No te acostumbres (Lola y Sal 4) CAPÍTULO 7 · JANA
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CAPÍTULO 7 · JANA

El flash de la novia me pilló con la púa negra entre los dedos y la boca estirada en una sonrisa de profesional que cobra extra por no mandar a nadie al paseo marítimo.

—Otra —dijo la novia, abrazándome por el cuello con olor a cava, laca y pánico ya resuelto—. Una más, Jana. Que en esta parezco viva.

—En esta pareces una mujer a punto de pagarme antes de perder el ramo —dije.

—Te pago mañana.

—Entonces sonríe con culpa.

La novia se rio, la cámara volvió a disparar y yo cerré la mano tarde.

Muy tarde. La foto ya tenía mi sonrisa, mi vestido negro pegado a las caderas, la mesa de maquillaje hecha un campo de batalla y un trozo de plástico negro asomando entre mis dedos con una raya torcida que cualquiera normal no habría visto.

Cala Saurina no tenía gente normal.

Tenía aburrimiento, zoom en los móviles y una capacidad para convertir una servilleta doblada en sospecha de embarazo.

—Subo esta —dijo ella, mirando la pantalla.

—No subas nada donde yo tenga papada, un cadáver detrás o cara de querer morir.

—Sales guapísima.

—Eso lo dices porque te he pegado pestañas y ahora me ves con filtros emocionales.

La novia apoyó la cabeza en mi hombro.

—Te quiero.

—Págame y lo hablamos.

El móvil me vibró en la mano libre. Ona.

Ona: JANA.

Ona: JANA.

Ona: JANA, ANTES DE ASESINAR A NADIE, MIRA LAS STORIES DE LA NOVIA.

Miré hacia el escenario.

Nil estaba desmontando un monitor con la camiseta remangada hasta medio antebrazo y una mancha roja en la comisura de la boca que no se había limpiado bien. Mi pintalabios. Mi falta de criterio, todavía allí, seco, insolente, público para cualquiera con ojos y mala leche.

Enric lo miraba desde la barra con la felicidad de una persona que acababa de encontrar un chiste con suministro para tres semanas.

—Borràs —canturreó—, te queda bien el rojo.

Nil no levantó la vista del cable.

—Te queda mejor callarte.

—Eso no lo he probado nunca.

—Se nota.

Me la metí en el bolsillo interior del maletín de maquillaje y di tal tirón a la cremallera que una brocha cayó al suelo. Una de las chicas de satén se agachó a recogerla y me miró con esa cara de boda ajena que mezcla sueño, alcohol y ganas de lío.

—¿Ese es tuyo? —preguntó, señalando al escenario con la brocha.

—¿El técnico? No. Va incluido con el local y se devuelve al terminar.

—Pues viene marcado.

Le arranqué la brocha de la mano.

—Tú tienes el colorete mal difuminado y yo no lo estoy anunciando por megafonía.

—Sí lo estás diciendo.

—Porque soy generosa.

La novia subió la historia.

Lo supe antes de mirar. Lo supe por la forma en que mi móvil empezó a vibrar sobre la mesa como un pez recién sacado del agua. Mensajes. Notificaciones. Un audio de Ona. Dos de Tina. Un «Jana, respira» de Abril que me ofendió más que todos los demás porque sonaba a mujer estable. Abrí la historia.

Primera foto: la novia, preciosa, llorosa, con las pestañas en su sitio y la boca perfecta. Yo salía a un lado, de negro, sonrisa torcida, el plástico negro en la mano.

Texto encima: LA MEJOR, aunque amenace con brochas.

Segunda foto: otra vez la novia, esta vez con sus amigas detrás. En el espejo del camerino, borroso pero suficiente para condenar a cualquiera, se veía a Nil en el fondo, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Rojo. Rojo mío.

Rojo gritando desde un espejo barato del Club Aleta.

—Qué bonito —dijo Enric detrás de mí.

Casi le clavé una horquilla en la tráquea.

—No te he oído acercarte porque el ego te tapa los pasos.

—Es una historia preciosa. Maquillaje, música, tensión local...

—Te falta testamento.

—Y marca personal.

—Enric.

—Solo digo que, si queríais discreción, el espejo no estaba en el equipo.

Nil apareció a su lado con un cable enrollado al hombro. No miró el móvil. Me miró a mí.

Se me encogió algo por dentro.

Yo necesitaba que se riera. Que hiciera una broma mala. Que saliera corriendo. Que dijera «no pasa nada» para que pudiera llamarlo idiota y recuperar oxígeno. No lo hizo.

—Te queda rojo —dije.

—Lo sé.

—Podrías limpiártelo.

—Podrías no haberlo dejado ahí.

Enric abrió mucho los ojos.

—Me voy a contar servilletas. De golpe me importan muchísimo las servilletas.

—Vete lejos —le dijimos Nil y yo a la vez.

Los dos nos callamos al mismo tiempo.

La novia chilló desde la pista porque alguien había pisado el velo de broma.

El DJ de apoyo puso una canción que todos odiamos y que aun así hizo que medio club levantara los brazos.

Las copas sudaban en la barra. El suelo se pegaba a las sandalias.

El aire acondicionado soltaba una tos triste desde una esquina.

Y Nil seguía mirándome con mi pintalabios en la boca.

—Baño —dije.

—¿Qué?

—Que vayas al baño y te limpies antes de que Quimet lo vea en el grupo de vecinos y te ponga un apodo.

—¿Vienes a supervisar?

—Vengo a evitar daños de imagen. Soy autónoma. Entiendo de crisis.

Nil dejó el cable sobre una silla.

—Tú entiendes de provocarlas.

—También cobro por eso.

Caminé hacia el pasillo de los baños sin comprobar si me seguía. Me siguió. Claro que me siguió. Yo había aprendido ya que Nil decía que se iba y luego encontraba un cable, una excusa o un orgullo mal colocado para seguir detrás.

El baño pequeño del Club Aleta tenía dos lavabos, un espejo con una esquina rajada y una luz blanca que no perdonaba ni el pecado más doméstico. Una chica se estaba recolocando una pestaña junto al secador de manos.

—Cinco minutos —le dije.

—No he acabado.

—Te hago la raya gratis si sales ahora.

La chica miró a Nil, miró mi boca, miró su boca roja y recogió el bolso.

—Tómate diez.

Se fue.

Nil cerró la puerta sin echar el pestillo.

—Abierta —dije.

—Está abierta.

—Bien.

—Hay gente fuera.

—Por eso.

—Hay una cosa más.

—Claro que la hay.

Abrí el grifo. El agua salió caliente, porque por supuesto. Mojé una servilleta de papel, de esas que rascan más que algunas opiniones de mi madre, y se la planté en la mano.

—Límpiate.

Nil no cogió la servilleta.

—Hazlo tú.

Solté una risa corta.

—Muy cómodo te veo.

—Lo has puesto tú.

—Porque me besaste.

—Me besaste tú detrás del escenario.

—Detalles contables.

—Tú eres contabilidad creativa.

—Y tú sigues rojo.

Nil apoyó las manos en el borde del lavabo. La luz le marcaba los callos de los dedos, la vena del antebrazo, la línea cansada de la boca. Tenía una mancha mía en la piel y una paciencia que yo quería romper solo para ver qué hacía con las piezas. Me acerqué.

—Quieto —dije.

—No me he movido.

—Pues quédate mejor quieto.

Le pasé la servilleta por la comisura. Una vez. El papel se llevó rojo y dejó una marca más clara en la piel. Nil siguió el recorrido hasta mi muñeca, mis dedos y la uña astillada de limpiar brochas.

No contestó, y yo me quedé sin nada contra lo que pelear.

Cuando Nil no hablaba, mi cabeza se llenaba de cosas que no convenían.

—No me mires la mano —dije.

—Estoy mirando la servilleta.

—Mientes con oficio.

—Tú me has enseñado.

Volví a frotar. Más fuerte de lo necesario.

—Au.

—No seas delicado.

—Me estás despellejando.

—Es exfoliación emocional.

—Esa sí la cobras cara.

Se me escapó una sonrisa. Pequeña. Imperdonable. Nil la vio.

El baño quedó lleno de ruido de fuera: golpes de bajo, gritos de chicas, el secador de manos arrancando solo con un bramido inútil. Nadie podía oírnos bien. Nadie podía vernos. La puerta estaba sin pestillo. Esa parte absurda me pareció suficiente para fingir que no estaba haciendo nada grave.

La servilleta cayó al lavabo.

Nil levantó la mano, despacio, y me rozó el borde del labio con el pulgar.

—Tú también llevas rojo fuera de sitio —dijo.

—Es mi marca.

—Eso dices.

Me lo limpió con una delicadeza que no pegaba con el calor, ni con el baño cutre, ni con la música de fuera, ni conmigo. Me tensé. Lo notó. Por supuesto que lo notó. Retiró la mano al instante.

—Perdona.

Esa palabra me molestó más que si hubiera hecho lo contrario.

—No pidas perdón por tocarme cuando llevo media hora haciendo que me sigas.

Se me escapó antes de pasar por el filtro.

Nil dejó de respirar un instante.

Yo también habría querido dimitir de mí misma.

—Jana.

—No pongas esa voz.

—¿Cuál?

—La que pones antes de hacer una pregunta.

—No iba a preguntar.

—Mentiroso.

Lo agarré de la camiseta y lo besé.

El beso salió torpe y caliente, con el grifo abierto detrás y una servilleta mojada pegándose al esmalte del lavabo.

Nil vaciló apenas antes de responder. Luego me cogió por la cintura y me levantó lo justo para sentarme en el borde, entre dos dispensadores de jabón y un vaso de plástico lleno de horquillas que no eran mías, pero podrían haberlo sido.

—Puerta —murmuró contra mi boca.

—Está abierta.

—Por eso.

—No empieces con preguntas.

—Necesito una.

Lo odié por obligarme a quedarme quieta dentro de mi propia prisa.

Lo mordí en la barbilla, esta vez de verdad.

—Sí —dije, con la boca todavía en su piel—. Sigue.

El sí me salió contra su piel, sin adorno.

Nil soltó de golpe el aliento que llevaba guardándose.

Me miró la boca, no los ojos.

—Si quieres que pare, dímelo.

—Como quiera que pares, te enteras.

—Dímelo igual.

—Cállate y bésame.

Me besó antes de que encontrara otra defensa.

La puerta seguía sin pestillo. Una sombra pasó por debajo y ninguno se apartó.

Su mano volvió a mi muslo.

—Ahí no —murmuré.

La moví yo.

—Ahí.

Esta vez sí me tocó.

La palma subió bajo el vestido, arrastrando la tela y el calor.

No frenó para parecer decente.

Frenó cuando mi cuerpo se puso rígido.

—¿Ha sido la puerta?

—Sí. Sigue.

Lo hizo.

Nil movió la mano.

Por encima de las bragas primero. La presión me hizo golpear con el talón la puerta del armario bajo el lavabo. Sonó hueco.

—Discreta —murmuró.

—Cállate.

Le agarré la nuca y lo besé para que obedeciera. Sus dedos encontraron el borde de la tela y volvieron a detenerse.

—Más arriba.

Nil obedeció sin repetir mi nombre.

Sus dedos se metieron bajo la tela.

Se me borró la siguiente broma.

El grifo seguía abierto detrás de mí. El agua golpeaba la porcelana y el bajo de la música atravesaba la pared. Nil me tocó sin prisa y sin esa delicadeza limpia que habría convertido el momento en otra cosa. Se equivocó una vez. Le moví la muñeca.

—Ahí.

—Mandona.

—Aprende.

Aprendió.

Me sujeté a sus hombros. Él tenía una mano entre mis piernas y la otra firme en mi cadera para que el dispensador de jabón no acabara en el suelo. La puerta seguía sin pestillo. Cada voz del pasillo me tensaba; cada vez que Nil volvía a mover los dedos, dejaba de importarme.

Fuera gritaron mi nombre. La novia.

Nil me sujetó la cadera cuando la novia volvió a golpear.

—Como abras ahora, te mato.

—No pensaba abrir.

—Entonces deja de escucharla.

Volvió a mover los dedos, esta vez sin regalarme tiempo para ordenar la cara.

Le clavé las uñas en la nuca.

—Así.

No hizo ninguna pregunta más.

Me corrí contra su hombro, ahogando el sonido en su camiseta. El vaso de horquillas cayó dentro del lavabo y una desapareció por el desagüe.

Nil no hizo ningún comentario.

Eso me dejó más desnuda que el vestido subido.

La novia volvió a golpear la puerta.

—¡Jana! ¡Se me ha soltado algo!

Nil retiró la mano despacio y me bajó el vestido. Yo seguía agarrada a su camiseta como si la tela tuviera la culpa.

—No pongas esa cara —dije.

—No sé qué cara tengo.

—Una muy irritante.

—Tú sigues roja.

—Es maquillaje.

Me pasó el pulgar por debajo del labio, mezclando el pintalabios en vez de arreglarlo.

—No me digas ahora que esto no ha pasado.

El calor me volvió a la cara por un motivo nuevo.

—Ha pasado una crisis de imagen.

—Jana.

—Ni se te ocurra ponerte satisfecho.

—No iba a decir nada.

Se fijó en mi vestido arrugado.

—Todavía.

Le di un golpe en el hombro. Flojo. Con muy poca autoridad.

—Arregla esto.

—No sé maquillar.

—Ya. Pero sabes usar las manos.

Su sonrisa apareció tarde. Peligrosa. Me alisó la tela sobre las piernas y se detuvo antes de tocarme el pelo.

—No sé si mejora —dijo.

—No mejora. Solo disimula con autoestima.

La novia volvió a llamar desde fuera.

—¡Jana!

—¡Voy! —grité.

Me bajé del lavabo. Las rodillas me hicieron una pregunta privada.

—Esto no cuenta —dije.

Nil abrió el grifo para lavarse las manos. El agua siguió saliendo caliente, inútil.

—Has dicho eso tres veces en dos días.

—Porque eres lento entendiendo.

—Porque llevas dos días diciéndolo y cada vez te sale peor.

Las palabras me golpearon en la boca.

Me habría gustado contestar rápido. Una vulgaridad. Un golpe. Una de las mías.

No salió nada bueno. Nil cerró el grifo.

—Perdón —dijo, seco—. Eso ha sonado a cabrón.

—Un poco.

—Se me ha entendido.

—No pongas esa cara cuando estás esperando el golpe.

—Estoy esperando que salgas antes de que la novia tumbe la puerta.

Me puse recta, abrí el maletín y saqué la púa negra. Se la enseñé.

—La sigo teniendo.

—Ya lo sé.

—¿La quieres?

Nil me miró con la boca todavía marcada de rojo, aunque ya casi no se viera.

—Quédatela.

—La necesitas.

—También necesito dormir y aquí estoy.

—Qué dramático.

—Qué peligro tienes.

Abrí la puerta.

La novia estaba al otro lado con media horquilla colgando del velo y cara de haber asistido a una misa rara. Miró a Nil.

Me miró a mí. Miró el lavabo.

—¿Estabais arreglando algo?

—Su cara —dije.

—¿Con lengua?

Nil tosió.

La novia se llevó las manos a la boca y se echó a reír con un chillido que atravesó el pasillo entero.

—No —dije—. Y si repites eso, te quito las pestañas en la pista.

La novia salió corriendo hacia sus amigas.

A los cinco segundos, mi móvil vibró.

Ona: ¿¿¿¿¿¿¿¿CON LENGUA????????

Ona: JANA PRATS SOLÉ.

Ona: NECESITO SENTARME Y YA ESTOY SENTADA.

Miré a Nil.

Él miró el móvil. Después mi boca.

—Y nada de besar en baños con novias cerca —dijo.

—Esa te la acepto por higiene.

—Y porque había una novia.

—Muy específica.

—Alguna tenía que servir.

Quise odiarlo por usar mi frase.

Le cerré la puerta en la cara y volví al trabajo con la púa dentro del sujetador. El maletín, de pronto, quedaba demasiado lejos de la piel.

Cuando salí del Club Aleta una hora después, la novia ya había subido otra historia.

Un vídeo borroso del pasillo, mi voz diciendo «su cara» y la risa de la novia.

Y, de fondo, Nil Borràs limpiándose la boca con una servilleta y sonriendo como si acabara de perder una guerra que no pensaba reconocer.

El grupo de las cinco explotó. Guardé el móvil sin abrir los mensajes.

El coche arrancó a la segunda. Al salir del aparcamiento, no miré hacia el club. Lo miré en el retrovisor hasta que Nil desapareció detrás de los focos.