No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 8 · NIL
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CAPÍTULO 8 · NIL

La historia llevaba diecinueve minutos subida cuando mi padre me mandó un pulgar hacia arriba.

Solo eso. Un pulgar.

Ni hola, ni dónde estás, ni sigues vivo, ni perdona por desaparecer tres meses y aparecer cada vez que una verbena necesita guitarra barata. Un pulgar viejo, amarillo, absurdo, debajo del vídeo en el que yo salía limpiándome la boca con una servilleta y sonriendo como un imbécil.

Apagué la pantalla, la volví a encender y el pulgar seguía allí.

—Mierda —dije.

Enric, que estaba cerrando la caja del Club Aleta con un fajo de tickets en la mano, levantó la cabeza.

—¿Te has visto en stories?

—No.

—Entonces mírate, porque sales con cara de hombre domesticado por un lavabo.

—Cierra el local.

—Estoy cerrando. También estoy disfrutando.

Guardé el último cable en la furgoneta con más fuerza de la necesaria. El metal golpeó contra el suelo. Enric silbó.

—Eso cuesta dinero.

—Me lo debes.

—Te debo la mitad, que eres autónomo y sufres por vocación.

Le enseñé el dedo sin girarme.

El parking de Club Aleta estaba lleno de restos de fiesta: una copa rota junto a una rueda, una sandalia sin dueña y tres globos plateados arrastrándose por el suelo con la tristeza de un animal marino fuera de sitio. El aire olía a alcohol dulce, sal y basura recién movida.

Jana había salido diez minutos antes.

No la había seguido.

Me quedé junto a la furgoneta.

Había mirado su coche hasta que dobló la esquina.

Así que tampoco contaba.

Me apoyé en la puerta de la furgoneta y abrí el chat de mi padre.

El pulgar.

Debajo, escribiendo.

Quité la vista.

Volví a mirar.

Papá: Esa chica tiene buena mano para dejar marca.

Bloqueé la pantalla sin escribir nada.

Papá: Estoy por Port Saurí mañana. Toca una cerveza, ¿no?

Ahí sí cerré el móvil.

Lo cerré tan fuerte que Enric, desde la puerta, soltó:

—Ese móvil no tiene la culpa de que te quieran las mujeres difíciles.

—No me quieren.

—Peor. Te observan.

—Tú cobras por abrir copas, no por pensar.

—También cobro por leer salas. Y tú hoy has sonado fatal en la segunda canción porque Jana Prats estaba bebiendo agua.

Abrí la puerta de la furgoneta.

—Buenas noches, Enric.

—Y llevabas rojo en la boca.

—Buenas noches.

—Y te falta algo.

Dejé el cable sobre la mesa.

El muy cabrón sonrió desde la puerta con los brazos cruzados.

—Eso sí que es preocupante.

—Mañana te desconecto hasta el alma.

—No tengo. Soy hostelero.

Puse la furgoneta en marcha.

No fui a casa.

Conduje hacia Port Saurí por inercia, con las ventanillas bajadas y el calor pegándome en la cara.

Las luces del puerto estaban medio apagadas.

En el muelle había tres chavales sentados sobre una barca, fumando a escondidas con la torpeza solemne de los dieciséis.

En otro tiempo habría sido yo, con una guitarra prestada, una púa negra en la mano y mi padre prometiendo volver antes de final de mes.

Mi padre siempre volvía, pero volvía lo justo.

Nunca daba tiempo a acostumbrarse a su ausencia ni a su presencia: una canción, dos noches, una cerveza, una disculpa con olor a tabaco y otra vez carretera.

Metí la mano en el bolsillo para buscarla.

Nada útil. Cómo no.

Jana la llevaba en el sujetador.

Lo sabía porque la había visto meterla allí con la misma cara con la que otras personas guardan un arma pequeña.

Aparqué junto al amarre de Pere Ferrer. El mar golpeaba suave contra las barcas. Suave, sí. No dramático. A mí la épica se me daba mal a las dos de la mañana con la boca todavía oliendo a Jana.

El móvil vibró.

Jana: Si compartes esa story te pincho una rueda.

Sonreí y me molestó hacerlo.

Nil: No necesito compartirla. Ya la ha visto medio pueblo.

Jana: Rectifico. Te pincho dos.

Nil: Con qué. Mi púa la tienes tú.

Jana: Tengo horquillas. No provoques a una profesional.

Me quedé mirando la pantalla. Escribió. Borró.

Escribió otra vez.

Jana: ¿Estás en casa?

Regla dos: no preguntar dónde está el otro.

La vi romperse en directo.

La noté en el estómago, pequeña y caliente.

Esperé antes de contestar. Tenía el móvil caliente en la mano y el estómago más tenso de lo necesario. Si respondía rápido, se iba a notar que estaba esperando.

Nil: No.

Jana: No he preguntado.

Nil: Literalmente sí.

Jana: Era una auditoría de daños.

Nil: Estoy en Port Saurí.

Silencio en la pantalla.

La pantalla tardó unos segundos. Los tres puntos aparecieron y desaparecieron dos veces.

Jana: Qué intenso te has puesto.

Nil: Estoy en la furgoneta.

Jana: Menos mal. Tus dedos tristes no están para letras.

Miré el mar.

Solté aire por la nariz.

Y justo entonces mi padre llamó.

El nombre en la pantalla me cayó en la mano como una herramienta caliente. PARE.

Lo tenía guardado así desde los diecisiete: PARE, sin foto ni apellido. Nunca lo cambié. Algunas etiquetas pequeñas evitan abrir cosas que luego no sabes cerrar.

Dejé que sonara hasta cortarse.

Jana escribió.

Jana: ¿Todo bien?

Me dieron ganas de lanzar el móvil al agua.

No por ella.

Por lo fácil que era leer eso y querer contestar de verdad.

Nil: Sí.

Jana: Has puesto sí con punto invisible.

Nil: Eso no existe.

Jana: En ti sí.

El teléfono volvió a vibrar. PARE.

Esta vez cogí.

—¿Qué pasa? —dije.

Mi voz salió más seca de lo que esperaba.

Al otro lado, música baja, una risa masculina, cubiertos. Mi padre siempre llamaba desde sitios donde parecía que estaba a punto de empezar otra vida.

—Nil. ¿Te despierto?

—No.

—He visto un vídeo tuyo.

—Felicidades.

—Esa chica tiene carácter.

—No la metas.

Un instante de ruido al otro lado. Lo imaginé cambiándose el móvil de oreja, apoyado en una barra, con una camisa arrugada y la sonrisa fácil que a mí no me había salido nunca sin esfuerzo.

—Mañana estoy por ahí —dijo—. Tengo bolo en Marblava el sábado y me falta alguien que suene limpio. Podríamos hacer algo juntos.

Juntos.

Qué palabra más barata cuando la usaba él.

—No puedo.

—Ni te he dicho la hora.

—Da igual.

—No seas así.

Miré una cuerda suelta del estuche de guitarra en el asiento del copiloto.

—¿Así cómo?

—Tan duro.

Me reí por la nariz. Feo.

—Buenas noches.

—Nil.

Colgué sin despedirme.

La pantalla volvió al chat con Jana.

Jana: Te ha llamado alguien.

No había forma de que lo supiera.

Aun así, acertaba. La desgraciada acertaba sin estar cerca.

Nil: Deja de hacer brujería.

Jana: No puedo. Me sale natural.

Jana: ¿Era trabajo?

Dejé el chat abierto y no escribí.

Jana: Perdón. Regla dos. No preguntar.

Leí esa línea tres veces. Perdón.

Jana y perdón en la misma pantalla. A esas horas, con el puerto lleno de mosquitos y el estómago todavía torcido por la voz de mi padre, casi me pareció una imprudencia.

Nil: Mi padre.

Pasaron unos segundos.

Jana: Ah.

Otro, por supuesto.

Jana: Mala cobertura emocional, entonces.

Me reí otra vez. Esta vez me salió de verdad, aunque me jodiera.

Nil: Fatal.

Jana: Yo tengo un coche viejo y una cosa tuya secuestrada. Si necesitas un rescate cutre, soy tu mujer.

Tu mujer.

Seguro que lo escribió sin pensar. Seguro.

Me llevé el móvil a la frente un momento.

Nil: Vete a dormir, Prats.

Jana: No me mandes.

Nil: No corras.

Jana: Tampoco.

Guardé el móvil.

No porque no quisiera seguir.

Por eso mismo.

Al día siguiente llegué a Lola y Sal a las doce y cuarto con dos altavoces pequeños, un soporte, tres cables y cero ganas de cruzarme con nadie que tuviera acceso a stories.

Abril me había escrito a primera hora: «Esta noche hay música en la terraza. Nada grande. Ambiente. Pagamos bien y no dejamos que Jana gestione el volumen.»

Era un montaje. Abril pagaba. Yo llevaba equipo. Eso era todo.

El horario mandaba.

Me lo repetí dos veces al bajar de la furgoneta. Trabajo. Sonido.

Cable. Mesa. No Jana.

La terraza estaba a medio montar. Los toldos viejos golpeaban contra los hierros.

La arena se había metido otra vez entre las patas de las mesas.

Quimet discutía con una caja de tomates como si le hubieran faltado al respeto.

Yasmina pasaba bayetas por la barra con cara de haber oído ya tres versiones del vídeo antes de comer.

—Borràs —dijo Quimet sin mirarme—. Bonito color de labios.

—Buenos días, Quimet.

—Te hacía más de coral.

Yasmina soltó una carcajada detrás de la barra.

—No empecéis —dije.

—No hemos empezado —dijo ella—. El pueblo empezó a las ocho.

Me ajusté el asa del altavoz.

Entré con un altavoz en cada mano.

Abril salió de la cocina con el pelo recogido y una lista en la mano. Buscó una marca en mi boca y pareció casi decepcionada al no encontrarla.

—Gracias por venir.

—Es trabajo.

—Sí.

Lo dijo igual que cuando una madre dice «claro» y por dentro ya está decidiendo cómo llamar al psicólogo. Abril había ganado calma con Biel, pero también una capacidad nueva para mirar sin empujar. Molestaba.

—Jana viene luego —dijo.

—No he preguntado.

—No hacía falta que preguntaras.

Abril sonrió poco.

Maldita convivencia sentimental. Afinaba a la gente.

Dejé los altavoces junto a la mesa de las cinco. Empecé a montar el soporte. Cable por debajo, no por el paso. Peso lejos de la ducha exterior, porque después de lo de anoche esa ducha y yo teníamos temas pendientes. Entonces la vi.

No en la mano de Jana.

No en su bolsillo.

En la barra de Lola y Sal, junto a una taza de café aguado y una servilleta doblada en cuatro. Negra.

Con la raya torcida.

Y una mancha roja en un borde que nadie había limpiado.

La mancha me dejó con la bayeta a medio camino.

Yasmina siguió pasando la bayeta.

—La dejó ahí hace diez minutos —dijo.

—¿Quién?

—La Virgen de la púa. ¿Quién va a ser?

La cogí.

Estaba caliente, quizá por el sol que entraba por la barra. Quizá porque Jana la había llevado donde no debía toda la noche y mi cabeza no necesitaba esa imagen a las doce y cuarto.

En la servilleta había algo escrito con boli rojo.

NO TE ACOSTUMbrES A QUE TE DEVUELVA COSAS.

Se me escapó una risa.

Casi sin voz.

Peor de lo previsto.

—No sonrías así en mi barra —dijo Abril.

—¿Así cómo?

—Como Biel cuando cree que no lo veo.

—Eso es ofensivo para todos.

—Para ti más.

Me la metí en el bolsillo pequeño de la guitarra. Donde tocaba. Donde llevaba años yendo. Debería haber sentido orden. Sentí pérdida.

Porque Jana la había devuelto.