y la puso entre los dos, sobre la barra mojada.

—Entonces no me des motivos para ser buena —dijo.

Antes de que pudiera contestar, una voz masculina llegó desde la terraza: alegre, gastada, conocida antes de terminar la primera palabra.

—¿Dónde está mi hijo, que me han dicho que aquí se liga y se trabaja mal?

El vaso se me resbaló de la mano.

No se rompió.

Lola y Sal no me dio esa suerte.